Detodounpoco

Julio 17, 2008

La mentira y la falsedad

Archivado en: cultura, divulgación, educación, enseñanza, información, pedagogía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:45 am

Nunca el hombre ha dispuesto de tantos medios para estar informado. Las herramientas a su disposición eran inimaginables hace tan sólo quince años y, sin embargo, las mismas herramientas que le permiten el acceso a la información han servido para confundirlo y desorientarlo. Se ha dicho alguna vez que el exceso de información es ruido, que la información sencilla, servida de forma inmediata, sin una formación previa adecuada, que nos garantice el marco adecuado para situarla, para filtrarla y para seleccionarla, puede resultar contraproducente.

La información, hablando “grosso modo”, puede ser verdadera o falsa, y la información falsa puede ser originada con un propósito intencionado de engañar o, sencillamente, se puede transmitir la falsedad de forma involuntaria. En el primer caso hablamos de mentira, mientras que en el segundo hablamos sencillamente de falsedad.

Hablando “grosso modo” también, la información puede ser contrastable o no contrastable. Esta última no merece siquiera el nombre de información, y deberíamos reservar para ella el nombre de opinión, o cualquier otro término similar. El problema está en que en muchísimas ocasiones, de forma abierta o solapada, consciente o inconsciente, se pretende hacer pasar por información lo que es una mera opinión, y el daño y la confusión están servidos. Cualquier pretendida autoridad, individual o mediática, que hacen pasar por información la mera opinión están causando un importante daño, porque los posibles receptores de dicha pseudoinformación se convierten a su vez en agentes activos de transmisión (algo que hace unos años apenas tenía un efecto práctico), y el efecto multiplicador puede conducir a una suerte de engaño colectivo. Quizás, la primera prevención que deberíamos guardar en un mundo como el nuestro es aprender a distinguir la información de la mera opinión, y no siempre resulta fácil. En principio, una regla que nos puede proporcionar algunos resultados es la siguiente: la información trata sobre hechos, puesto que éstos suelen ser contrastables, mientras que la opinión versa sobre interpretaciones, y suele incluir juicios de valor. De este modo, la información sería descriptiva, mientras que la mera opinión sería connotativa, interpretativa o valorativa y, por tanto, subjetiva. Debemos ser cautos, no obstante. Si bien las reglas anteriores son válidas, y suelen proporcionar buen resultado, se nos puede conducir a engaño proporcionándonos una información absolutamente veraz. Esto lo conseguimos proporcionando la información oportuna, de forma sesgada, para crear de este modo un determinado estado de opinión, y sin necesidad de vertir opinión alguna sobre el asunto. Proporcionamos parte de la información - siempre veraz - y ocultamos la otra parte, creando un inevitable sesgo en la mente del receptor. Quizás sea ésta la forma más perversa de mentir, o la forma más sutil de transmitir falsedades. Es lo que se ha llamado siempre decir una verdad a medias. El mejor antídoto contra esto es el sano hábito de formular preguntas, no conformándonos con la información que nos sirven, convirtiéndonos de este modo en agentes activos en la búsqueda de la información que surge de nuestro hábito inquisitivo.

Otra forma de trasmisión de una mentira, o de una falsedad, es presentar una información falseada. De nuevo, el mejor antídoto contra esto es convertirnos en agentes activos en la búsqueda de información, contrastando las diversa fuentes, hasta obtener la verdad con un alto grado de probabilidad. El mejor correctivo que podríamos aplicarle a aquellas personas, o a aquellos medios, que de esta forma se comportasen, sería dejar de leerlos o de escucharlos, lo cual redundaría en un aumento en la trasmisión de la verdad. Este correctivo también sería de aplicación, por supuesto, en los casos descritos anteriormente.

Hemos dicho en un párrafo anterior que cualquier información no contrastable la podríamos tildar de mera opinión, y es así en términos generales, aunque no siempre. Si yo digo que ayer vi un burro volando, obviamente se trata de una información no contrastable, pues pertenece a un pasado que no volverá, pero al mismo tiempo se trata de una cuestión de hecho ( pues se está afirmando que un burro volaba) que no podemos incluir en el marco de lo que entendemos por opinión. Por tanto, hay informaciones no contrastables que no constituyen opiniones. A este tipo de informaciones deberíamos prestarle poca atención, así como a las personas o medios que abusan de éllas.

Otro criterio importante, a la hora de enfrentarnos a la mentira o a la falsedad, es el criterio de verosimilitud. En el ejemplo anterior, la información relativa al burro volando es a todas luces inverosímil, pero a veces descubrir la inverosimilitud no es tan inmediato, y requiere mayor análisis y sutileza por nuestra parte. Nos puede resultar útil a la hora de valorar diversas informaciones encadenadas que encierran algún punto contradictorio, el cual nos puede poner sobreaviso sobre la veracidad de las informaciones, puesto que varias informaciones verdaderas no pueden ser contradictorias entre sí. No conozco mejor medicina para desarrollar este importante “olfato” que desarrollar nuestra capacidad de análisis.

Una medida más eficaz que todas las anteriores juntas, para combatir toda la información y falsedad a la que estamos expuestos, sería dejar de leer o de escuchar toda la información que nos ofrecen, y buscar sólo aquella que nos interese de forma puntual, aunque discutir sobre las ventajas y desventajas de esto último requeriría por sí mismo de un amplio artículo.

