Detodounpoco

Mayo 29, 2007

El voto condicionado y el voto incondicional

Archivado en: divulgación, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:49 am

Según parece, en nuestro país, el resultado de unas elecciones generales viene determinado por los llamados indecisos: unos pocos millones de votantes que, en base a acontecimientos relevantes, se movilizan y decantan su voto por uno de los dos principales partidos.

 El resto, la gran mayoría, tiene decidido su voto  de antemano, hagan lo que hagan los inquilinos de la Moncloa. Se trata de un voto incondicional y, en cierto modo, estos votantes le están entregando un cheque en blanco a sus respectivos partidos.

Aquel partido que tenga más votantes incondicionales puede gobernar con mayor impunidad, con menor temor de ser castigado electoralmente por sus posibles desmanes. Basta con que unos meses antes de las elecciones realice unos cuantos gestos para conseguir el voto de los indecisos.

Sin embargo, el partido con menos votantes incondicionales debe gobernar desde el principio con mayor tacto, con mayor delicadeza, con mayor afán de consenso, puesto que cuando se acerquen las elecciones habrá de convencer a un número mayor de indecisos para seguir gobernando. Algo así sucedió con Aznar tras su primera legislatura en la que, por no haber conseguido mayoría absoluta, hubo de gobernar desde el consenso, y consiguió captar a la mayor parte del voto indeciso consiguiendo una amplia mayoría absoluta en la 2ª legislatura. Gallardón, por su parte, en la Comunidad de Madrid y en la alcaldía, consigue mayorías absolutas merced a su talante para el consenso.

Podríamos afirmar que el partido con mayor voto incondicional puede afrontar medidas más drásticas con menor riesgo de perder el poder, mientras que el otro partido debe ser necesariamente más mesurado si desea permanecer en el poder.

Las sociedades democráticas más maduras deben tener un voto flotante, o condicionado, mayor que las que son más inmaduras, en las que el voto sigue anclado en términos maniqueos: aquí están los buenos y allí están los malos.

Los votantes condicionales deben saber la forma en que podrá ser utilizado su voto según voten a uno u otro partido. Si desean reformas drásticas, valientes, rupturistas, deben apostar por el partido con una mayor base de votos incondicionales. Si, por el contrario, prefieren un clima de tranquilidad, alejado de tensiones rupturistas, siempre en el filo de la navaja, deben apostar por el partido con una base menor de voto incondicional.

Obviamente, siempre habrá excepciones, pero en general lo natural será que ocurra en la forma expuesta.

Mayo 28, 2007

El sesgo de nuestro pensamiento

Archivado en: divulgación, enseñanza, pedagogía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:35 am

La mayoría de las cuestiones sobre las que hablamos, o discutimos, en nuestra vida cotidiana están inevitablemente influidas por nuestra propia ideología, por nuestro bagage previo, que contamina en mayor o menor grado nuestro discurso.

 Las personas con mayor grado de fanatismo, las más intolerantes, presentan ese sesgo mucho más marcado que las personas más tolerantes.

 Quizás por eso la tolerancia con las ideas ajenas, la empatía para intentar comprender y ponerse en el lugar del contrincante dialéctico, ha sido siempre considerada una virtud, y el fanatismo un grave defecto.

Sucede, sin embargo, que muchas veces se confunde la tolerancia con la claudicación y con la renuncia a la defensa firme de las propias ideas, llegando incluso a asumirse posturas con las que se está en franco desacuerdo, y todo por el falso prurito de confundir la tolerancia con la renuncia a defender lo que creemos. Por ejemplo, me parece un error de bulto, muy común en nuestros tiempos, mostrarse tolerante con los intolerantes. La tolerancia debe ser recíproca, pues de otro modo los violentos y los intolerantes siempre conseguirán imponerse.

La forma más adecuada, a mi entender, de mostrarse tolerante de una manera eficaz, minimizando el sesgo de nuestro pensamiento, es presentar nuestro discurso con una exposición de los datos, y, cuando éstos sean discutibles, aportar también aquellos otros que no apoyan nuestra ideología previa. A continuación, una vez expuestos los datos desnudos, proceder a todas las interpretaciones posibles, sin obviar tampoco aquellas que perjudiquen nuestros intereses, o vayan en contra de nuestras ideas previas, dejando que sea el lector quien conceda mayor plausibilidad a una u otra de las diversas interpretaciones.

Se trata, en definitiva, de usar un lenguaje denotativo, descriptivo, frente a un lenguaje connotativo, plagado de prejuicios y de sesgos que empobrecen nuestro discurso.

El lenguaje connotativo, el más frecuente, constituye un desprecio al lector inteligente, o a nuestros interlocutores, a los que se les considera incapaces de añadir los epítetos oportunos a la descripción de los acontecimientos, exonerándolos de la costosa tarea de pensar por sí mismos.

 Por supuesto, la forma más burda del lenguaje connotativo es el insulto directo, que pasa entonces de connotativo a directamente zafio.

