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Noviembre 10, 2009

Reflexiones sobre la función del arte

Archivado en: arte, cultura, divulgación, emoción, filosofía, pedagogía — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:22 pm

En un artículo anterior, titulado “Aproximación para una definición de arte” traté de por qué determinadas actividades humanas se consideran artísticas, como las Bellas Artes, y por qué otras no lo son, tal como el fútbol, la tauromaquia, por ejemplo. Como criterio de demarcación entre las actividades artísticas y las que, a mi juicio, no lo son, utilicé la universalidad de la actividad artística, así como su atemporalidad, es decir, su inicio con el hombre, defendiendo en aquel artículo la tesis de que el arte está ligada a la propia naturaleza humana. En ese sentido, otras actividades, por mucha habilidad que requieran, no se pueden considerar artísticas.

Hoy, me propongo analizar la función – si es que cumple alguna – del arte, por oposición a la técnica. Para esto es preciso considerar que el arte, al contrario de la técnica, no busca ninguna utilidad especíofica. Es un añadido a lo propiamente utilitario, y su función, para el artista, es satisfacer una necesidad espiritual, que nace de dentro, y que no busca colmar ninguna necesidad material. El arte, en su sentido más genuino, se seguiría haciendo aunque nadie más lo compartiera. Por eso, desde el principio, resulta necesario deslindar la actividad artística de su comercialización y de todo el negocio que se mueve a su alrededor.

Puesto que el arte no busca satisfacer ninguna necesidad material, cuando el hombre consume arte, ¿por qué lo hace?. Hay muchas razones espurias por las que puede hacerlo, y por las que de hecho lo hace, en oocasiones, como pueden ser rellenar estanterías en la casa, adornar paredes, impresionar a los amigos, o especular, o vaya usted a saber…… Sin embargo, toda esta amplia variedad de razones marginales a la intención artística no constituyen el objeto de mi artículo.

La pregunta objeto del presente artículo, podría quedar planteada sencillamente así: ¿qué busca la persona que adquiere una obra de arte, si lo único que le interesa es la obra en sí?. Dado que la función de la obra de arte no es satisfacer ninguna necesidad material, su adquisición debe ir destinada a colmar algún tipo de anhelo espiritual. El comprador de una obra de arte, el genuino, debe experimentar alguna forma de emoción estética con la misma, lo que le impulsa a adquirirla. Sin embargo, el artista, cuando crea la obra no está buscando emocionar. Si así fuera el arte quedaría prostituido, y relegado a remover la sensiblería ajena. No, el arte es espontáneo, y la capacidad de promover una emoción estética en los demás no es premeditada.

Hoy, en torno al arte, hay toda una parafernalia de críticos, entendidos, comerciantes, galeristas, falsificadores, especuladores, y demás que han alejado a aquél de su sentido primigenio. Hoy hay quien nos dice lo que nos debe emocionar y lo que debemos desdeñar, lo que vale y lo que no vale. Se han expuesto en grandes museos verdaderos adefesios, haciéndolos pasar por genuinas obras de arte. Todo este estado de cosas ha creado una enorme confusión, y ha hecho que se confunda la obra artística con toda la parafernalia social que se mueve en torno al arte, y que muchas veces poco tiene que ver con el arte genuino.

Aquel que adquiere una obra porque se lo sugiere un “entendido”, o porque le han dicho que posee un gran valor, está desatendiendo la función primordial del comprador de arte: experimentar una cierta clase de emoción estética con la obra. Esa emoción estética no es estática, sino que se puede cultivar, como se puede educar el paladar, pero siempre habrá paladares educados que detesten el caviar, y prefieran un guiso sencillo.

El auténtico comprador de arte, y no el esnob del que ya hemos hablado, debe reunir al menos dos condiciones: tener satisfechas un mínimo de condiciones materiales, y poseer un espíritu refinado. La primera condición no merece comentario, mientras que la segunda merece algún detenimiento. Aquella persona con un espíritu exclusivamente práctico, no atendería nunca a los aspectos artísticos, y valoraría las cosas por lo que sirven, desdeñando cualquier valor adicional. El arte para él sería algo superfluo, algo que excede a la mera utilidad que él busca. Tendría su sensibilidad embotada para emocionarse con todo aquello que no le sirve, que no le resulta útil. Mientras que este sentido práctico quede reducido a las cosas, el problema sería un embrutecimiento personal, pero en el momento que lo extrapole a las personas estaríamos ante un gañán, que sólo concede valor a los demás por lo que le pueden ofrecer. ¿Es tan infrecuente esta extrapolación?. Júzguenlo ustedes.

Noviembre 2, 2009

La tolerancia y el espíritu científico

Archivado en: cultura, divulgación, educación, libertad, pedagogía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:12 pm

Hoy en día, la tolerancia se considera un bien irrenunciable, una conquista moderna a la que no podemos dar la espalda. Hay que ser tolerante, se repite con frecuencia. Sin embargo, convendría preguntarse: ¿Hay que ser tolerante con las sandeces ajenas, o, los demás deben serlo con las nuestras?, ¿debemos tolerar cualquier comportamiento?, ¿cuáles deben ser, en definitiva, los límites de nuestra tolerancia?

El espíritu, o el talante científico, consiste en estar dotado de una mentalidad empírica, que no establece juicios “a priori” o, lo que es lo mismo, que no pre-juzga, y que somete sus juicios a la experiencia y a los resultados. Además, esos juicios establecidos en base a la experiencia, siempre se considerarán provisionales, hasta que nuevos hechos nos aconsejen su revisión. La mentalidad científica se ajusta a los hechos, y no al revés. No retuerce los hechos para que estos verifiquen nuestros pre-juicios. Consistiría, “grosso modo”, en la aplicación del método científico a la vida práctica. El hecho de que no se realice con la misma sistemática que usa la ciencia, nos aconseja a llamar a esta actitud espíritu, talante o mentalidad científicas. Por desgracia, no siempre los grandes científicos tienen esta mentalidad, sino que a veces la restringen a su campo específico, y se comportan como fanáticos en la vida corriente. Siempre se ha dicho que un buen antídoto contra la intolerancia es el viajar, y a mí me parece que sí, porque de alguna manera relativiza nuestros hábitos, nuestras costumbres, y nos muestra como nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra región y nuestra nación, son uno entre tantos, y que lo que nos parecía lo mejor era una posible respuesta, entre otras muchas posibles, a unas circunstancias determinadas.

