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mayo 18, 2010

Filosofía: hoy más que nunca

Archivado en: cultura,divulgación,educación,enseñanza,filosofía,libertad,pedagogía,pensamiento,poder,política,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:24 am

La filosofía nunca ha estado tan desprestigiada como en nuestros días, y no han sido pocos quienes han abogado por su desaparición en los estudios de enseñanza media, proponiendo su sustitución por Educación para la Ciudadanía. Esta propuesta, disparatada desde mi punto de vista, no es casual. Tiene su origen en una mentalidad que únicamente valora los resultados prácticos inmediatos, desdeñando todo aquello que, aún sirviendo al individuo, no es útil para la sociedad. ¿A quién puede interesar una sociedad de ciudadanos-filósofos?. Al poder, desde luego que no, y al poder que procura invadir los ámbitos más recónditos del individuo menos aún.

Bertrand Russell, en su Introducción a la Filosofía, decía que entre la Ciencia y la Teología había una especie de tierra de nadie, que seguía planteando preguntas para las cuáles la Ciencia no ofrecía soluciones, y la Teología exigía el concurso de la fe. Estas preguntas, que seguían importando al hombre, eran el objeto de la filosofía.

La filosofía, al contrario que la Ciencia, no ofrece soluciones concretas a los problemas, o a las cuestiones, sino que tan sólo brinda respuestas, que de alguna forma nos permiten convivir con dichos problemas en una forma más o menos razonable, más o menos llevadera. Los problemas de la filosofía, por no estar resueltos de una forma definitiva, siempre están en el candelero, siempre incitan a una nueva reflexión, a un nueva vuelta de tuerca, y cualquiera que se acerque a su estudio debe repensar por sí mismo lo pensado por los filósofos anteriores. Esto no ocurre con la Ciencia. Seguimos estudiando la mecánica de Newton, pero porque a nuestra escala, y para nuestros propósitos, es más adecuada que la de Einstein. Nadie, sin embargo, salvo un historiador de la Ciencia, estudia la mecánica aristotélica, o lo que se pensaba del movimiento en la Edad Media.

Preguntas clásicas, como la relación entre percepción y realidad, o sobre la forma más adecuada de conducir nuestra vida, o sobre la universalidad de la razón, y su potencialidad para conocer la verdad, o sobre el sistema político más adecuado, y tantas otras preguntas sobre nosotros mismos, sobre lo que nos rodea, o sobre si existe un sentido, o incluso sobre si esta ultima pregunta de preguntarse por un sentido carece en sí misma de sentido, se vienen planteando una y otra vez, y no obtienen respuesta definitiva. Además, en el momento en que la respuesta sea definitiva, pasarán a ser objeto de alguna Ciencia concreta. Podríamos decir, de forma resumida, que el que cultiva la Ciencia dispone de un elenco de respuestas, mientras que el que cultiva la filosofía dispone de un montón de preguntas. ¿A qué político le puede interesar alguien que fomenta la duda?. ¿Y si la duda llegara a surgir sobre su partido, sobre su persona, o sobre su programa político?. Además, obviando los intereses meramente personales, ¿para qué nos sirve tanto dudar?. Lo importante son las soluciones, la tecnología, la sanidad, la industria, las cosas prácticas, y no las tediosas preguntas de estos infatigables aprendices de sabio. Además- diría el político-, el dinero público está para cosas más serias que para malgastarlo en cábalas que a nada conducen.

En cierto modo, hay que ponerse en la piel del político: las carreteras las hacen los ingenieros, así como las centrales eléctricas, la enseñanza la cubren los maestros, la sanidad los médicos, los contenciosos los abogados, y la mejor política la deciden ellos mismos.

A fin de cuentas, ¿qué distingue al filósofo del que no lo es? ¿Tan sólo un elenco de preguntas sin respuesta?

Es cierto que los filósofos, sobre todo desde hace un par de siglos para acá, son los que más tiempo han dedicado a justificar su quehacer, y ya se sabe aquello de “excusatio non petita acusatio manifiesta”.

Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, considero que la filosofía, o el estudio de las ideas, si se prefiere, es hoy más importante que nunca. Es cierto que hoy se ofrecen soluciones para todo, justo lo contrario de lo que practica la filosofía, pero no es menos cierto que vivimos en un mundo en el que el engaño, la falacia, la mentira, la media verdad, la manipulación, el sesgo, el mensaje subliminal, encuentran un terreno muy abonado para prosperar. Ante eso, la filosofía ofrece todo un bagaje como fomentadora de la duda metódica, de las posibles alternativas, evitando la respuesta simplista, y planteando nuevas preguntas ante las certezas que nos venden aquí y allá, procurando no dar nada por sentado. El filósofo, por estar versado en preguntas sin solución, todo lo repiensa, lo rumia una y otra vez, y siempre lo pone en duda, lo cual supone una bocanada de aire fresco ante las continuas recetas que nos pretenden vender como la última verdad absoluta. El científico también duda, pero el ámbito de su duda está más limitado a su campo específico, mostrándose más crédulo para lo demás.

El filósofo puede jugar un papel de antídoto necesario ante la progresiva idiotización a la que nos quieren someter los medios de comunicación, y su duda metódica está mucho más cerca de la verdad que las consignas light con las que pretenden ablandarnos el cerebro, consiguiéndolo en una gran mayoría de casos, a juzgar por los resultados.

diciembre 18, 2009

El fenómeno de internet

Archivado en: divulgación,educación,enseñanza,información,internet,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:12 am

Vengo utilizando internet desde sus comienzos en España, aproximadamente desde el año 1996, y realicé la declaración de la renta por este sistema el primer año que se implementó, motivo por el que fui felicitado por la administración tributaria en su momento. Quiero decir con esto que he asistido como espectador directo a la evolución de esta tecnología, prácticamente desde sus comienzos. Al principio, y por curiosidad, utilicé todos los recursos que ofrecía la red, desde la simple navegación, el correo electrónico, los chats, las news, el netmeeting, las listas de distribución, el telnet, etc.,etc. Al principio, aún con el Ms-dos y el Windows 3.1 como sistemas operativos, cada una de sus aplicaciones exigía un programa particular para ejecutarlas, y había que configurar los sistemas paso a paso, para lograr que funcionaran. Era mucho más laborioso que ahora, en que uno adquiere un ordenador y viene con todo eso instalado, y con muchas otras cosas. No existía la alta velocidad, y las velocidades de navegación creo recordar que estaban en torno a los 57 kilobaudios/segundo, cuando ahora son normales los 12 megabaudios. Existían muchas menos páginas web y muchísimos menos recursos, porque la velocidad de crecimiento de páginas en la red ha sido exponencial. La mayoría de las páginas empezaron siendo gratuitas, y posteriormente muchos periódicos y otros recursos se fueron haciendo de pago, aunque algunos, como determinados periódicos, volvieron a la gratuidad. Aparecieron las redes P2P, que permitían compartir archivos a nivel planetario entre usuarios particulares, y el fenómeno no parece que vaya sino a crecer cada día más, con nuevas y mejores aplicaciones.

