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Julio 12, 2009

Sobre la amistad

Archivado en: amistad, divulgación, educación, emoción, enseñanza, felicidad, pensamiento, personalidad, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:55 am

Este artículo está dedicado a todos aquellos que, como mis hijos, están en esa difícil edad – la adolescencia – en la que su felicidad suele depender, casi exclusivamente, de la aprobación o desaprobación de sus amigos.

En teoría, si comprendieran la verdaera naturaleza de esta relación – de la amistad – podrían aprovechar todas sus ventajas, minimizando los inconvenientes. No obstante esto es pura ilusión, porque aunque lo lean no lo asimilarán, y sólo cuando no les haga falta lo aprehenderán, y además por sus propios medios. No obstante, espero que valga como un mero ejercicio intelectual.

Quizás, la mejor manera de comprender aquello en qué consiste la amistad sea intentando averiguar cómo se forja una amistad, y cómo desaparece una vez forjada. Aunque puedan existir amistades platónicas, supondremos, para nuestros propósitos, que la amistad sólo puede surgir entre personas que se conocen directamente, sin intermediarios. La amistad con otra persona surge en el momento en que nuestras afinidades con ella superan nuestras diferencias, de forma que su presencia suele resultarnos grata. La amistad surge, de esta forma, como una especie de balance que hacemos sobre la otra persona, y en uno de los platillos de la balanza colocamos nuestras afinidades, y en el otro lo que nos separa de él. Si nuestra valoración peculiar inclina el primer platillo hacia abajo entonces decimos que nos sentimos “amigo” del otro, y esta valoración continúa a lo largo del tiempo, pero el tiempo entonces también se considera un integrante del primer platillo. De hecho, resulta normalmente mucho más fácil romper una amistad de muchos años que una amistad reciente. Habitualmente, aunque no siempre – pues existen falsas amistades, simuladas por el engaño, o por el interés -, la amistad suele ser un sentimiento recíproco, de la misma forma que la antipatía.

La amistad no es más que eso, un puro balance subjetivo, por mucho que queramos disfrazarlo con nociones románticas. De hecho, la amistad, cuando nace y crece, hace falta cultivarla para que no se marchite. Si no se hace desaparece, y únicamente el recuerdo de los momentos compartidos nos puede crear la ilusión de que sigue existiendo algo que desapareció hace tiempo.

Hemos visto cómo surge la amistad, y ahora analizaremos la causa más frecuente de que desaparezca. Dejaremos a un lado la pérdida de una amistad por la ausencia o por la lejanía del amigo, y nos centraremos en la amistad que se pierde con la presencia del amigo.

Ese primer balance al que nos referíamos cuando surge una amistad se va refinando con el tiempo, pero sin dejar de ser un balance, y cuando pasa más o menos tiempo tenemos un elenco de personas a las que consideramos nuestros amigos. Posteriormente, solemos establecer expectativas sobre nuestros amigos. Estas expectativas no son lo que el amigo nos ofrece, sino lo que nosotros esperamos de él, y están hechas, por tanto, a nuestra medida, y no a la medida de nuestro amigo.

Por lo general, aunque no siempre, solemos exigir igual o más de lo que estamos dispuestos a entregar, y son precisamente esas expectativas a las que me refería en el párrafo anterior las que más frecuentemente destruyen una amistad. La decepción, ocasionada por unas expectativas frustradas, suele ser la causa más común de la disolución de una amistad. No debemos olvidar que nuestras expectativas no son sino un reflejo de nuestra propia personalidad, y que nada tienen que ver con la personalidad de nuestro amigo. Depositar expectativas en el amigo supone mirarlo en nuestro propio espejo, y éste es el camino más directo para que una amistad desaparezca.

Normalmente, y aunque resulte paradójico a primera vista, la gente con personalidad afianzada, la que está menos dispuesta a cambiar por los otros, suele ser la que hace amigos con más facilidad. Aquellos que solicitan amistad, o los que están dispuestos a cambiar para conseguirla – los tímidos, los inseguros – tienen mucha más dificultad para hacer amigos. Si lo analizamos a la luz de nuestro análisis anterior no tiene nada de extraño, puesto que las personas seguras de sí mismas, dotadas de fuerte personalidad, al estar dispuestas a entregar menos, también van a rebajar sus expectativas respecto de los otros, haciendo esto más difícil que la amistad desaparezca. Por el contrario, los inseguros, al estar dispuestos a entregarlo todo coon tal de tener amigos, tarde o temprano exigirán una contrapartida mayor, y esa expectativa defraudada acabará rompiendo la amistad. Decía Bertrand Russell que la naturaleza humana suele ser tan miserable que recibe menos amor aquel que más lo solicita.

