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Diciembre 13, 2007

Patriotismo, patrioterismo y educación

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, patriotismo, pedagogía, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:14 pm

Un país como el nuestro, en el que muchas personas de determinadas regiones manifiestan no sentirse españolas, es difícil que sea patriótico. He escuchado muchas veces admirar el patriotismo de los estadounidenses, y compararlo con el nuestro.

Pero, ¿en qué consiste el patriotismo?. Parece que se trata de un sentimiento de orgullo por pertenecer a una determinada nación, o a un determinado pueblo. No es, por tanto, un sentimiento basado en méritos propios, sino basado en la coyuntura, casual, de haber nacido en un determinado lugar. No parece, por tanto, un sentimiento muy cabal, pues a nadie se le ocurriría sentirse orgulloso de haber sido premiado en la primitiva, aunque sí enormemente satisfecho. Por tanto, yo puedo entender que uno sienta cierta satisfacción, y agradecimiento al destino, por poder vivir en la nación más próspera del mundo, de la misma forma que por gozar de unas enormes ventajas por razón de nacimiento, pero de ahí a sentir orgullo por una circunstancia puramente casual, media un abismo. Uno puede también, si queremos, admirar la nación en la que ha nacido, por considerar que han sabido aprovechar las circunstancias mejor que otros, y que su prosperidad es debida a haber seguido el camino adecuado. Es muy discutible, pero podemos comprenderlo.

No obstante, a pesar de lo anteriormente expuesto, el patriotismo se vende muchas veces como una virtud, cuando, como hemos visto, no puede haber nada virtuoso en la pura casualidad. La educación, sin embargo, debidamente dirigida puede conseguir cualquier objetivo imaginable.

Parece más adecuado referirnos al patriotismo como un sentimiento de admiración - más que de orgullo - a la nación, o al pueblo que a cada uno le ha reservado el destino. La forma de conseguir esa admiración, mediante la educación, es ensalzar mediante una enseñanza diseñada “ad hoc” los méritos propios, soslayando a un tiempo los logros de otros pueblos. Dadme la asignatura de historia, y en una generación convertiré a Cádiz en la nación más orgullosa de la tierra.

Yo tampoco entiendo la admiración por los pueblos como tales, y pienso que la multicausalidad que hace que unas naciones sean prósperas y otras pobres es algo que trasciende a los individuos. Los individuos, como tales, sí pueden ser dignos de admiración en determinadas facetas particulares, y hay multitud de ejemplos de individuos ejemplares procedentes de lugares pobres.

La exaltación del patriotismo, como sentimiento de admiración por la propia nación, tiene efectos sin duda positivos, como son activar las respuestas de los individuos ante una posible agresión por parte de otros pueblos, pero también efectos claramente negativos, como justificar la dominación y la explotación abusiva de unos pueblos por otros, basados en una supuesta superioridad. Por otra parte, los políticos, una vez conseguida una nación o un pueblo de patriotas pueden invertir ese sentimiento según el gusto, como quien invierte en bolsa, para este fin o para aquel otro. Un sentimiento estúpido, como creo que es el patriotismo, puede dar mucho de sí, y se puede utilizar para la guerra y para la dominación, para mitificar a un enemigo inexistente, para inventar un victimismo que asegure de forma permanente en el poder a determinadas oligarquías, y para cuantos fines perversos podamos imaginar. En este sentido, recuerdo aquella famosa frase cuyo autor no recuerdo ahora, y que decía: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Por tanto, el patriotismo, aunque estúpido como sentimiento, puede resultar enormemente útil para ser utilizado por la clase política, y es improbable que renuncien a ese enorme poder por nuestro bien. Entretanto, cada uno lo que puede hacer es analizar estas cuestiones con perspectiva para ser más inmunes a la manipulación.

A nivel colectivo, la única salida a muy, muy largo plazo, para combatir patriotismos y nacionalismos sería avanzar hacia un gobierno mundial, aunque eso es hoy por hoy una enorme utopía, pero es la única forma que concibo de que todos nos sintiéramos ciudadanos del mundo. No creo que las grandes multinacionales estén muy interesadas en esta propuesta, porque el avance de la civilización que propiciaría un gobierno mundial sería menos proclive a la explotación.

Por patrioterismo entiendo algo mucho más inocente, mucho más inmaduro e infantil, como es el aplauso incondicional a una selección de fútbol que está realizando un mal partido, o a un piloto huraño que comparte nuestra nacionalidad. Esto no se diferencia mucho de los niños que animan al equipo de fútbol de su colegio y, en cierto modo, remeda el sentimiento infantil de pertenencia a un grupo. Me parece preferible disfrutar de un buen partido, o hacer abstracción de la nacionalidad del piloto, pero he de reconocer que los efectos de esto me resultan mucho menos dañinos.

Diciembre 5, 2007

¿Es tan importante una buena educación?

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, información, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:30 pm

El informe PISA 2006 ( Programa para la evaluación internacional de alumnos) sitúa a España bastante por debajo de la media de la OCDE en capacidad lectora, en un nivel medio en matemáticas, y un poco por encima de la media en Ciencias. Todos los países, de forma general, han descendido en lo que se refiere a capacidad para la lectura, algo muy importante, puesto que la comprensión del resto de asignaturas depende directamente de esto. Parece también que existen diferencias significativas entre los alumnos según el nivel de estudios de sus padres, ocupando lugares más destacados los hijos de padres universitarios. Países como estados Unidos, o como Islandia, han obtenido resultados similares a España, contando con unos índices referentes a estatus económico, social o cultural, muy superiores a los nuestros. El primer lugar, como es ya tradicional, lo ocupa Finlandia.