Sin embargo, algo que intuí desde sus comienzos que constituía una absoluta revolución, tecnológica y social, tiene peligros innegables. El primero puede ser, sin más, el exceso de información, así como la globalización de ésta. No nos engañemos, estamos ante el más formidable aparato de propaganda que jamás haya existido. Bien es cierto que existe libertad para que cada individuo exprese su opinión de forma libre, y se haga oír, pero eso es una nimiedad ante la fuerza de las organizaciones poderosas que se empeñen en transmitir sus consignas, la mayor parte de las veces interesadas.

La enseñanza en los colegios, que se debería encargar de formar mentes capaces de pensar por sí mismas, cada día hace más dejación de sus obligaciones, e internet se ha convertido en uno de los principales recursos de la escuela, desde sus primeros niveles. Mis hijos tienen, un día sí y otro también, que realizar trabajos consultando en internet, incluida la asignatura de educación física, en la que han de presentar periódicamente trabajos bien nutridos con fotos y colores, contra más fotos mejor. El “copia y pega” se ha convertido en habitual entre los alumnos, y existe incluso una página web, “el rincón del vago”, desde la que es posible acceder a numerosos trabajos ya confeccionados sobre los más diversos y pintorescos temas.

Yo recuerdo que cuando yo estudiaba eran muy corrientes los diactados y las redacciones, y estas últimas fomentaban la imaginación y la capacidad para el pensamiento, así como la expresión escrita. La lectura obligatoria de libros también era mucho más común que ahora, o al menos esa es mi impresión. Los niños estaban mucho menos “informados”, pero estaban bastante mejor formados. El saber se valoraba mucho, y recuerdo un programa de televisión, creo que llamado “cesta y puntos”, en el que diversos colegios españoles competían entre sí, y el nivel de las preguntas era elevado. Entonces no existía informe PISA, ni nada que se le pareciera, pero con seguridad no hubiéramos quedado a la cola de Europa en comprensión verbal y capacidad lectora. El programa de televisión al que he hecho referencia indica que existía un caldo de cultivo, que situaba la importancia del conocimiento en su verdadero lugar. Es cierto que hoy se ha generalizado la enseñanza obligatoria, y eso conlleva, muchas veces de forma inevitable, una merma en la calidad. No obstante, yo me estoy refiriendo exclusivamente a la disminución de la calidad como consecuencia de la enorme confusión de conceptos, de conceder importancia a lo que no la tiene, y de quitársela a lo que la posee.

Internet, por tanto, ha contribuido a desvirtuar la enseñanza de nuestros hijos, acercando mucho la información, mientras que los colegios han descuidado la formación, creyendo que se puede susutituir una por otra, que son intercambiables. Por otra parte, la globalización de la información que nos proporciona este medio, permite que muchas cabezas huecas sean absolutamente vulnerables a la propaganda más brutal.

Podría pensarse que el correo electrónico, un fabuloso medio para la comunicación, habría redundado en una comunicación más personal, más profunda, más continuada entre las personas, que cuando sólo disponíamos del correo ordinario, pero también tengo la impresión de que esto no es así. Raras veces se utiliza el correo para enviar una misiva meditada, bien escrita, que pueda competir con el antiguo estilo epistolar. Más bien se emplea para enviar notas telegráficas, escuetas, o para mandar algún archivo, o algún enlace a alguna noticia particular, o a algún artículo de opinión. Parece que el hombre ha claudicado definitivamente de la noble tarea de pensar por sí mismo. No me refiero a pensar en sus asuntos o intereses particulares – lo cual se suele hacer bastante bien -, o en los propios de su campo particular, sino en pensar y reflexionar sobre cualquier tema que pueda ser objeto de interés, pero pensar por sí mismos, no por medio de otros.
Por tanto, adelante con internet, y sin limitaciones a su tecnología y a sus posibilidades, pero cuidado con su uso por parte de las mentes en período de formación, pues corren el grave riesgo de no llegar a formarse nunca.

noviembre 2, 2009

La tolerancia y el espíritu científico

Archivado en: cultura,divulgación,educación,libertad,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:12 pm

Hoy en día, la tolerancia se considera un bien irrenunciable, una conquista moderna a la que no podemos dar la espalda. Hay que ser tolerante, se repite con frecuencia. Sin embargo, convendría preguntarse: ¿Hay que ser tolerante con las sandeces ajenas, o, los demás deben serlo con las nuestras?, ¿debemos tolerar cualquier comportamiento?, ¿cuáles deben ser, en definitiva, los límites de nuestra tolerancia?

El espíritu, o el talante científico, consiste en estar dotado de una mentalidad empírica, que no establece juicios “a priori” o, lo que es lo mismo, que no pre-juzga, y que somete sus juicios a la experiencia y a los resultados. Además, esos juicios establecidos en base a la experiencia, siempre se considerarán provisionales, hasta que nuevos hechos nos aconsejen su revisión. La mentalidad científica se ajusta a los hechos, y no al revés. No retuerce los hechos para que estos verifiquen nuestros pre-juicios. Consistiría, “grosso modo”, en la aplicación del método científico a la vida práctica. El hecho de que no se realice con la misma sistemática que usa la ciencia, nos aconseja a llamar a esta actitud espíritu, talante o mentalidad científicas. Por desgracia, no siempre los grandes científicos tienen esta mentalidad, sino que a veces la restringen a su campo específico, y se comportan como fanáticos en la vida corriente. Siempre se ha dicho que un buen antídoto contra la intolerancia es el viajar, y a mí me parece que sí, porque de alguna manera relativiza nuestros hábitos, nuestras costumbres, y nos muestra como nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra región y nuestra nación, son uno entre tantos, y que lo que nos parecía lo mejor era una posible respuesta, entre otras muchas posibles, a unas circunstancias determinadas.

