Hoy en día, la tolerancia se considera un bien irrenunciable, una conquista moderna a la que no podemos dar la espalda. Hay que ser tolerante, se repite con frecuencia. Sin embargo, convendría preguntarse: ¿Hay que ser tolerante con las sandeces ajenas, o, los demás deben serlo con las nuestras?, ¿debemos tolerar cualquier comportamiento?, ¿cuáles deben ser, en definitiva, los límites de nuestra tolerancia?
El espíritu, o el talante científico, consiste en estar dotado de una mentalidad empírica, que no establece juicios “a priori” o, lo que es lo mismo, que no pre-juzga, y que somete sus juicios a la experiencia y a los resultados. Además, esos juicios establecidos en base a la experiencia, siempre se considerarán provisionales, hasta que nuevos hechos nos aconsejen su revisión. La mentalidad científica se ajusta a los hechos, y no al revés. No retuerce los hechos para que estos verifiquen nuestros pre-juicios. Consistiría, “grosso modo”, en la aplicación del método científico a la vida práctica. El hecho de que no se realice con la misma sistemática que usa la ciencia, nos aconseja a llamar a esta actitud espíritu, talante o mentalidad científicas. Por desgracia, no siempre los grandes científicos tienen esta mentalidad, sino que a veces la restringen a su campo específico, y se comportan como fanáticos en la vida corriente. Siempre se ha dicho que un buen antídoto contra la intolerancia es el viajar, y a mí me parece que sí, porque de alguna manera relativiza nuestros hábitos, nuestras costumbres, y nos muestra como nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra región y nuestra nación, son uno entre tantos, y que lo que nos parecía lo mejor era una posible respuesta, entre otras muchas posibles, a unas circunstancias determinadas.
El párrafo anterior, sobre el talante científico, nos puede proporcionar las claves sobre lo que se debe tolerar, y lo que no. De momento, no deberíamos tolerar lo que contraviene la ley, y esto es porque es lo que hemos consensuado entre todos para organizar nuestra convivencia en un determinado tiempo y en un determinado lugar. Esto parece obvio, aunque admita excepciones. Sin embargo, ¿qué debemos tolerar de todo aquello que no es ilegal, sino simplemente alegal, es decir, no contemplado por la ley?. Para mantener la reciprocidad deberíamos ser intransigentes con los intolerantes, pues de otro modo acabarían imponiéndose, y de nada serviría nuestra tolerancia. Es decir, en principio parece razonable la exigencia de reciprocidad. Tampoco deberíamos tolerar la imposición de supuestas “verdades” no demostradas, y de ninguna manera las afirmaciones que desmienten verdades demostradas. Es decir, no se debe ser tolerante con las afirmaciones peregrinas contra la verdad científica más aceptada en el momento, lo cual no significa que ésta no se acepte como revisable y siempre provisional. El espíritu científico también haría desaconsejable comportarnos con el prójimo en una forma que no desearíamos para nosotros mismos, porque la tolerancia exige reciprocidad.
Parece que el espíritu científico aumenta la tolerancia, pero también podría suceder lo contrario, que la tolerancia aumentase el espíritu científico. De hecho, las sociedades vinculadas al mar, con gran tránsito de viajeros de diferentes culturas, siempre se ha dicho que son más tolerantes, más abiertas, que aquellas que viven encerradas en sí mismas. Quizás, por esto, por el contacto con diferentes realidades, se amplíe la perspectiva y se sitúe nuestra propia realidad en un contexto más amplio, relativizando lo nuestro, y no convirtiéndolo en un valor absoluto.
Por otra parte, la unión del poder político con el religioso, ha tenido una influencia nefasta para la tolerancia. Todas las iglesias, sin excepción, se consideran depositarias de una única verdad, la que ella predica. Si el Estado, y la escuela pública, se hacen eco de esa única “verdad” están fomentando un dogmatismo desde los poderes públicos, cuando esa “verdad” debería estar restringida al ámbito privado de las creencias. Por tanto, creo que se hace un flaco favor a la tolerancia, y al talante científico, convirtiendo la escuela pública en un púlpito.
Desde mi punto de vista lo primero es la tolerancia, que se ve favorecida por toda una serie de circunstancias, algunas de las cuales me he ocupado en señalar. La tolerancia nos hace menos dogmáticos, y aumenta nuestro talante científico, lo cual, a su vez, nos hace más tolerantes, lo que conlleva un efecto amplificador de ambos. No es difícil comprobar que las sociedades que aúnan más culturas son más abiertas y tolerantes, pero sería interesante comprobar si disponen de un mayor talante científico.