Marzo 25, 2008

Brain training

Archivado en: cerebro, divulgación, educación, medicina, mente — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:42 am

Hoy está muy de moda esto de entrenar el cerebro, con vistas a paliar los efectos deletéreos que la edad tiene sobre el mismo. Algunos practican sudokus, otros realizan crucigramas, y algunos adquieren programas específicos que te prometen hasta adelantarte tu “edad cerebral”.

 Ciertamente, la demencia es un problema que cobra mayor actualidad en nuestros días que en tiempos pretéritos, por diversas razones, entre las cuales está la mayor longevidad de la población, pero también las dificultades cada vez mayores de los ancianos para ser atendidos. Antes era corriente que los padres viviesen con los hijos, y era muy normal contar con abuelos en la propia casa, que eran cuidados por sus hijos y hasta por sus nietos. Antes, también, la palabra demencia no estaba tan de moda, y cuando los abuelos tenían “lagunas” o disparataban decíamos que estaban empezando a chochear. El hecho es que por una conjunción de razones, cuyas raíces no es el momento de analizar, nuestros mayores lo tienen cada día más difícil en nuestra sociedad, y muchos, ante la evidencia de tan triste espectáculo, procuramos prevenirlo usando diferentes estrategias.

No hace falta ser médico para comprobar que personas con una importante actividad intelectual han desarrollado Alzheimer, o algún otro tipo de demencia. Hay una enfermedad, conocida como demencia de Huntington, que se caracteriza por la aparición de movimientos incoordinados involuntarios que se asocian a un cuadro de demencia progresiva. En esta enfermedad, absolutamente determinada de forma genética, es posible saber, según la secuencia de determinados polinucleótidos del DNA, incluso la edad de aparición de los primeros síntomas. Es obvio que en este tipo de demencia, de nada nos hubieran servido los sudokus. Otras muchas demencias también tienen un componente genético, aunque no tan marcado como en la enfermedad de Huntington.

La mayoría de las personas que entrenan su cerebro, a fin de prevenir o alargar lo más posible la aparición de síntomas de pérdida de funcionalidad cerebral, estarán pensando en paliar de alguna forma lo que podríamos dar en llamar “envejecimiento cerebral normal”, que acompaña al paso de los años. Puede parecer plausible entrenar de forma rutinaria el cerebro para este fin, al modo en que se entrenan las extremidades caminando. Sin embargo, un cerebro sano requiere de un adecuado riego cerebral, y de un aporte de oxígeno adecuado. De poco serviría hacer muchos sudokus fumando como un carretero, o comiendo grasas animales de forma continuada, o bebiendo de forma inmoderada, o no controlando adecuadamente la tensión arterial.

Suponiendo que todo lo anterior se haga, y se controle, podríamos plantearnos qué método es el más adecuado para mantener un cerebro en forma.

Probablemente fuera útil abordar diferentes áreas funcionales, y potenciar diversos aspectos de la memoria, del razonamiento, del cálculo mental, del razonamiento lógico, del lenguaje, etc.,etc. Con seguridad, los diversos programas de brain training que existen en el mercado están orientados a dicho fin.

No obstante, para que una actividad sea eficaz debe ser continuada, y para que la continuemos debemos procurar que nos entretenga, o que nos resulte útil. Desde este punto de vista, una actividad que me parece idónea como entrenamiento cerebral, y útil a un tiempo, es el aprendizaje de un idioma muy diferente al nuestro, como el inglés mismo.

El lenguaje y el pensamiento están tan imbricados que aprender inglés no es simplemente aprender a decir lo que ya sabemos de otra forma, sino que estamos aprendiendo nuevas formas de pensar. Es probable que el pragmatismo anglosajón tenga algo que ver con su lenguaje, o al revés, que su lenguaje refleje su pragmatismo, pero existe una conexión indudable.

Diciembre 13, 2007

Patriotismo, patrioterismo y educación

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, patriotismo, pedagogía, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:14 pm

Un país como el nuestro, en el que muchas personas de determinadas regiones manifiestan no sentirse españolas, es difícil que sea patriótico. He escuchado muchas veces admirar el patriotismo de los estadounidenses, y compararlo con el nuestro.

Pero, ¿en qué consiste el patriotismo?. Parece que se trata de un sentimiento de orgullo por pertenecer a una determinada nación, o a un determinado pueblo. No es, por tanto, un sentimiento basado en méritos propios, sino basado en la coyuntura, casual, de haber nacido en un determinado lugar. No parece, por tanto, un sentimiento muy cabal, pues a nadie se le ocurriría sentirse orgulloso de haber sido premiado en la primitiva, aunque sí enormemente satisfecho. Por tanto, yo puedo entender que uno sienta cierta satisfacción, y agradecimiento al destino, por poder vivir en la nación más próspera del mundo, de la misma forma que por gozar de unas enormes ventajas por razón de nacimiento, pero de ahí a sentir orgullo por una circunstancia puramente casual, media un abismo. Uno puede también, si queremos, admirar la nación en la que ha nacido, por considerar que han sabido aprovechar las circunstancias mejor que otros, y que su prosperidad es debida a haber seguido el camino adecuado. Es muy discutible, pero podemos comprenderlo.

No obstante, a pesar de lo anteriormente expuesto, el patriotismo se vende muchas veces como una virtud, cuando, como hemos visto, no puede haber nada virtuoso en la pura casualidad. La educación, sin embargo, debidamente dirigida puede conseguir cualquier objetivo imaginable.