El párrafo anterior, sobre el talante científico, nos puede proporcionar las claves sobre lo que se debe tolerar, y lo que no. De momento, no deberíamos tolerar lo que contraviene la ley, y esto es porque es lo que hemos consensuado entre todos para organizar nuestra convivencia en un determinado tiempo y en un determinado lugar. Esto parece obvio, aunque admita excepciones. Sin embargo, ¿qué debemos tolerar de todo aquello que no es ilegal, sino simplemente alegal, es decir, no contemplado por la ley?. Para mantener la reciprocidad deberíamos ser intransigentes con los intolerantes, pues de otro modo acabarían imponiéndose, y de nada serviría nuestra tolerancia. Es decir, en principio parece razonable la exigencia de reciprocidad. Tampoco deberíamos tolerar la imposición de supuestas “verdades” no demostradas, y de ninguna manera las afirmaciones que desmienten verdades demostradas. Es decir, no se debe ser tolerante con las afirmaciones peregrinas contra la verdad científica más aceptada en el momento, lo cual no significa que ésta no se acepte como revisable y siempre provisional. El espíritu científico también haría desaconsejable comportarnos con el prójimo en una forma que no desearíamos para nosotros mismos, porque la tolerancia exige reciprocidad.

Parece que el espíritu científico aumenta la tolerancia, pero también podría suceder lo contrario, que la tolerancia aumentase el espíritu científico. De hecho, las sociedades vinculadas al mar, con gran tránsito de viajeros de diferentes culturas, siempre se ha dicho que son más tolerantes, más abiertas, que aquellas que viven encerradas en sí mismas. Quizás, por esto, por el contacto con diferentes realidades, se amplíe la perspectiva y se sitúe nuestra propia realidad en un contexto más amplio, relativizando lo nuestro, y no convirtiéndolo en un valor absoluto.

Por otra parte, la unión del poder político con el religioso, ha tenido una influencia nefasta para la tolerancia. Todas las iglesias, sin excepción, se consideran depositarias de una única verdad, la que ella predica. Si el Estado, y la escuela pública, se hacen eco de esa única “verdad” están fomentando un dogmatismo desde los poderes públicos, cuando esa “verdad” debería estar restringida al ámbito privado de las creencias. Por tanto, creo que se hace un flaco favor a la tolerancia, y al talante científico, convirtiendo la escuela pública en un púlpito.

Desde mi punto de vista lo primero es la tolerancia, que se ve favorecida por toda una serie de circunstancias, algunas de las cuales me he ocupado en señalar. La tolerancia nos hace menos dogmáticos, y aumenta nuestro talante científico, lo cual, a su vez, nos hace más tolerantes, lo que conlleva un efecto amplificador de ambos. No es difícil comprobar que las sociedades que aúnan más culturas son más abiertas y tolerantes, pero sería interesante comprobar si disponen de un mayor talante científico.

septiembre 21, 2009

Información versus formación

Archivado en: divulgación,educación,enseñanza,información,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:16 pm

Vivimos en la sociedad de la información. Nunca el individuo ha dispuesto, como hoy, de tanta accesibilidad a la misma. La información nos llega, de forma pasiva, sin que nosotros la busquemos de forma explícita, por los más diversos canales, y por unos pocos podemos acceder a la misma de forma activa, siendo internet para obtener esta última el más importante y el de uso más generalizado. Paralelamente, sin embargo, el nivel de nuestros estudiantes de secundaria no deja de ser lamentable, a pesar de esta enorme accesibilidad a la información. Todo parece indicar que no existe una correlación positiva entre la facilidad para el acceso a la información y el nivel educativo de una sociedad.

Es posible que tanta abundancia de información, obtenida desde los canales más diversos, contribuya a dispersar la atención y a aumentar la confusión. La gente se cree, sin el menor análisis crítico, multitud de informaciones que no tienen la menor base científica, pero que repetidas el suficientemente numero de veces se convierten en verdades indubitables, hasta el punto de que corre uno el riesgo de mostrarse, si las pone en duda, “políticamente incorrecto”. Escuchamos hablar de sesudas cuestiones sobre ecología a chisgarabís que carecen de estudios elementales, mientras que los más eminentes científicos guardan silencio sobre las mismas. Habitualmente, de hecho, los grandes científicos se suelen mostrar muy prudentes al tratar determinadas cuestiones, porque muchos de estos fenómenos implican un enorme número de variables, muchas de ellas desconocidas, y pronunciarse sobre las mismas comprenden que es cuando menos imprudente. Oímos hablar, por ejemplo, desde numerosos foros, que si los alimentos transgénicos son peligrosos, que si producen cáncer, etc., etc., y si leemos un libro serio de alguno de los genetistas que trabajan en estos temas comprendemos que nosostros mismos somos transgénicos, puesto que la evolución ha determinado que poseamos genes de la mayoría de las especies. Por otra parte, sabemos que la manipulación genética ha permitido aumentar el número de cosechas de determinados alimentos, así como aumentar la resistencia de muchos cultivos a determinadas plagas, etc.,etc. Valga esto únicamente como ejemplo, sobre la enorme confusión reinante alrededor de muchos temas. Sin embargo, el calentamiento global del planeta, lo pernicioso de los transgénicos, la idea de que el virus de la nueva gripe es un producto de laboratorio, auspiciado por los intereses económicos de las grandes farmacéuticas, y tantas otras supuestas “verdades”, se han convertido en axiomas para muchos. De hecho, las repiten sin cesar, un día sí y otro también.

Por otra parte, la palabrería huera de muchos de nuestros políticos, repitiendo lugares comunes sin el menor atisbo de espíritu crítico, han ocasionado un daño nada despreciable. Por desgracia, para muchos de nuestros congéneres, sus principales referentes no son los pensadores más eminentes, sino los políticos de sus partidos, y repiten sus mismas consignas vacuas sin el menor asomo de pudor. ¡Cuánto se echa de menos a alguien que sea capaz de ser él mismo!. Siempre he pensado que la política debe ser lo suficientemente aburrida, de forma que permita a la mayoría dedicar sus energías a actividades más útiles y menos embrutecedoras.

La formación es otra cosa, y poco o nada tiene que ver con la información. De hecho, la información sin formación conduce al caos, a la desorientación más absoluta, a la confusión más impresionante, y puede resultar altamente contraproducente. La formación es el marco adecuado para filtrar la información, para seleccionarla, para contrastarla, para rechazarla o aceptarla, y para situarla en su adecuado contexto. Es la mejor vacuna contra el batiburrillo mental al que puede conducirnos la información sin control.

