En un artículo anterior, titulado “Aproximación para una definición de arte” traté de por qué determinadas actividades humanas se consideran artísticas, como las Bellas Artes, y por qué otras no lo son, tal como el fútbol, o la tauromaquia, por ejemplo. Como criterio de demarcación entre las actividades artísticas y las que, a mi juicio, no lo son, utilicé la universalidad de la actividad artística, así como su atemporalidad, es decir, su inicio con el hombre, defendiendo en aquel artículo la tesis de que el arte está ligada a la propia naturaleza humana. En ese sentido, otras actividades, por mucha habilidad que requieran, no se pueden considerar artísticas.
Hoy, me propongo analizar la función – si es que cumple alguna – del arte, por oposición a la técnica. Para esto es preciso considerar que el arte, al contrario de la técnica, no busca ninguna utilidad específica. Es un añadido a lo propiamente utilitario, y su función, para el artista, es satisfacer una necesidad espiritual, que nace de dentro, y que no busca colmar ninguna necesidad material. El arte, en su sentido más genuino, se seguiría haciendo aunque nadie más lo compartiera. Por eso, desde el principio, resulta necesario deslindar la actividad artística de su comercialización y de todo el negocio que se mueve a su alrededor.
Puesto que el arte no busca satisfacer ninguna necesidad material, cuando el hombre consume arte, ¿por qué lo hace?. Hay muchas razones espurias por las que puede hacerlo, y por las que de hecho lo hace, en ocasiones, como pueden ser rellenar estanterías en la casa con libros, adornar paredes, impresionar a los amigos, o especular, o vaya usted a saber…… Sin embargo, toda esta amplia variedad de razones marginales a la intención artística no constituyen el objeto de mi artículo.
La pregunta objeto del presente artículo, podría quedar planteada sencillamente así: ¿qué busca la persona que adquiere una obra de arte, si lo único que le interesa es la obra en sí?. Dado que la función de la obra de arte no es satisfacer ninguna necesidad material, su adquisición debe ir destinada a colmar algún tipo de anhelo espiritual. El comprador de una obra de arte, el genuino, debe experimentar alguna forma de emoción estética con la misma, lo que le impulsa a adquirirla. Sin embargo, el artista, cuando crea la obra no está buscando emocionar. Si así fuera el arte quedaría prostituido, y relegado a remover la sensiblería ajena. No, el arte es espontáneo, y la capacidad de promover una emoción estética en los demás no es premeditada.
Hoy, en torno al arte, hay toda una parafernalia de críticos, entendidos, comerciantes, galeristas, falsificadores, especuladores, y demás que han alejado a aquél de su sentido primigenio. Hoy hay quien nos dice lo que nos debe emocionar y lo que debemos desdeñar, lo que vale y lo que no vale. Se han expuesto en grandes museos verdaderos adefesios, haciéndolos pasar por genuinas obras de arte. Todo este estado de cosas ha creado una enorme confusión, y ha hecho que se confunda la obra artística con toda la parafernalia social que se mueve en torno al arte, y que muchas veces poco tiene que ver con el arte genuino.
Aquel que adquiere una obra porque se lo sugiere un “entendido”, o porque le han dicho que posee un gran valor, está desatendiendo la función primordial del comprador de arte: experimentar una cierta clase de emoción estética con la obra. Esa emoción estética no es estática, sino que se puede cultivar, como se puede educar el paladar, pero siempre habrá paladares educados que detesten el caviar, y prefieran un guiso sencillo.
El auténtico comprador de arte, y no el esnob del que ya hemos hablado, debe reunir al menos dos condiciones: tener satisfechas un mínimo de condiciones materiales, y poseer un espíritu refinado. La primera condición no merece comentario, mientras que la segunda merece algún detenimiento. Aquella persona con un espíritu exclusivamente práctico, no atendería nunca a los aspectos artísticos, y valoraría las cosas por lo que sirven, desdeñando cualquier valor adicional. El arte para él sería algo superfluo, algo que excede a la mera utilidad que él busca. Tendría su sensibilidad embotada para emocionarse con todo aquello que no le sirve, que no le resulta útil. Mientras que este sentido práctico quede reducido a las cosas, el problema sería un embrutecimiento personal, pero en el momento que lo extrapole a las personas estaríamos ante un gañán, que sólo concede valor a los demás por lo que le pueden ofrecer. ¿Es tan infrecuente esta extrapolación?. Júzguenlo ustedes.