Yo no me refiero a ese lenguaje barriobajero que se descalifica por sí mismo, sino a adornar nuestro discurso de epítetos que introducen de forma continuada juicios de valor, todos en el mismo sentido, y de los que se intenta que el lector participe, tratándose de valoraciones subjetivas sin más. No sólamente los calificativos, sino aquellas comparaciones que se establecen, que también comportan juicios de valor, dan un colorido connotativo a nuestro lenguaje que resulta poco deseable.

Las diversas interpretaciones de los hechos que se establecen debieran, cuando fuera posible, ir acompañadas de explicaciones oportunas sobre aquellos nuevos hechos que pudieran invalidarlas, o descartarlas. Esta falsación de las diversas interpretaciones, por una serie de posibles hechos que pudieran acontecer, contribuiría  a dotar a nuestro discurso de un espíritu científico - en el sentido de atenerse a los hechos - del que frecuentemente adolece.

Dotar a nuestro discurso de este lenguaje denotativo, despojándolo del estilo connotativo tan al uso, contribuiría al mismo tiempo a acostumbrar nuestro pensamiento a adoptar formas más ecuánimes, menos sesgadas, menos prejuiciadas, menos fanáticas y más tolerantes, entendiendo la tolerancia en el sano sentido en que debe entenderse: no como una claudicación, sino como el debido esfuerzo de empatía para comprender a nuestro contrincante.

Desde este foro libre defiendo  el uso del lenguaje denotativo como una gimnasia mental , destinada a paliar el frecuente sesgo de nuestro pensamiento. Al tiempo, mejoraría la tolerancia y el frecuente cainismo que anima nuestras discusiones.

Mayo 17, 2007

No responda

Archivado en: divulgación, lenguaje, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 3:32 pm

Hay preguntas que están formuladas de tal forma que, responda uno lo que responda, siempre queda mal. Lo suyo sería responder matizando adecuadamente, precisando nuestra respuesta, pero en muchas ocasiones el propio contexto en que nos formulan la pregunta no nos lo permite. Lo saludable es no responder, porque si lo hacemos nuestra respuesta será uitilizada con fines demagógicos, en el mejor de los casos.

Preguntas como “¿está usted a favor de la paz?, o, “¿está a favor de la igualdad de género?”, o, “¿le parece bien la enseñanza obligatoria”? están planteadas de forma capciosa, buscando el “sí” como respuesta inevitable, pues si contestamos que no estaremos señalándonos como belicistas, como machistas o como elitistas.

Este tipo de preguntas, aparte de su ambigüedad, que precisa matización, esconde una clara intencionalidad, y no es simplemente una pregunta ambigua en el sentido que puede serlo la pregunta siguiente: “¿cree usted en el libre albedrío?”.

No responder a una pregunta no significa rehuir una responsabilidad, sino que bien puede significar todo lo contrario. Puede ser señal de que, como somos responsables, nos negamos a que otros utilicen nuestra respuesta como coartada para fines inmorales o demagógicos.

Hay otras formas más sutiles aún de conducir a un engaño. Supongamos que un gobierno se dispone a adoptar unas medidas que repugnan a gran parte de la población como, por ejemplo, conceder un beneficio penitenciario a un terrorista que ni siquiera se ha arrepentido.

Una forma de conseguir que muchos apoyen su postura es plantear la siguiente pregunta: “¿cree usted que las víctimas, o sus familiares, deben ser quienes dicten la política antiterrorista?”. Obviamente, la respuesta a esta pregunta es que no, que no deben ser ellos, sino el gobierno, quien trace las líneas de la política antiterrorista. Esta pregunta, sin embargo, busca el efecto perverso de hacer crer que como no deben ser las víctimas quienes lo hagan entonces lo que haga el gobierno estará bien hecho, por impopular que sea. El razonamiento es así de simple: dado que las vítimas están implicadas emocionalmente no buscan justicia, sino venganza, y como el gobierno se propone hacer lo contrario de lo que las víctimas desean el gobierno adopta la decisión justa, aunque a simple vista no lo parezca.

Yo siempre sospecho de quienes me plantean preguntas capciosas, o de quienes me plantean preguntas de respuesta evidente.

En otras ocasiones la pregunta encierra un matiz connotativo claramente peyorativo. Es el caso de una persona que en una lista solía preguntar a algunas otras personas: ¿oye, fulano, eres franquista?. Era una forma hábil de insultar sin hacerlo, puesto que sólo se formulaba una pregunta. Además, respondiera el otro lo que respondiese, ya lo había etiquetado. Lo mejor era no responder, o, en todo caso formularle a su vez otra pregunta como, por ejemplo, ésta: ¿ y tú, eres estalinista?.

Las técnicas de que se sirve la propaganda moderna son tan eficaces, y tan abyectas, que mucha gente puede llegar a considerar más noble y más leal a una pandilla de asesinos que a un partido democrático. Si no, no se explica que en un determinado pueblo de Madrid aparezcan carteles electorales, con una pintada sobre un candidato de determinado partido, animando a la ETA a matarlo.

La perversión del lenguaje es otra arma tremenda de la propaganda, pero el objeto de este artículo era tan sólo hablar de aquellas preguntas que no había que responder.