El párrafo anterior, sobre el talante científico, nos puede proporcionar las claves sobre lo que se debe tolerar, y lo que no. De momento, no deberíamos tolerar lo que contraviene la ley, y esto es porque es lo que hemos consensuado entre todos para organizar nuestra convivencia en un determinado tiempo y en un determinado lugar. Esto parece obvio, aunque admita excepciones. Sin embargo, ¿qué debemos tolerar de todo aquello que no es ilegal, sino simplemente alegal, es decir, no contemplado por la ley?. Para mantener la reciprocidad deberíamos ser intransigentes con los intolerantes, pues de otro modo acabarían imponiéndose, y de nada serviría nuestra tolerancia. Es decir, en principio parece razonable la exigencia de reciprocidad. Tampoco deberíamos tolerar la imposición de supuestas “verdades” no demostradas, y de ninguna manera las afirmaciones que desmienten verdades demostradas. Es decir, no se debe ser tolerante con las afirmaciones peregrinas contra la verdad científica más aceptada en el momento, lo cual no significa que ésta no se acepte como revisable y siempre provisional. El espíritu científico también haría desaconsejable comportarnos con el prójimo en una forma que no desearíamos para nosotros mismos, porque la tolerancia exige reciprocidad.

Parece que el espíritu científico aumenta la tolerancia, pero también podría suceder lo contrario, que la tolerancia aumentase el espíritu científico. De hecho, las sociedades vinculadas al mar, con gran tránsito de viajeros de diferentes culturas, siempre se ha dicho que son más tolerantes, más abiertas, que aquellas que viven encerradas en sí mismas. Quizás, por esto, por el contacto con diferentes realidades, se amplíe la perspectiva y se sitúe nuestra propia realidad en un contexto más amplio, relativizando lo nuestro, y no convirtiéndolo en un valor absoluto.

Por otra parte, la unión del poder político con el religioso, ha tenido una influencia nefasta para la tolerancia. Todas las iglesias, sin excepción, se consideran depositarias de una única verdad, la que ella predica. Si el Estado, y la escuela pública, se hacen eco de esa única “verdad” están fomentando un dogmatismo desde los poderes públicos, cuando esa “verdad” debería estar restringida al ámbito privado de las creencias. Por tanto, creo que se hace un flaco favor a la tolerancia, y al talante científico, convirtiendo la escuela pública en un púlpito.

Desde mi punto de vista lo primero es la tolerancia, que se ve favorecida por toda una serie de circunstancias, algunas de las cuales me he ocupado en señalar. La tolerancia nos hace menos dogmáticos, y aumenta nuestro talante científico, lo cual, a su vez, nos hace más tolerantes, lo que conlleva un efecto amplificador de ambos. No es difícil comprobar que las sociedades que aúnan más culturas son más abiertas y tolerantes, pero sería interesante comprobar si disponen de un mayor talante científico.

Septiembre 21, 2009

Información versus formación

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, información, pedagogía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:16 pm

Vivimos en la sociedad de la información. Nunca el individuo ha dispuesto, como hoy, de tanta accesibilidad a la misma. La información nos llega, de forma pasiva, sin que nosotros la busquemos de forma explícita, por los más diversos canales, y por unos pocos podemos acceder a la misma de forma activa, siendo internet para obtener esta última el más importante y el de uso más generalizado. Paralelamente, sin embargo, el nivel de nuestros estudiantes de secundaria no deja de ser lamentable, a pesar de esta enorme accesibilidad a la información. Todo parece indicar que no existe una correlación positiva entre la facilidad para el acceso a la información y el nivel educativo de una sociedad.

Es posible que tanta abundancia de información, obtenida desde los canales más diversos, contribuya a dispersar la atención y a aumentar la confusión. La gente se cree, sin el menor análisis crítico, multitud de informaciones que no tienen la menor base científica, pero que repetidas el suficientemente numero de veces se convierten en verdades indubitables, hasta el punto de que corre uno el riesgo de mostrarse, si las pone en duda, “políticamente incorrecto”. Escuchamos hablar de sesudas cuestiones sobre ecología a chisgarabís que carecen de estudios elementales, mientras que los más eminentes científicos guardan silencio sobre las mismas. Habitualmente, de hecho, los grandes científicos se suelen mostrar muy prudentes al tratar determinadas cuestiones, porque muchos de estos fenómenos implican un enorme número de variables, muchas de ellas desconocidas, y pronunciarse sobre las mismas comprenden que es cuando menos imprudente. Oímos hablar, por ejemplo, desde numerosos foros, que si los alimentos transgénicos son peligrosos, que si producen cáncer, etc., etc., y si leemos un libro serio de alguno de los genetistas que trabajan en estos temas comprendemos que nosostros mismos somos transgénicos, puesto que la evolución ha determinado que poseamos genes de la mayoría de las especies. Por otra parte, sabemos que la manipulación genética ha permitido aumentar el número de cosechas de determinados alimentos, así como aumentar la resistencia de muchos cultivos a determinadas plagas, etc.,etc. Valga esto únicamente como ejemplo, sobre la enorme confusión reinante alrededor de muchos temas. Sin embargo, el calentamiento global del planeta, lo pernicioso de los transgénicos, la idea de que el virus de la nueva gripe es un producto de laboratorio, auspiciado por los intereses económicos de las grandes farmacéuticas, y tantas otras supuestas “verdades”, se han convertido en axiomas para muchos. De hecho, las repiten sin cesar, un día sí y otro también.

