Detodounpoco

octubre 12, 2007

La falta de urbanidad

Filed under: divulgación,educación,enseñanza,libertad,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 2:25 pm

La convivencia diaria con los otros, desde mi punto de vista, se ve enormemente dificultada por la falta de urbanidad. Pequeñas cosas, tales como escupir en la calle, aparcar en doble fila bloqueando la salida de vehículos, circular en ciclomotor con un ruido ensordecedor, permitir a los niños que se comporten como salvajes molestando a propios y extraños, son tan sólo algunos ejemplos ilustrativos de aquello a lo que me refiero. Son cuestiones numerosísimas y muy frecuentes, que no constituyen falta ni delito punible y que, sin embargo, nos pueden acabar agotando, y ante las que el ciudadano normal se encuentra inerme pues no se trata de reclamar un derecho, sino de solicitar un poco de urbanidad.

 Alguien podría pensar que quien se molesta por tales cuestiones es un pejiguera, pero no es tal, puesto que estas cosas molestan a una gran mayoría de personas y la diferencia está en que mientras algunos las efectúan todos las padecemos. Hoy, que está tan en boca de todos la palabra solidaridad, yo pediría que todos empezáramos aplicándola al prójimo más cercano comportándonos con la debida urbanidad y facilitándole la vida diaria. Y a partir de ahí, ampliemos nuestra solidaridad tanto como queramos.

En el fondo, y dado que casi todo el mundo es capaz de comprender las molestias que ocasiona con su conducta y, sin embargo, no opta por corregirlas, lo que subyace en la falta de urbanidad es una falta de respeto hacia los demás, antes que un error de conocimiento. Por tanto, no es algo que se vaya a corregir con clases que expliquen normas de comportamiento. Es más un defecto moral, o ético si preferimos, que un defecto intelectual.

La sociedad franquista, con su autoritarismo, imponía la urbanidad mediante normas coercitivas, de tal forma que si un guardia te veía escupiendo en la calle te podía reprender severamente. De igual forma, el autoritarismo en la familia, reflejo del autoritarismo en la sociedad, evitaba el comportamiento caprichoso e insolente de los niños hacia los padres, y con ello se evitaban de paso las molestias consiguientes al prójimo.

El problema surge en las sociedades democráticas, en las que la falta de autoridad es fácil que se manifieste en una abrumadora falta de urbanidad. Por supuesto que existen sociedades con una enorme tradición democrática y, sin embargo, con un alto grado de urbanidad. ¿Qué hace que un sueco posea, por ejemplo, mucha más urbanidad que un español, o que un italiano?.

Si admitimos que la falta de urbanidad deriva, fundamentalmente, de una falta de respeto hacia el prójimo la pregunta sería la siguiente: ¿Hay alguna forma de aumentar el respeto mutuo sin aplicar el principio de autoridad?. Yo creo que no, a corto o a medio plazo, al menos. Ignoro cómo los antiguos vikingos evolucionaron a los civilizados nórdicos, pero seguro que no fue en un corto período.

Yo propongo, por tanto, devolver la autoridad que se les arrebató a cierto agentes sociales, como a los maestros y profesores, y también a los guardias urbanos, a los que nunca se les debió de despojar de su papel corrector de conductas infantiles antiurbanas. Ahora, los ocupan más en servir de guardia pretoriana de alcaldes y ediles que de cumplir con su antiguo papel de vigilar la ciudad. Si alguien, en un exceso de prurito democrático, ve esta medida como un exceso de autoritarismo le recordaría que no hay mayor caciquismo que emplear a funcionarios locales como si de su guardia personal se tratara, y que tampoco hay nada tan antidemocrático, ni tan salvaje, como el autoritarismo de los alumnos hacia el maestro.

Quizás entonces, sólo entonces, cuando la mayoría haya asimilado las enormes ventajas de una sociedad debidamente urbanizada se pueda probar a relajar, en alguna medida, el principio de autoridad, totalmente compatible, por cierto, con una sociedad democrática. Lo que no es compatible, en manera alguna, por lo que he explicado y por lo que venimos observando, es evolucionar hacia la urbanidad prescindiendo del principio de autoridad.

Por supuesto, arbitrar medidas tendentes a devolver a ciertos agentes la autoridad perdida no son populares, y además no importan demasiado a quienes no lo sufren a diario, a los del coche oficial. Por tanto, no se debe esperar demasiado de los políticos en este sentido. Tendrá que ser la sociedad quien se lo exija, utilizando todos aquellos cauces disponibles.

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