¿Cuál puede ser la razón de que aquellos que están dispuestos a entregar menos a cambio de amistad la encuentren con más facilidad? Una posible razón es que al ser personas seguras de sí mismas, con fuerte personalidad, eso despierte admiración. Quizás, nuestros genes, por razones de selección natural, nos inclinen más a hacernos amigos de los “fuertes”, de los seguros, de aquellos dotados de fuerte personalidad, que de los inseguros o “débiles”. Quizás nos parezca más sincera, más auténtica, la actitud de quien no está dispuesto a ofrecerlo todo que de quien está dispuesto hasta a cambiarse a sí mismo por amistad. Quizás, por todo esto, los que en principio parece que menos dan, son los que más reciben.

Abril 13, 2009

Avanzar hacia un gobierno mundial

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, nación, pedagogía, pensamiento, poder, política, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:19 am

La crisis financiera mundial hizo abogar a muchos por un cambio de paradigma económico. El capitalismo ha fracasado, sentenciaron algunos. Otros, en cambio, dijeron que no, que lo que había fallado no era el mercado, sino la regulación de ese mercado. Otros dijeron otras cosas, pero en lo que todo el mundo parecía estar de acuerdo es en que algo había fallado. Unos defendían la inyección de dinero a los bancos por parte de los gobiernos; otros lo contrario, pretendían que los bancos se hundieran víctimas de su codicia. Visto desde fuera parecía que ni los economistas más prestigiosos se ponían de acuerdo. Unos defendían la inyección de dinero público, a través de los bancos; otros defendían el intervencionismo, pero soslayando a los grandes predadores; otros, en fin, predicaban contra cualquier intervencionismo. ¡Qué confusión!. Al final, la reunión del famoso G20 parece haberse saldado con más inyección de dinero público, y con una fiscalización de los paraísos fiscales. No parece que vaya a haber un cambio de paradigma, como algunos apuntaban.

Bertrand Russell, en un libro titulado “¿Tiene el hombre futuro?”, ya abogaba por un gobierno mundial. Sus razones eran diferentes, era el tiempo de la guerra fría, y lo que le preocupaba era la amenaza latente de una guerra nuclear. En el libro desarrollaba, con cierta minuciosidad, los posibles inconvenientes que planteaba esta idea, y la forma de solventarlos, así como sus grandes ventajas. Hoy parece más alejada la posibilidad de un enfrentamiento nuclear, pero la superpoblación, la globalización, la inmediatez de las comunicaciones, y las enormes bolsas de pobreza, le devuelven, desde mi punto de vista, la actualidad a esa vieja idea.

El mundo, aunque a veces resulte difícil creerlo, progresa. Es cierto que el progreso científico y tecnológico no se ha acompañado, en la misma medida, del debido progreso moral. Hoy parece demostrado que nuestro planeta puede producir alimentos para todos, que puede haber algo para todos, pero que no puede haber de todo para todos. Tampoco parece razonable, ni fundamentado, que un porcentaje muy escaso de personas disfruten de un enorme porcentaje de las riquezas. Antes también ocurrían estas cosas, pero la gran aldea global ha permitido que todo el mundo esté enterado de esto de forma casi inmediata, y que los más desfavorecidos arriesguen sus vidas en busca de unos privilegios que sus países de origen no pueden ofrecerles.

Por las razones anteriores, y por muchas otras, creo que nada cambiará realmente mientras el hombre no avance hacia un gobierno mundial.

Nada cambiará, mientras que las reservas planetarias, como el Amazonas, el mayor pulmón del mundo, sean cuestión de los explotadores de turno, amparados por los gobiernos de la zona, en vez de estar protegidas por un gobierno mundial, que proteja los intereses de todos.

Nada cambiará, mientras que unos pocos piensen que un río es de su propiedad, por la simple razón de que pasa por su terruño, y los demás a fastidiarse.

Nada cambiará, mientras que un señor nacido en Nueva York se considere superior, porque así se lo han dicho, o porque sabe que ha nacido en una zona más próspera, que otro señor nacido en Sierra Leona.