Parece más adecuado referirnos al patriotismo como un sentimiento de admiración - más que de orgullo - a la nación, o al pueblo que a cada uno le ha reservado el destino. La forma de conseguir esa admiración, mediante la educación, es ensalzar mediante una enseñanza diseñada “ad hoc” los méritos propios, soslayando a un tiempo los logros de otros pueblos. Dadme la asignatura de historia, y en una generación convertiré a Cádiz en la nación más orgullosa de la tierra.

Yo tampoco entiendo la admiración por los pueblos como tales, y pienso que la multicausalidad que hace que unas naciones sean prósperas y otras pobres es algo que trasciende a los individuos. Los individuos, como tales, sí pueden ser dignos de admiración en determinadas facetas particulares, y hay multitud de ejemplos de individuos ejemplares procedentes de lugares pobres.

La exaltación del patriotismo, como sentimiento de admiración por la propia nación, tiene efectos sin duda positivos, como son activar las respuestas de los individuos ante una posible agresión por parte de otros pueblos, pero también efectos claramente negativos, como justificar la dominación y la explotación abusiva de unos pueblos por otros, basados en una supuesta superioridad. Por otra parte, los políticos, una vez conseguida una nación o un pueblo de patriotas pueden invertir ese sentimiento según el gusto, como quien invierte en bolsa, para este fin o para aquel otro. Un sentimiento estúpido, como creo que es el patriotismo, puede dar mucho de sí, y se puede utilizar para la guerra y para la dominación, para mitificar a un enemigo inexistente, para inventar un victimismo que asegure de forma permanente en el poder a determinadas oligarquías, y para cuantos fines perversos podamos imaginar. En este sentido, recuerdo aquella famosa frase cuyo autor no recuerdo ahora, y que decía: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Por tanto, el patriotismo, aunque estúpido como sentimiento, puede resultar enormemente útil para ser utilizado por la clase política, y es improbable que renuncien a ese enorme poder por nuestro bien. Entretanto, cada uno lo que puede hacer es analizar estas cuestiones con perspectiva para ser más inmunes a la manipulación.

A nivel colectivo, la única salida a muy, muy largo plazo, para combatir patriotismos y nacionalismos sería avanzar hacia un gobierno mundial, aunque eso es hoy por hoy una enorme utopía, pero es la única forma que concibo de que todos nos sintiéramos ciudadanos del mundo. No creo que las grandes multinacionales estén muy interesadas en esta propuesta, porque el avance de la civilización que propiciaría un gobierno mundial sería menos proclive a la explotación.

Por patrioterismo entiendo algo mucho más inocente, mucho más inmaduro e infantil, como es el aplauso incondicional a una selección de fútbol que está realizando un mal partido, o a un piloto huraño que comparte nuestra nacionalidad. Esto no se diferencia mucho de los niños que animan al equipo de fútbol de su colegio y, en cierto modo, remeda el sentimiento infantil de pertenencia a un grupo. Me parece preferible disfrutar de un buen partido, o hacer abstracción de la nacionalidad del piloto, pero he de reconocer que los efectos de esto me resultan mucho menos dañinos.

Diciembre 5, 2007

¿Es tan importante una buena educación?

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, información, pensamiento, política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:30 pm

El informe PISA 2006 ( Programa para la evaluación internacional de alumnos) sitúa a España bastante por debajo de la media de la OCDE en capacidad lectora, en un nivel medio en matemáticas, y un poco por encima de la media en Ciencias. Todos los países, de forma general, han descendido en lo que se refiere a capacidad para la lectura, algo muy importante, puesto que la comprensión del resto de asignaturas depende directamente de esto. Parece también que existen diferencias significativas entre los alumnos según el nivel de estudios de sus padres, ocupando lugares más destacados los hijos de padres universitarios. Países como estados Unidos, o como Islandia, han obtenido resultados similares a España, contando con unos índices referentes a estatus económico, social o cultural, muy superiores a los nuestros. El primer lugar, como es ya tradicional, lo ocupa Finlandia.

 Yo, personalmente, creo que los actuales estudios de secundaria tienen un nivel de calidad inferior al de hace un par de décadas, y muy inferior al nivel de exigencia del antiguo bachillerato, con las reválidas de cuarto y sexto y el PREU (curso preuniversitario), y con las posteriores pruebas de madurez universitaria.

No parece existir, a simple vista, una correlación entre los resultados escolares y el nivel económico y de bienestar de una sociedad, y ahí está el caso de los estados Unidos, que con unos resultados absolutamente mediocres, similares a los de España, está a la cabeza en cuanto a desarrollo económico se refiere.

 Sin embargo, la mayoría intuimos que la educación es algo fundamental, y solemos sostener que la educación de nuestros menores será el fundamento de nuestra sociedad futura.  Puesto que no somos capaces, por el momento, de establecer una correlación entre la formación de nuestros alumnos y el bienestar económico de nuestra sociedad futura, deberíamos reflexionar más profundamente sobre los beneficios reales de una buena formación.

La educación secundaria promueve - o debiera promover - en los alumnos una formación general, mientras que la universidad, además de otras cosas, se debería encargar de formar futuros profesionales, y la formación profesional personal adiestrado en la práctica de determinados oficios. Desconozco si existen estudios serios que establezcan si existe, o no, una correlación entre la formación universitaria, y la formación profesional, y el bienestar económico futuro de una sociedad.