Mayo 16, 2007

Un principio muy general

Archivado en: biografía, ciencia, divulgación, física — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 8:25 am

Arquímedes no fue el arquetipo del filósofo griego que despreciaba la experimentación, sino que por el contrario el centro de su pensamiento estaba dominado por la aplicación de sus ideas. Fue uno de los primeros grandes ingenieros del que tenemos noticia, quizá el más grande de todos ellos.

Lo mismo se aplicaba a orientar lentes para quemar las naves romanas que asediaban su ciudad que a estudiar la forma de descubrir a los falsificadores de joyas.

Aparte, fue capaz de idear un método para calcular el área de un arco de parábola y su método - el de exhaución -, que consiste en acotar dicha área entre un rectángulo de mayor área y otro de menor área una y otra vez hasta calcular un límite, supone una anticipación en 2000 años al cálculo infinitesimal. Asimov llega a afirmar, en su libro “Momentos estelares de la Ciencia”, que si llega a conocer los números arábigos el cálculo infinitesimal se hubiera adelantado en 2000 años. Personalmente me parece una exageración, pues los problemas de calcular la velocidad instantánea de un móvil, o de hallar la tangente a una curva aún no estaban maduros, y fueron éstos los que dieron lugar a la revolución quizás más grande de la matemática.

Si un sólido no poroso se sumerge en un líquido, como el agua, ésta se desplaza para dar cabida al sólido. Dada la propiedad de los líquidos de adaptarse al recipiente que los contiene lo anterior nos puede permitir calcular los volúmenes de sólidos irregulares. En efecto, supongamos un cierto volumen de agua contenido en un recipiente cilíndrico. Si sumergimos un sólido en el agua, ésta ascenderá en el recipiente. La diferencia entre el volumen final - después de sumergir el sólido - y el volumen inicial - antes de sumergir el sólido - será igual al volumen del sólido que sumergimos.

Esto, inmediatamente, situó a Arquímedes en la pista sobre como idear un método para detectar falsificaciones. Si un joyero de los de entonces nos prometía que un objeto de 1 kilo era de oro auténtico esto significaba que, si disponíamos de un patrón de oro puro para comparar, 1 kilo de éste debía ocupar el mismo volumen que el oro del joyero. Dado que disponemos de un método para medir volúmenes el problema se reduce a comparar volúmenes. Si los volúmenes eran iguales el joyero no mentía. Si eran distintos habría que ahorcarlo (eran otros tiempos).

No obstante, Arquímedes es universalmente conocido por su famoso principio, que establece que el empuje que experimenta un cuerpo sumergido en un fluido es igual y de sentido opuesto al peso del volumen de líquido que desaloja. ¿Cómo se le ocurriría esto a Arquímedes?.

Por un momento, sólo por un momento, supondré que mis lectores son Arquímedes, y les facilitaré un dibujo para que sean capaces de hallar la misma explicación que encontró Arquímedes para su principio. ¡Ánimo!. Si lo hacen acaban de descubrir, como Arquímedes, el principio que da base científica a que los barcos floten y a que los globos se eleven, y habrán descubierto uno de los principios más generales en física.

principio-de-arquimedes.jpg

Observen atentamente ambas figuras. La de la izquierda representa un recipiente con un líquido y un sólido sumergido en ella. La que tienen a su derecha representa el mismo recipiente con el líquido que asciende hasta la misma altura que en el de la izquierda. El volumen representado en este recipiente es un volumen del propio líquido exactamente igual, y situado en la misma posición, que el volumen del sólido de la figura de la izquierda. Es, obviamente, un volumen virtual, imaginario.

Reflexionando sobre unos dibujos similares es como Arquímedes, probablemente, obtuvo su famoso principio. Ahora yo les invito a que ustedes hagan lo propio.

Mayo 10, 2007

Democracia, autoridad, libertad y responsabilidad

Archivado en: divulgación, libertad, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:59 am

La democracia no consiste únicamente en votar cada cuatro años. Existen muchos regímenes populistas en los que se procede a votar y que distan mucho de lo que es una democracia real. Las democracias sólidas, dignas de tal nombre, se fundamentan mucho más en la separación real de poderes.

En las democracias reales debe estar garantizada la libertad de los ciudadanos para ejercer el voto, así como otras libertades, entre las cuales la de expresión ocupa un lugar primordial. En los regímenes autoritarios, de uno u otro signo, las libertades están cercenadas por el poder político, y las excusas para hacerlo pueden ser diversas, tales como asegurar el mantenimiento del orden o garantizar una supuesta igualdad.

Está claro que un cierto nivel de orden es necesario para la convivencia, y que la libertad sin responsabilidad puede conducir al aumento de la entropía y al caos. La energía necesaria para que las sociedades libres no se vean desbordadas por el aumento de entropía, y el consecuente caos, es el principio de autoridad. Las personas que se benefician de las libertades de vivir en un sistema democrático deben aprender que ese privilegio lleva aparejada la responsabilidad de su uso, y que cualquier exceso o abuso que contravenga las leyes será castigado con toda la dureza que la ley prevea. En ocasiones puede ser necesario emplear mayor dureza que en los regímenes autoritarios.

