A veces, diferentes términos, como “lógico”, “racional”, “razonable”, y algún otro, se utilizan con un significado unívoco, lo cual es fuente de no pocas confusiones. En este largo paréntesis veraniego aprovecho para intentar clarificarlos, escribiendo un corto artículo sobre el tema.
Muchas veces se piensa que la lógica es una especie de panacea que abriría muchas puertas a quien la dominase, permitiéndole adentrarse en muy diversas materias con una perspectiva de éxito relativamente asegurada. Sin embargo, nada más alejado de la realidad. La lógica formal trata del razonamiento correcto, pero en modo alguno nos faculta para otras materias. De hecho, la lógica formal está basada en la lógica natural, que es aquella que poseen la generalidad de las personas, sin necesidad de adentrarse en sesudos estudios de lógica formal. La lógica formal vendría a ser una sistematización de los distintos modos de proceder en los razonamientos correctos. Sin duda, tiene su importancia, pero la lógica, sin más, es estéril, no nos permite avanzar en el conocimiento. Sin la intuición, sin la imaginación, sin la observación, la lógica quedaría reducida a un mero simbolismo.
Lo racional es algo mucho más amplio que la lógica, y mucho más útil para la vida diaria. Podríamos definirlo como la elección óptima de unos medios para alcanzar determinados fines. Por ejemplo, si queremos aprobar unas oposiciones en un tiempo determinado, lo racional sería buscar el temario, preparar adecuadamente los temas, distribuir el tiempo para estudiarlos, el tiempo parar repasarlos, elegir un preparador si fuera necesario, etc.,etc. Muchas de estas operaciones racionales están ya sistematizadas por una experiencia amplia del asunto, pero en muchas otras somos nosotros los que debemos llevara a cabo esa planificación, para optimizar el resultado. Lo racional, por tanto, definido así, es un proceso que tiene bastante de científico, lo cual no implica que los grandes científicos hayan sido personas habitualmente racionales. Podríamos decir que el hábito de proceder científicamente en las cuestiones de la vida corriente es lo que convierte a una persona en racional.
Ahora bien, cómo se determinan los fines hacia los que se debe encaminar nuestra actuación racional. Podría ser que decidiéramos aprendernos de memoria la enciclopedia británica, y que eligiéramos para ello los medios más adecuados, planificando cuidadosamente el tiempo, los intervalos de repaso, y un sinfín de etcéteras, de forma que nuestra actuación sería de lo más racional, aunque no por ello dejaríamos de pensar que el fin escogido (aprender de memoria la susodicha enciclopedia) es decididamente estúpido.
Lo anterior nos lleva a la necesidad de pergeñar un concepto que haga referencia a lo pertinente de nuestros fines, y este concepto es el de “razonable”. Este concepto, aunque no incluye al anterior, es mucho más importante. Una persona pude proponerse fines muy sensatos, pero bien puede carecer de la suficiente racionalidad para llevarlos a cabo de forma óptima y, como vimos anteriormente, también puede ocurrir lo contrario: planificaciones muy racionales para empeños muy poco razonables. Por tanto, podriamos decir que lo racional hace referencia a los medios, y que tiene un carácter científico, que consiste en buscar los medios óptimos para alcanzar unos objetivos, mientras que lo razonable se refiere a los fines, y tiene un carácter más ético, si queremos.
Podríamos presumir que la cuestión de la elección de los fines es algo muy subjetivo, y que por tanto no merecería la pena ser discutida. Una reflexión algo más atenta enseguida nos disuade de lo anterior, y nos hace ver que la elección de los fines más adecuados constituye el objetivo de la Ética, y de gran número de religiones. Por eso, pienso, el hombre que continuamente se propone fines sin tener en cuenta la experiencia acumulada por la humanidad en ese sentido está condenado al fracaso. En primer lugar, dará bandazos de un lado a otro de forma caprichosa y anárquica, y en segundo lugar raramente elegirá los fines más sensatos para conducir su vida, pudiendo elegir opciones disparatadas. La Ética, entendida en el sentido anterior, como el estudio de los fines más adecuados, es algo en lo que no todo el mundo profundiza, y requiere estudio y dedicación, y voluntad para aplicar lo aprendido. Sin embargo, la religión permitía una ocasión inmejorable para imbuir en la mente de las gentes los fines más provechosos, para su propia vida y para las vidas ajenas. El anticlericalismo militante, muchas veces beligerante de forma abierta contra las religiones, o mejor dicho, sólo contra algunas de ellas, forma parte de nuestro actual modo de vida, y se está empezando a hacerse notar: el hombre está cada vez más aislado, camina en solitario, sin un rumbo fijo, sin referencias sólidas a las que asirse, descreyendo de esto y creyendo fanáticamente en aquello. Para acabar, me gustaría recordar las palabras de Chesterton, que decían más o menos así: cuando el hombre deja de creer en Dios se vuelve capaz de creer en cualquier cosa. Y así nos va.