 Yo, personalmente, creo que los actuales estudios de secundaria tienen un nivel de calidad inferior al de hace un par de décadas, y muy inferior al nivel de exigencia del antiguo bachillerato, con las reválidas de cuarto y sexto y el PREU (curso preuniversitario), y con las posteriores pruebas de madurez universitaria.

No parece existir, a simple vista, una correlación entre los resultados escolares y el nivel económico y de bienestar de una sociedad, y ahí está el caso de los estados Unidos, que con unos resultados absolutamente mediocres, similares a los de España, está a la cabeza en cuanto a desarrollo económico se refiere.

 Sin embargo, la mayoría intuimos que la educación es algo fundamental, y solemos sostener que la educación de nuestros menores será el fundamento de nuestra sociedad futura.  Puesto que no somos capaces, por el momento, de establecer una correlación entre la formación de nuestros alumnos y el bienestar económico de nuestra sociedad futura, deberíamos reflexionar más profundamente sobre los beneficios reales de una buena formación.

La educación secundaria promueve - o debiera promover - en los alumnos una formación general, mientras que la universidad, además de otras cosas, se debería encargar de formar futuros profesionales, y la formación profesional personal adiestrado en la práctica de determinados oficios. Desconozco si existen estudios serios que establezcan si existe, o no, una correlación entre la formación universitaria, y la formación profesional, y el bienestar económico futuro de una sociedad.

En todo caso, cabría esperar una correlación positiva entre formación de profesionales y bienestar económico, antes que con la formación secundaria. Podrá alegarse, y no sin fundamento, que el fracaso universitario puede ser mucho mayor sin una formación secundaria previa adecuada. En eso todos podemos estar de acuerdo, pero salvo en carreras muy técnicas, que exijan una preparación previa muy intensa en matemáticas y ciencias, o en carreras de ámbito muy general, la falta de preparación en secundaria no suele ser un escollo insalvable para cursar una carrera universitaria.

He conocido médicos, abogados y periodistas con dificultades para resolver una ecuación de segundo grado, o con un escaso conocimiento de las materias que se cursan en el bachillerato. También, es cierto, he conocido a ingenieros con un escaso conocimiento de historia, o de literatura. Quiero decir, con esto, que una formación sólida de bachiller no es precisa para desempeñar con la solvencia requerida una determinada profesión.

Las sociedades no funcionan con élites, sino con gente en su mayoría normal, y esto es una consecuencia directa de la curva de Gauss. Los médicos que nos atienden, los maestros que nos enseñan, los abogados que nos asisten, los ingenieros que emplean en las empresas, son, en su enorme mayoría, gente normal que desempeñan su profesión con mayor o menor desenvoltura, pero nada más. No precisan ser grandes intelectuales, ni pensadores profundos, ni disponer de una cultura amplia, y son, sin embargo, los que hacen que una sociedad pueda funcionar. Es más; eso es una condición necesaria, pero no suficiente, porque hay países con buenos profesionales que, por motivaciones diversas, se desenvuelven en la penuria económica. Los intelectuales, los eruditos, las personas con mucha cultura, juegan un papel en la sociedad mucho más modesto de lo que ellos mismos suelen creer. A veces se nos pretende presentar a los intelectuales como los verdaderos motores de una sociedad y, a mi juicio, nada más falso que eso.

 Todo este paréntesis nos devuelve a la pregunta del principio: ¿Una buena educación secundaria para qué?.

Hemos intentado razonar que nuestra intuición anterior, que era que el bienestar económico de nuestra futuras generaciones dependía de su formación actual, no venía corroborada por los hechos, ni tenía por qué ser así.

¿Debemos despreocuparnos del informe PISA, y dejar a los finlandeses que se sigan sintiendo tan ufanos con su primer puesto o, por el contrario, deberíamos empezar a tomarnos la cosa en serio?

Hasta el momento no hemos ofrecido una sola razón convincente, en favor de una enseñanza secundaria seria y de calidad. Quizás sea porque hemos elegido el camino del bienestar económico, reduciendo a la sociedad exclusivamente a esta dimensión.

Yo pienso que una enseñanza secundaria de calidad es fundamental, pero no porque conduzca a sociedades económicamente más desarrolladas, sino porque crea sociedades más críticas, y porque sus individuos tienen más posibilidades de alcanzar el estatus de verdaderos ciudadanos. Una persona formada - con una buena formación se  entiende - tiene más criterio, más capacidad de análisis, y resulta, en suma, más difícil de ser manipulada. Las personas poco formadas, aunque sean médicos, arquitectos o abogados, por señalar sólo algunos ejemplos, son mucho más susceptibles de ser “dirigidos” por los medios de manipulación de masas que las personas que han conseguido alcanzar esa formación.

La incultura, en suma, no tiene que conducir al desastre económico, pero sí a la alienación del individuo, que pasa de ser un ciudadano consciente a convertirse en un mero súbdito. Las democracias reales precisan de dos factores fundamentales: una clase media pujante, que no dependa de la subvención del partido de turno, y de una formación aceptable, que nos haga mucho más inmunes a la manipulación.

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