Detodounpoco

Octubre 30, 2007

La causalidad en las ciencias de la naturaleza

Archivado en: ciencia, divulgación, enseñanza, filosofía, física, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:29 am

Desde pequeños se nos ha adiestrado para preguntar por qué. De hecho, a ciertas edades tempranas los niños no paran de hacerlo, y muchos padres los miran con indisimulada satisfacción, como pensando qué listo es mi niño. Se trata de un aprendizaje mimético, repetitivo, y se pregunta por qué a todo, incluso cuando carece de sentido formular tal pregunta.  A esa tierna edad un niño nos puede preguntar la razón de que nos guste el chocolate, o de que nuestro color favorito sea el azul.

La cosa no tendría mayor trascendencia si pasada ese edad volviésemos a recuperar el sentido común, pero los adultos guardamos muchas reminiscencias de esa época en que todo era por qué esto, y por qué lo otro.

 La observación de la naturaleza no nos responde a un por qué, sino a un cómo. Las cosas son como son, y los porqués los ponemos nosotros. No tiene sentido preguntarse por qué dos masas se atraen en razón inversa al cuadrado de la distancia que las separa, ni por qué la materia está formada de átomos. Si a partir de la ley de gravitación universal y la segunda ley de Newton podemos, por ejemplo, deducir las tres leyes de Kepler, decimos que la causa de estas leyes está en aquéllas. Sin embargo, esto es tan sólo una interpretación, que nos permite explicar una regularidad ( las leyes de Kepler) en función de otras regularidades ( la ley de gravitación y la segunda ley de Newton ). Podríamos decir que el proceso científico consiste en buscar aquellas regularidades más generales, en función de las cuáles pueden ser explicadas el conjunto de todas las regularidades observables. Cuando conseguimos esto, al menos en parte, nos sentimos inclinados a decir que las regularidades más generales son el porqué de todas las demás.

No obstante, y por plausible que parezca, la noción de causa la estamos poniendo nosotros. Nuestra noción de causa implica un orden cronológico: primero la causa - o las causas -, y luego el efecto. Sin embargo, en el ejemplo del párrafo anterior, no estamos autorizados a afirmar que primero fue la gravitación, y a continuación fueron las leyes de Kepler. Por tanto, una serie continuada y ordenada de explicaciones concatenadas, que es lo que constituye la Ciencia, son un esquema mental adecuado y económico de explicar los cómos, pero no los porqués.

En la vida corriente estamos habituados a observar asociaciones cronológicas, que inmediatamente relacionamos de forma causal. Si aplicamos nuestro dedo sobre un vaso, y éste se mueve, tendemos a considerar a aquél como causa del movimiento. Si al relámpago le sigue el trueno éste sería consecuencia de aquél, hasta que no se demostrara lo contrario. A cualquier asociación estadística plausible, si guarda una relación cronológica adecuada en el espacio y en el tiempo, solemos asignarle la categoría de relación causal.

Esta tendencia a abusar de la relación causal, a abusar del porqué, hizo necesario que filósofos y científicos sintieran la necesidad de poner un poco de orden en todo aquello, y así fueron dictadas por Bacon, y más tarde por Stuart Mill, toda una serie de condiciones para establecer una relación de causalidad entre los fenómenos. No sólamente cundió el ejemplo en el campo de las ciencias físicas, sino también, por ejemplo, en el campo de la medicina. Así, Köch, en una época en la que el diagnóstico de tuberculosis estaba sobredimensionado estableció unas condiciones muy estrictas para establecer una relación causal entre el hallazgo del bacilo y el diagnóstico de la enfermedad. Por tanto, las diferentes condiciones, artificialmente definidas, para establecer una relación causal vinieron dictadas por la necesidad de no considerar asociaciones no significaticas como tales. Hemos de decir, en honor de Hume, que siempre negó dicha relación y que siempre sostuvo que el dedo no tenía que ser la causa del movimiento del vaso, limitándose a señalar la existencia de una regularidad, sin ningún añadido.

Deberíamos reservar el porqué para aquellas decisiones que implican intencionalidad por parte de quien las asume. No sería incorrecto decir, por ejemplo, que cogí el autobús en vez del tren porque pensé que llegaría antes. En este caso el porqué revela una intención, que es privativa del que tomó la decisión de coger el autobús. En este sentido, decía Ortega que la razón histórica era más profunda que la razón física, porque aquella sí daba cuenta del porqué, mientras que ésta sólo lo hacía del cómo. Sin embargo obvió lo del carácter predictivo de la Ciencia, del que indudablemente carece la Historia.

