La mentira y la falsedad
Nunca el hombre ha dispuesto de tantos medios para estar informado. Las herramientas a su disposición eran inimaginables hace tan sólo quince años y, sin embargo, las mismas herramientas que le permiten el acceso a la información han servido para confundirlo y desorientarlo. Se ha dicho alguna vez que el exceso de información es ruido, que la información sencilla, servida de forma inmediata, sin una formación previa adecuada, que nos garantice el marco adecuado para situarla, para filtrarla y para seleccionarla, puede resultar contraproducente.
La información, hablando “grosso modo”, puede ser verdadera o falsa, y la información falsa puede ser originada con un propósito intencionado de engañar o, sencillamente, se puede transmitir la falsedad de forma involuntaria. En el primer caso hablamos de mentira, mientras que en el segundo hablamos sencillamente de falsedad.
Hablando “grosso modo” también, la información puede ser contrastable o no contrastable. Esta última no merece siquiera el nombre de información, y deberíamos reservar para ella el nombre de opinión, o cualquier otro término similar. El problema está en que en muchísimas ocasiones, de forma abierta o solapada, consciente o inconsciente, se pretende hacer pasar por información lo que es una mera opinión, y el daño y la confusión están servidos. Cualquier pretendida autoridad, individual o mediática, que hacen pasar por información la mera opinión están causando un importante daño, porque los posibles receptores de dicha pseudoinformación se convierten a su vez en agentes activos de transmisión (algo que hace unos años apenas tenía un efecto práctico), y el efecto multiplicador puede conducir a una suerte de engaño colectivo. Quizás, la primera prevención que deberíamos guardar en un mundo como el nuestro es aprender a distinguir la información de la mera opinión, y no siempre resulta fácil. En principio, una regla que nos puede proporcionar algunos resultados es la siguiente: la información trata sobre hechos, puesto que éstos suelen ser contrastables, mientras que la opinión versa sobre interpretaciones, y suele incluir juicios de valor. De este modo, la información sería descriptiva, mientras que la mera opinión sería connotativa, interpretativa o valorativa y, por tanto, subjetiva. Debemos ser cautos, no obstante. Si bien las reglas anteriores son válidas, y suelen proporcionar buen resultado, se nos puede conducir a engaño proporcionándonos una información absolutamente veraz. Esto lo conseguimos proporcionando la información oportuna, de forma sesgada, para crear de este modo un determinado estado de opinión, y sin necesidad de vertir opinión alguna sobre el asunto. Proporcionamos parte de la información - siempre veraz - y ocultamos la otra parte, creando un inevitable sesgo en la mente del receptor. Quizás sea ésta la forma más perversa de mentir, o la forma más sutil de transmitir falsedades. Es lo que se ha llamado siempre decir una verdad a medias. El mejor antídoto contra esto es el sano hábito de formular preguntas, no conformándonos con la información que nos sirven, convirtiéndonos de este modo en agentes activos en la búsqueda de la información que surge de nuestro hábito inquisitivo.
Otra forma de trasmisión de una mentira, o de una falsedad, es presentar una información falseada. De nuevo, el mejor antídoto contra esto es convertirnos en agentes activos en la búsqueda de información, contrastando las diversa fuentes, hasta obtener la verdad con un alto grado de probabilidad. El mejor correctivo que podríamos aplicarle a aquellas personas, o a aquellos medios, que de esta forma se comportasen, sería dejar de leerlos o de escucharlos, lo cual redundaría en un aumento en la trasmisión de la verdad. Este correctivo también sería de aplicación, por supuesto, en los casos descritos anteriormente.
Hemos dicho en un párrafo anterior que cualquier información no contrastable la podríamos tildar de mera opinión, y es así en términos generales, aunque no siempre. Si yo digo que ayer vi un burro volando, obviamente se trata de una información no contrastable, pues pertenece a un pasado que no volverá, pero al mismo tiempo se trata de una cuestión de hecho ( pues se está afirmando que un burro volaba) que no podemos incluir en el marco de lo que entendemos por opinión. Por tanto, hay informaciones no contrastables que no constituyen opiniones. A este tipo de informaciones deberíamos prestarle poca atención, así como a las personas o medios que abusan de éllas.
Otro criterio importante, a la hora de enfrentarnos a la mentira o a la falsedad, es el criterio de verosimilitud. En el ejemplo anterior, la información relativa al burro volando es a todas luces inverosímil, pero a veces descubrir la inverosimilitud no es tan inmediato, y requiere mayor análisis y sutileza por nuestra parte. Nos puede resultar útil a la hora de valorar diversas informaciones encadenadas que encierran algún punto contradictorio, el cual nos puede poner sobreaviso sobre la veracidad de las informaciones, puesto que varias informaciones verdaderas no pueden ser contradictorias entre sí. No conozco mejor medicina para desarrollar este importante “olfato” que desarrollar nuestra capacidad de análisis.
Una medida más eficaz que todas las anteriores juntas, para combatir toda la información y falsedad a la que estamos expuestos, sería dejar de leer o de escuchar toda la información que nos ofrecen, y buscar sólo aquella que nos interese de forma puntual, aunque discutir sobre las ventajas y desventajas de esto último requeriría por sí mismo de un amplio artículo.