En todo caso, cabría esperar una correlación positiva entre formación de profesionales y bienestar económico, antes que con la formación secundaria. Podrá alegarse, y no sin fundamento, que el fracaso universitario puede ser mucho mayor sin una formación secundaria previa adecuada. En eso todos podemos estar de acuerdo, pero salvo en carreras muy técnicas, que exijan una preparación previa muy intensa en matemáticas y ciencias, o en carreras de ámbito muy general, la falta de preparación en secundaria no suele ser un escollo insalvable para cursar una carrera universitaria.

He conocido médicos, abogados y periodistas con dificultades para resolver una ecuación de segundo grado, o con un escaso conocimiento de las materias que se cursan en el bachillerato. También, es cierto, he conocido a ingenieros con un escaso conocimiento de historia, o de literatura. Quiero decir, con esto, que una formación sólida de bachiller no es precisa para desempeñar con la solvencia requerida una determinada profesión.

Las sociedades no funcionan con élites, sino con gente en su mayoría normal, y esto es una consecuencia directa de la curva de Gauss. Los médicos que nos atienden, los maestros que nos enseñan, los abogados que nos asisten, los ingenieros que emplean en las empresas, son, en su enorme mayoría, gente normal que desempeñan su profesión con mayor o menor desenvoltura, pero nada más. No precisan ser grandes intelectuales, ni pensadores profundos, ni disponer de una cultura amplia, y son, sin embargo, los que hacen que una sociedad pueda funcionar. Es más; eso es una condición necesaria, pero no suficiente, porque hay países con buenos profesionales que, por motivaciones diversas, se desenvuelven en la penuria económica. Los intelectuales, los eruditos, las personas con mucha cultura, juegan un papel en la sociedad mucho más modesto de lo que ellos mismos suelen creer. A veces se nos pretende presentar a los intelectuales como los verdaderos motores de una sociedad y, a mi juicio, nada más falso que eso.

 Todo este paréntesis nos devuelve a la pregunta del principio: ¿Una buena educación secundaria para qué?.

Hemos intentado razonar que nuestra intuición anterior, que era que el bienestar económico de nuestra futuras generaciones dependía de su formación actual, no venía corroborada por los hechos, ni tenía por qué ser así.

¿Debemos despreocuparnos del informe PISA, y dejar a los finlandeses que se sigan sintiendo tan ufanos con su primer puesto o, por el contrario, deberíamos empezar a tomarnos la cosa en serio?

Hasta el momento no hemos ofrecido una sola razón convincente, en favor de una enseñanza secundaria seria y de calidad. Quizás sea porque hemos elegido el camino del bienestar económico, reduciendo a la sociedad exclusivamente a esta dimensión.

Yo pienso que una enseñanza secundaria de calidad es fundamental, pero no porque conduzca a sociedades económicamente más desarrolladas, sino porque crea sociedades más críticas, y porque sus individuos tienen más posibilidades de alcanzar el estatus de verdaderos ciudadanos. Una persona formada - con una buena formación se  entiende - tiene más criterio, más capacidad de análisis, y resulta, en suma, más difícil de ser manipulada. Las personas poco formadas, aunque sean médicos, arquitectos o abogados, por señalar sólo algunos ejemplos, son mucho más susceptibles de ser “dirigidos” por los medios de manipulación de masas que las personas que han conseguido alcanzar esa formación.

La incultura, en suma, no tiene que conducir al desastre económico, pero sí a la alienación del individuo, que pasa de ser un ciudadano consciente a convertirse en un mero súbdito. Las democracias reales precisan de dos factores fundamentales: una clase media pujante, que no dependa de la subvención del partido de turno, y de una formación aceptable, que nos haga mucho más inmunes a la manipulación.

Noviembre 20, 2007

La crítica y el elogio

Archivado en: divulgación, educación, pedagogía, pensamiento, psicología — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:56 am

Desde el momento que decidí escribir un blog supe que entrañaba ciertas dificultades, porque desde el primer momento me propuse abordar cuestiones impersonales, y siempre guiado por una metodología común, tratase el tema que tratase. He procurado, por tanto, alejarme de elogios y críticas hacia personas cercanas, incluso lejanas, y he procurado centrarme en los argumentos. Si, hasta el momento, lo he conseguido o no, sólo el lector asiduo, si es que tengo alguno, lo podrá decidir.

 Ayer, mi semblanza de Rick constituyó un paréntesis en lo que había sido mi blog hasta el momento.

Sé que estamos mucho más acostumbrados a la crítica que al elogio, y que cuando esto último ocurre suele suscitar desconfianza. Nada más lejos de mi personalidad que el halago fácil para cultivar la vanidad ajena, quizás por las sospechas inmediatas que nuestra sociedad demuestra hacia el elogio sincero, que con frecuencia se confunde con la lisonja.

Sin embargo, no existen razones objetivas para cultivar más la crítica que el elogio. No me refiero a la crítica constructiva, destinada a mejorar algo, sino a la descalificación sin más. Sí pueden existir razones subjetivas, que van desde la antipatía personal, la envidia, o el sentimiento de inferioridad que muchos pueden experimentar por alabar lo ajeno. Para el elogio sincero - lo contrario sería falsa lisonja - las razones han de ser mucho más objetivas pues, por desgracia, tenemos más facilidad para envidiar que para admirar algo. En otro artículo expliqué las razones por las que la admiración no debía sobrepasar los límites de lo admirado, y porqué la admiración personal puede revelar un fondo de inmadurez.