Por otra parte, la palabrería huera de muchos de nuestros políticos, repitiendo lugares comunes sin el menor atisbo de espíritu crítico, han ocasionado un daño nada despreciable. Por desgracia, para muchos de nuestros congéneres, sus principales referentes no son los pensadores más eminentes, sino los políticos de sus partidos, y repiten sus mismas consignas vacuas sin el menor asomo de pudor. ¡Cuánto se echa de menos a alguien que sea capaz de ser él mismo!. Siempre he pensado que la política debe ser lo suficientemente aburrida, de forma que permita a la mayoría dedicar sus energías a actividades más útiles y menos embrutecedoras.

La formación es otra cosa, y poco o nada tiene que ver con la información. De hecho, la información sin formación conduce al caos, a la desorientación más absoluta, a la confusión más impresionante, y puede resultar altamente contraproducente. La formación es el marco adecuado para filtrar la información, para seleccionarla, para contrastarla, para rechazarla o aceptarla, y para situarla en su adecuado contexto. Es la mejor vacuna contra el batiburrillo mental al que puede conducirnos la información sin control.

La formación supone la asimilación correcta de unos conocimientos básicos aceptados de forma general, fundamentados y razonados. Por tanto, han supuesto para el alumno un verdadero esfuerzo de aprendizaje, puesto que su aprendizaje no ha sido gratuito ni pasivo, como la mera información, sino que ha exigido el concurso de sus facultades intelectuales y el esfuerzo de pensar. Estos conocimientos dotan al alumno de un marco de referencia para situar todo lo que venga después, a la par que le proporcionan una capacidad crítica para convertirse en agentes activos de su propio aprendizaje, aceptando o rechazando informaciones más o menos contrastadas, o más o menos compatibles con esos conocimientos previos. La persona formada piensa, mientras que la persona tan sólo informada traga. El político suele preferir con mucho a esta última, puesto que es mucho más proclive a aceptar sin reparos sus consignas y resulta mucho más dócil y manipulable. Por eso, siempre hay que estar en guardia ante las reformas educativas que propugnan nuestros políticos, porque rara vez su objetivo será conseguir gente formada, que piense por sí mismo, que pueda criticar sus actuaciones. Buscarán, más bien, personal adoctrinado, con poco o nulo espíritu crítico, incapaces de filtrar y seleccionar la información que se les ofrece.

Septiembre 15, 2009

Paréntesis veraniego

Archivado en: entretenimiento, humor, nación, política, sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:07 pm

Tras un largo paréntesis veraniego, decido retomar mi blog sin ningún tema concreto sobre el que escribir. Parece que hay que pensar sobre lo que se va a escribir, pero a mí, a veces, me ocurre lo contrario, que necesito escribir para pensar. No sólo eso, sino que me he acostumbrado a hacerlo a ritmo de teclado, y no pienso igual si escribo en una cuartilla. ¿Será que el curso del pensamiento también se acostumbra a un ritmo? No lo sé, pero en cualquier caso a mí me ocurre eso.

Aquel que esté dispuesto a leerme hoy debe saber que voy a hacer un repaso somero a algunas cuestiones que he ido leyendo este verano, aunque hubieran aparecido en la prensa con anterioridad.

La crisis financiera parece que se va a solventar sin grandes cambios de paradigma en el modelo económico, tal como habían augurado algunos profetas. Se inyectó dinero público para que el sistema siguiera funcionando como lo había hecho hasta ahora, y al principio – al menos eso han dicho – habrá un mayor control sobre las entidades por parte de los bancos centrales. Luego, ya veremos.

La gripe A plantea incertidumbres, y los mensajes de la OMS y del Ministerio de Sanidad no son siempre coincidentes, ni tampoco las medidas a adoptar por los diferentes países de nuestro entorno. Unos, como Australia, dicen que vacunarán al 100%, otros como Reino Unido al 75%, Francia al 70%, y España al 15-20%, aunque dice que mantiene en reserva vacunas para el 60% de la población. Es cierto que la mayoría pasa la gripe sin problemas, pero también es cierto que esta gripe parece más virulenta en adolescentes y adultos jóvenes, y no siempre con patologias previas. Según he leído, del total de muertes en estos tramos de edad, un 40% no presentaban patologías previas, y creo recordar que este dato lo aportaba la OMS. Puede, y espero, que este otoño-invierno no presente grandes novedades en cuanto a la gripe A, pero me temo que pueda haber un colapso de los centros sanitarios. Yo no tengo las cosas suficientemente claras, y eso que he ido leyendo toda la información pertinente que sobre el tema ha ido editando el ministerio.

Parece ser que se prepara una nueva ley del aborto, y que las jóvenes de 16 años podrán abortar sin el consentimiento de sus padres, para de esta forma no coartar una decisión íntima que debe ser tomada con la máxima libertad. Sin embargo, creo que tienen prohibida la entrada a un local público en el que esté permitido fumar. Por cierto, se prepara una nueva ley para prohibir fumar en todos los locales públicos cerrados. Recuerden que antes muchos resturantes habían efectuado obras para acondicionar sus locales a la ley anterior, a fin de tener separados a fumadores y no fumadores. ¿Quién se encarga ahora de amortizarles ese reciente desembolso?

El plan E, pergeñado para “reactivar” la actividad económica, tiene a todos los pueblos y ciudades patas arriba. Concretamente, donde yo vivo, se ha efectuado una completa remodelación del tráfico y les aseguro que circular por allí resulta mucho más peligroso y arduo que antes. Este plan, en el mejor de los casos, puede servir para construir un nuevo pabellón deportivo o una pista de skates; en otros para hacer una zanja y voverla a tapar y, en el peor, para fastidiar al ciudadano un poco más de lo que ya estaba. Ahora, reactivar, lo que se dice reactivar, no me lo creo.

