Educación para la ciudadanía
Siempre mantuve recelos sobre la implantación de esta nueva asignatura con carácter obligatorio. Se trataba entonces de algo intuitivo, que era incapaz de intelectualizar adecuadamente.
Por una parte estaba José Antonio Marina, autor del que poseo algunos libros, que era quien había elaborado el primer texto de la nueva materia, por encargo de la editorial SM. Por otra parte, en un coloquio en el que participaba el mismo autor, tras ser preguntado sobre el derecho de los padres a educar, dijo que no era éste un derecho absoluto, y que por encima de este derecho estaba el de los hijos a ser bien educados. Puso el ejemplo de que un padre con ideas nazis no debería disponer del derecho de inculcar a su hijo tales “ideas”.
Según parece la nueva asignatura pretende “educar en valores”, y estos “valores” se han ido pergeñando un poco “ad hoc”, como se puede observar en el contenido de la página del Ministerio, a la que hago referencia en el enlace anterior. He leído cosas sueltas sobre guías que ha editado el Ministerio de Educación, así como sobre los diversos contenidos de los que se pretende dotar a la asignatura.
Hace tan sólo unos días escuché decir a la ministra que la nueva asignatura era tan importante como las matemáticas, y sólo pensé que cómo entonces había tardado tanto en inventarse.
También me sorprendió, por lo escandaloso, que la formación de los profesores que impartirían la nueva asignatura se había encargado a una Fundación dirigida por un diputado socialista.
En fin, la cuestión primordial son los “valores” a impartir, o sobre los que discutir, aunque si de esto último se trata, de discutirlos, habría que recordarle a la ministra que el teorema de Pitágoras no se discute, sino que se demuestra, y uno no opta por aceptarlo orechazarlo, como si de una valoración subjetiva se tratara. Al final, las valoraciones, los “valores”, forman parte de la conciencia íntima de las personas, y “formar” las conciencias suena a adoctrinamiento, se mire por donde se mire, o lo haga quien lo haga, ya sea el Estado, la Iglesia, Marina o quien se tercie.
Yo considero mucho más imprtante enseñar a discutir, a polemizar o a razonar, siguiendo unas bases, que impartir “valores”. Entretanto, enseñe usted conocimientos objetivos, y cuando la persona los haya adquirido, y sepa discutir y analizar lo aprendido, que sea él quien establezca las valoraciones que juzgue más adecuadas. Los “valores” son subjetivos, pues si no lo fueran merecerían un nombre diferente, y deberían ser impartidos en aquellas asignaturas en las que se enseñan conocimientos objetivos. No es conveniente relativizarlo todo, ni dar un carácter absoluto a lo que tan sólo es una valoración personal.
A mí, por ejemplo, las democracias occidentales me parece que han alcanzado un grado de civilización muy superior a las teocracias medievales, y que de ningún modo se pueden situar al mismo nivel. También me parece que no está demostrado que la adopción de hijos por homosexuales no tenga repercusiones para el desarrollo emocional a largo plazo de estos niños, aunque los homosexuales me parezcan dignos de total respeto, y aunque piense que no se debe discriminar a nadie por razón de su condición sexual. También opino que la homosexualidad, o la heterosexualidad, no son opciones, como tanto se viene insistiendo, sino tendencias que poseen un probable trasfondo genético desconocido en la actualidad. Y, en fin, podría seguir hablando y hablando sobre mis pareceres o sobre mis valores, pero no serían más que esto: “valores”, o valoraciones subjetivas, que no puedo pretender que todos los demás compartan.
Otra cosa son las leyes, la ley positiva, que a todos obliga, independientemente de nuestro credo particular. Aunque yo sea partidario de la ablación de clítoris, o esté en contra de las transfusiones, la ley me impone una conducta a seguir, y cuando existe un conflicto entre mis “valores” y la ley, yo deberé optar entre mi conciencia o la cárcel. La ley es el sistema mediante el que las sociedades civilizadas se protegen de la escala particular de valores de cada ciudadano. Si todos compartiéramos los mismos “valores” la gran mayoría de las leyes resultaría ociosa.
“Educar en valores” me parece privar al ciudadano de ejercer una función que le compete, en función de los conocimientos que ha adquirido en el tiempo y en el lugar en que le ha tocado vivir, y permitir que sea el Estado el que asuma la función que le corresponde a éste supone relegarlo a la condición de mero súbdito, algo más propio de regímenes totalitarios que de sistemas democráticos modernos. Si el que adoctrina es el Estado, malo; si quien lo pretende hacer es el Gobierno de turno, mucho peor.