A veces se asocian los regímenes democráticos con la permisividad, con cierto nivel de impunidad ante la ley, y esto permite que con frecuencia afloren conductas vandálicas, las cuales desvirtúan la propia democracia. No es infrecuente observar en estas democracias permisivas, cuando un partido político obtiene la victoria, que los partidarios del partido perdedor monten algarabías en un intento de deslegitimar al propio sistema. Es aquello de “democracia sí, siempre que gobiernen los nuestros”. Estas conductas vandálicas contra el mobiliario urbano debieran estar especialmente perseguidas y castigadas.

Uno de los signos, a mi juicio, más sintomáticos del uso abusivo de las libertades proviene de la observación de aquellas conductas incívicas que no están castigadas por la ley.Escupir en la calle, aparcar en doble fila y ausentarse, hablar a gritos en un restaurante, permitir que nuestros hijos pequeños molesten al prójimo, y un largo etcétera, serían tan sólo algunos ejemplos de conductas incívicas que enrarecen la convivencia diaria, y a la que países mediterráneos como el nuestro estamos muy acostumbrados.

En países de mayor tradición cívica, como los países nórdicos, las leyes pueden ser menos coercitivas que en países como el nuestro, en que lo público, por ser mío también, se interpreta como algo fungible en el menor tiempo posible.

Mayo 9, 2007

Pruebas en Medicina

Archivado en: ciencia, divulgación, errores, medicina, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 7:38 pm

En Medicina son muy pocas las pruebas, o los tests diagnósticos, que son inequívocos para una enfermedad determinada. Esto es normal que no lo sepan los pacientes, pero ocurre que a veces tampoco lo saben todos los médicos.

Un paciente enfermo no es igual a una prueba, o a un test, y nunca se insistirá lo suficiente en la necesidad de escuchar, valorar e interpretar lo que nos cuenta aquél.

No era infrecuente, entre médicos inexpertos, ante un electrocardiograma con una onda que aparecía al revés, establecer diagnósticos de lo más refinados: que si situs inversus, que si marcapasos ectópico de aurícula derecha, que si esto, o que si lo otro. Sin embargo, lo más corriente era que el enfermero hubiera intercambiado los electrodos de los brazos.

Recuerdo una ocasión en que un enfermero muy experimentado, y con sentido común, entró en la consulta con un electrocardiograma en la mano. En el mismo aparecían complejos ventriculares a una frecuencia de 300/mn., de forma rítmica.

- ¿Qué te parece esto?.

- Me parece que el enfermo está muriéndose, o que estamos ante un artefacto en el electro.

- La enferma está tan normal, hablando conmigo. Resulta que el residente que está de guardia, al verlo me ha pedido que prepare el carro de parada, que le dé el laringoscopio para intubar, desfibrilador y demás. Quiere darle ya la descarga, y la enferma le ha dicho con cara angustiada: “¿tan mal estoy, doctor?”.

- Vete para abajo, y dile que le tome el pulso.

- Ya lo he hecho yo, y está a 70 pulsaciones.

- Pues dile de mi parte que se acueste, que el paciente se lo agradecerá.

No era infrecuente que se confundiera un anticuerpo contra una bacteria, el A.S.L.O., con “reuma”, y el paciente fuera tildado de reumático con todas sus consecuencias. Se trata de un error grosero, del mismo significado que confundir los anticuerpos contra el sarampión con la enfermedad, Por otra parte, el “reuma” no es un término médico. Existen enfermedades reumáticas, cada una con su nombre y apellido, y con su tratamiento particular.

El sentido común y el conocimiento serio es fundamental, pero ante cualquier test diagnóstico cualquier médico debiera plantearse las preguntas siguientes:

1º De todos los enfermos, en qué tanto por ciento la prueba resulta positiva. Esto es la sensibilidad de la prueba, o del test diagnóstico. Mide la capacidad del test para detectar la enfermedad. También se llama fracción de verdaderos positivos, pues es el cociente entre los enfermos que dan positivo en el test y la totalidad de los enfermos.

2º De todos aquellos sanos, en qué tanto por ciento la prueba es negativa. A esto se le llama la especificidad de la prueba. Mide la capacidad del test para detectar a los sanos. También se llama fracción de verdaderos negativos, pues es el cociente entre los sanos que dan negativo en el test y la totalidad de los sanos.

Ambos dependen de las cualidades intrínsecas del test diagnóstico, pero no tienen mucho interés clínico porque no nos permiten responder a las preguntas siguintes:

1ª ¿Qué probabilidad tiene de estar enfermo un individuo que da positivo en un test diagnóstico?. A esto le llamamos valor predictivo positivo.

2ª ¿Qué probabilidad tiene de estar sano un individuo que da negativo en un test diagnóstico?. Esto es el valor predictivo negativo del test.

A la hora de interpretar los valores predictivos de un test hay que tener en cuenta que estos valores dependen de la prevalencia de la enfermedad en la población, de lo frecuente que sea la enfermedad. Aunque el test tenga una muy alta sensibilidad y especificidad, si la enfermedad es muy poco frecuente el valor predictivo positivo será muy bajo, por lo que el test será muy poco útil para diagnosticar la enfermedad. Desconocer este concepto puede significar informar a un paciente de ser portador del virus del SIDA sin que lo sea.