Hace unos días, en Rodiezmo, cantaron la internacional, con el puño en alto, varios dirigentes socialistas; entre otros, Leire Pajín y Bibiana Aído. Rajoy lo ha comparado con el saludo fascista. Yo no estoy de acuerdo con Rajoy, y creo que los descamisados de la tierra se sienten muy representados por ambas mozas. Que ganan entre 10 y 20.000 euros mensuales, sí, ¿y qué….?. ¿O es que os creéis que los socialistas quieren repartir pobreza?. No señor. Quieren repartir riqueza, y quieren empezar por ellos mismos, para dar ejemplo.

Un tal Risto Mejide, antiguo miembro del jurado de Operación Triunfo, se ha convertido en todo un fenómeno mediático, y reparte leña a diestro y siniestro en un nuevo programa a su medida: G20. Es el prototipo del nuevo intelectual de la era Zapatero. Si uno se mete con la gente de forma desvergonzada es un intelectual, y si lo hace con todo el mundo y con el mayor descaro entonces ya es el no va más. En una ocasión, ante una imagen de Benedicto XVI, dijo que le parecía un personaje siniestro, y que a él le inspiraba miedo, y que comprendía que a los niños les aterrorizase. Bueno, pues creo que hasta lo aplaudieron.

En Areyns de Munt, un municipio de Barcelona, han realizado un simulacro de referéndum preguntando a su habitantes por si desean la independencia de Cataluña. Desconozco los términos exactos en que estaba formulada la pregunta, y no me voy a molestar en saberlo. ¡Qué hastío de gente! Con razón decía Unamuno:¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!

Bueno, pues ya está, hoy no comento más.

Julio 12, 2009

Sobre la amistad

Archivado en: amistad, divulgación, educación, emoción, enseñanza, felicidad, pensamiento, personalidad, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:55 am

Este artículo está dedicado a todos aquellos que, como mis hijos, están en esa difícil edad – la adolescencia – en la que su felicidad suele depender, casi exclusivamente, de la aprobación o desaprobación de sus amigos.

En teoría, si comprendieran la verdaera naturaleza de esta relación – de la amistad – podrían aprovechar todas sus ventajas, minimizando los inconvenientes. No obstante esto es pura ilusión, porque aunque lo lean no lo asimilarán, y sólo cuando no les haga falta lo aprehenderán, y además por sus propios medios. No obstante, espero que valga como un mero ejercicio intelectual.

Quizás, la mejor manera de comprender aquello en qué consiste la amistad sea intentando averiguar cómo se forja una amistad, y cómo desaparece una vez forjada. Aunque puedan existir amistades platónicas, supondremos, para nuestros propósitos, que la amistad sólo puede surgir entre personas que se conocen directamente, sin intermediarios. La amistad con otra persona surge en el momento en que nuestras afinidades con ella superan nuestras diferencias, de forma que su presencia suele resultarnos grata. La amistad surge, de esta forma, como una especie de balance que hacemos sobre la otra persona, y en uno de los platillos de la balanza colocamos nuestras afinidades, y en el otro lo que nos separa de él. Si nuestra valoración peculiar inclina el primer platillo hacia abajo entonces decimos que nos sentimos “amigo” del otro, y esta valoración continúa a lo largo del tiempo, pero el tiempo entonces también se considera un integrante del primer platillo. De hecho, resulta normalmente mucho más fácil romper una amistad de muchos años que una amistad reciente. Habitualmente, aunque no siempre – pues existen falsas amistades, simuladas por el engaño, o por el interés -, la amistad suele ser un sentimiento recíproco, de la misma forma que la antipatía.

La amistad no es más que eso, un puro balance subjetivo, por mucho que queramos disfrazarlo con nociones románticas. De hecho, la amistad, cuando nace y crece, hace falta cultivarla para que no se marchite. Si no se hace desaparece, y únicamente el recuerdo de los momentos compartidos nos puede crear la ilusión de que sigue existiendo algo que desapareció hace tiempo.

Hemos visto cómo surge la amistad, y ahora analizaremos la causa más frecuente de que desaparezca. Dejaremos a un lado la pérdida de una amistad por la ausencia o por la lejanía del amigo, y nos centraremos en la amistad que se pierde con la presencia del amigo.

Ese primer balance al que nos referíamos cuando surge una amistad se va refinando con el tiempo, pero sin dejar de ser un balance, y cuando pasa más o menos tiempo tenemos un elenco de personas a las que consideramos nuestros amigos. Posteriormente, solemos establecer expectativas sobre nuestros amigos. Estas expectativas no son lo que el amigo nos ofrece, sino lo que nosotros esperamos de él, y están hechas, por tanto, a nuestra medida, y no a la medida de nuestro amigo.

Por lo general, aunque no siempre, solemos exigir igual o más de lo que estamos dispuestos a entregar, y son precisamente esas expectativas a las que me refería en el párrafo anterior las que más frecuentemente destruyen una amistad. La decepción, ocasionada por unas expectativas frustradas, suele ser la causa más común de la disolución de una amistad. No debemos olvidar que nuestras expectativas no son sino un reflejo de nuestra propia personalidad, y que nada tienen que ver con la personalidad de nuestro amigo. Depositar expectativas en el amigo supone mirarlo en nuestro propio espejo, y éste es el camino más directo para que una amistad desaparezca.

Normalmente, y aunque resulte paradójico a primera vista, la gente con personalidad afianzada, la que está menos dispuesta a cambiar por los otros, suele ser la que hace amigos con más facilidad. Aquellos que solicitan amistad, o los que están dispuestos a cambiar para conseguirla – los tímidos, los inseguros – tienen mucha más dificultad para hacer amigos. Si lo analizamos a la luz de nuestro análisis anterior no tiene nada de extraño, puesto que las personas seguras de sí mismas, dotadas de fuerte personalidad, al estar dispuestas a entregar menos, también van a rebajar sus expectativas respecto de los otros, haciendo esto más difícil que la amistad desaparezca. Por el contrario, los inseguros, al estar dispuestos a entregarlo todo coon tal de tener amigos, tarde o temprano exigirán una contrapartida mayor, y esa expectativa defraudada acabará rompiendo la amistad. Decía Bertrand Russell que la naturaleza humana suele ser tan miserable que recibe menos amor aquel que más lo solicita.