En cierto modo, preguntándole por qué a la Naturaleza no nos diferenciamos mucho del niño que nos pregunta por qué nos gusta el chocolate. Esto tampoco tendría mayores inconvenientes, siempre que la Ciencia que estemos haciendo guarde una relación directa con el sentido común, directamente ligado a la noción de causa. En el momento que la Ciencia se aleje de éste surgen dificultades insalvables, y es lo que sucede si se quiere comprender algo de mecánica cuántica con nociones ligadas a nuestro sentido común. Una de las nociones más perniciosas es la de causa.

En este sentido, y para terminar, no resulta ocioso citar una frase de Bertrand Russell que resume con brillantez e ironía el estado de la cuestión. La Ciencia ha dejado de buscar las causas, sencillamente porque no existen. La ley de causalidad, como mucho de lo que se da por bueno entre los filósofos, es una reliquia de épocas pasadas que sobrevive, como la Monarquía, porque se supone erróneamente que no hace ningún daño.

Octubre 29, 2007

Progresismo versus conservadurismo

Archivado en: divulgación, libertad, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:05 pm

Normalmente la izquierda en España se llama a sí misma progresista, y la derecha asume que es conservadora. Me gustaría en este artículo analizar estos términos, a fin de conocer si lo anterior responde a algún tipo de realidad o, por el contrario, se trata de una mitificación más.

 Si entendemos por progresistas a los amantes de cierto tipo de progreso, como el tecnológico, o como el científico, yo conozco - y supongo que todos conocemos - a muchas personas de derechas que les encanta el último artilugio, o que disfrutan con los vances de la ciencia. Por tanto, será conveniente restringir el concepto de progresista a algún ámbito más concreto, como por ejemplo el de los derechos sociales. Admitamos, por el momento, que la gente de izquierda, en general, es más partidaria de ampliar derechos para la gente más necesitada, mientras que la derecha se muestra más partidaria de conservar los privilegios.

¿Podemos decir, en ese sentido, que la gente de izquierda es más progresista que la gente de derecha?. La manera de decidir si esto es así será analizar las características generales que definen lo que entendemos por izquierda, así como las características de lo que entendemos por derecha, e intentar deducir si de esas características se deriva el carácter conservador para la derecha y el progresista para la izquierda.

La izquierda, en general, es más partidaria de la intervención estatal en muchos aspectos de la sociedad, mientras que la derecha lo es más de favorecer la iniciativa privada, desconfiando más de la intervención estatal. Hay otras diferencias, por supuesto, pero quizás la más relevante sea la anterior. Además, otras diferencias entre izquierda y derecha varían según los países que se consideren, mientras que la diferencia que señalé anteriormente es la más constante. 

 Dese el punto de vista anterior, una persona de derechas que defienda la igualdad de oportunidades - aunque esto sea una utopía -, una sanidad y una educación públicas, y unas prestaciones sociales modernas, puede considerarse un progresista, mientras que aquel que propugne seguros privados para todas las cuestiones anteriores podría ser considerado un reaccionario. De igual forma, una persona de izquierdas que aún defienda tiranías como la de Castro, o igualar por lo bajo, aún a costa de que todos estén peor, podría considerarse un reaccionario, mientras que aquél que desarrolle políticas de izquierda evitando la demagogia al uso, y respetando las reglas de las democracias modernas, basadas en la separación de poderes, y en el respeto escrupuloso al Estado de derecho, es digno de ser considerado progresista.

 Por tanto, ni ser de izquierdas implica ser progresista ni ser de derechas implica ser conservador. A veces, sin embargo, con más frecuencia de lo deseable, los partidos de izquierda, y las personas de izquierda, pretenden monopolizar la idea de progreso.

El respeto escrupuloso a la ley y al Estado de derecho es un signo inequívoco de progreso, pues la ley, al ser igual para todos, sin excepción, nos protege de los poderosos. Todo el peso del poder del Estado se manifiesta en la ley, y en la independencia de Poderes, y nadie puede sentirse seguro en un Estado en el que la ley es papel mojado. Más inseguros que nadie los pobres, los que carecen de recursos. Desde este punto de vista, no hay nadie más reaccionario que aquel que propugna la impunidad ante la ley según y cómo, dependiendo de como soplen los vientos.

Por supuesto que existen leyes injustas, y habrá que intentar derogarlas pero, entretanto, habrá que cumplirlas aunque no nos gusten, siempre que no atenten contra la dignidad humana. Esto, que fue algo común en los años 30 y 40 del pasado siglo en Europa, hoy constituye una excepción en las democracias occidentales.

 En función de todo lo anteriormente expuesto, un buen test para calibrar si estamos ante una persona progresista o reaccionaria es preguntarle por su opinión respecto al cumplimiento de las leyes, y averiguar el respeto que mantienen por la indepencia de poderes. Una persona de izquierdas, o de derechas, que desea que su partido favorito gobierne a cualquier precio, incluso por encima de la ley, es un reaccionario.

