El arte, como tantos otros conceptos, resulta escurridizo, se escapa a una definición verbal que no genere ambigüedad. Sería absurdo definir el arte al modo en que definimos, por ejemplo, la palabra “silla”, como utensilio que sirve para sentarse compuesto, habitualmente, por tres o más vástagos verticales sobre los que se apoya una superficie horizontal, destinada al reposo de nuestras posaderas. No obstante, el DRAE siempre resulta de utilidad, y si lo consultamos, en su segunda acepción, la que en este momento nos interesa, define el arte como “aquella manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado mediante recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”.
Esta definición elimina al resto de los animales, a los que considera incapaces de cualquier actividad artística, considerando ésta una actividad genuinamente humana. Al tratarse de una visión personal, la definición del DRAE hace hincapié en otro aspecto fundamental de la manifestación artística, como es el hecho de ser algo único, precisamente por ser personal. Es este aspecto el que diferencia el arte de la técnica, que permite la reproducción mecánica de algo, sin necesidad de aporte personal alguno. El arte es también desinteresado, en el sentido de que trasciende las necesidades materiales de supervivencia. El arte no nace para cubrir una necesidad material, sino más bien una necesidad espiritual del ser humano. El arte es un añadido, que surge probablemente de una necesidad estética que anida en nuestra naturaleza. Los recursos que utiliza el arte para plasmarse pueden ser de tres tipos: plásticos, lingüísticos o sonoros. Esta última parte de la definición restringe el arte a las seis expresiones clásicas, conocidos por todos: la pintura, la escultura, la arquitectura, la literatura, la música y la danza. Más tarde, con el advenimiento del cinematógrafo, también se incorporó el cine como el séptimo arte.
Este artículo no tiene por objeto señalar si una manifestación artística carece o no de calidad, lo cual implica conocimientos particulares diversos. Un niño, cuando dibuja una casa, o cuando escribe su primera carta, está realizando arte, aún cuando sea de forma muy rudimentaria.
Lo que me interesaría dejar claro en este artículo es si la definición del DRAE es puramente convencional o responde, en algún modo, a una realidad anterior a la definición. ¿Se trata de una definición puramente convencional o trata de aprehender algo que existe y que resulta escurridizo a la definición? ¿Por qué, según la definición del DRAE, no es arte el toreo, ni la forma en que Messi juega la fútbol? ¿Es sencillamente porque la definición no lo permite? ¿Hemos construido una definición “ad hoc” para incluir exclusivamente a las artes clásicas, o la definición entronca con la verdadera naturaleza de la expresión artística? ¿Es un artista Ferrán Adriá, o sólamente lo consideran así los snobs?
A fuer de ser sincero creo que aún no es posible responder con certeza a estas preguntas, pero como indica el título del artículo se trata tan sólo de una aproximación.
Si el arte es algo genuinamente humano parece que dos características del mismo deberían ser su universalidad y su nacimiento con el ser humano, por ser algo inherentes a él. Desde este punto de vista, que me parece importante, ni el toreo ni el fútbol cumplen ninguna de esas características. Sí parecen cumplirlas, aunque sea en forma rudimentaria, las grandes artes clásicas, así como el cine, desde que se inventó por lo hermanos Lumière el cinematógrafo. Por tanto, los requisitos anteriores parecen alejar la idea de que la definición del DRAE y la restricción de las manifestaciones artísticas a las seis o siete grandes artes sean algo puramente convencional, dictado únicamente por el interés subjetivo del que enuncia la definición.
Podríamos decir que el arte es algo incardinado muy profundamente en la naturaleza humana, que hace que aparezca en la historia con el nacimiemto del homo sapiens, y que es común a todas las culturas, encontrando su expresión mediante medios plásticos, lingüísticos o sonoros. Por eso, porque aún desconocemos en profundidad lo que la naturaleza humana es, habrá que esperar a que el desarrollo de las neurociencias nos lo aclare desde un punto de vista científico, menos especulativo del que hemos utilizado en el presente artículo.
Estaba a punto de escribir en mi blog algo sobre el arte cuando me he topado con este artículo. Ernesto plantea aquí una cuestión interesante: ¿cómo definir objetivamente el arte de modo que abarque todas las percepciones -necesariamente subjetivas- de ese concepto? Se me ocurre que para aquilatar el concepto de arte habría que contemplar primero el conjunto de las producciones humanas y preguntarse_ ¿cuáles de ellas puede una persona considerar como arte, con independiencia de lo que otras opinen al respecto?
Estoy intentando ser objetivo. Para mí, una estatua de Buda comprada en un bazar de Todo a un Euro carece de valor artístico, pero sus compradores seguramente piensan lo contrario. Alguien podría argüir que los compradores del Buda barato frecuentan escasamente los museos y, por lo tanto, no pueden compararlo con otras obras más exquisitas. Pero a esto se podría replicar que la Fundación Tàpies de Barcelona exhibe obras tan comparables como un armario con ropa vieja, o un lavabo de esos que uno puede admirar en cualquier derribo.
El arte tal vez es más bien una perpetua lucha. Entre las películas que me gustaban y las que ahora me gustan. Entre la ramplonería de Michael Jackson y la densidad de Bela Bartók. Entre Brueghel y Andy Warhol. Entre Casablanca y Pretty Woman. Lo único que nos está permitido desear es que aquello que *para nosotros* sí es arte siga vivo, para que podamos seguir disfrutándolo.
comentario por rickymango — Junio 27, 2009 @ 10:43 pm |