Dado que la crítica personal - no aquella dirigida a mejorar y a construir - suele ser menos virtuosa que el elogio sincero, deberíamos extremar las precauciones en nuestras críticas, permitiéndonos una mayor laxitud en el elogio. Sin embargo, nos concedemos todo tipo de laxitudes para la crítica personal, y extremamos todas las precauciones cuando elogiamos.

 Cuando hablo de elogio no me refiero tampoco al que podemos prodigar a un hijo para animarlo a mejorar en sus tareas, por muy benéfico que pueda resultar éste. Hablo de un elogio absolutamente desinteresado, destinado a aplaudir algo concreto que nos ha parecido valioso. Un ejemplo de esto a lo que me refiero puede ser el famoso aplauso que recibió Pavarotti, que duró más de una hora, y que salió del alma de los espectadores, o de su gran mayoría.

La única motivación que encuentro para este tipo de elogio al que me refiero es una emoción intensa, muy humana, pero muy poco prodigada, que nos impele a actuar de esa forma. Por supuesto, expresar esta emoción en grupo, o ante alguien famoso, por muy sincera que pueda ser la emoción, es mucho menos corriente que hacerlo de forma aislada, o que hacerlo ante alguien desconocido.

Prodigarse en elogios suele despertar recelos fundamentados, pues esa emoción intensa que nos impele a elogiar suele ser escasa, y no hay nada que resulte más empalagoso que fingir falsas emociones positivas. Por esa misma razón el elogio sincero siempre debe ser sobrio, sin exageraciones que desvirtúen su noble naturaleza.

Quizás alguien, no sé si de forma maliciosa, jocosa, o simplemente equivocada, malinterpretara mis palabras de elogio hacia Rick. De hecho, decir que alguien, por su curiosidad universal, me recuerda el espíritu más genuinamente renacentista no implica que estemos hablando de Leonardo Da Vinci.

De cualquier forma, siempre habré de agradecerle, fuera su intención la que fuese, haberme sugerido este corto artículo, que por supuesto no estaba dirigido a él, sobre cuya nobleza no albergo dudas.

Si consigo que alguien se prodigue algo más en el elogio sobrio y sincero, y consiga extremar las precacuciones en la crítica personal, este artículo habrá servido a su propósito.

Octubre 16, 2007

La cortesía de la claridad

Archivado en: divulgación, educación, pedagogía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 1:17 pm

El ensayista debe ser claro, y después de eso debe intentar ser todo lo demás: ser ameno, ingenioso, original, estimulante, etc. Muchas veces se sacrifica la claridad a algunos de los epítetos expuestos anteriormente, o a otros, como a un enorme despliegue de erudición. Estamos hartos de leer ensayos en los que el autor nos abruma con una inmensidad de datos, con un montón de citas de numerosos autores, sin que tal despliegue contribuya a centrar la esencia del problema, sino que muchas veces sucede lo contrario: el problema queda diluido.

Es cierto que numerosas cuestiones no se pueden abordar directamente, siendo preciso dar un rodeo, tratando cuestiones previas, para que al final la cuestión esencial se vea clarificada, se vea de este modo facilitada su comprensión. Esto, al final , redundará en una exposición más clara y precisa de la cuestión a tratar.

La principal cortesía que un escritor debe a sus lectores es la claridad, pero no es frecuente que los filósofos, por poner un ejemplo, hayan sido claros. Más bien lo contrario. Otros ensayistas divagan y, al final, se muestran incapaces de centrar la cuestión sobre la que están tratando. Es la sensación que se produciría cuando, tras leer un libro de ensayo,  aunque nos hubiera gustado, no sabríamos resumir sus ideas principales, por la sencilla razón de que no había ideas principales que resumir.

La claridad depende del contenido a tratar, pero depende fundamentalmnte del autor. Hay autores cuyo empeño principal es la claridad y, cuando sobre una cuestión no hay una respuesta definitiva, presentan al lector las diversas alternativas para que sea él quien establezca la valoración. Obviamente, la claridad requiere honestidad. Es preferible plantear dudas razonables que certezas dudosas. No es lo mismo buscar la verdad - sea esto lo que sea - de una manera honesta que precipitarse en encontrarla.

Muchas veces la falta de claridad es inherente al autor, porque el pobre no da para más, y no distingue lo claro de lo oscuro, pero la mayoría de las veces subyacen otras razones, todas en el fondo deshonestas.

A veces, utilizar un lenguaje críptico parece dotar al ensayo de un prestigio añadido. Muchas pseudociencias se dotan de una jerga extraña que, al final, todos los adeptos acaban manejando de forma mimética. También es frecuente que algunos filósofos utilicen un lenguaje prácticamente ininteligible. Muchas ciencias poco fundamentadas, o incipientes, emplean un lenguaje impreciso.

Otro defecto muy extendido, tanto en escritores como en profesores, es la pedantería. El pedante no se preocupa de ser claro, sino de impresionar. Todo su despliegue dialéctico y todo su empeño están centrados en él mismo, y no en los alumnos, o en los lectores. A veces pretende impresionar con frase hechas “brillantes”, otras abrumando con datos y más datos, pero siempre pensando en la mejor forma de exhibirse. El fin del pedante no es quien lo lee, o quien lo escucha, sino él mismo. Si resulta claro no es porque lo haya buscado, sino porque la claridad le ha resultado propicia para exhibirse. El erudito, sin más, es una variante del pedante.