Estos conceptos, y algún otro, me parecen imprescindibles para interpretar de forma cabal, y prudente, el resultado de las diferentes pruebas diagnósticas, y merecerían, de por sí, un artículo aparte.

Mayo 8, 2007

Pensamiento postmoderno

Archivado en: divulgación, filosofía, lenguaje, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:56 am

En el año 1996, Alan Sokal, físico de la Universidad de Nueva York envió un artículo, titulado “Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”- “Transgrediendo las fronteras : hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”-, a la revista Social Text, una revista de prestigio en el campo de las humanidades y las llamadas Ciencias Sociales.

En el artículo, Sokal utiliza términos de los campos de la Física más avanzada para pergeñar un discurso delirante y criticar, de este modo, el lenguaje oscuro y disparatado de estos prohombres del nuevo pensamiento.

 Posteriormente, junto a Jean Bricmont, profesor de física teórica en la Universidad de Lovaina, publicó el libro titulado “Imposturas intelectuales”, editado en España por Paidós en 1999.

La visión postmodernista más radical, que es la que ridiculizan en el libro, se caracteriza, “grosso modo”, por la defensa de un relativismo cognitivo, por un discurso oscuro y confuso, cuando no disparatado, plagado de terminología científica mal utilizada, por un rechazo de la tradición racionalista derivada de la Ilustración, por elaborar “teorías” desconectadas de cualquier contrastación empírica, y por considerar a la Ciencia una “narración”, o una “construcción social”.

Quizás, esta particular idea de la Ciencia les otorgue el derecho a utilizar la terminología relativista, o los términos de la Lógica de Gödel, para sus interpretaciones surrealistas. Afirmaciones como ” La vida humana se podría definir como un cálculo en el que el cero es irracional”, o que “la fórmula de Einstein que relaciona materia y energía es sexuada, porque prima a la velocidad”, son ampliamente utilizadas por estos pensadores postmodernos.

No deja de ser curiosa esa tendencia a utilizar términos propios de las “ciencias duras” para sus fines particulares, al tiempo que consideran a éstas una narración más desprovista de la objetividad que pretenden. Parece como si quisieran aprovechar el prestigio de estas ciencias para apuntalar sus delirios y acomplejar al lector.

Se ha acusado a Sokal de muchas cosas: de ser antifrancés, de desprestigiar el pensamiento de la izquierda, y de algunas cosas más. Como él mismo advierte, en su primer artículo enviado a “Social Text” los peor parados eran pensadores norteamericanos y británicos. El hecho de que en su libro fueran algunos autores franceses los más criticados se debía a esa tendencia de Francia a exportar a sus intelectuales, mientras que Estados Unidos es un país primordialmente antiintelectual.

En cuanto a la segunda crítica opina que el peor fundamento para el pensamiento de izquierdas es el relativismo cognitivo que impregna todo el discurso postmoderno. Por otra parte, un físico como Sokal que ha impartido clases en Nicaragua durante el régimen sandinista y que ha defendido el Chile de Allende, difícilmente puede ser acusado de defender  ideas de derecha. Como bien dice el propio Sokal las ideas no tienen patria.

Se ha identificado, y no sin razón como estamos viendo, a este pensamiento postmoderno con un pensamiento débil, que utiliza la negación de lo anterior, el pensamiento racionalista, para penetrar en un discurso subjetivo que no conoce ni el límite de someterse a la fuerza de los hechos.

También resulta sintomático que fuese la izquierda quien más se sintiese atacada por el demoledor embate de Sokal a esta corriente, que se inició a principios de los ochenta. El derrumbe del pensamiento marxista coincidió con el auge del subjetivismo que inspira a esta engañifa. Hoy día, con el marxismo en declive, el patrimonio principal de la izquierda quizás sea el relativismo cultural e intelectual.

Aquel que se sale de este pensamiento, que trata de fundamentar una serie de principios, de encontrar verdades, o de aproximarse a éllas, es inmediatamente tildado de derechas, o de facha. No deja de ser rentable este modo de actuar, y no es de extrañar que posea tantos adeptos, pues se ahorra uno la costosa tarea de pensar. Basta con repetir el mismo latiguillo y la misma mentira las veces que haga falta. Al fin y al cabo, si todo es tan relativo, ¿qué importancia tiene la verdad, si es que acaso existe?.

Antes un marxista ilustrado tenía que haber estudiado, tenía que razonar y conocer historia y filosofía. Hoy un “progre” basta con que se apunte a la jerga postmoderna, repita todos los latiguillos y niegue a su interlocutor.

Mayo 4, 2007

El principio antrópico

Archivado en: antropocentrismo, antropía, ciencia, divulgación, filosofía, física, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:12 am

La física trata de explicar los fenómenos que observamos como la consecuencia de la interacción de diversas leyes. Así, por ejemplo, el hecho de que las órbitas planetarias sean elípticas y el sol esté en uno de los focos, se explica en base a la ley de la gravedad. Esta ley, unida a las leyes del movimiento de Newton, explican adecuadamente el movimiento de los cuerpos a la escala habitual en que nos desenvolvemos.

