Detodounpoco

abril 29, 2011

La sabiduría

Archivado en: ética,cultura,divulgación,filosofía,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:21 am

La sabiduría se ha asociado generalmente a la gente mayor, quizás por suponerse que precisa de un amplio bagaje de experiencia. Por eso, probablemente, entre los jóvenes no haya gozado nunca de gran prestigio, al considerarse algo propio de viejos. En el terreno del conocimiento la inteligencia parece haber tenido siempre más adeptos, por considerarse ésta compatible con la juventud, la cual hoy en día, más que una condición que se cura con un poco de tiempo, se considera un valor en sí mismo, algo así como un mérito. No siempre ha ocurrido así, desde luego.

Yo me contaba también entre los que pensaban de ese modo, y creía que la sabiduría era algo incompatible con la juventud, más o menos de la misma manera que el salto de longitud no se podía practicar con éxito a partir de ciertos años. Si bien sigo pensando que es algo más impropio de la juventud creo que estoy en condiciones de afirmar que estaba equivocado, y que se puede alcanzar un alto grado de sabiduría a una edad relativamente temprana. También es obvio que el simple hecho de envejecer no es garantía de sabiduría, ni muchísimo menos, a juzgar por la escasa cantidad de sabios, y eso a pesar del aumento de la esperanza de vida. La sabiduría pasa, necesariamente, por un proceso intelectual de reflexión profunda sobre las experiencias y las vivencias personales, aprovechando a un tiempo las de otros, a fin de reforzar el propio conocimiento.

La sabiduría, como la propia palabra indica, consiste en algún tipo de conocimiento, pero creo que podremos convenir que no vamos a considerar sabio a alguien por el mero hecho de saber mucho sobre sellos, por poner un ejemplo. En efecto, la sabiduría parece un tipo de conocimiento que versa más sobre cuestiones de la vida, sobre el conocimiento de uno mismo y sobre el conocimiento de nuestra naturaleza, que sobre tal o cual cuestión o materia particular. De hecho, todos conocemos a grandes autoridades en materias particulares que no destacan en cuanto a su sabiduría. En efecto, esta atañe mucho más al conocimiento sobre la forma más correcta de comportarse, y podría asimilarse a la ética, si no fuera porque ésta tiene un carácter mucho más teórico, mientras aquella es mucho más práctica, más cercana a las circunstancias del día a día. También se ha considerado siempre que la sabiduría no se enseña, que no es algo que se transmita, al modo en que se enseña una materia particular, sino que debe adquirirse por uno mismo, tras sesudas meditaciones personales. A diferencia de la erudición, que consiste en la acumulación de muchos conocimientos, en su mayoría procedente de los libros, la sabiduría procedería mucho más de la reflexión personal, del autoconocimiento, del conocimiento del alma humana, y de su aplicación en la vida práctica. También muchos piensan que el estilo de vida occidental, tan confortable, tan cómodo, tan volcado en lo material, es mucho menos propicio a la meditación y a la sabiduría que el modo de vida oriental, tradicionalmente más orientado a la meditación sobre el propio yo.

Ha caído en mis manos, de forma un tanto casual, un pequeño libro de un filósofo y sacerdote católico de principios del XIX. El filósofo en cuestión es Jaime Balmes, y el libro lleva por título “El criterio”. Balmes nació en 1808, y falleció de tuberculosis en 1846, y es asombroso que en tan corta vida se pueda adquirir tanta sabiduría. El libro presenta al lector reglas a seguir sobre muy diversas cuestiones, a fin de pensar correctamente sobre las mismas, y precaverse de las numerosas fuentes de error. Se abordan temas de lo más diversos, como el conocimiento en general, la prensa, el conocimiento de la historia, la ciencia, el entendimiento y su profunda relación con las pasiones, los sentimientos y su exaltación en su época(recordemos que vivió en pleno romanticismo), la importancia de la religión, la virtud, y un largo etcétera. En todo momento evita el tratamiento abstracto de las cuestiones, y siempre se mantiene apegado a la realidad, poniendo numerosos ejemplos que aclaran las tesis que mantiene. El libro destila una enorme finura y profundidad intelectual, demostrando una sabiduría impropia de la edad. Creo que merece la pena ser leído y releído cuantas veces hagan falta, para captar y aprehender toda la esencia que encierra.

Por supuesto, a nadie se le promete la sabiduría tras su lectura, no vayamos a equivocarnos.

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