¿Cuál puede ser la razón de que aquellos que están dispuestos a entregar menos a cambio de amistad la encuentren con más facilidad? Una posible razón es que al ser personas seguras de sí mismas, con fuerte personalidad, eso despierte admiración. Quizás, nuestros genes, por razones de selección natural, nos inclinen más a hacernos amigos de los “fuertes”, de los seguros, de aquellos dotados de fuerte personalidad, que de los inseguros o “débiles”. Quizás nos parezca más sincera, más auténtica, la actitud de quien no está dispuesto a ofrecerlo todo que de quien está dispuesto hasta a cambiarse a sí mismo por amistad. Quizás, por todo esto, los que en principio parece que menos dan, son los que más reciben.

Junio 27, 2009

Aproximación para una definición de arte

Archivado en: arte, cultura, divulgación, enseñanza, pedagogía — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:05 am

El arte, como tantos otros conceptos, resulta escurridizo, se escapa a una definición verbal que no genere ambigüedad. Sería absurdo definir el arte al modo en que definimos, por ejemplo, la palabra “silla”, como utensilio que sirve para sentarse compuesto, habitualmente, por tres o más vástagos verticales sobre los que se apoya una superficie horizontal, destinada al reposo de nuestras posaderas. No obstante, el DRAE siempre resulta de utilidad, y si lo consultamos, en su segunda acepción, la que en este momento nos interesa, define el arte como “aquella manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado mediante recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”.

Esta definición elimina al resto de los animales, a los que considera incapaces de cualquier actividad artística, considerando ésta una actividad genuinamente humana. Al tratarse de una visión personal, la definición del DRAE hace hincapié en otro aspecto fundamental de la manifestación artística, como es el hecho de ser algo único, precisamente por ser personal. Es este aspecto el que diferencia el arte de la técnica, que permite la reproducción mecánica de algo, sin necesidad de aporte personal alguno. El arte es también desinteresado, en el sentido de que trasciende las necesidades materiales de supervivencia. El arte no nace para cubrir una necesidad material, sino más bien una necesidad espiritual del ser humano. El arte es un añadido, que surge probablemente de una necesidad estética que anida en nuestra naturaleza. Los recursos que utiliza el arte para plasmarse pueden ser de tres tipos: plásticos, lingüísticos o sonoros. Esta última parte de la definición restringe el arte a las seis expresiones clásicas, conocidos por todos: la pintura, la escultura, la arquitectura, la literatura, la música y la danza. Más tarde, con el advenimiento del cinematógrafo, también se incorporó el cine como el séptimo arte.

Este artículo no tiene por objeto señalar si una manifestación artística carece o no de calidad, lo cual implica conocimientos particulares diversos. Un niño, cuando dibuja una casa, o cuando escribe su primera carta, está realizando arte, aún cuando sea de forma muy rudimentaria.

Lo que me interesaría dejar claro en este artículo es si la definición del DRAE es puramente convencional o responde, en algún modo, a una realidad anterior a la definición. ¿Se trata de una definición puramente convencional o trata de aprehender algo que existe y que resulta escurridizo a la definición? ¿Por qué, según la definición del DRAE, no es arte el toreo, ni la forma en que Messi juega la fútbol? ¿Es sencillamente porque la definición no lo permite? ¿Hemos construido una definición “ad hoc” para incluir exclusivamente a las artes clásicas, o la definición entronca con la verdadera naturaleza de la expresión artística? ¿Es un artista Ferrán Adriá, o sólamente lo consideran así los snobs?

A fuer de ser sincero creo que aún no es posible responder con certeza a estas preguntas, pero como indica el título del artículo se trata tan sólo de una aproximación.

Si el arte es algo genuinamente humano parece que dos características del mismo deberían ser su universalidad y su nacimiento con el ser humano, por ser algo inherentes a él. Desde este punto de vista, que me parece importante, ni el toreo ni el fútbol cumplen ninguna de esas características. Sí parecen cumplirlas, aunque sea en forma rudimentaria, las grandes artes clásicas, así como el cine, desde que se inventó por lo hermanos Lumière el cinematógrafo. Por tanto, los requisitos anteriores parecen alejar la idea de que la definición del DRAE y la restricción de las manifestaciones artísticas a las seis o siete grandes artes sean algo puramente convencional, dictado únicamente por el interés subjetivo del que enuncia la definición.

Podríamos decir que el arte es algo incardinado muy profundamente en la naturaleza humana, que hace que aparezca en la historia con el nacimiemto del homo sapiens, y que es común a todas las culturas, encontrando su expresión mediante medios plásticos, lingüísticos o sonoros. Por eso, porque aún desconocemos en profundidad lo que la naturaleza humana es, habrá que esperar a que el desarrollo de las neurociencias nos lo aclare desde un punto de vista científico, menos especulativo del que hemos utilizado en el presente artículo.

Junio 10, 2009

Los chiringuitos, las terrazas

Archivado en: aficiones, educación, humor, restaurantes — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:15 am

Ahora, en Andalucía en general, y en Cádiz en particular, llega una época especialmente agradable, al menos para mí. A partir del 40 de mayo, si se cumple el refrán de “no te quites el sayo, hasta …..” podemos disfrutar de terrazas sin sufrir las aglomeraciones de la época estival.

Parece que nos quieren quitar los chiringuitos, algo tan característico nuestro, que nos permitían escuchar música Regay, o de otro tipo, mientras saboreábamos una cerveza bien tirada acompañada de unos boquerones, de un cazón o de unas sardinitas, o aliviar la calima de un caluroso día de playa. Desconozco la razón de estas sesudas iniciativas, pero le he leído hoy a Barbeito que hay razones ecologistas detrás de esto. No deja de ser curioso, como señala el mismo autor en su artículo, que mientras que los chiringuitos se consideran perjudiciales para el medio ambiente, esas guillotinas horizontales que son las motos acuáticas surcan nuestras aguas cada día más cerca de la orilla, provocando, a la par que ese desagradable olor a gasóleo, algún que otro accidente mortal a algún desafortunado bañista. No voy a ser yo aquí quien niegue el pan y la sal a los ecologistas, que han supuesto en muchos casos un adecuado contrapeso a los intereses de los especuladores de turno, pero en algunos casos se exceden, y pueden lograr que todos muramos de aburrimiento en un medio ambiente muy saludable.