Nada cambiará, mientras los educadores del mundo, por designios de sus políticos, cortos de mira y de altura moral, enseñen a los niños que aquellos son sus enemigos, que su tierra y su sangre son mejores, que están siendo explotados sin serlo, y que deben liberarse de un yugo imaginario para conseguir ser los más ricos de la tierra. Mientras los políticos de una zona manejen la educación, inculcarán lo que más les interese a ellos para autoperpetuarse, y nunca lo que más interese a los niños.

Un gobierno mundial acabaría con esta plaga, con la lacra de los políticos de corto alcance, que asolan el mundo con su ignorancia y con su egoísmo, que inventan problemas artificiales para autoperpetuarse, en vez de resolver los verdaderos problemas, que inculcan el odio, y que son deleznables desde todo punto de vista.

Un gobierno mundial crearía un mundo mucho más justo, mucho más seguro y mucho más en paz. El medio ambiente estaría mucho más asegurado, y la palabra “solidaridad” estaría llena de contenido, porque estaría asegurada por un gobierno de todos y para todos, y no dependería del sentimiento altruista de una persona concreta en un momento concreto.

¿Es esto una utopía? Sin duda, por el momento lo es, porque el hombre no ha alcanzado el grado de desarrollo moral deseable, pero más adelante la utopía devendrá en necesidad, y necesitaremos políticos de verdad, dispuestos a cambiar el mundo, y con las ideas claras sobre como hacerlo.

¿Qué sistema político, o político económico debería encarnar ese gobierno mundial? Es difícil aventurarlo, pero es posible descartar algunas opciones. Obviamente, el capitalismo salvaje actual estaría descartado, y convendría limitar los ingresos máximos por persona. El Estado Mundial sería propietario de la mayor parte de la tierra, y no dejaría a los individuos al albur de la suerte, ayudándoles a crear su propio destino. Por supuesto, las prestaciones sociales estarían aseguradas, y si hiciera falta que todos trabajasen menos horas, para asegurar que hubiera trabajo para todos, pues habría que hacerlo, aunque fuera a costa de reducir los ingresos de los más afortunados. Habría elecciones periódicas, para que nadie se autoperpetuara en el poder, ni se creara un amplio círculo de intereses a su alrededor. Por supuesto, la libertad real, material, de las personas, sería mucho mayor que la actual, que en la práctica no es sino una libertad formal.

Los principios constitucionales establecidos por los padres fundadores de este Estado Mundial, que gozarían de un amplio consenso, no podrían ser cambiados por las veleidades de un gobernante díscolo, pues estaría contemplado como el mayor delito contra el Estado Mundial constituido.

El problema de nuestra sociedad no es un problema de escasez, ni un problema científico, ni tecnológico; es un problema moral. Mientras no se vea así, el G20, o el 40, o el 50, serán sólo meros parcheos, que no haran más que aplazar la solución del problema.

Marzo 10, 2009

La tolerancia

Archivado en: divulgación, pedagogía, pensamiento, política, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:39 am

El lenguaje comparte características con los organismos vivos. Hay palabras que, por mor de los tiempos, encuentran un auge inesperado en un determinado momento, y se generaliza su uso, mientras que otras se van viendo relegadas, y sólo son utilizadas por académicos o por nostálgicos.

En nuestro tiempo la política lo invade todo, y son los políticos, en muchas ocasiones los menos adecuados, quienes principalmente ponen de moda ciertas palabras.

En los últimos años, la palabra “tolerancia” es de la máxima actualidad y el prestigio de un político, al menos en nuestro país, puede llegar a ser directamente proporcional al número de veces que inserte esta palabra en su discurso. Hay palabras que tienen un efecto taumatúrgico sobre el oyente, y “tolerancia” es una de ellas. No estaría de más, por tanto, analizar el verdadero alcance de dicha palabra.

Según el DRAE, en su 2ª acepción, tolerancia es “el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás, cuando son diferentes o contrarias a las propias”. Yo creo que habría bastante que matizar, y ese será el objeto del presente artículo.

A mí me parece que respetables sólo son las personas, merecededoras de dignidad, por el mero hecho de serlas. De hecho, así lo reconoce nuestro estado de derecho, e incluso la persona más abyecta es merecedora de un juicio justo. Extrapolar este respeto a la persona en sí misma, por su condición humana, a sus ideas, sus creencias o sus prácticas, aparte de una soberana estupidez, me parece un claro ejercicio de cinismo. ¿Está usted dispuesto a respetar la idea de una persona que afirma que ha visto un burro volando, o la práctica de la ablación de clítoris, o la crencia de que la imposición de manos cura el cáncer de páncreas?