Otros autores son oscuros porque no les queda más remedio, porque lo que escriben es una sarta de fantasías o de mentiras, y está dirigido a un público especialmente crédulo. Son los que, con apariencia de ensayistas, explotan la superstición de muchas personas. Suelen estar entre los más crípticos, y también entre los que gozan de mejores ventas. No hace falta dar nombres, porque todos conocemos a alguno.

Octubre 14, 2007

Alegato a favor de los sofistas

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, filosofía, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:03 am

La palabra sofista tiene hoy un sentido indudablemente peyorativo, y ya en la antigua Grecia Platón y otras escuelas intentaron denostarlos. Hubo quien no los consideraba verdaderos filósofos, sino, como en nuestro tiempo, embaucadores que dominaban el arte de la persuasión, pero que renunciaban a la búsqueda de la verdad que debe caracterizar a todo verdadero filósofo. Mientras que en Grecia crearon escuela, y hubo importantes filósofos entre sus filas, en nuestros días sólo ha quedado de ellos una connotación negativa que no creo que merezcan en absoluto.

Desde sus comienzos se les criticaba por su capacidad para convertir, mediante el uso de la palabra, una tesis  débil e inconsistente en una tesis mucho mejor trabada. Utilizaban toda su capacidad de discurso y argumentación para atacar los presupuestos de otras escuelas, como las ideas platónicas de justicia y virtud, y por no dejarse convencer fueron perseguidos por ello.

Se les criticó por ser capaces de defender a un tiempo una tesis y su contraria, con lo cual bien pudiera considerárseles los precursores de los actuales abogados, aunque ya quisieran la mayoría de éstos ser capaces de argumentar con la finura que caracterizaba a muchos de estos filósofos.

También podríamos considerarlos precursores del escepticismo y del relativismo, pues defender una tesis y su contraria - si se hace bien - supone tener la capacidad de encontrar los puntos débiles y fuertes de cada tesis, y hacer hincapié en los que nos interese en cada ocasión. Desde este punto de vista, los sofistas han sido antidogmáticos, y han encontrado en los intolerantes y en los dogmáticos a sus peores enemigos. Los poseedores de una verdad “a priori”, incapaces de sostenerla, ven en los sofistas, amantes del relativismo y del escepticismo en el discurso, a sus mayores y más serios oponentes.

Verdaderamente, quien posea argumentos sólidos para las tesis que mantiene más que temer a los sofistas debe estarles agradecidos, porque su sano escepticismo les permitirá poner a prueba la fortaleza de su discurso.

Sin embargo, como en toda época, los sofistas tienen mala prensa y se les trata de embaucadores, de meter cizaña con la palabra, de conflictivos, en definitiva. Quizás, en el fondo de todo eso, lo que esté latiendo sea el deseo - natural por otra parte - de las personas por aferrarse a “verdades” que le permitan ir conllevando su propia existencia. Aquéllos con sed de certidumbres para vivir detestarán a los que, de forma continuada, les recuerdan la endeblez de las mismas.

Es muy probable que la naturaleza humana sea mucho más proclive a vivir aferrada a “verdades”, por mitológicas y absurdas que éstas sean, que a manejar un discurso trabado de incertidumbres. Puede ser que razones evolutivas, orientadas a la supervivencia de la especie, expliquen dicha proclividad. Desde este ángulo, los sofistas constituirían un error evolutivo, por lo que resultaría explicable que tuviesen al resto de la manada en contra.

Sea como fuere, en la actualidad me parece que la intolerancia y el dogmatismo constituyen mucho mayor motivo de confrontación que el cultivo de un sano escepticismo, aunque  a veces nos pretendan hacer creer que estos últimos son los que incordian.

Octubre 13, 2007

Lo necesario, lo útil y lo superfluo

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, felicidad, lenguaje, libertad, pedagogía, pensamiento, sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:14 am

La perversión interesada del lenguaje ha llegado a ser un fenómeno tan propio de nuestro tiempo que ha conseguido sus propósitos: transformar las mentes al servicio de los intereses publicitarios. Es un fenómeno tan perverso que excede a su finalidad original - que la gente adquiera el producto, o el servicio que se publicita -, y consiguen organizarnos la vida según sus intereses, haciendo además que si intentamos ser independientes nos sintamos desgraciados en mayor o menor grado. Nadie escapa a la voracidad de las grandes campañas publicitarias, pero los niños y la gente joven, e inmadura en general, son sus víctimas principales.

La nefasta influencia que tales campañas despiadadas de publicidad ejercen en nuestra sociedad, y entre nuestros jóvenes en particular, no es fácil de corregir ni es probable que exista interés en hacerlo. Por un lado están los intereses de las grandes empresas, y su influencia sobre el poder político que podría arbitrar leyes destinadas a atajar semejante desmesura, así como alertar a nuestros jóvenes del terrible efecto que dichas campañas pueden ejercer sobre su personalidad y sobre sus vidas. Atajar el problema desde todos los ángulos posibles equivaldría a cambiar la sociedad de mercado, profundamente injusta desde mi punto de vista, en que estamos inmersos.

Entretanto, nos tendremos conformar con mucho menos. Quizás, lo primero sea visualizar y definir el problema, y su envergadura. Si no nos hacemos plenamente conscientes de ello vanos resultarán todos nuestros intentos.