Quede con esto señalada mi oposición a que alguien, porque le guste bañarse en pelotas, y desee una playa más salvaje, o por la razón que sea, me quite la posibilidad de tomarme mi cerveza fresquita, con mis pimientitos y mis boquerones, ya sea por la mañana o en una calurosa noche de verano, en cuyo caso me priva de escuchar una música acorde con el tiempo, y regada con su correspondiente cubata de Barceló. En estos casos no se trata tanto de defender el medio ambiente, sino de imponer sus gustos a los demás. De la misma forma que yo he de aguantarme con la estética dudosa de quien juega a las palas en pelota picá, ellos deberían ser un poco más condescendientes con mis gustos. Aún recuerdo un día, en el Palmar de Vejer hace muchos años, estando yo debidamente tumbado en mi toalla y ataviado con mi Meyba, cuando escuché: “¿me da fuego?”, y al alzar la vista me encontré la mandinga de un tipo que me estaba señalando. Bueno, pues fui tolerante. En vez de cagarme en “tos sus tus”, por atrevido, le di fuego y santas pascuas. Yo no le pido a este ecologista de picha al aire que me contemple en actitud semejante, sino tan sólo que me deje tomar en paz mis sardinitas.

Pues eso, que viene una buena época, tras un otoño y un invierno fríos y de infausto recuerdo – por razones de índole personal -, y vamos a tener que irnos al Caribe y cambiar los boquerones y la caballa caletera por el aguacate, el mango y lo que se tercie. Francamente, creo que estos ecologistas de picha al aire le hacen mucho daño a los Cousteau y a los Attenborough. Ciertamente, a Cousteau ya no le pueden hacer mucho daño, pero ya ustedes me entienden, que esto del ecologismo es algo tan amplio, tan variopinto, que admite lo mismo al mejor naturalista del mundo que al carota más analfabeto. Por desgracia, estos últimos son los que me quieren quitar el chiringuito.

Siempre ha habido chalados de la más diversa especie, pero en otros tiempos se les tenía por tales, y en paz. Hoy mandan, y consiguen que los políticos de diverso pelaje les escuchen y acepten sus propuestas medioambientales. Está claro que los políticos se rinden al que es capaz de armar más ruido, y los analfabetos a los que me refiero son especialistas en esto.

Desde hace unos años, por la noche, con mis hijos, solíamos frecuentar una terraza en el Puerto de santa María, porque el dueño, aparte de ser muy amable, interpretaba agradables melodías de los ochenta que no podían – era materialmente imposible – molestar a ningún vecino de la zona. Bien, pues alguien, creo que fue uno del quinto de un edificio cercano, se quejó, y el ayuntamiento prohibió que este señor siguiera cantando. Vuelvo a asegurar que no fue el de la planta baja, ni el del primero , ni el del segundo, sino un amargado que se sentía molesto porque otros supieran cantar, porque era materialmente imposible que escuchase nada. No piensen que no respeto el sueño ajeno, sino todo lo contrario; creo que, en caso de conflicto, debe prevalecer este derecho sobre el derecho al divertimento, pero no era este el caso.

Mucho ojo con este tipo de gente, que disfrazados de ecologistas, cuando en realidad son perfectos analfabetos funcionales, y con la coartada de la contaminación acústica, de las costas, medioambiental, planetaria o universal, nos joden la vida día a día, minuto a minuto y segundo a segundo. Mi más profundo respeto a todos los attenboroughs del mundo, y mi más profundo desdén hacia quienes pretenden amargarnos la vida cada día un poco más, porque no saben de nada, pero quieren opinar, y además carecen de gusto y de sensibilidad para valorar las cosas sencillas pero bellas. A éstos, ni caso.

Mayo 14, 2009

Los políticos

Archivado en: divulgación, educación, pedagogía, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:41 am

La diferencia entre lo que debería ser el noble arte de la política, y lo que de hecho es, resulta tan palmaria que no merece extenderse en ello.

La gente, en general, está tan acostumbrada a la sinvergonzonería de los políticos que pocas noticias resultan ya escandalosas, y prácticas absolutamente deplorables se asumen con normalidad. Podríamos decir que los políticos han trivializado el escándalo, anulando en cierto modo esa capacidad de que dispone el ser humano para distinguir el bien del mal. Han conseguido que muchas personas acepten con normalidad que fondos públicos se destinen a asuntos personales, y que comprendan la tentación continua a la que están sometidos. Al menos en España.

Resulta que hace unos días hemos tenido noticia de que políticos británicos, de los dos principales partidos, destinaban recursos públicos para atender menesteres privados de la más diversa índole, y que como consecuencia de ello la opinión pública estaba escandalizada, y asqueada con sus políticos. Al parecer, el primer ministro, Gordon Brown, ha pedido perdón por ello y dicen que van a devolver lo sustraído. Es como si alguien atraca un banco y cuando lo cogen pide perdón, dice que no lo va a hacer nunca más, que devolverá lo robado, y todo el mundo tan contento. La única diferencia, quizás, entre lo ocurrido en Gran Bretaña y lo que ocurre en España no está en los políticos, sino en la capacidad para escandalizarse.

Por otro lado, está claro que algunos políticos tiene que haber, que no se puede prescindir de ellos totalmente, como sería de desear. Por eso habría que reducirlos al máximo, y establecer un delito especial para la malversación de fondos públicos que eviten conductas tan bochornosas. Si no se actúa con la contundencia debida, para atajar de raíz conductas tan reprobables, se convertirán en moneda común, y el efecto de anestesia moral que eso produce en una sociedad puede ser de efectos devastadores. No olvidemos que los políticos, los mandatarios de la “cosa pública” son el espejo en el que se miran muchos ciudadanos, y su conducta debería constituir un ejemplo de conducta.