Por poco que nos paremos a reflexionar, el término “respeto” no parece ser el más idóneo para aplicárselo a los ejemplos anteriores. Una idea no es respetable o no respetable, sino en todo caso discutible. Aquellas ideas más plausibles, que reúnan más argumentos a su favor, que sean más explicativas, y que resulten más predictivas, se considerarán las más acertadas en un momento determinado, hasta que otra idea la supere en estos aspectos. Por tanto, las ideas no son tanto merecedoras de respeto como de crédito, y utilizar el calificativo de respetable, aparte de incorrecto, suele ser para intentar blindarlas de los saludables embates de la razón. Es como si quisieran decir, sin decirlo, que su idea, al ser repetable, no se nos puede ni ocurrir discutirla. A estas ideas, merecedoras de crédito en el momento actual, podemos llamarlas ideas racionales.

La creencia puede ser, o no, resultado de una idea. Yo creo que mañana el sol aparecerá por donde aparece, porque sé que la tierra gira 360º sobre su eje diariamente, y creo que existe China porque he leído muchas cosas, y porque he visto documentales, y por otras razones, aunque no haya estado allí. Por tanto, podemos decir que una creencia es racional si estás sustentada en una idea racional.

Si una determinada creencia está en contradicción flagrante con una idea racional, entonces diremos que se trata de una creencia irracional.

A una creencia que no está sustentada en ninguna idea racional, pero que tampoco está en contradicción con ninguna idea de ese tipo, podríamos llamarla, sencillamente, un acto de fe. Las ideas religiosas, pero no sólamente éstas, constituirían actos de fe. La creencia en la existencia de unicornios sería un acto de fe, o la creencia en los efectos de determinados productos sobre la salud que la ciencia aún no ha confirmado ni rechazado. Alguna creencias en fenómenos parapsicológicos, o en la existencia de vida extraterrestre, etc. , podrían incluirse en este tipo de creencias. También muchas supersticiones.

Yo creo que cuando utilizamos el término tolerancia para con las crencias ajenas, deberíamos restringirlo a la tolerancia para con lo que hemos llamado “actos de fe”. En efecto, forman parte del credo particular del individuo que nos es imposible desbaratar a la luz de la razón. A una persona que mantenga muchas creencias de este tipo podríamos tildarla de crédula, incluso de ingenua, pero no de irracional, reservando este término para las crencias en abierta contradicción con las ideas racionales.

¿Es inocua la multiplicación de actos de fe? A primera vista pudiera parecer que sí, pero creo que puede ser muy perjudicial. En efecto, sus efectos deletéreos pronto se harían notar, asentándose un sinfín de creencias gratuitas en las conciencias que, aunque privadas, gozarían de un cierto estatus de impunidad, contribuyendo a la difusión de la superchería. Aparte, los actos de fe que pueden conducir, y que en la práctica conducen, a actos violentos, implican mucho mayor peligro que aquellos que despiertan menos pasiones y que son, por decirlo de alguna forma, más neutros.

Si exigimos tolerancia con nuestros actos de fe, basándonos en la circunstancia de que por el momento no pueden ser rebatidos racionalmente, deberemos ser tolerantes con los actos de fe ajenos. Por lo tanto, la simetría con los actos de fe del prójimo me parece, esta sí, una condición “sine qua non” de la tolerancia. Sin esta reciprocidad estaríamos siendo tolerantes con los intolerantes, y sin duda alimentaríamos su intolerancia.

En cuanto a la tolerancia con determinadas prácticas, estas deberán estar sometidas al imperio de la ley, y la ley sometida a una ley natural más elevada, que impediría las prácticas que permitieran el ejercicio de una crueldad gratuita.

Febrero 16, 2009

La democracia y el espíritu científico

Archivado en: cultura, divulgación, educación, enseñanza, filosofía, pedagogía, pensamiento, política, sociedad, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:49 pm

La palabra democracia no tiene un significado unívoco, pues no es lo mismo la llamada democracia bolivariana de Chávez, en Venezuela, que la democracia estadounidense. Una característica común a cualquier democracia es la elección periódica de sus mandatarios, pero tratándose de una consideración necesaria no es, ni mucho menos, suficiente. En efecto, la independencia y el contrapeso de poderes es, quizás, lo que verdaderamente distingue a las democracias verdaderas de las pseudodemocracias – aquéllas en las que tan sólo hay elecciones periódicas -.