Octubre 18, 2007

Las definiciones

Archivado en: Matemática, axiomática, divulgación, enseñanza, lenguaje, matemáticas, método, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:02 pm

El Diccionario de la Real Academia Española, en su primera acepción sobre “definir” nos dice: “Fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una persona o cosa”.

 Grosso modo existen dos formas, bien diferenciadas, de aprender nuevas palabras. La primera forma, y a la que acudimos con mayor frecuencia los que manejamos algunas palabras, es el diccionario. El significado de la nueva palabra quedaría, de esta forma, fijado con claridad, exactitud y precisión, en función de otras palabras cuyo significado nos debe ser conocido. Esta primera forma de definición constituiría lo que podríamos llamar definicón verbal.

 Sin embargo, los niños, que no conocen palabras, no pueden aprender así. Ellos deben aprender por asociación de un sonido con una “imagen”, ya sea ésta visual, auditiva, olorosa, táctil, etc. Habrá que decirles “lluvia”, y hacer que la sienta. Este otro tipo de definición, tan importante también, se llama definición ostensible, puesto que a la vez que pronunciamos la palabra mostramos el objeto. Todos aquellos conceptos, u objetos, esencialmente sensuales, no habrá otra forma de definirlos. No se me ocurre otra forma de definir lo “agrio” que dando a probar algo con ese sabor tan especial.

Una materia en la que hay ser especialmente cuidadoso con las definiciones, en cuanto a la precisión se refiere, son las matemáticas. ¿Qué clase de definiciones usaremos en esta materia, la verbal o la ostensible?. La verbal parece más seria para una materia como las matemáticas pero, ¿qué hacemos con los primeros conceptos, con los “primitivos”?.

Podemos hacer dos cosas:

Si tenemos una “imagen” previa del concepto a definir podemos intentar dibujarla de forma aproximada, para que se aprenda por abstracción progresiva. Podemos dibujar simulacros de segmentos, cada vez más delgados, y cada vez más largos, hasta que se logre captar el concepto de “recta”. Ahora bien: esto puede servir, tan sólo, para aquellos conceptos de los que poseemos una “imagen”.

Si no disponemos de una “imagen” de lo que queremos definir como, por ejemplo, para los conceptos de las geometrías no euclídeas habrá que transmitirlos de otra manera. Lo hacemos enumerando propiedades de esos conceptos - sean éstos lo que sean -, de tal manera que cualquier conjunto de conceptos, de los que dispongamos de una “imagen”, y que cumplan dichas propiedades, constituirá un modelo de aquellos conceptos. Esto es lo que se conoce como definición axiomática, que es la que de forma generalizada se ha impuesto en la matemática actual.

Nuestra “imagen” clásica de “punto” y de “recta” cumplen los axiomas de la moderna geomtría euclídea, pero también los cumplen un par ordenado de números reales (a,b) y la ecuación algebraica de la forma a.x+b.y+c = 0. Por tanto, ambos constituyen un modelo de la geometría euclídea.

Como hemos visto, cada conjunto de conceptos previamente conocidos que cumplen los axiomas de la definición constituyen un modelo para los conceptos que queremos definir. A los conceptos que pretendemos definir de esta manera - mediante una definición axiomática - es preferible no llamarlos conceptos, pues están situados en un nivel de abstracción mayor que los conceptos de los modelos. Podemos llamarlos conceptores, y de hecho así se hace.

Así, mientras en la moderna geometría euclídea, “punto”, “recta” y “plano” serían conceptores, nuestras antiguas imágenes euclidianas de “punto”, “recta” y “plano” constituirían un modelo, y serían, por tanto, conceptos. De igual forma, un par ordenado de número reales (a,b), la ecuación a.x+b.y+c = 0, y la ecuación a.x+b.y+c.z+d = 0 también constituyen un modelo para los conceptores, y son, por tanto, conceptos.

Así, la matemática moderna no define tanto conceptos como “conjuntos de conceptos” que cumplen determinadas propiedades; esto es: estructuras. Así, conjuntos de lo más diversos pueden tener la misma estructura, y los resultados obtenidos en abstracto para los conceptores se podrán aplicar, por igual, a los conceptos de esos conjuntos tan diversos.

Es éste un tema difícil y árido, pero que merece ser pensado, pues constituye el pilar conceptual fundamental de toda la matemática moderna.

Octubre 16, 2007

La cortesía de la claridad

Archivado en: divulgación, educación, pedagogía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 1:17 pm

El ensayista debe ser claro, y después de eso debe intentar ser todo lo demás: ser ameno, ingenioso, original, estimulante, etc. Muchas veces se sacrifica la claridad a algunos de los epítetos expuestos anteriormente, o a otros, como a un enorme despliegue de erudición. Estamos hartos de leer ensayos en los que el autor nos abruma con una inmensidad de datos, con un montón de citas de numerosos autores, sin que tal despliegue contribuya a centrar la esencia del problema, sino que muchas veces sucede lo contrario: el problema queda diluido.