Las democracias, incluso las más asentadas, no están exentas de riesgos. Si los dos principales partidos se pusieran de acuerdo para apropiarse de lo público, sin un sistema muy bien diseñado para evitar tales excesos, los ciudadanos lo tendrían muy difícil para conseguir que la situación retornara a la normalidad y se verían inermes para actuar en consecuencia. La independencia, y el consiguiente contrapeso de poderes, sería la única forma de impedir o de corregir tales excesos. En españa no existe una independencia real, aunque sí proclamada, de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y la ciudadanía está más desamparada ante los desmanes de sus políticos. Las listas abiertas, al menos asegurarían que el político que la hace una vez lo tuviera más difícil para ser elegido en una segunda ocasión, mientras que las listas cerradas pueden propiciar que el partido les garantice un puesto vitalicio.

No recuerdo si fue Winston Churchill quien dijo que la democracia servía, entre otras cosas, para que el pueblo tuviera los políticos que se merecían. A veces puede ser aún peor; puede suceder que nuestros políticos sean aún peor de lo que merecemos, y a esto hay que ponerle remedio. Lo ideal sería que fueran mejores de lo que merecemos, pero que sean peores es intolerable, porque eso suscitaría graves dudas sobre la bondad del propio sistema. Si son, como ocurre en una gran mayoría de casos, un reflejo de los votantes, el panorama de nuestro país no es muy alentador. En ese sentido, y según el informe PISA, los que se merecerían los mejores políticos serían los finlandeses, que son los que han conseguido un mejor nivel educativo. Aquí, en España, urgiría aumentar el nivel educativo, pero es difícil pensar que unos políticos mediocres fueran a propiciar una educación que evidenciara más aún su mediocridad.

Mayo 6, 2009

Tiempos sorprendentes

Archivado en: divulgación, humor, política, sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:37 am

Vivimos tiempos sorprendentes, o al menos a mí me lo parece.

La crisis económica y financiera global, en nuestro país agravada por problemas estructurales propios, y la amenaza del paro creciente, una de las mayores lacras sociales, se cierne sobre nosotros. Por si fuera poco, existe una alarma en aumento, aunque de momento parece que algo contenida, con la morbimortalidad que pueda causar la nueva gripe. Nuestra sistema judicial está colapsado, y las causas pendientes, las sentencias sin ejecutar, y la incoordinación de nuestra administración de justicia alcanza niveles alarmantes. Nuestro sistema educativo está a la cola de Europa en muchos aspectos, y a la cabeza en ninguno, según el informe PISA. Parecen problemas de la suficiente entidad como para que, por sí mismos, ocuparan la mayor parte de los desvelos de nuestros políticos y de nuestros funcionarios.

Sin embargo, no parece que sea así. El otro día, haciendo zapping en la TV, me sorprendió un debate sobre los derechos de los incapacitados a disfrutar de asistentas sexuales. Sí, lo han leído bien. Asistentas sexuales, no sociales. Vamos, alguien que se acerque por tu domicilio a alegrarte la vida sexual con cargo al erario público, alguien que tras hacerte la cama te desabrocha la bragueta. No quiero que me juzguen insensible, pero las “manolas” que se las pague quien pueda y quiera, y si no, a otra cosa, mariposa.

Por otra parte, hoy tenemos al menos a tres magistrados de nuestra avanzada Audiencia Nacional ocupados en atender los problemas de nuestro planeta. Uno investiga crímenes de Israel, otro quiere encausar a tres ministros chinos por crímenes contra el Tibet, y el último investiga la implicación de Franco en los crímenes del Holocausto. Perdonen, creo que hay uno más, que de forma regular pregunta a los estadounidenses por Guantánamo. Anteriormente, Garzón declaró oficialmente que Franco había muerto, y gastó muchos miles de euros en descubrir fosas y tumbas, con la coartada de la Ley de Memoria Histórica elaborada por el gobierno. La flamante ministra de Igualdad parece haber descubierto un filón con lo de “miembros y miembras”, y trae mareados a los miembros ¡perdón, y miembras! de la Real Academia que, a este paso, habrá que cambiarle el nombre por el de Real Academia del Género. Y en esas estamos.

Mientras tanto, según nos cuentan, los comedores sociales a los que acuden cada día mayor número de personas, tienen cada vez más problemas de abastecimiento de alimentos. O sea, que mientras que unos gastan en juzgar hoy a Franco y mañana Dios sabe a quién, y otros en imprimir folletos para cambiarnos el chip masculino en otro neutro -o femenino- los de siempre, y muchos más, no tienen qué para llevarse a la boca.

Sin embargo, y pesar de estas evidencias, nuestros prebostes repiten sin cesar que no van a permitir que la crisis la paguen los de siempre. Y hay que darles la razón, puesto que no sólo la están pagando los de siempre, sino muchos otros que antes no la sufrían. Para que luego digan que no están igualando.

Hace unos días, en una entrevista que leí, Aznar, tras referirse indirectamente a Zapatero como “ratoncillo político”, decía que tenía que hacer como Silvela, retirarse tras reconocer su incapacidad para gobernar. Yo no sé en qué piensa este Aznar, ni cómo es posible semejante dosis de ingenuidad. Él sí que debería de retirarse, que carece de sensibilidad para valorar la importancia de llamar miembras a las señoras, así como de capacidad para cuantificar la eficacia de esta medida para paliar los efectos de la llamada violencia de género.

Por todo esto que les he contado, y por algunas cosas más, me parecen éstos tiempos sorprendentes.