La formación supone la asimilación correcta de unos conocimientos básicos aceptados de forma general, fundamentados y razonados. Por tanto, han supuesto para el alumno un verdadero esfuerzo de aprendizaje, puesto que su aprendizaje no ha sido gratuito ni pasivo, como la mera información, sino que ha exigido el concurso de sus facultades intelectuales y el esfuerzo de pensar. Estos conocimientos dotan al alumno de un marco de referencia para situar todo lo que venga después, a la par que le proporcionan una capacidad crítica para convertirse en agentes activos de su propio aprendizaje, aceptando o rechazando informaciones más o menos contrastadas, o más o menos compatibles con esos conocimientos previos. La persona formada piensa, mientras que la persona tan sólo informada traga. El político suele preferir con mucho a esta última, puesto que es mucho más proclive a aceptar sin reparos sus consignas y resulta mucho más dócil y manipulable. Por eso, siempre hay que estar en guardia ante las reformas educativas que propugnan nuestros políticos, porque rara vez su objetivo será conseguir gente formada, que piense por sí mismo, que pueda criticar sus actuaciones. Buscarán, más bien, personal adoctrinado, con poco o nulo espíritu crítico, incapaces de filtrar y seleccionar la información que se les ofrece.

julio 12, 2009

Sobre la amistad

Archivado en: amistad,ética,divulgación,educación,emoción,enseñanza,felicidad,pensamiento,personalidad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:55 am

Este artículo está dedicado a todos aquellos que, como mis hijos, están en esa difícil edad – la adolescencia – en la que su felicidad suele depender, casi exclusivamente, de la aprobación o desaprobación de sus amigos.

En teoría, si comprendieran la verdaera naturaleza de esta relación – de la amistad – podrían aprovechar todas sus ventajas, minimizando los inconvenientes. No obstante esto es pura ilusión, porque aunque lo lean no lo asimilarán, y sólo cuando no les haga falta lo aprehenderán, y además por sus propios medios. No obstante, espero que valga como un mero ejercicio intelectual.

Quizás, la mejor manera de comprender aquello en qué consiste la amistad sea intentando averiguar cómo se forja una amistad, y cómo desaparece una vez forjada. Aunque puedan existir amistades platónicas, supondremos, para nuestros propósitos, que la amistad sólo puede surgir entre personas que se conocen directamente, sin intermediarios. La amistad con otra persona surge en el momento en que nuestras afinidades con ella superan nuestras diferencias, de forma que su presencia suele resultarnos grata. La amistad surge, de esta forma, como una especie de balance que hacemos sobre la otra persona, y en uno de los platillos de la balanza colocamos nuestras afinidades, y en el otro lo que nos separa de él. Si nuestra valoración peculiar inclina el primer platillo hacia abajo entonces decimos que nos sentimos “amigo” del otro, y esta valoración continúa a lo largo del tiempo, pero el tiempo entonces también se considera un integrante del primer platillo. De hecho, resulta normalmente mucho más fácil romper una amistad de muchos años que una amistad reciente. Habitualmente, aunque no siempre – pues existen falsas amistades, simuladas por el engaño, o por el interés -, la amistad suele ser un sentimiento recíproco, de la misma forma que la antipatía.

La amistad no es más que eso, un puro balance subjetivo, por mucho que queramos disfrazarlo con nociones románticas. De hecho, la amistad, cuando nace y crece, hace falta cultivarla para que no se marchite. Si no se hace desaparece, y únicamente el recuerdo de los momentos compartidos nos puede crear la ilusión de que sigue existiendo algo que desapareció hace tiempo.

Hemos visto cómo surge la amistad, y ahora analizaremos la causa más frecuente de que desaparezca. Dejaremos a un lado la pérdida de una amistad por la ausencia o por la lejanía del amigo, y nos centraremos en la amistad que se pierde con la presencia del amigo.

Ese primer balance al que nos referíamos cuando surge una amistad se va refinando con el tiempo, pero sin dejar de ser un balance, y cuando pasa más o menos tiempo tenemos un elenco de personas a las que consideramos nuestros amigos. Posteriormente, solemos establecer expectativas sobre nuestros amigos. Estas expectativas no son lo que el amigo nos ofrece, sino lo que nosotros esperamos de él, y están hechas, por tanto, a nuestra medida, y no a la medida de nuestro amigo.

Por lo general, aunque no siempre, solemos exigir igual o más de lo que estamos dispuestos a entregar, y son precisamente esas expectativas a las que me refería en el párrafo anterior las que más frecuentemente destruyen una amistad. La decepción, ocasionada por unas expectativas frustradas, suele ser la causa más común de la disolución de una amistad. No debemos olvidar que nuestras expectativas no son sino un reflejo de nuestra propia personalidad, y que nada tienen que ver con la personalidad de nuestro amigo. Depositar expectativas en el amigo supone mirarlo en nuestro propio espejo, y éste es el camino más directo para que una amistad desaparezca.

Normalmente, y aunque resulte paradójico a primera vista, la gente con personalidad afianzada, la que está menos dispuesta a cambiar por los otros, suele ser la que hace amigos con más facilidad. Aquellos que solicitan amistad, o los que están dispuestos a cambiar para conseguirla – los tímidos, los inseguros – tienen mucha más dificultad para hacer amigos. Si lo analizamos a la luz de nuestro análisis anterior no tiene nada de extraño, puesto que las personas seguras de sí mismas, dotadas de fuerte personalidad, al estar dispuestas a entregar menos, también van a rebajar sus expectativas respecto de los otros, haciendo esto más difícil que la amistad desaparezca. Por el contrario, los inseguros, al estar dispuestos a entregarlo todo coon tal de tener amigos, tarde o temprano exigirán una contrapartida mayor, y esa expectativa defraudada acabará rompiendo la amistad. Decía Bertrand Russell que la naturaleza humana suele ser tan miserable que recibe menos amor aquel que más lo solicita.