Es cierto que numerosas cuestiones no se pueden abordar directamente, siendo preciso dar un rodeo, tratando cuestiones previas, para que al final la cuestión esencial se vea clarificada, se vea de este modo facilitada su comprensión. Esto, al final , redundará en una exposición más clara y precisa de la cuestión a tratar.

La principal cortesía que un escritor debe a sus lectores es la claridad, pero no es frecuente que los filósofos, por poner un ejemplo, hayan sido claros. Más bien lo contrario. Otros ensayistas divagan y, al final, se muestran incapaces de centrar la cuestión sobre la que están tratando. Es la sensación que se produciría cuando, tras leer un libro de ensayo,  aunque nos hubiera gustado, no sabríamos resumir sus ideas principales, por la sencilla razón de que no había ideas principales que resumir.

La claridad depende del contenido a tratar, pero depende fundamentalmnte del autor. Hay autores cuyo empeño principal es la claridad y, cuando sobre una cuestión no hay una respuesta definitiva, presentan al lector las diversas alternativas para que sea él quien establezca la valoración. Obviamente, la claridad requiere honestidad. Es preferible plantear dudas razonables que certezas dudosas. No es lo mismo buscar la verdad - sea esto lo que sea - de una manera honesta que precipitarse en encontrarla.

Muchas veces la falta de claridad es inherente al autor, porque el pobre no da para más, y no distingue lo claro de lo oscuro, pero la mayoría de las veces subyacen otras razones, todas en el fondo deshonestas.

A veces, utilizar un lenguaje críptico parece dotar al ensayo de un prestigio añadido. Muchas pseudociencias se dotan de una jerga extraña que, al final, todos los adeptos acaban manejando de forma mimética. También es frecuente que algunos filósofos utilicen un lenguaje prácticamente ininteligible. Muchas ciencias poco fundamentadas, o incipientes, emplean un lenguaje impreciso.

Otro defecto muy extendido, tanto en escritores como en profesores, es la pedantería. El pedante no se preocupa de ser claro, sino de impresionar. Todo su despliegue dialéctico y todo su empeño están centrados en él mismo, y no en los alumnos, o en los lectores. A veces pretende impresionar con frase hechas “brillantes”, otras abrumando con datos y más datos, pero siempre pensando en la mejor forma de exhibirse. El fin del pedante no es quien lo lee, o quien lo escucha, sino él mismo. Si resulta claro no es porque lo haya buscado, sino porque la claridad le ha resultado propicia para exhibirse. El erudito, sin más, es una variante del pedante.

Otros autores son oscuros porque no les queda más remedio, porque lo que escriben es una sarta de fantasías o de mentiras, y está dirigido a un público especialmente crédulo. Son los que, con apariencia de ensayistas, explotan la superstición de muchas personas. Suelen estar entre los más crípticos, y también entre los que gozan de mejores ventas. No hace falta dar nombres, porque todos conocemos a alguno.

Octubre 14, 2007

Alegato a favor de los sofistas

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, filosofía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:03 am

La palabra sofista tiene hoy un sentido indudablemente peyorativo, y ya en la antigua Grecia Platón y otras escuelas intentaron denostarlos. Hubo quien no los consideraba verdaderos filósofos, sino, como en nuestro tiempo, embaucadores que dominaban el arte de la persuasión, pero que renunciaban a la búsqueda de la verdad que debe caracterizar a todo verdadero filósofo. Mientras que en Grecia crearon escuela, y hubo importantes filósofos entre sus filas, en nuestros días sólo ha quedado de ellos una connotación negativa que no creo que merezcan en absoluto.

Desde sus comienzos se les criticaba por su capacidad para convertir, mediante el uso de la palabra, una tesis  débil e inconsistente en una tesis mucho mejor trabada. Utilizaban toda su capacidad de discurso y argumentación para atacar los presupuestos de otras escuelas, como las ideas platónicas de justicia y virtud, y por no dejarse convencer fueron perseguidos por ello.

Se les criticó por ser capaces de defender a un tiempo una tesis y su contraria, con lo cual bien pudiera considerárseles los precursores de los actuales abogados, aunque ya quisieran la mayoría de éstos ser capaces de argumentar con la finura que caracterizaba a muchos de estos filósofos.