Hasta el momento, las leyes de la física se admitían como válidas en cuanto a su capacidad para explicar adecuadamente los fenómenos observados. La física experimental, por su parte, conseguía establecer las medidas de constantes esenciales para la física, tales como la masa y la carga del electrón, la velocidad de la luz, la constante de gravitación, y tantas otras. Todas estas mediciones se admitían así, sin más, sin preguntarnos por qué arrojaban esos resultados. Las cosas eran como eran, y punto. El único juez eran los hechos observados, que debían ser explicados por las leyes descubiertas y por las constantes medidas.

Explicábamos los hechos mediante las leyes, pero no al revés. Si se diera el caso de que dos o más conjuntos de leyes explicaran los hechos observados entonces únicamente la experimentación nos impulsaría a optar por uno de esos conjuntos. Desde este punto de vista, los fenómenos observados serían una consecuencia necesaria de las leyes, mientras que éstas serían contingentes pues otras leyes que también explicaran los fenómenos serían igualmente válidas, y únicamente la experimentación nos permitiría aceptarlas o rechazarlas.

Nos preguntamos por el por qué de los fenómenos, y por el cómo de las leyes. Las leyes son como son, y punto, siempre que expliquen los fenómenos, y las constantes son las que hemos conseguido medir en condiciones experimentales. No nos preguntamos más allá. Eso entraría en el campo de la filosofía, o de la metafísica, pero no sería objeto de la física.

 En un magnífico libro, titulado “Ciencia Viva”, Jesús Mosterín nos habla del principio antrópico como aquel que trata de explicar los valores de los constantes fundamentales de las constantes físicas por el hecho de que nosotros existimos. Si esos valores hubiesen sido muy distintos entonces nosotros no existiríamos y, puesto que existimos, esos valores han de ser los que son. Tampoco existirían, como dice Mosterín, ni las cucarachas, ni los mares, ni las nubes. Obviamente, en el Universo existen las cosas que existen porque la física es como es, y si ésta fuese diferente quizás habría cosas diferentes. El hecho de que las leyes de la física hayan de ser compatibles con lo existente no significa que lo existente explique estas leyes, sino al revés.

Existen dos versiones del principio antrópico: la débil y la fuerte. La débil es la que establece que las constantes de la física no pueden tener valores incompatibles con nuestra existencia ( o con la de otros seres vivos, o con la existencia de los átomos de carbono). Esto, para Mosterín, no es más que una tautología sin un valor informativo adicional, por lo que tal principio no supone un añadido de información, y se podría prescindir de él.

En su versión fuerte llega mucho más allá, y nos dice que todas las leyes de la física, y los valores de las constantes, son las que son para asegurar nuestra existencia. Como vemos, este principio, en su versión fuerte, procura una explicación teleológica de la física. Las leyes de la física tendrían un propósito, una finalidad, un para qué: para que nosotros existamos. Desde luego no puede haber principio más antropocéntrico, ni menos humilde.

Esta especulación alcanzó su punto álgido, según Mosterín, con la publicación en el año 1994 de “The physics of Inmortality”, en que su autor, Frank Tippler, pretende deducir de la relatividad general la tesis delirante de que el Universo entero se convertirá en un gigantesaco computador programado por Dios para resucitar a los muertos.

Una variante laica del principio fuerte postula una infinidad de Universos, incomunicados entre sí, en los que regirían distintas constantes y distintas leyes. Esto, aparte de constituir una fantasía sin base experimental alguna, es un ataque frontal al principio de la navaja de Ockham.

En su magnífico libro “Historia del tiempo”, en el capítulo titulado “El origen y el destino del Universo”, Stephen Hawking parece mostrarse con el principio antrópico débil algo más indulgente que Mosterín, admitiendo que poca gente protestaría sobre la validez o utilidad de tal principio. De hecho, le reconoce un uso para intentar fechar el big bang, con lo cual no lo reduce al papel de mera tautología. Es un capítulo interesante, largo y difícil, que excede el objeto de este escrito.

Estoy absolutamente de acuerdo con Mosterín cuando señala que la autoridad de un científico no debe ser óbice para que esto le permita introducir principios, como el antrópico, que, o bien no aportan nada sustancial - como en su versión débil -, o que pretenden resucitar el más rancio antropocentrismo, como en la versión fuerte del mismo principio.

Mayo 3, 2007

La trastienda de la estadística

Archivado en: divulgación, enseñanza, estadística, matemáticas — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:04 am

En un artículo anterior titulado La Estadística intenté caracterizar algunos elementos fundamentales del pensamiento estadístico, a fin de prevenir contra el uso engañoso de la misma por parte de sujetos y empresas interesadas.

Hoy en día, en cualquier carrera científica, o con pretensión de serlo o de aparentarlo, se imparten conocimientos para el manejo de la estadística. Se introduce al alumno en el concepto de variable aleatoria, se le explica lo que es una distribución de una variable, se le enseña lo que es la media, la moda, la mediana, la varianza y la desviación típica de una variable, se le introduce en la distribución normal y, lo más rápido posible, se le adiestra en el uso de diferentes tests para que los aplique. De esta forma se consigue que carreras como la psicología, la sociología, la pedagogía y muchas otras se vean dotadas de todo un aparataje que reafirme su dudoso carácter científico.