¿Cuál puede ser la razón de que aquellos que están dispuestos a entregar menos a cambio de amistad la encuentren con más facilidad? Una posible razón es que al ser personas seguras de sí mismas, con fuerte personalidad, eso despierte admiración. Quizás, nuestros genes, por razones de selección natural, nos inclinen más a hacernos amigos de los “fuertes”, de los seguros, de aquellos dotados de fuerte personalidad, que de los inseguros o “débiles”. Quizás nos parezca más sincera, más auténtica, la actitud de quien no está dispuesto a ofrecerlo todo que de quien está dispuesto hasta a cambiarse a sí mismo por amistad. Quizás, por todo esto, los que en principio parece que menos dan, son los que más reciben.

junio 10, 2009

Los chiringuitos, las terrazas

Archivado en: aficiones,educación,humor,restaurantes — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:15 am

Ahora, en Andalucía en general, y en Cádiz en particular, llega una época especialmente agradable, al menos para mí. A partir del 40 de mayo, si se cumple el refrán de “no te quites el sayo, hasta …..” podemos disfrutar de terrazas sin sufrir las aglomeraciones de la época estival.

Parece que nos quieren quitar los chiringuitos, algo tan característico nuestro, que nos permitían escuchar música Regay, o de otro tipo, mientras saboreábamos una cerveza bien tirada acompañada de unos boquerones, de un cazón o de unas sardinitas, o aliviar la calima de un caluroso día de playa. Desconozco la razón de estas sesudas iniciativas, pero le he leído hoy a Barbeito que hay razones ecologistas detrás de esto. No deja de ser curioso, como señala el mismo autor en su artículo, que mientras que los chiringuitos se consideran perjudiciales para el medio ambiente, esas guillotinas horizontales que son las motos acuáticas surcan nuestras aguas cada día más cerca de la orilla, provocando, a la par que ese desagradable olor a gasóleo, algún que otro accidente mortal a algún desafortunado bañista. No voy a ser yo aquí quien niegue el pan y la sal a los ecologistas, que han supuesto en muchos casos un adecuado contrapeso a los intereses de los especuladores de turno, pero en algunos casos se exceden, y pueden lograr que todos muramos de aburrimiento en un medio ambiente muy saludable.

Quede con esto señalada mi oposición a que alguien, porque le guste bañarse en pelotas, y desee una playa más salvaje, o por la razón que sea, me quite la posibilidad de tomarme mi cerveza fresquita, con mis pimientitos y mis boquerones, ya sea por la mañana o en una calurosa noche de verano, en cuyo caso me priva de escuchar una música acorde con el tiempo, y regada con su correspondiente cubata de Barceló. En estos casos no se trata tanto de defender el medio ambiente, sino de imponer sus gustos a los demás. De la misma forma que yo he de aguantarme con la estética dudosa de quien juega a las palas en pelota picá, ellos deberían ser un poco más condescendientes con mis gustos. Aún recuerdo un día, en el Palmar de Vejer hace muchos años, estando yo debidamente tumbado en mi toalla y ataviado con mi Meyba, cuando escuché: “¿me da fuego?”, y al alzar la vista me encontré la mandinga de un tipo que me estaba señalando. Bueno, pues fui tolerante. En vez de cagarme en “tos sus tus”, por atrevido, le di fuego y santas pascuas. Yo no le pido a este ecologista de picha al aire que me contemple en actitud semejante, sino tan sólo que me deje tomar en paz mis sardinitas.

Pues eso, que viene una buena época, tras un otoño y un invierno fríos y de infausto recuerdo – por razones de índole personal -, y vamos a tener que irnos al Caribe y cambiar los boquerones y la caballa caletera por el aguacate, el mango y lo que se tercie. Francamente, creo que estos ecologistas de picha al aire le hacen mucho daño a los Cousteau y a los Attenborough. Ciertamente, a Cousteau ya no le pueden hacer mucho daño, pero ya ustedes me entienden, que esto del ecologismo es algo tan amplio, tan variopinto, que admite lo mismo al mejor naturalista del mundo que al carota más analfabeto. Por desgracia, estos últimos son los que me quieren quitar el chiringuito.

Siempre ha habido chalados de la más diversa especie, pero en otros tiempos se les tenía por tales, y en paz. Hoy mandan, y consiguen que los políticos de diverso pelaje les escuchen y acepten sus propuestas medioambientales. Está claro que los políticos se rinden al que es capaz de armar más ruido, y los analfabetos a los que me refiero son especialistas en esto.

Desde hace unos años, por la noche, con mis hijos, solíamos frecuentar una terraza en el Puerto de santa María, porque el dueño, aparte de ser muy amable, interpretaba agradables melodías de los ochenta que no podían – era materialmente imposible – molestar a ningún vecino de la zona. Bien, pues alguien, creo que fue uno del quinto de un edificio cercano, se quejó, y el ayuntamiento prohibió que este señor siguiera cantando. Vuelvo a asegurar que no fue el de la planta baja, ni el del primero , ni el del segundo, sino un amargado que se sentía molesto porque otros supieran cantar, porque era materialmente imposible que escuchase nada. No piensen que no respeto el sueño ajeno, sino todo lo contrario; creo que, en caso de conflicto, debe prevalecer este derecho sobre el derecho al divertimento, pero no era este el caso.

Mucho ojo con este tipo de gente, que disfrazados de ecologistas, cuando en realidad son perfectos analfabetos funcionales, y con la coartada de la contaminación acústica, de las costas, medioambiental, planetaria o universal, nos joden la vida día a día, minuto a minuto y segundo a segundo. Mi más profundo respeto a todos los attenboroughs del mundo, y mi más profundo desdén hacia quienes pretenden amargarnos la vida cada día un poco más, porque no saben de nada, pero quieren opinar, y además carecen de gusto y de sensibilidad para valorar las cosas sencillas pero bellas. A éstos, ni caso.

mayo 14, 2009

Los políticos

Archivado en: divulgación,educación,pedagogía,pensamiento,política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:41 am

La diferencia entre lo que debería ser el noble arte de la política, y lo que de hecho es, resulta tan palmaria que no merece extenderse en ello.

La gente, en general, está tan acostumbrada a la sinvergonzonería de los políticos que pocas noticias resultan ya escandalosas, y prácticas absolutamente deplorables se asumen con normalidad. Podríamos decir que los políticos han trivializado el escándalo, anulando en cierto modo esa capacidad de que dispone el ser humano para distinguir el bien del mal. Han conseguido que muchas personas acepten con normalidad que fondos públicos se destinen a asuntos personales, y que comprendan la tentación continua a la que están sometidos. Al menos en España.