También podríamos considerarlos precursores del escepticismo y del relativismo, pues defender una tesis y su contraria - si se hace bien - supone tener la capacidad de encontrar los puntos débiles y fuertes de cada tesis, y hacer hincapié en los que nos interese en cada ocasión. Desde este punto de vista, los sofistas han sido antidogmáticos, y han encontrado en los intolerantes y en los dogmáticos a sus peores enemigos. Los poseedores de una verdad “a priori”, incapaces de sostenerla, ven en los sofistas, amantes del relativismo y del escepticismo en el discurso, a sus mayores y más serios oponentes.

Verdaderamente, quien posea argumentos sólidos para las tesis que mantiene más que temer a los sofistas debe estarles agradecidos, porque su sano escepticismo les permitirá poner a prueba la fortaleza de su discurso.

Sin embargo, como en toda época, los sofistas tienen mala prensa y se les trata de embaucadores, de meter cizaña con la palabra, de conflictivos, en definitiva. Quizás, en el fondo de todo eso, lo que esté latiendo sea el deseo - natural por otra parte - de las personas por aferrarse a “verdades” que le permitan ir conllevando su propia existencia. Aquéllos con sed de certidumbres para vivir detestarán a los que, de forma continuada, les recuerdan la endeblez de las mismas.

Es muy probable que la naturaleza humana sea mucho más proclive a vivir aferrada a “verdades”, por mitológicas y absurdas que éstas sean, que a manejar un discurso trabado de incertidumbres. Puede ser que razones evolutivas, orientadas a la supervivencia de la especie, expliquen dicha proclividad. Desde este ángulo, los sofistas constituirían un error evolutivo, por lo que resultaría explicable que tuviesen al resto de la manada en contra.

Sea como fuere, en la actualidad me parece que la intolerancia y el dogmatismo constituyen mucho mayor motivo de confrontación que el cultivo de un sano escepticismo, aunque  a veces nos pretendan hacer creer que estos últimos son los que incordian.

Octubre 13, 2007

La admiración

Archivado en: divulgación, pedagogía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:50 pm

La envidia, como por todos es sabido, constituye uno de los siete pecados capitales. No es el objeto de este post discutir sobre lo que la envidia significa, pues por mi parte no conozco mejor descripción de la misma que la que realiza Unamuno en su novela Abel Sánchez.

No sé con seguridad si el antónimo de la envidia es la admiración, pero a simple vista bien podría serlo. Podría pensarse entonces que estamos ante una virtud,  pero un análisis más detenido nos puede hacer cambiar de opinión.

Me refiero aquí a la admiración a la persona, y no a la admiración por su obra. Nada tiene de malo admirar la obra pictórica de Velázquez, o la teoría de la relatividad de Einstein, o las canastas de Michael Jordan. Sin embargo, la admiración a la persona supone un ejercicio de extrapolación demasiado arriesgado.

Yo mismo leí una gran parte de las obras de Bertrand Russell, y durante un tiempo le rendí admiración. Utilizo la palabra rendir porque me parce la más adecuada; al fin y al cabo, ese arriesgado ejercicio de extrapolación supone una rendición ante la obra de un personaje. Se pasa, sin solución de continuidad, de la admiración por la obra a la admiración a la persona, lo cual supone una admiración incondicional, una cierta forma de vasallaje.

En efecto, más adelante comprendí que la vida y el pensamiento de Russell encerraban profundas contradicciones. En uno de sus libros, en el que nos habla de su adolescencia, nos dice que hubo varias pasiones que le evitaron el suicidio, y que fueron el deseo de saber más matemáticas, un anhelo pasional por algún tipo de verdad indudable, y un sentimiento de piedad inmenso por el género humano. Sin embargo, un análisis detenido de su vida amorosa revela que su prójimo más próximo podía importarle bastante menos que el más lejano. La piedad en abstracto le resultaba mucho más cercana que la piedad concreta.

Hoy, sin embargo, con el paso de los años, sigo admirando parte de su obra, pero encarnada en una persona con enormes defectos y contradicciones. 

La admiración por la persona, siendo un sentimiento mucho más noble que la envidia, supone un enorme error conceptual , como es el confundir la parte - la obra - con el todo - la persona -, y suele revelar una importante inmadurez. La envidia, sin embargo, por lo que conocemos es un sentimiento que no tiene edad, por lo que deberíamos buscar un antónimo más apropiado para la misma.

La admiración, por otra parte, supone una renuncia al propio “yo” para encomendar nuestro criterio y nuestra opinión al dictamen de la persona admirada. En ese sentido, la admiración supone una renuncia al deber sagrado de pensar por nosotros mismos, lo único que nos puede seguir dando sentido como individuos. El pensamiento, si es genuino, ha de ser libre, y ni nosotros mismos  tenemos por qué conocer, “a priori”, adonde nos conducirán los mismos. Quiero decir, con esto, que el pensamiento es un camino por hacer para el que piensa, puesto que recorrer los caminos hechos sin espíritu crítico constituyen un puro mimetismo.