La independencia de poderes, con el correspondiente contrapeso de unos hacia otros, es la mejor garantía para limitar los abusos inherentes al ejercicio del poder. La ausencia de esta independencia puede permitir, y de hecho permite, que el presunto “demócrata” convoque un referéndum para autoperpetuarse, lo pierda, y convoque otro al año siguiente, y así hasta que lo gane, cueste lo que cueste.

No deja de ser un hecho curioso que a los políticos que más se les llena la boca con esta palabra tan manida son precisamente aquellos a quienes más les convendría mantener la boca cerrada, pero la utilizan como un talismán, o como un arma arrojadiza dotada de poderes taumatúrgicos contra sus oponentes. Ante estos políticos hay que ponerse en guardia, pedirles que abandonen la farfolla y que concreten lo que van a hacer. En resumen, hay que exigirles que no perviertan el lenguaje, y que se limiten a concretar ideas.

La estructura democrática de un país, que al fin y al cabo es lo que lo define políticamente, y lo que le permitirá seguir existiendo como tal, debe estar absolutamente a salvo del iluminado de turno, o del partido que gobierne en esos momentos. Por supuesto, dicha estructura debería estar incluida en la Constitución, y los requisitos para cambiarla deberían ser muy exigentes, y muy claros, de forma que si un gobernante estuviera dispuesto a cometer fraude de ley, para satisfacer determinadas veleidades o propósitos, pudiese ser juzgado, y si llegara el caso condenado, por delito de “lesa patria”. Esto no es ser antidemócrata, sino todo lo contrario: es salvaguardar la estructura democrática de aquellos que, utilizando las propias debilidades del sistema, pretenden socavarla. De lo contrario, desde mi punto de vista, estaríamos confundiendo democracia con debilidad, y con todo vale. Las democracias verdaderas deben garantizar las libertades ciudadanas, pero precisamente ése puede ser su talón de Aquiles, y la única forma de preservarlo es un Estado de Derecho sólido, que nos obligue a todos, desde el primer ciudadano hasta el último.

Cuando los partidos, y sus estructuras, actúan al margen de la ley, con absoluta impunidad, la democracia se pervierte, y se convierte en partitocracia. En este sentido, nuestro Estado de Derecho no se fortalece con las escenas cinegéticas de los últimos días. Aparte de las sospechas que pueda levantar, resulta antiestético ver reunidos a un ministro de justicia, al juez de turno y al jefe de la policía judicial, cuando se está procesando a bombo y platillo a personajes relacionados con el partido de la oposición. Para mí está claro que para conspirar no hace falta irse a cazar, pero también lo está que hay que guardar las formas.

Las listas abiertas disminuirían, aunque no del todo, la posibilidad de vernos representados por auténticos botarates y, si así fuera, en el pecado llevaríamos la penitencia.

Hasta ahora he pergeñado, “grosso modo” y a muy grandes rasgos, sin entrar en detalles, los pilares que yo entiendo que deben articular una democracia digna de tal nombre, y ni que decir tiene que yo pienso que en nuestro país esos requisitos no están mínimamente garantizados.

Ahora me gustaría señalar algunas de las condiciones materiales, siempre desde mi punto de vista, para articular una democracia como la anteriormente pergeñada. Está claro que en muchos países una democracia, como la anteriormente bosquejada, nunca podría funcionar. En estos países, probablemente, fuese más conveniente un período de transición dictatorial que, manteniendo un régimen autoritario pero no totalitario, permitiese emerger esa clase media condición “sine qua non” para cualquier democracia. Sé que decir esto puede resultar políticamente incorrecto, pero que alguien me explique cómo se evita el populismo generador de pobreza y más pobreza.

Una condición imprescindible, como ya he adelantado, sería una clase media preponderante, no dependiente del poder de turno, cuyo voto no estuviera sometido al clientelismo político. Esto exige libertad de mercado y respeto a la iniciativa privada, aunque no ausencia absoluta de regulación.