La estadística también se usa en física, y en las ingenierías, pero el carácter científico de estos estudios estaba ya muy asentado antes del uso generalizado de la estadística y, por otra parte, la preparación matemática que exigen éstos les permite una comprensión mucho más cabal de lo que he dado en llamar la trastienda de la estadística.

Todo el meollo de la estadística reside en la posibilidad de obtener información sobre una población que se quiere estudiar a partir de una muestra aleatoria de la misma.

Lo que quiero explicar en este corto artículo es por qué es posible lo anterior.

Todos hemos oído hablar de la curva de Gauss, y todos sabemos que se trata de una curva muy importante y de uso muy frecuente en estadística. También sabemos todos que tiene forma de campana más o menos ancha, e incluso que muchas variables de las poblaciones se distribuyen siguiendo una curva con aproximadamente esa forma. Se nos ha dicho que eso ocurre con la altura de los individuos de un país, o con las notas que obtienen los alumnos de una facultad, etc.

Aparte de esto, los alumnos de las carreras con pretensiones científicas saben pasar los parámetros que definen una curva de Gauss ( media y desviación típica ) a unidades tipificadas, para luego consultar una tabla y así obtener una probabilidad.

La verdadera importancia de esa curva con forma de campana viene dada por el teorema del límite central, que es donde reside todo el secreto de la estadística. Este teorema, que relaciona la distribución de cualquier variable aleatoria con la curva de Gauss - también llamada distribución normal -, constituye la verdadera trastienda de toda la estadística.

La curva de Gauss no es importante en estadística porque tenga forma de campana, ni porque muchas variables sigan esa distribución, sino por ese aparentemente complicado teorema - de hecho es complicado - cuyo significado tratamos de desvelar en este escrito.

Daremos la versión del teorema que afecta a lo que es toda la inferencia estadística, a la posibilidad de obtener conclusiones acerca de una población, con un alto nivel de probabilidad de que sean verdaderas, estudiando tan solo una muestra aleatoria.

Supongamos que en una población se está estudiando una variable X cuya distribución en la misma tiene por media m y por desviación típica d. Si obtuviéramos todas las muestras aleatorias de tamaño n de esa población y calculáramos las medias de todas las muestras podríamos obtener, a su vez, una distribución de medias de las muestras.

El teorema central del límite establece que:

1º La distribución de medias muestrales es una distribución de tipo “normal” ( una curva de Gauss) siempre que la población de origen de las muetras lo sea, o incluso aunque no lo sea, siempre que n sea de tamaño al menos 30.

2º La media de la distribución de medias muestrales coincide con la media de la población.

3º La desviación típica de la distribución de medias muestrales es igual a la desviación típica de la población dividida por la raíz cuadrada del tamaño de la muestra. Por tanto, a medida que aumenta el tamaño muestral n más concentradas están las medias muestrales en torno a la media poblacional, que es la que nos interesaría conocer.

Hemos visto que lo más importante de este teorema es que, aunque la distribución de la variable en la población no sea normal, sí lo es la distribución de medias muestrales para n igual o mayor que 30. Ésta es la clave, la trastienda, de toda la inferencia estadística, incluyendo la teoría de la estima y el contraste de hipótesis.

Mayo 2, 2007

Un amigo visita al médico

Archivado en: cirugía, humor, medicina, relatos — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:35 am

A veces los galenos carecemos de la empatía necesaria para situarnos al otro lado de la mesa, o de la camilla.

Mi amigo Juan Luis acudió hace unos días a que le extirparan un quiste sebáceo localizado en la espalda, y un pequeño nevus, y así me cuenta su experiencia.

” Como ya supondrás, la intervención no ha tenido trascendencia alguna, aunque como yo soy un cagueta total para los galenos y, afortunadamente, hacía años que no entraba en un quirófano, me han impresionado un poco los hechos cuya
narración prosigo.

Yo pensaba que me sentarían en la silla de un consultorio médico y que, allí mismo, me quitarían los dos defectos que tenía (ahora sí que soy perfecto).
También consideraba prácticamente innecesario que me pusieran puntos en una herida que podría equipararse a un corte sufrido en la cocina. Pero no.

Primero me han hecho desprenderme de todos los objetos metálicos que llevaba, lo cual, ya me ha parecido exagerado.

Luego, me han hecho quitarme la camisa y ponerme una bata de esas, abierta por detrás (de las que se te ve el culo); afortunadamente yo llevaba puestos los pantalones.

Pero ha aparecido una despampanante enfermera con minifalda que me ha obligado a quitarme los pantalones y………. Perdona, ¡qué más hubiera querido yo!.

La verdad es que también me han hecho ponerme un gorro en el pelo, a guisa de los gorros femeninos impermeables para la ducha, que no contribuía en nada a mi, de por sí, poco atractivo. Incluso me han dado unas fundas asépticas para que me las pusiera cubriendo mis zapatos. Eso sí lo he entendido, pues
yendo hacia la clínica he pisado algunas cacas de perro aposta.