Admirar, en el sentido anteriormente expuesto, es poner grilletes al pensamiento. Nadie que admire a otro, de forma plena e incondicional, está en las mejores condiciones para descubrir algo nuevo. La admiración supone, también, un inconfesado reconocimiento de inferioridad ante la persona admirada, y una merma de la confianza en nuestras propias capacidades.

Lo necesario, lo útil y lo superfluo

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, felicidad, lenguaje, libertad, pedagogía, pensamiento, sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:14 am

La perversión interesada del lenguaje ha llegado a ser un fenómeno tan propio de nuestro tiempo que ha conseguido sus propósitos: transformar las mentes al servicio de los intereses publicitarios. Es un fenómeno tan perverso que excede a su finalidad original - que la gente adquiera el producto, o el servicio que se publicita -, y consiguen organizarnos la vida según sus intereses, haciendo además que si intentamos ser independientes nos sintamos desgraciados en mayor o menor grado. Nadie escapa a la voracidad de las grandes campañas publicitarias, pero los niños y la gente joven, e inmadura en general, son sus víctimas principales.

La nefasta influencia que tales campañas despiadadas de publicidad ejercen en nuestra sociedad, y entre nuestros jóvenes en particular, no es fácil de corregir ni es probable que exista interés en hacerlo. Por un lado están los intereses de las grandes empresas, y su influencia sobre el poder político que podría arbitrar leyes destinadas a atajar semejante desmesura, así como alertar a nuestros jóvenes del terrible efecto que dichas campañas pueden ejercer sobre su personalidad y sobre sus vidas. Atajar el problema desde todos los ángulos posibles equivaldría a cambiar la sociedad de mercado, profundamente injusta desde mi punto de vista, en que estamos inmersos.

Entretanto, nos tendremos conformar con mucho menos. Quizás, lo primero sea visualizar y definir el problema, y su envergadura. Si no nos hacemos plenamente conscientes de ello vanos resultarán todos nuestros intentos.

Nuestros políticos deberían sacar adelante una ley de ética publicitaria, que castigara con multas proporcionales al daño que ocasionan la perversión lingüística de determinadas campañas publicitarias. Cualquier insinuación en un anuncio, por ejemplo, a presentar el último modelo de móvil como una necesidad, sin el cual nos vamos a sentir desgraciados, debería estar absolutamente prohibida por ley, y habría un órgano formado por intelectuales independientes, y a ser posible anónimos, que se encargarían de dictaminar sobre la influencia perversa, abierta o subliminal, de las campañas de publicidad.

Paralelamente, el sistema educativo y los medios públicos impartirían a la sociedad, y a nuestros jóvenes, charlas, conferencias, cursos y cuanto se estime conveniente, destinadas a combatir la influencia negativa de la codicia de las grandes empresas.

Lo necesario, lo que precisamos para vivir, se ha hipertrofiado de una forma absolutamente interesada, y una gran mayoría hoy siente como necesario el ordenador, internet, el móvil y el último mp4. Sin embargo, paradójicamente, nadie considera necesario que nos libren de la perniciosa influencia de la publicidad, que nos aliena como personas fomentando a un tiempo lo peor que llevamos dentro.

Mientras que lo necesario debería ser algo muy restrictivo, y con un contenido objetivo, lo útil dependería exclusivamente de la persona que lo juzgue. Para unas personas será útil un ordenador, y para otras será más útil un balón de fútbol.

Puesto que nuestras necesidades son muy escasas, y nuestros intereses limitados, lo superfluo es el capítulo fundamental de las campañas de publicidad, y la mayor parte de las cosas que acumulamos se deberían incluir en este capítulo.

Reflexionar adecuadamente, y de forma repetida - la única forma de ccambiar nuestros hábitos, los mentales incluidos - sobre esta materia y sobre estos conceptos podría repercutir de forma muy favorable sobre nuestra libertad de elegir y sobre nuestra felicidad. De entrada, sería más difícil sentirse desgraciado por causa ajena, y disminuiría la envidia puesto que todos sabríamos que los más ricos lo que acumulan son sólo cosas superfluas. No existiría entonces ese interés desmesurado por hacerse rico, disminuiría la explotación, y el hombre buscaría aquellas cosas a las que nunca debió renunciar, sin siquiera saberlo: ser uno mismo, y no lo que quiera determinado Banco, o determinada empresa.

 Sé que este último párrafo puede resultar utópico y esa ha sido mi intención al redactarlo, porque muchas utopías de hoy son el revulsivo necesario para cambiar el presente.