Otra condición, que también se me hace absolutamente necesaria, es para prevenir el germen demagógico que toda democracia encierra. En un artículo anterior hablé sobre la Educación para la sabiduría, pero entretanto no estaría de más fomentar el espíritu científico entre los alumnos, entendiendo por tal la capacidad para enjuiciar críticamente las actuaciones, y comparar las palabras con los hechos, a fin de no dejarse embaucar por ningún encantador de serpientes.

Yo respeto a todas las personas, por el mero hecho de serlas, pero no puedo respetar todas las ideas, porque muchas están equivocadas, o encierran profundan contradicciones, no pudiéndose mantener de forma simultánea. Por tanto, el espíritu científico que permite advertir contradicciones encubiertas, o poner a prueba la coherencia de ideas ” a priori” con sus resultados, o comparar las promesas con los hechos, y tantas otras cosas, también me resulta necesario.

Este artículo no ha pretendido demostrar que la democracia, así entendida, tenga que ser el mejor de los sistemas. Puede haber personas que prefieran regímenes populistas que distribuyan la pobreza por igual, a otros regímenes con mucha menos pobreza pero con mayores diferencias. Incluso, en un mundo de sabios, como ya analizamos en otro artículo, las “necesidades” materiales no serían tan imperiosas, aunque un sabio nunca votaría a un populista. Podría votar por otro tipo de dirigente, que defendiera otro tipo de sociedad, basada en otros valores, pero nunca se haría esclavo del Chávez de turno. Lo que sí me parece contradictorio, y por tanto rechazable, es nadar en la abundancia sin poder prescindir de ella, mientras se alaba a los regímenes populistas desde la comodidad, o ser defensora a ultranza de la mujer, y mantener la boca callada ante el pisoteo diario de los derechos de éstas en diferentes teocracias. Eso es contradictorio, y lo contradictorio no puede ser respetable.

Febrero 10, 2009

La sabiduría

Archivado en: cultura, divulgación, educación, enseñanza, felicidad, filosofía, nación, pedagogía, pensamiento, política, sociedad, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:12 am

En el artículo anterior, que titulé Educación para la sabiduría, en contraposición a Educación para la ciudadanía, defendí mi postura de que era preferible una asignatura para enseñar a pensar que impartir contenidos concretos sobre temas discutibles, aunque advertí que el librepensador puede ser peligroso para los gobiernos de turno, sean del signo que sean. Siempre preferirán formar prosélitos que ciudadanos que puedan cuestionar su gestión.

No entré de lleno en lo que yo entiendo por sabiduría, aunque sí aludía en un artículo anterior a la definición del DRAE, que entiende por tal el más alto grado de conocimiento, o la conducta prudente en la vida o en los negocios. La primera acepción es como no decir nada, y en cuanto a la segunda, un individuo precavido, sensato, ya merecería la consideración de sabio.

Antes de entrar a considerar lo que podemos entender por sabiduría, me gustaría dejar claro que no es posible enseñar a pensar sobre determinadas materias hasta una determinada edad, y menos sobre la sabiduría, algo muy relacionado con la experiencia y bastante alejado del batiburrrillo hormonal propio de la juventud. No obstante, se puede conseguir mucho, pero han de colaborar todos los agentes sociales, y no únicamente la escuela.

Las principales cuestiones, a modo de resumen, que desde el principio de los tiempos han preocupado al ser humano, con todas las variantes que queramos añadirles, son éstas: ¿quién soy?, ¿qué sé, y qué debo saber?, y ¿qué debo hacer, o cómo debo actuar?. De la primera se ha ocupado, y se ocupa, la psicología y sus diferentes escuelas, y del sentido de la existencia, si es que tiene algún sentido, se han ocupado las diferentes religiones. De la segunda pregunta se ha ocupado, y es la que lo hace con mayor eficacia, la ciencia, que propone preguntas concretas y ofrece respuestas concretas. No obstante, hay muchas áreas del saber que no son científicas, propiamente dichas, como el hecho de atarse unos cordones, que atañen al saber práctico, y que son imprescindibles para nuestra cotidianeidad. Esto ya lo tratamos con algo más de amplitud en otro artículo titulado la importancia de la cultura, y no es el momento de abundar más en él.