Nuestros políticos deberían sacar adelante una ley de ética publicitaria, que castigara con multas proporcionales al daño que ocasionan la perversión lingüística de determinadas campañas publicitarias. Cualquier insinuación en un anuncio, por ejemplo, a presentar el último modelo de móvil como una necesidad, sin el cual nos vamos a sentir desgraciados, debería estar absolutamente prohibida por ley, y habría un órgano formado por intelectuales independientes, y a ser posible anónimos, que se encargarían de dictaminar sobre la influencia perversa, abierta o subliminal, de las campañas de publicidad.

Paralelamente, el sistema educativo y los medios públicos impartirían a la sociedad, y a nuestros jóvenes, charlas, conferencias, cursos y cuanto se estime conveniente, destinadas a combatir la influencia negativa de la codicia de las grandes empresas.

Lo necesario, lo que precisamos para vivir, se ha hipertrofiado de una forma absolutamente interesada, y una gran mayoría hoy siente como necesario el ordenador, internet, el móvil y el último mp4. Sin embargo, paradójicamente, nadie considera necesario que nos libren de la perniciosa influencia de la publicidad, que nos aliena como personas fomentando a un tiempo lo peor que llevamos dentro.

Mientras que lo necesario debería ser algo muy restrictivo, y con un contenido objetivo, lo útil dependería exclusivamente de la persona que lo juzgue. Para unas personas será útil un ordenador, y para otras será más útil un balón de fútbol.

Puesto que nuestras necesidades son muy escasas, y nuestros intereses limitados, lo superfluo es el capítulo fundamental de las campañas de publicidad, y la mayor parte de las cosas que acumulamos se deberían incluir en este capítulo.

Reflexionar adecuadamente, y de forma repetida - la única forma de ccambiar nuestros hábitos, los mentales incluidos - sobre esta materia y sobre estos conceptos podría repercutir de forma muy favorable sobre nuestra libertad de elegir y sobre nuestra felicidad. De entrada, sería más difícil sentirse desgraciado por causa ajena, y disminuiría la envidia puesto que todos sabríamos que los más ricos lo que acumulan son sólo cosas superfluas. No existiría entonces ese interés desmesurado por hacerse rico, disminuiría la explotación, y el hombre buscaría aquellas cosas a las que nunca debió renunciar, sin siquiera saberlo: ser uno mismo, y no lo que quiera determinado Banco, o determinada empresa.

 Sé que este último párrafo puede resultar utópico y esa ha sido mi intención al redactarlo, porque muchas utopías de hoy son el revulsivo necesario para cambiar el presente.

Octubre 12, 2007

La falta de urbanidad

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, libertad, sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 2:25 pm

La convivencia diaria con los otros, desde mi punto de vista, se ve enormemente dificultada por la falta de urbanidad. Pequeñas cosas, tales como escupir en la calle, aparcar en doble fila bloqueando la salida de vehículos, circular en ciclomotor con un ruido ensordecedor, permitir a los niños que se comporten como salvajes molestando a propios y extraños, son tan sólo algunos ejemplos ilustrativos de aquello a lo que me refiero. Son cuestiones numerosísimas y muy frecuentes, que no constituyen falta ni delito punible y que, sin embargo, nos pueden acabar agotando, y ante las que el ciudadano normal se encuentra inerme pues no se trata de reclamar un derecho, sino de solicitar un poco de urbanidad.

 Alguien podría pensar que quien se molesta por tales cuestiones es un pejiguera, pero no es tal, puesto que estas cosas molestan a una gran mayoría de personas y la diferencia está en que mientras algunos las efectúan todos las padecemos. Hoy, que está tan en boca de todos la palabra solidaridad, yo pediría que todos empezáramos aplicándola al prójimo más cercano comportándonos con la debida urbanidad y facilitándole la vida diaria. Y a partir de ahí, ampliemos nuestra solidaridad tanto como queramos.

En el fondo, y dado que casi todo el mundo es capaz de comprender las molestias que ocasiona con su conducta y, sin embargo, no opta por corregirlas, lo que subyace en la falta de urbanidad es una falta de respeto hacia los demás, antes que un error de conocimiento. Por tanto, no es algo que se vaya a corregir con clases que expliquen normas de comportamiento. Es más un defecto moral, o ético si preferimos, que un defecto intelectual.

La sociedad franquista, con su autoritarismo, imponía la urbanidad mediante normas coercitivas, de tal forma que si un guardia te veía escupiendo en la calle te podía reprender severamente. De igual forma, el autoritarismo en la familia, reflejo del autoritarismo en la sociedad, evitaba el comportamiento caprichoso e insolente de los niños hacia los padres, y con ello se evitaban de paso las molestias consiguientes al prójimo.

El problema surge en las sociedades democráticas, en las que la falta de autoridad es fácil que se manifieste en una abrumadora falta de urbanidad. Por supuesto que existen sociedades con una enorme tradición democrática y, sin embargo, con un alto grado de urbanidad. ¿Qué hace que un sueco posea, por ejemplo, mucha más urbanidad que un español, o que un italiano?.

Si admitimos que la falta de urbanidad deriva, fundamentalmente, de una falta de respeto hacia el prójimo la pregunta sería la siguiente: ¿Hay alguna forma de aumentar el respeto mutuo sin aplicar el principio de autoridad?. Yo creo que no, a corto o a medio plazo, al menos. Ignoro cómo los antiguos vikingos evolucionaron a los civilizados nórdicos, pero seguro que no fue en un corto período.