Octubre 12, 2007

La falta de urbanidad

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, libertad, sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 2:25 pm

La convivencia diaria con los otros, desde mi punto de vista, se ve enormemente dificultada por la falta de urbanidad. Pequeñas cosas, tales como escupir en la calle, aparcar en doble fila bloqueando la salida de vehículos, circular en ciclomotor con un ruido ensordecedor, permitir a los niños que se comporten como salvajes molestando a propios y extraños, son tan sólo algunos ejemplos ilustrativos de aquello a lo que me refiero. Son cuestiones numerosísimas y muy frecuentes, que no constituyen falta ni delito punible y que, sin embargo, nos pueden acabar agotando, y ante las que el ciudadano normal se encuentra inerme pues no se trata de reclamar un derecho, sino de solicitar un poco de urbanidad.

 Alguien podría pensar que quien se molesta por tales cuestiones es un pejiguera, pero no es tal, puesto que estas cosas molestan a una gran mayoría de personas y la diferencia está en que mientras algunos las efectúan todos las padecemos. Hoy, que está tan en boca de todos la palabra solidaridad, yo pediría que todos empezáramos aplicándola al prójimo más cercano comportándonos con la debida urbanidad y facilitándole la vida diaria. Y a partir de ahí, ampliemos nuestra solidaridad tanto como queramos.

En el fondo, y dado que casi todo el mundo es capaz de comprender las molestias que ocasiona con su conducta y, sin embargo, no opta por corregirlas, lo que subyace en la falta de urbanidad es una falta de respeto hacia los demás, antes que un error de conocimiento. Por tanto, no es algo que se vaya a corregir con clases que expliquen normas de comportamiento. Es más un defecto moral, o ético si preferimos, que un defecto intelectual.

La sociedad franquista, con su autoritarismo, imponía la urbanidad mediante normas coercitivas, de tal forma que si un guardia te veía escupiendo en la calle te podía reprender severamente. De igual forma, el autoritarismo en la familia, reflejo del autoritarismo en la sociedad, evitaba el comportamiento caprichoso e insolente de los niños hacia los padres, y con ello se evitaban de paso las molestias consiguientes al prójimo.

El problema surge en las sociedades democráticas, en las que la falta de autoridad es fácil que se manifieste en una abrumadora falta de urbanidad. Por supuesto que existen sociedades con una enorme tradición democrática y, sin embargo, con un alto grado de urbanidad. ¿Qué hace que un sueco posea, por ejemplo, mucha más urbanidad que un español, o que un italiano?.

Si admitimos que la falta de urbanidad deriva, fundamentalmente, de una falta de respeto hacia el prójimo la pregunta sería la siguiente: ¿Hay alguna forma de aumentar el respeto mutuo sin aplicar el principio de autoridad?. Yo creo que no, a corto o a medio plazo, al menos. Ignoro cómo los antiguos vikingos evolucionaron a los civilizados nórdicos, pero seguro que no fue en un corto período.

Yo propongo, por tanto, devolver la autoridad que se les arrebató a cierto agentes sociales, como a los maestros y profesores, y también a los guardias urbanos, a los que nunca se les debió de despojar de su papel corrector de conductas infantiles antiurbanas. Ahora, los ocupan más en servir de guardia pretoriana de alcaldes y ediles que de cumplir con su antiguo papel de vigilar la ciudad. Si alguien, en un exceso de prurito democrático, ve esta medida como un exceso de autoritarismo le recordaría que no hay mayor caciquismo que emplear a funcionarios locales como si de su guardia personal se tratara, y que tampoco hay nada tan antidemocrático, ni tan salvaje, como el autoritarismo de los alumnos hacia el maestro.

Quizás entonces, sólo entonces, cuando la mayoría haya asimilado las enormes ventajas de una sociedad debidamente urbanizada se pueda probar a relajar, en alguna medida, el principio de autoridad, totalmente compatible, por cierto, con una sociedad democrática. Lo que no es compatible, en manera alguna, por lo que he explicado y por lo que venimos observando, es evolucionar hacia la urbanidad prescindiendo del principio de autoridad.

Por supuesto, arbitrar medidas tendentes a devolver a ciertos agentes la autoridad perdida no son populares, y además no importan demasiado a quienes no lo sufren a diario, a los del coche oficial. Por tanto, no se debe esperar demasiado de los políticos en este sentido. Tendrá que ser la sociedad quien se lo exija, utilizando todos aquellos cauces disponibles.

Octubre 1, 2007

La Casa Real y la unidad de España

Archivado en: divulgación, monarquía, nación, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 1:22 pm

Hace aproximadamente una semana el diario El Mundo se hizo eco de la preocupación de la Casa Real en torno a la quema de fotos de los Reyes en Gerona, lo cual, según afirmaba el mismo diario, no se interpretaba como un ataque a la persona de Don Juan Carlos, sino más bien como un ataque a la unidad de España y a la Constitución. Este mismo lunes, en Oviedo, Don Juan Carlos ha destacado que la Monarquía parlamentaria que sustenta nuestra Constitución ha determinado el más largo período de estabilidad y properidad en democracia vividos en España.