Resulta que hace unos días hemos tenido noticia de que políticos británicos, de los dos principales partidos, destinaban recursos públicos para atender menesteres privados de la más diversa índole, y que como consecuencia de ello la opinión pública estaba escandalizada, y asqueada con sus políticos. Al parecer, el primer ministro, Gordon Brown, ha pedido perdón por ello y dicen que van a devolver lo sustraído. Es como si alguien atraca un banco y cuando lo cogen pide perdón, dice que no lo va a hacer nunca más, que devolverá lo robado, y todo el mundo tan contento. La única diferencia, quizás, entre lo ocurrido en Gran Bretaña y lo que ocurre en España no está en los políticos, sino en la capacidad para escandalizarse.

Por otro lado, está claro que algunos políticos tiene que haber, que no se puede prescindir de ellos totalmente, como sería de desear. Por eso habría que reducirlos al máximo, y establecer un delito especial para la malversación de fondos públicos que eviten conductas tan bochornosas. Si no se actúa con la contundencia debida, para atajar de raíz conductas tan reprobables, se convertirán en moneda común, y el efecto de anestesia moral que eso produce en una sociedad puede ser de efectos devastadores. No olvidemos que los políticos, los mandatarios de la “cosa pública” son el espejo en el que se miran muchos ciudadanos, y su conducta debería constituir un ejemplo de conducta.

Las democracias, incluso las más asentadas, no están exentas de riesgos. Si los dos principales partidos se pusieran de acuerdo para apropiarse de lo público, sin un sistema muy bien diseñado para evitar tales excesos, los ciudadanos lo tendrían muy difícil para conseguir que la situación retornara a la normalidad y se verían inermes para actuar en consecuencia. La independencia, y el consiguiente contrapeso de poderes, sería la única forma de impedir o de corregir tales excesos. En españa no existe una independencia real, aunque sí proclamada, de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y la ciudadanía está más desamparada ante los desmanes de sus políticos. Las listas abiertas, al menos asegurarían que el político que la hace una vez lo tuviera más difícil para ser elegido en una segunda ocasión, mientras que las listas cerradas pueden propiciar que el partido les garantice un puesto vitalicio.

No recuerdo si fue Winston Churchill quien dijo que la democracia servía, entre otras cosas, para que el pueblo tuviera los políticos que se merecían. A veces puede ser aún peor; puede suceder que nuestros políticos sean aún peor de lo que merecemos, y a esto hay que ponerle remedio. Lo ideal sería que fueran mejores de lo que merecemos, pero que sean peores es intolerable, porque eso suscitaría graves dudas sobre la bondad del propio sistema. Si son, como ocurre en una gran mayoría de casos, un reflejo de los votantes, el panorama de nuestro país no es muy alentador. En ese sentido, y según el informe PISA, los que se merecerían los mejores políticos serían los finlandeses, que son los que han conseguido un mejor nivel educativo. Aquí, en España, urgiría aumentar el nivel educativo, pero es difícil pensar que unos políticos mediocres fueran a propiciar una educación que evidenciara más aún su mediocridad.

abril 13, 2009

Avanzar hacia un gobierno mundial

Archivado en: ética,divulgación,educación,enseñanza,nación,pedagogía,pensamiento,poder,política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:19 am

La crisis financiera mundial hizo abogar a muchos por un cambio de paradigma económico. El capitalismo ha fracasado, sentenciaron algunos. Otros, en cambio, dijeron que no, que lo que había fallado no era el mercado, sino la regulación de ese mercado. Otros dijeron otras cosas, pero en lo que todo el mundo parecía estar de acuerdo es en que algo había fallado. Unos defendían la inyección de dinero a los bancos por parte de los gobiernos; otros lo contrario, pretendían que los bancos se hundieran víctimas de su codicia. Visto desde fuera parecía que ni los economistas más prestigiosos se ponían de acuerdo. Unos defendían la inyección de dinero público, a través de los bancos; otros defendían el intervencionismo, pero soslayando a los grandes predadores; otros, en fin, predicaban contra cualquier intervencionismo. ¡Qué confusión!. Al final, la reunión del famoso G20 parece haberse saldado con más inyección de dinero público, y con una fiscalización de los paraísos fiscales. No parece que vaya a haber un cambio de paradigma, como algunos apuntaban.

Bertrand Russell, en un libro titulado “¿Tiene el hombre futuro?”, ya abogaba por un gobierno mundial. Sus razones eran diferentes, era el tiempo de la guerra fría, y lo que le preocupaba era la amenaza latente de una guerra nuclear. En el libro desarrollaba, con cierta minuciosidad, los posibles inconvenientes que planteaba esta idea, y la forma de solventarlos, así como sus grandes ventajas. Hoy parece más alejada la posibilidad de un enfrentamiento nuclear, pero la superpoblación, la globalización, la inmediatez de las comunicaciones, y las enormes bolsas de pobreza, le devuelven, desde mi punto de vista, la actualidad a esa vieja idea.

El mundo, aunque a veces resulte difícil creerlo, progresa. Es cierto que el progreso científico y tecnológico no se ha acompañado, en la misma medida, del debido progreso moral. Hoy parece demostrado que nuestro planeta puede producir alimentos para todos, que puede haber algo para todos, pero que no puede haber de todo para todos. Tampoco parece razonable, ni fundamentado, que un porcentaje muy escaso de personas disfruten de un enorme porcentaje de las riquezas. Antes también ocurrían estas cosas, pero la gran aldea global ha permitido que todo el mundo esté enterado de esto de forma casi inmediata, y que los más desfavorecidos arriesguen sus vidas en busca de unos privilegios que sus países de origen no pueden ofrecerles.

Por las razones anteriores, y por muchas otras, creo que nada cambiará realmente mientras el hombre no avance hacia un gobierno mundial.

Nada cambiará, mientras que las reservas planetarias, como el Amazonas, el mayor pulmón del mundo, sean cuestión de los explotadores de turno, amparados por los gobiernos de la zona, en vez de estar protegidas por un gobierno mundial, que proteja los intereses de todos.

Nada cambiará, mientras que unos pocos piensen que un río es de su propiedad, por la simple razón de que pasa por su terruño, y los demás a fastidiarse.

Nada cambiará, mientras que un señor nacido en Nueva York se considere superior, porque así se lo han dicho, o porque sabe que ha nacido en una zona más próspera, que otro señor nacido en Sierra Leona.

Nada cambiará, mientras los educadores del mundo, por designios de sus políticos, cortos de mira y de altura moral, enseñen a los niños que aquellos son sus enemigos, que su tierra y su sangre son mejores, que están siendo explotados sin serlo, y que deben liberarse de un yugo imaginario para conseguir ser los más ricos de la tierra. Mientras los políticos de una zona manejen la educación, inculcarán lo que más les interese a ellos para autoperpetuarse, y nunca lo que más interese a los niños.

