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Noviembre 10, 2009

Reflexiones sobre la función del arte

Archivado en: arte, cultura, divulgación, emoción, filosofía, pedagogía — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:22 pm

En un artículo anterior, titulado “Aproximación para una definición de arte” traté de por qué determinadas actividades humanas se consideran artísticas, como las Bellas Artes, y por qué otras no lo son, tal como el fútbol, la tauromaquia, por ejemplo. Como criterio de demarcación entre las actividades artísticas y las que, a mi juicio, no lo son, utilicé la universalidad de la actividad artística, así como su atemporalidad, es decir, su inicio con el hombre, defendiendo en aquel artículo la tesis de que el arte está ligada a la propia naturaleza humana. En ese sentido, otras actividades, por mucha habilidad que requieran, no se pueden considerar artísticas.

Hoy, me propongo analizar la función – si es que cumple alguna – del arte, por oposición a la técnica. Para esto es preciso considerar que el arte, al contrario de la técnica, no busca ninguna utilidad específica. Es un añadido a lo propiamente utilitario, y su función, para el artista, es satisfacer una necesidad espiritual, que nace de dentro, y que no busca colmar ninguna necesidad material. El arte, en su sentido más genuino, se seguiría haciendo aunque nadie más lo compartiera. Por eso, desde el principio, resulta necesario deslindar la actividad artística de su comercialización y de todo el negocio que se mueve a su alrededor.

Puesto que el arte no busca satisfacer ninguna necesidad material, cuando el hombre consume arte, ¿por qué lo hace?. Hay muchas razones espurias por las que puede hacerlo, y por las que de hecho lo hace, en ocasiones, como pueden ser rellenar estanterías en la casa con libros, adornar paredes, impresionar a los amigos, o especular, o vaya usted a saber…… Sin embargo, toda esta amplia variedad de razones marginales a la intención artística no constituyen el objeto de mi artículo.

La pregunta objeto del presente artículo, podría quedar planteada sencillamente así: ¿qué busca la persona que adquiere una obra de arte, si lo único que le interesa es la obra en sí?. Dado que la función de la obra de arte no es satisfacer ninguna necesidad material, su adquisición debe ir destinada a colmar algún tipo de anhelo espiritual. El comprador de una obra de arte, el genuino, debe experimentar alguna forma de emoción estética con la misma, lo que le impulsa a adquirirla. Sin embargo, el artista, cuando crea la obra no está buscando emocionar. Si así fuera el arte quedaría prostituido, y relegado a remover la sensiblería ajena. No, el arte es espontáneo, y la capacidad de promover una emoción estética en los demás no es premeditada.

Hoy, en torno al arte, hay toda una parafernalia de críticos, entendidos, comerciantes, galeristas, falsificadores, especuladores, y demás que han alejado a aquél de su sentido primigenio. Hoy hay quien nos dice lo que nos debe emocionar y lo que debemos desdeñar, lo que vale y lo que no vale. Se han expuesto en grandes museos verdaderos adefesios, haciéndolos pasar por genuinas obras de arte. Todo este estado de cosas ha creado una enorme confusión, y ha hecho que se confunda la obra artística con toda la parafernalia social que se mueve en torno al arte, y que muchas veces poco tiene que ver con el arte genuino.

Aquel que adquiere una obra porque se lo sugiere un “entendido”, o porque le han dicho que posee un gran valor, está desatendiendo la función primordial del comprador de arte: experimentar una cierta clase de emoción estética con la obra. Esa emoción estética no es estática, sino que se puede cultivar, como se puede educar el paladar, pero siempre habrá paladares educados que detesten el caviar, y prefieran un guiso sencillo.

El auténtico comprador de arte, y no el esnob del que ya hemos hablado, debe reunir al menos dos condiciones: tener satisfechas un mínimo de condiciones materiales, y poseer un espíritu refinado. La primera condición no merece comentario, mientras que la segunda merece algún detenimiento. Aquella persona con un espíritu exclusivamente práctico, no atendería nunca a los aspectos artísticos, y valoraría las cosas por lo que sirven, desdeñando cualquier valor adicional. El arte para él sería algo superfluo, algo que excede a la mera utilidad que él busca. Tendría su sensibilidad embotada para emocionarse con todo aquello que no le sirve, que no le resulta útil. Mientras que este sentido práctico quede reducido a las cosas, el problema sería un embrutecimiento personal, pero en el momento que lo extrapole a las personas estaríamos ante un gañán, que sólo concede valor a los demás por lo que le pueden ofrecer. ¿Es tan infrecuente esta extrapolación?. Júzguenlo ustedes.