Yo propongo, por tanto, devolver la autoridad que se les arrebató a cierto agentes sociales, como a los maestros y profesores, y también a los guardias urbanos, a los que nunca se les debió de despojar de su papel corrector de conductas infantiles antiurbanas. Ahora, los ocupan más en servir de guardia pretoriana de alcaldes y ediles que de cumplir con su antiguo papel de vigilar la ciudad. Si alguien, en un exceso de prurito democrático, ve esta medida como un exceso de autoritarismo le recordaría que no hay mayor caciquismo que emplear a funcionarios locales como si de su guardia personal se tratara, y que tampoco hay nada tan antidemocrático, ni tan salvaje, como el autoritarismo de los alumnos hacia el maestro.

Quizás entonces, sólo entonces, cuando la mayoría haya asimilado las enormes ventajas de una sociedad debidamente urbanizada se pueda probar a relajar, en alguna medida, el principio de autoridad, totalmente compatible, por cierto, con una sociedad democrática. Lo que no es compatible, en manera alguna, por lo que he explicado y por lo que venimos observando, es evolucionar hacia la urbanidad prescindiendo del principio de autoridad.

Por supuesto, arbitrar medidas tendentes a devolver a ciertos agentes la autoridad perdida no son populares, y además no importan demasiado a quienes no lo sufren a diario, a los del coche oficial. Por tanto, no se debe esperar demasiado de los políticos en este sentido. Tendrá que ser la sociedad quien se lo exija, utilizando todos aquellos cauces disponibles.

Junio 8, 2007

El papel de las matemáticas en la educación

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, método, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:04 am

Siempre se ha insistido en la importancia de las llamadas humanidades para la formación del individuo, y sobran razones para hacerlo. Nuestra cultura no se puede entender sin atender a nuestra raíces derivadas del pensamiento griego, a nuestro derecho y a muchas de nuestras instituciones, derivadas del legado romano y de su lengua, el latín, así como sin atender a nuestra tradición judeocristiana. Renunciar a ello sería prescindir de nuestra historia, y no hay forma más cabal de situarnos en nuestro mundo que guardando nuestras referencias espacio temporales. Sin saber de dónde venimos, difícilmente podremos comprender lo que somos ni a dónde vamos. Tampoco me parece conveniente renunciar a conocer la historia de las grandes ideas que han influido de forma notable en nuestro modo de afrontar el mundo. Una historia de las grandes ideas filosóficas me parece esencial para saber lo que somos, y lo que podemos ser.

Se ha insistido mucho menos, sin embargo, en la importancia de las matemáticas en la formación del hombre culto. A las matemáticas siempre se le ha concedido una importancia utilitaria, en orden a su aplicación más inmediata. Todo el mundo comprende que no se puede vivir sin sumar, ni sin dividir, y muchos padres estiman la valía de sus hijos para las matemáticas por su capacidad para hacer las cuentas. Sin embargo, muchos menos reparan en su importancia para la formación integral de la persona.

 Esto no siempre fue así, y en la antigua Grecia Platón tenía expuesta en su escuela una leyenda en la que prohibía entrar a quien no supiera geometría, la disciplina matemática por excelencia de los antiguos griegos. Algo que no debe extrañar, dada la enorme afición de los griegos al pensamiento deductivo.

La matemática debe enseñar a dudar de todo aquello que no haya sido explícitamente demostrado, y a rechazar dos ideas contradictorias entre sí, mutuamente excluyentes. Es el mundo de la creación pura, limitado exclusivamente por las reglas del pensamiento lógico. Es el mundo de las estructuras, entendidas éstas como entidades que deben gozar de unas propiedades, y nos conduce directamente a la teoría de modelos, que no son más que estructuras simplificadas de la realidad que nos permiten su estudio cada vez más aproximado.

Estas cualidades, por sí mismas, deberían ser suficientes para estudiarlas con cierta profundidad y con método. Sin embargo, la importancia de su estudio trasciende el mero campo de las matemáticas, pues dota a quienes la estudian como es debido de un espíritu dubitativo y escéptico muy saludable para afrontar con éxito el enorme impacto de toda la propaganda mediática al que nos vemos sometidos. Una persona que ha internalizado el método matemático - aunque no sepa matemática superior - se preguntará por si existen razones suficientes para creer ciertas cosas y para dudar de otras. 

El método matemático también enseña a separar el grano de la paja, y a afrontar las discusiones de todo ámbito centrando las cuestiones y evitando la digresión. También enseña a elegir las reglas del juego más apropiadas - los axiomas - para el juego que nos disponemos a afrontar, así como a respetarlas inexorablemente una vez elegidas - en matemáticas no se cambian los axiomas a conveniencia -. Si nuestro Estado de Derecho dispusiera de más personas con mentalidad matemática es posible que no nos dieran el espectáculo al que nos tienen acostumbrados.

Aparte, las matemáticas son bellas. No se trata de una belleza sensual como la de las artes plásticas, sino de una belleza austera, intelectual, que se expresa con las palabras precisas, de forma concisa y unívoca. Al contrario que la belleza plástica, subjetiva por naturaleza, la belleza matemática es objetiva pues obedece al principio de no contradicción, y su expansión creativa está limitada por las reglas del pensamiento lógico.

En este corto artículo he abordado exclusivamente el papel de las matemáticas en la formación integral del individuo, sin ocuparme de su importancia particular para todas las ramas del conocimiento científico.

Todos los estudiantes, sin excepción, ya fueran a cursar Ciencias o Letras, debieran captar la esencia del método matemático para que su espíritu se viera beneficiado de sus indudables virtudes. Obviamente, el contenido será más amplio para aquellos alumnos que opten por cursar Ciencias.

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