Un gobierno mundial acabaría con esta plaga, con la lacra de los políticos de corto alcance, que asolan el mundo con su ignorancia y con su egoísmo, que inventan problemas artificiales para autoperpetuarse, en vez de resolver los verdaderos problemas, que inculcan el odio, y que son deleznables desde todo punto de vista.

Un gobierno mundial crearía un mundo mucho más justo, mucho más seguro y mucho más en paz. El medio ambiente estaría mucho más asegurado, y la palabra “solidaridad” estaría llena de contenido, porque estaría asegurada por un gobierno de todos y para todos, y no dependería del sentimiento altruista de una persona concreta en un momento concreto.

¿Es esto una utopía? Sin duda, por el momento lo es, porque el hombre no ha alcanzado el grado de desarrollo moral deseable, pero más adelante la utopía devendrá en necesidad, y necesitaremos políticos de verdad, dispuestos a cambiar el mundo, y con las ideas claras sobre como hacerlo.

¿Qué sistema político, o político económico debería encarnar ese gobierno mundial? Es difícil aventurarlo, pero es posible descartar algunas opciones. Obviamente, el capitalismo salvaje actual estaría descartado, y convendría limitar los ingresos máximos por persona. El Estado Mundial sería propietario de la mayor parte de la tierra, y no dejaría a los individuos al albur de la suerte, ayudándoles a crear su propio destino. Por supuesto, las prestaciones sociales estarían aseguradas, y si hiciera falta que todos trabajasen menos horas, para asegurar que hubiera trabajo para todos, pues habría que hacerlo, aunque fuera a costa de reducir los ingresos de los más afortunados. Habría elecciones periódicas, para que nadie se autoperpetuara en el poder, ni se creara un amplio círculo de intereses a su alrededor. Por supuesto, la libertad real, material, de las personas, sería mucho mayor que la actual, que en la práctica no es sino una libertad formal.

Los principios constitucionales establecidos por los padres fundadores de este Estado Mundial, que gozarían de un amplio consenso, no podrían ser cambiados por las veleidades de un gobernante díscolo, pues estaría contemplado como el mayor delito contra el Estado Mundial constituido.

El problema de nuestra sociedad no es un problema de escasez, ni un problema científico, ni tecnológico; es un problema moral. Mientras no se vea así, el G20, o el 40, o el 50, serán sólo meros parcheos, que no haran más que aplazar la solución del problema.

marzo 18, 2009

De nuevo las matemáticas

Archivado en: cultura,divulgación,educación,enseñanza,lenguaje,Matemática,matemáticas,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:03 am

Estamos atravesando una grave crisis económica, y las ventajas con las que se nos decía que contaba nuestro sistema financiero, como su solidez, no parecen estar tan claras. La aparente prosperidad económica española no parecía guardar concordancia alguna con el elevado nivel de analfabetismo funcional de nuestro país. De hecho, llegué a pensar, y aún lo pienso en parte, que la prosperidad económica no guarda relación con el nivel de educación del país. En todo caso, como escribí, con el nivel de sus universidades. La educación podía servir más al individuo, al hacerlo más libre y más crítico; en suma, más ciudadano.

Estamos viviendo una época, o al menos me lo parece, en que los protagonistas de la vida pública son los que menos saben, los que menos cosas interesantes tiene que contar, excepto una sarta de banalidades expresadas en un lenguaje torpe y lenguaraz a un tiempo.

Las matemáticas, bien enseñadas, sirven para muchas cosas, y no es menester glosar una vez más aquí todas sus virtudes. Sí me gustaría, sin embargo, analizar una de ellas, quizás la principal para combatir la charlatanería huera que nos acecha por doquier. Una característica esencial del lenguaje matemático es su economía: se utilizan los símbolos, o las palabras, necesarios y suficientes.

Por eso, quizás por eso, las personas versadas en esta materia no utilicen un lenguaje redundante, y todo su lenguaje sea más austero, más preciso, más dotado de contenido real.

En una época como la nuestra, en que continuamente se confunde la anécdota con la categoría, en la que se banaliza lo verdaderamente importante, y se pontifica sobre las estupideces, se hace más necesario que nunca la purificación del lenguaje, entendiendo por ésta la utilización correcta del mismo para expresar ideas, o sentimientos, y no al revés, utilizar el lenguaje y desvirtuarlo, vaciéndolo de contenido, para transformar la realidad. Cuando el lenguaje se utiliza, no para describir la realidad, sino para desvirtuarla, o para ocultarla, nos alejamos de los fines primigenios del lenguaje para caer en una de las mayores abyecciones: desvirtuar la realidad pervirtiendo el lenguaje.

Habrá quien piense que en toda época el lenguaje se ha utilizado para engañar, para intereses espúrios, etc. Sin duda, pero cuando esto se hace de forma sistemática, y con los medios de comunicación de nuestros tiempos, el éxito está garantizado.

Una buena vacuna contra los fines perversos del lenguaje, y que nos procura la máxima inmunidad, es la purificación del mismo, devolviendo a las palabras el auténtico sentido que nunca debieron perder. En este sentido, la pureza del lenguaje matemático, donde no se admite una palabra de más, ni una palabra de menos, me parece un magnífico antídoto para ponerse a salvo de uno de los sinos de nuestros tiempos: la charlatanería, la propaganda, la publicidad engañosa y la manipulación a todos los niveles, en definitiva.

La matemática, clásicamente, se ha venido enseñando para procurar en el estudiante una destreza operativa. Se intentaba, al menos en mis tiempos, conseguir que el estudiante resolviera logaritmos, efectuara límites, derivadas e integrales con soltura, sin pararse demasiado en los aspectos conceptuales. Ambas cosas me parecen importantes, si queremos que la matemática transforme los cerebros en el noble sentido en el que apuntábamos en párrafos anteriores.