Abril 13, 2009

Avanzar hacia un gobierno mundial

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, nación, pedagogía, pensamiento, poder, política, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:19 am

La crisis financiera mundial hizo abogar a muchos por un cambio de paradigma económico. El capitalismo ha fracasado, sentenciaron algunos. Otros, en cambio, dijeron que no, que lo que había fallado no era el mercado, sino la regulación de ese mercado. Otros dijeron otras cosas, pero en lo que todo el mundo parecía estar de acuerdo es en que algo había fallado. Unos defendían la inyección de dinero a los bancos por parte de los gobiernos; otros lo contrario, pretendían que los bancos se hundieran víctimas de su codicia. Visto desde fuera parecía que ni los economistas más prestigiosos se ponían de acuerdo. Unos defendían la inyección de dinero público, a través de los bancos; otros defendían el intervencionismo, pero soslayando a los grandes predadores; otros, en fin, predicaban contra cualquier intervencionismo. ¡Qué confusión!. Al final, la reunión del famoso G20 parece haberse saldado con más inyección de dinero público, y con una fiscalización de los paraísos fiscales. No parece que vaya a haber un cambio de paradigma, como algunos apuntaban.

Bertrand Russell, en un libro titulado “¿Tiene el hombre futuro?”, ya abogaba por un gobierno mundial. Sus razones eran diferentes, era el tiempo de la guerra fría, y lo que le preocupaba era la amenaza latente de una guerra nuclear. En el libro desarrollaba, con cierta minuciosidad, los posibles inconvenientes que planteaba esta idea, y la forma de solventarlos, así como sus grandes ventajas. Hoy parece más alejada la posibilidad de un enfrentamiento nuclear, pero la superpoblación, la globalización, la inmediatez de las comunicaciones, y las enormes bolsas de pobreza, le devuelven, desde mi punto de vista, la actualidad a esa vieja idea.

El mundo, aunque a veces resulte difícil creerlo, progresa. Es cierto que el progreso científico y tecnológico no se ha acompañado, en la misma medida, del debido progreso moral. Hoy parece demostrado que nuestro planeta puede producir alimentos para todos, que puede haber algo para todos, pero que no puede haber de todo para todos. Tampoco parece razonable, ni fundamentado, que un porcentaje muy escaso de personas disfruten de un enorme porcentaje de las riquezas. Antes también ocurrían estas cosas, pero la gran aldea global ha permitido que todo el mundo esté enterado de esto de forma casi inmediata, y que los más desfavorecidos arriesguen sus vidas en busca de unos privilegios que sus países de origen no pueden ofrecerles.

Por las razones anteriores, y por muchas otras, creo que nada cambiará realmente mientras el hombre no avance hacia un gobierno mundial.

Nada cambiará, mientras que las reservas planetarias, como el Amazonas, el mayor pulmón del mundo, sean cuestión de los explotadores de turno, amparados por los gobiernos de la zona, en vez de estar protegidas por un gobierno mundial, que proteja los intereses de todos.

Nada cambiará, mientras que unos pocos piensen que un río es de su propiedad, por la simple razón de que pasa por su terruño, y los demás a fastidiarse.

Nada cambiará, mientras que un señor nacido en Nueva York se considere superior, porque así se lo han dicho, o porque sabe que ha nacido en una zona más próspera, que otro señor nacido en Sierra Leona.

Nada cambiará, mientras los educadores del mundo, por designios de sus políticos, cortos de mira y de altura moral, enseñen a los niños que aquellos son sus enemigos, que su tierra y su sangre son mejores, que están siendo explotados sin serlo, y que deben liberarse de un yugo imaginario para conseguir ser los más ricos de la tierra. Mientras los políticos de una zona manejen la educación, inculcarán lo que más les interese a ellos para autoperpetuarse, y nunca lo que más interese a los niños.

Un gobierno mundial acabaría con esta plaga, con la lacra de los políticos de corto alcance, que asolan el mundo con su ignorancia y con su egoísmo, que inventan problemas artificiales para autoperpetuarse, en vez de resolver los verdaderos problemas, que inculcan el odio, y que son deleznables desde todo punto de vista.

Un gobierno mundial crearía un mundo mucho más justo, mucho más seguro y mucho más en paz. El medio ambiente estaría mucho más asegurado, y la palabra “solidaridad” estaría llena de contenido, porque estaría asegurada por un gobierno de todos y para todos, y no dependería del sentimiento altruista de una persona concreta en un momento concreto.

¿Es esto una utopía? Sin duda, por el momento lo es, porque el hombre no ha alcanzado el grado de desarrollo moral deseable, pero más adelante la utopía devendrá en necesidad, y necesitaremos políticos de verdad, dispuestos a cambiar el mundo, y con las ideas claras sobre como hacerlo.

¿Qué sistema político, o político económico debería encarnar ese gobierno mundial? Es difícil aventurarlo, pero es posible descartar algunas opciones. Obviamente, el capitalismo salvaje actual estaría descartado, y convendría limitar los ingresos máximos por persona. El Estado Mundial sería propietario de la mayor parte de la tierra, y no dejaría a los individuos al albur de la suerte, ayudándoles a crear su propio destino. Por supuesto, las prestaciones sociales estarían aseguradas, y si hiciera falta que todos trabajasen menos horas, para asegurar que hubiera trabajo para todos, pues habría que hacerlo, aunque fuera a costa de reducir los ingresos de los más afortunados. Habría elecciones periódicas, para que nadie se autoperpetuara en el poder, ni se creara un amplio círculo de intereses a su alrededor. Por supuesto, la libertad real, material, de las personas, sería mucho mayor que la actual, que en la práctica no es sino una libertad formal.

Los principios constitucionales establecidos por los padres fundadores de este Estado Mundial, que gozarían de un amplio consenso, no podrían ser cambiados por las veleidades de un gobernante díscolo, pues estaría contemplado como el mayor delito contra el Estado Mundial constituido.

El problema de nuestra sociedad no es un problema de escasez, ni un problema científico, ni tecnológico; es un problema moral. Mientras no se vea así, el G20, o el 40, o el 50, serán sólo meros parcheos, que no haran más que aplazar la solución del problema.

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