 Ante estas manifestaciones de la Casa Real, y del Rey mismo, sólo se me ocurre decir: ” A buenas horas, mangas verdes”. Debo explicar que por “mangas verdes” se conocía en Cádiz a unos policías que, cuando se les requería, siempre aparecían a destiempo. Puede ser que sea la Monarquía la Institución que haya determinado la etapa de mayor estabilidad y prosperidad vividas en democracia en nuestro país, pero si eso fuera cierto no estaría de más que dicho reconocimiento viniera de la mano de otras personas más desinteresadas en dicho juicio.

No hacía falta, digo yo, que se quemaran fotos de los Reyes como para verlas venir. Ya se veía mucho antes, y había sido advertido por numerosos medios de comunicación, y a los representantes del PP en Cataluña se les perdona la vida de continuo, y en las Vascongadas aún peor. Sin embargo, los Reyes de todos los españoles sólo han visto el peligro que eso supone cuando han visto quemadas su fotos.  Desde mi punto de vista reaccionan tarde y mal, porque al menos podrían haber disimulado un poco, dejar que el tiempo hiciera que todos nos olvidáramos del agravio sufrido por sus personas, y por la Institución que encarnan, y entonces, sólo entonces, expresar su preocupación por la unidad de España y por el tormento no figurado, sino real, que sufren muchos españoles por el totalitarismo nacionalista.

Aparte, aunque dos Repúblicas hayan fracasado estrepitosamente en España, por mucho que se empeñen la unidad de España y la Corona no deben seguir caminos convergentes necesariamente. Particularmente, la unida de España me importa mucho, mientras que la Corona sólo me importa en cuanto que instrumento secundario para garantizar la estabilidad, pero sin establecer necesariedad alguna entre la continuidad de España como nación y la continuidad de la Corona. Me parece un instrumento muy útil, aunque en forma alguno necesario. Si me pareciera necesario los que me parecerían prescindibles serían el conjunto de los españoles. Nuestro futuro como nación no debe depender de una Institución.

Personalmente, me parece mucho más racional la República que la Corona, y no albergo una especial simpatía por la Institución ni por quienes la representan, cuyo servicio a España no me ha parecido el más acertado, al menos en lo que a su función moderadora se refiere. No obstante, hace mucho tiempo que dejé de pensar que lo óptimo desde el punto de vista racional es lo óptimo desde un punto de vista real. De igual forma que pienso que un sistema democrático, con separación de poderes, y con un Estado de Derecho ejemplar, no funcionaría en Burundi, albergo serias dudas sobre un nuevo experimento republicano en España. Por supuesto, también albergo serias dudas sobre la continuidad de la España que consagra la Constitución con la institución de la Corona que tenemos, y con el Gobierno actual.

Respecto a la unidad de España, los únicos partidos que se han expresado con claridad en favor de la independencia son ERC, HB, o en su defecto ANV, y el BNG. El PNV a medias, ahora abiertamente, y CIU siempre de forma ambigua. La claridad es de agradecer, porque no esconden sus cartas, y saben que la separación entraña riesgos evidentes que están dispuestos a asumir, o al menos eso parece.

No entiendo, sin embargo, cómo la Constitución da cabida a partidos abiertamente separatistas, que no respetan las reglas del juego, y que lanzan desafíos anticonstitucionales, como el referéndum propuesto por Ibarreche. Los partidos separatistas sólo podrían tener cabida en nuestro sistema si admitieran que la única manera de obtener respuesta a sus aspiraciones secesionistas fuera mediante una reforma constitucional, en la forma que la propia Constitución prevee.

Yo considero el suelo catalán tan mío como de Maragall, de la misma forma que el suelo de Cádiz, y entiendo que los residentes en Cataluña sólo tienen el usufructo de su suelo, por lo que considero que la decisión de separarse no es competencia exclusiva de los usufructuarios, sino de todos los propietarios; en nuestro caso, de todos los españoles.

Sin embargo, si llegado el caso, se planteara un referéndum y nada, ni nadie, lo impidiera, exijo el mismo derecho del resto de España a elegir el momento y las condiciones más oportunas para desprendernos de lo que se ha constituido en una verdadera rémora. Esto sería, tan sólo, la aplicación de un principio de reciprocidad en desventaja, porque si una parte más pequeña siente el derecho de ser autónoma, más razones aún le corresponderán a la parte más grande para desprenderse de la más pequeña. Esta última cuestión siempre ha sido eludida por los catalanes de las listas en las que he intervenido, e ignoro, francamente, el porqué.

Blog de WordPress.com.