La faceta técnica, la destreza operativa, preparará al alumno para cursar con éxito una ingeniería, mientras que la preocupación por las cuestiones conceptuales adentrarán al alumno en el verdadero meollo de las matemáticas, acostumbrándolo en la utilización de un lenguaje formal, puro y preciso, muy alejado del uso superficial, banal y retorcido, tan generalizado en nuestros días.

febrero 16, 2009

La democracia y el espíritu científico

Archivado en: ética,cultura,divulgación,educación,enseñanza,filosofía,pedagogía,pensamiento,política,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:49 pm

La palabra democracia no tiene un significado unívoco, pues no es lo mismo la llamada democracia bolivariana de Chávez, en Venezuela, que la democracia estadounidense. Una característica común a cualquier democracia es la elección periódica de sus mandatarios, pero tratándose de una consideración necesaria no es, ni mucho menos, suficiente. En efecto, la independencia y el contrapeso de poderes es, quizás, lo que verdaderamente distingue a las democracias verdaderas de las pseudodemocracias – aquéllas en las que tan sólo hay elecciones periódicas -.

La independencia de poderes, con el correspondiente contrapeso de unos hacia otros, es la mejor garantía para limitar los abusos inherentes al ejercicio del poder. La ausencia de esta independencia puede permitir, y de hecho permite, que el presunto “demócrata” convoque un referéndum para autoperpetuarse, lo pierda, y convoque otro al año siguiente, y así hasta que lo gane, cueste lo que cueste.

No deja de ser un hecho curioso que a los políticos que más se les llena la boca con esta palabra tan manida son precisamente aquellos a quienes más les convendría mantener la boca cerrada, pero la utilizan como un talismán, o como un arma arrojadiza dotada de poderes taumatúrgicos contra sus oponentes. Ante estos políticos hay que ponerse en guardia, pedirles que abandonen la farfolla y que concreten lo que van a hacer. En resumen, hay que exigirles que no perviertan el lenguaje, y que se limiten a concretar ideas.

La estructura democrática de un país, que al fin y al cabo es lo que lo define políticamente, y lo que le permitirá seguir existiendo como tal, debe estar absolutamente a salvo del iluminado de turno, o del partido que gobierne en esos momentos. Por supuesto, dicha estructura debería estar incluida en la Constitución, y los requisitos para cambiarla deberían ser muy exigentes, y muy claros, de forma que si un gobernante estuviera dispuesto a cometer fraude de ley, para satisfacer determinadas veleidades o propósitos, pudiese ser juzgado, y si llegara el caso condenado, por delito de “lesa patria”. Esto no es ser antidemócrata, sino todo lo contrario: es salvaguardar la estructura democrática de aquellos que, utilizando las propias debilidades del sistema, pretenden socavarla. De lo contrario, desde mi punto de vista, estaríamos confundiendo democracia con debilidad, y con todo vale. Las democracias verdaderas deben garantizar las libertades ciudadanas, pero precisamente ése puede ser su talón de Aquiles, y la única forma de preservarlo es un Estado de Derecho sólido, que nos obligue a todos, desde el primer ciudadano hasta el último.

Cuando los partidos, y sus estructuras, actúan al margen de la ley, con absoluta impunidad, la democracia se pervierte, y se convierte en partitocracia. En este sentido, nuestro Estado de Derecho no se fortalece con las escenas cinegéticas de los últimos días. Aparte de las sospechas que pueda levantar, resulta antiestético ver reunidos a un ministro de justicia, al juez de turno y al jefe de la policía judicial, cuando se está procesando a bombo y platillo a personajes relacionados con el partido de la oposición. Para mí está claro que para conspirar no hace falta irse a cazar, pero también lo está que hay que guardar las formas.

Las listas abiertas disminuirían, aunque no del todo, la posibilidad de vernos representados por auténticos botarates y, si así fuera, en el pecado llevaríamos la penitencia.

Hasta ahora he pergeñado, “grosso modo” y a muy grandes rasgos, sin entrar en detalles, los pilares que yo entiendo que deben articular una democracia digna de tal nombre, y ni que decir tiene que yo pienso que en nuestro país esos requisitos no están mínimamente garantizados.

Ahora me gustaría señalar algunas de las condiciones materiales, siempre desde mi punto de vista, para articular una democracia como la anteriormente pergeñada. Está claro que en muchos países una democracia, como la anteriormente bosquejada, nunca podría funcionar. En estos países, probablemente, fuese más conveniente un período de transición dictatorial que, manteniendo un régimen autoritario pero no totalitario, permitiese emerger esa clase media condición “sine qua non” para cualquier democracia. Sé que decir esto puede resultar políticamente incorrecto, pero que alguien me explique cómo se evita el populismo generador de pobreza y más pobreza.

Una condición imprescindible, como ya he adelantado, sería una clase media preponderante, no dependiente del poder de turno, cuyo voto no estuviera sometido al clientelismo político. Esto exige libertad de mercado y respeto a la iniciativa privada, aunque no ausencia absoluta de regulación.

Otra condición, que también se me hace absolutamente necesaria, es para prevenir el germen demagógico que toda democracia encierra. En un artículo anterior hablé sobre la Educación para la sabiduría, pero entretanto no estaría de más fomentar el espíritu científico entre los alumnos, entendiendo por tal la capacidad para enjuiciar críticamente las actuaciones, y comparar las palabras con los hechos, a fin de no dejarse embaucar por ningún encantador de serpientes.

Yo respeto a todas las personas, por el mero hecho de serlas, pero no puedo respetar todas las ideas, porque muchas están equivocadas, o encierran profundan contradicciones, no pudiéndose mantener de forma simultánea. Por tanto, el espíritu científico que permite advertir contradicciones encubiertas, o poner a prueba la coherencia de ideas ” a priori” con sus resultados, o comparar las promesas con los hechos, y tantas otras cosas, también me resulta necesario.

Este artículo no ha pretendido demostrar que la democracia, así entendida, tenga que ser el mejor de los sistemas. Puede haber personas que prefieran regímenes populistas que distribuyan la pobreza por igual, a otros regímenes con mucha menos pobreza pero con mayores diferencias. Incluso, en un mundo de sabios, como ya analizamos en otro artículo, las “necesidades” materiales no serían tan imperiosas, aunque un sabio nunca votaría a un populista. Podría votar por otro tipo de dirigente, que defendiera otro tipo de sociedad, basada en otros valores, pero nunca se haría esclavo del Chávez de turno. Lo que sí me parece contradictorio, y por tanto rechazable, es nadar en la abundancia sin poder prescindir de ella, mientras se alaba a los regímenes populistas desde la comodidad, o ser defensora a ultranza de la mujer, y mantener la boca callada ante el pisoteo diario de los derechos de éstas en diferentes teocracias. Eso es contradictorio, y lo contradictorio no puede ser respetable.

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