Me han metido en un quirófano, como los de las películas, con un montón de aparatos similares a los de un taller de reparación de automóviles (e incluso con la radio puesta); sólo faltaba el póster de la chica ligera de ropa, pero creo que “esa” era yo.

Me han obligado (no sin poco esfuerzo) a tumbarme boca abajo en la camilla y me han tapado la cabeza con una especie de sábana (para sofocar mis posibles gritos, pensé yo).

Entonces, han empezado a hacerme, con verdadero entusiasmo por su profesión, todas esas perrerías que hacéis los médicos, para vuestro regocijo y nuestra desazón.

Había tres personas (el cirujano y dos ayudantes) pendientes de mi, por lo que me he sentido muy importante. Pero me prometieron que la intervención era “cosa de diez minutos” y me han tenido en la camilla 45 minutos largos.

Me han pinchado (o banderilleado) con anestesia local y, cuando ésta ha hecho su mágico efecto, han “entrado a matar” sin ninguna piedad.

Además, dejaban el instrumental quirúrgico sobre mi persona. Sobre el culo de mi persona, para ser exactos. Menos mal que no me había desprendido de mis pantalones.

Yo notaba inquietantes estirones en la piel de mi espalda, aunque tengo que reconocer que no he sentido ningún dolor, a excepción de los leves pinchazos iniciales para la anestesia (no menos de media docena).

Lo cierto es que no estaba muy cómodo (supongo que nadie lo está en tales condiciones) y, con lo aprensivo que soy yo, cada vez que me rociaban con algún líquido (como el yodo) pensaba que lo que sentía era mi propia sangre.

Para más INRI en la radio sonaba Paulina Rubio. He estado a punto de decir: puedo aguantar cualquier cosa excepto eso; cambien de emisora o me voy. También había momentos en que estaba tentado de recordarles, a voz en grito, que seguía despierto -y vivo- debajo del montón de trapos con el que me habían hecho desaparecer.

La cuestión es que, cuando creía que ya me habían extirpado y cosido ambos “sietes”, el cirujano -un individuo anoréxico y de Castellón, cuyo segundo apellido era “Nomdedeu”- me dice: “vale, ya te he sacado el quiste, voy a coserte”. He
estado a punto de decirle que, si quería, me cosiera a la camilla, porque ya me había acostumbrado.

Cuando -por fin- han terminado, me he incorporado tan deprisa que los tres han corrido hacia mí, por si me caía. Lo cierto es que, mientras estaba tumbado, habían elevado la camilla, para trabajar mejor, hasta una considerable altura. Sólo el hecho de que estaba cosido a ella, ha impedido otra desgracia.

Dado mi natural pálido -mortecino-, y el hecho de que, ciertamente, estaba un poco desorientado, ha hecho que el trío de facultativos me haya abrazado al unísono,
para evitar cualquier desfallecimiento, y caída mía, con el considerable riesgo que ello hubiera supuesto para las costosas baldosas del suelo del quirófano.

Me han dicho que las dos cosas que me han quitado las mandarán al laboratorio de análisis, y que la semana que viene recoja los resultados y se los lleve (ya sabía yo que no me dejaría ir así como así). El lunes día 7 me quitará parte de los puntos, y dentro de 15 días el resto, creo que me han dicho.

Yo he salido de allí huyendo como Satán de la Cruz y mi madre, que esperaba fuera, al verme salir corriendo creía que me había escapado. Se ha empeñado en limpiarme el yodo que llevaba por el cuello y en que tomáramos un café en la cafetería del hospital, pero lo que yo quería era salir de allí. Manchado, pero vivo.

El cirujano enano debe de haber hecho un buen trabajo puesto que, aunque me ha dicho que los puntos que me ha puesto donde antes estaba el quiste me dolerían y me ha recetado dos nolotiles cada seis horas, sólo me he tomado uno a las
cinco de la tarde, y no porque me doliera, sino por temor a ello.

Noto como si alguien estuviera apretándome con su dedo índice en un punto de la espalda (y, quizás, así sea). Es decir, noto un poco de presión, donde están los puntos, supongo. Pero del
dolor que yo esperaba notar, nada de nada. Y me alegro mucho.

Quizás sea porque soy el novio de la muerte (y no me refiero a la pobre Raquel).

Bueno, espero no haberte aburrido demasiado con esta larga, pero también inusual en mí (al menos últimamente) disertación sobre las aventuras y desventuras de mis bultos. Por cierto que, dado que el cirujano era de cirujía plástica, he estado a punto de pedirle que me pusiera tetas. Pero en una bolsa, para llevármelas a casa.

Si me hubieses visto de la guisa que iba hoy en la clínica es muy probable que me retiraras el saludo. Te aseguro que si no me hubiesen obligado a dejar el móvil fuera, me hubiese
hecho una foto. A lo que sí se la he hecho es a un fragmento de la historia médica, que intentaré adjuntarte a este mensaje. Y es porque, antes de la operación, he estado a punto de marcar yo mismo la casilla marcada con el número 8, y salir huyendo del recinto hospitalario.”

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Sólo espero que este corto relato nos haga reflexionar a los médicos sobre las trascendentales cuestiones que plantea mi amigo.

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