Realmente escribir sobre un tema técnico, del que nada se conoce, no deja de ser un atrevimiento. Sin embargo, estamos acostumbrados a que las predicciones económicas de los mayores expertos casi nunca se cumplan. Supongo que éstas – las predicciones económicas – se basan en modelos, y estos modelos no dejan de ser una burda aproximación a la realidad. Además, el comportamiento económico global depende del comportamiento económico de los individuos, el cual está influenciado por numerosos factores psicológicos, que se sustraen al modelo más afinado.
Hace cosa de un par de años, cuando salió a la luz la llamada crisis financiera a nivel mundial y se decidió recapitalizar la banca con dinero público, se escribieron muchos artículos en los que se decía que el modelo económico capitalista, tal como había venido funcionando hasta hora, estaba agotado, y que era necesario un cambio de paradigma económico. Dos años más tarde, hoy, no se habla para nada de ese cambio necesario, y los ejecutivos de numerosas entidades finacieras que acaban de ser recapitalizadas con dinero público se reparten dividendos multimillonarios sin el más mínimo rubor. Estas conductas han saltado a la prensa, y han escandalizado a muchos, pero no parece haber servido para impedirlas.
Entretanto, como los gobiernos se muestran incapaces de atajar tanto desmán, y como los recortes sociales se presentan como inevitables, y la lacra del paro, aquí en nuestro país, asciende al 20% de la población activa, surgió un movimiento ciudadano, conocido como 15 M, que ocupa plazas públicas donde discuten y votan iniciativas. Desde luego, no parece que ese sea el sistema de reconducir la situación, que un grupo más o menos amplio de ciudadanos, se arroguen la potestad de ocupar plazas y proponer medidas que deberían corresponder a los gobiernos y parlamentos. Ese intento de subversión del poder legalmente establecido por un supuesto poder que se arrogan un nutrido grupo de ciudadanos, por muy pacífico que sea, no deja de ser revolucionario. Muchos periodistas e intelectuales de nuestro país se han apresurado a descalificar, e incluso ridiculizar, a estos grupos de indignados, que cada día se extienden más por el mundo, aunque hasta la fecha con muy escaso éxito.
Para mí, está muy claro que los grandes poderes mundiales no están dispuestos a implementar un cambio de paradigma económico sustancial, que corrija los enormes desajustes que el sistema actual ha producido y seguirá produciendo. Supongo que, de la misma forma que yo, los indignados intuyen lo mismo, y no están dispuestos a esperar a que un nuevo ciclo económico favorable les saque las castañas del fuego a los políticos, y que todo siga igual hasta la próxima. Esta crisis parece que ha sido lo suficientemente grave, y que será lo suficientemente duradera, como para que dicho movimiento no se apague tan fácilmente.
Parece ser que si los gobiernos de los países importantes del primer mundo no son capaces de poner riendas a la voracidad del gran capital, tendrán que ser los ciudadanos quienes, al no sentirse debidamente representados en sus aspiraciones, lo hagan en las plazas públicas. De momento, y de forma voluntaria, en algunos países, entre los que se cuenta Francia, las grandes fortunas se han ofrecido a pagar más para ayudar a salir de la crisis. ¿Han experimentado una conversión repentina, como san Pablo, o le han visto las orejas al lobo, y creen que es una forma de demostrar que los ricos también sienten?
Yo imagino que una gran mayoría de ciudadanos simpatiza con un movimiento que pretende un mundo más justo. Cosa diferente es que este movimiento, de aspiraciones nobles aunque pobremente articuladas, pueda derivar o ser utilizado por organizaciones con intereses menos confesables.
Desde mi punto de vista, resulta evidente que el sistema actual no funciona, y que aunque se salga de esta crisis las crisis volverán. No obstante, hoy sólo es posible regular la situación, por parte de los gobiernos y de los bancos centrales. Un cambio global de toda la economía mundial, hoy por hoy, y sin un gobierno mundial que pueda controlar a los grandes capitales, operen donde operen, es una empresa imposible. Hoy se ha demostrado que los “mercados”, los capitales, se imponen a los gobiernos, y con un gobierno mundial los gobiernos se impondrían a los capitales, en beneficio de la mayoría de ciudadanos. Quizás muchos de los indignados intuyan estas cosas.
Por esto, y por muchas más razones que alargarían en exceso el artículo, creo que el movimiento de indignados que recorre el mundo no debería tomarse tan a la ligera. Al fin y al cabo, es la eterna lucha entre instalados y desinstalados – estos últimos hoy con conciencia, y con medios para organizarse – a los que la voracidad capitalista ha situado contra las cuerdas.