Junio 27, 2009

Aproximación para una definición de arte

Archivado en: arte, cultura, divulgación, enseñanza, pedagogía — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:05 am

El arte, como tantos otros conceptos, resulta escurridizo, se escapa a una definición verbal que no genere ambigüedad. Sería absurdo definir el arte al modo en que definimos, por ejemplo, la palabra “silla”, como utensilio que sirve para sentarse compuesto, habitualmente, por tres o más vástagos verticales sobre los que se apoya una superficie horizontal, destinada al reposo de nuestras posaderas. No obstante, el DRAE siempre resulta de utilidad, y si lo consultamos, en su segunda acepción, la que en este momento nos interesa, define el arte como “aquella manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado mediante recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”.

Esta definición elimina al resto de los animales, a los que considera incapaces de cualquier actividad artística, considerando ésta una actividad genuinamente humana. Al tratarse de una visión personal, la definición del DRAE hace hincapié en otro aspecto fundamental de la manifestación artística, como es el hecho de ser algo único, precisamente por ser personal. Es este aspecto el que diferencia el arte de la técnica, que permite la reproducción mecánica de algo, sin necesidad de aporte personal alguno. El arte es también desinteresado, en el sentido de que trasciende las necesidades materiales de supervivencia. El arte no nace para cubrir una necesidad material, sino más bien una necesidad espiritual del ser humano. El arte es un añadido, que surge probablemente de una necesidad estética que anida en nuestra naturaleza. Los recursos que utiliza el arte para plasmarse pueden ser de tres tipos: plásticos, lingüísticos o sonoros. Esta última parte de la definición restringe el arte a las seis expresiones clásicas, conocidos por todos: la pintura, la escultura, la arquitectura, la literatura, la música y la danza. Más tarde, con el advenimiento del cinematógrafo, también se incorporó el cine como el séptimo arte.

Este artículo no tiene por objeto señalar si una manifestación artística carece o no de calidad, lo cual implica conocimientos particulares diversos. Un niño, cuando dibuja una casa, o cuando escribe su primera carta, está realizando arte, aún cuando sea de forma muy rudimentaria.

Lo que me interesaría dejar claro en este artículo es si la definición del DRAE es puramente convencional o responde, en algún modo, a una realidad anterior a la definición. ¿Se trata de una definición puramente convencional o trata de aprehender algo que existe y que resulta escurridizo a la definición? ¿Por qué, según la definición del DRAE, no es arte el toreo, ni la forma en que Messi juega la fútbol? ¿Es sencillamente porque la definición no lo permite? ¿Hemos construido una definición “ad hoc” para incluir exclusivamente a las artes clásicas, o la definición entronca con la verdadera naturaleza de la expresión artística? ¿Es un artista Ferrán Adriá, o sólamente lo consideran así los snobs?

A fuer de ser sincero creo que aún no es posible responder con certeza a estas preguntas, pero como indica el título del artículo se trata tan sólo de una aproximación.

Si el arte es algo genuinamente humano parece que dos características del mismo deberían ser su universalidad y su nacimiento con el ser humano, por ser algo inherentes a él. Desde este punto de vista, que me parece importante, ni el toreo ni el fútbol cumplen ninguna de esas características. Sí parecen cumplirlas, aunque sea en forma rudimentaria, las grandes artes clásicas, así como el cine, desde que se inventó por lo hermanos Lumière el cinematógrafo. Por tanto, los requisitos anteriores parecen alejar la idea de que la definición del DRAE y la restricción de las manifestaciones artísticas a las seis o siete grandes artes sean algo puramente convencional, dictado únicamente por el interés subjetivo del que enuncia la definición.

Podríamos decir que el arte es algo incardinado muy profundamente en la naturaleza humana, que hace que aparezca en la historia con el nacimiemto del homo sapiens, y que es común a todas las culturas, encontrando su expresión mediante medios plásticos, lingüísticos o sonoros. Por eso, porque aún desconocemos en profundidad lo que la naturaleza humana es, habrá que esperar a que el desarrollo de las neurociencias nos lo aclare desde un punto de vista científico, menos especulativo del que hemos utilizado en el presente artículo.

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