La tercera de las preguntas: ¿qué debo hacer, cómo actuar, cómo comportarme?, es, desde mi punto de vista, la cuestión que más se acerca a la sabiduría, a ese tipo de saber práctico que no consiste en saber cómo freír un huevo, sino en la forma más adecuada de llevar una vida “correcta”, para nosotros mismos y para los demás. Por esto no me convence la definición del diccionario, porque los sabios saben lo que hacer, pero además lo hacen, aún a costa de tener que tomarse la cicuta, como fue el caso de Sócrates, o a sufrir y padecer el escarnio y la cruz, como Jesucristo, o a vivir como un indigente, como Diógenes, y podríamos proseguir los ejemplos sin fin, sin olvidar a Buda, a Lao Tsé, o a Confucio, por si tengo algún lector de la zona de levante. Por tanto, la sabiduría puede suponer asumir riesgos, por comportarse de forma contraria a la moda imperante, o a los cánones aceptados, y esa conducta nunca podría ser calificada como prudente.

Si admitimos que la sabiduría es lo que han sabido y han hecho los sabios, podemos intentar ver si existe un común denominador entre ellos, y si existe alguna inconsistencia insoslayable. Yo, en una primera aproximación, considero que el sabio es un híbrido de inteligencia, bondad, compromiso, serenidad, mesura y desapego por las comodidades materiales. ¿Quién da más?

¿Es posible, o conveniente, una asignatura que intente inculcar en los jóvenes dichas cualidades?

Primero deberíamos plantearnos si es conveniente, lo cual equivale a plantearnos si es conveniente un nivel bastante generalizado de sabiduría para nuestra sociedad. Mi respuesta es un no tajante. Nuestra sociedad, con los valores imperantes actualmente, y con una economía que funciona en base a los mismos, es incompatible con una sociedad de sabios. Por tanto, y si estáis de acuerdo, tendréis que admitir que avanzar por la senda de la sabiduría nos llevaría a una sociedad completamente diferente a la actual en todo. Incluso a una sociedad diferente de cualquier otra habida anteriormente, en cualquier otro tiempo.

Si, a pesar de todo, admitiéramos la conveniencia de una sociedad más sabia, completamente diferente a las sociedades de las que hayamos tenido noticia, entonces, y sólo entonces, nos debemos plantear si eso es posible, el hecho de intentar generalizar la sabiduría, entendida ésta como la posibilidad de procurar en los individuos ese denominador común al que nos referíamos en un párrafo anterior.

Yo creo que esta segunda pregunta tiene mucha más fácil respuesta, porque todos sabemos la inmensa capacidad del hombre para la propaganda, para la manipulación, para el adoctrinamiento. Si el hombre ha sido capaz, repetidas veces, de convertir la mentira en verdad, a su conveniencia, entonces, ¿por qué hemos de dudar de su capacidad para infundir valores mucho más nobles, desprovistos de cualquier adoctrinamiento de cualquier otro tipo, si es esto lo que se propusiera? Sería cuestión de empeñarse en conseguirlo, y de emplear para ello todos los medios a su alcance: la escuela, la familia, la televisión, la radio, y todos aquellos que utilizan cuando desean hacer creíble una historia, por increíble que parezca.

La cuestión del millón, y que sería objeto de varios artículos dedicados sólo a este tema, sería preguntarnos por el tipo de sociedad, y por el tipo de economía, que producirían unos ciudadanos formados en esos valores. La respuesta fácil sería que eso conduciría a un retorno a la caverna, y que tanta sabiduría conllevaría un empobrecimiento material a todos los niveles. Yo no estoy de acuerdo con el retorno a la era de las cavernas, ni creo que el hombre sabio estuviera dispuesto a asumir tal coste. Sí creo que ganaría preponderancia la vida espiritual, en detrimento de la exclusivamente material, que la economía tendría forzosamente que cambiar, que el mundo sería mucho más seguro, y que el medio ambiente estaría más protegido. Por supuesto, se avanzaría sin pausa hacia un gobierno mundial, en el que todos seríamos ciudadanos del mundo, y muchos preferirían trasladarse a Sudán que quedarse en Nueva York.

Lógicamente, esto no sería de hoy para mañana. Habría que esperar a que todos los gobiernos se pusiesen de acuerdo en procurar ese “homo sabius” cultural del que hablábamos en un artículo anterior. La experiencia nos demuestra que el “homo sabius” genético queda aún muy lejos, a juzgar por la escasez de sabios que en el mundo hay. Es preciso emprender la tarea de formarlos.

Quiero señalar, por último, que el sabio no es un masoquista, que abomine de cualquier comodidad material. Los grandes sabios, por desgracia, se han visto obligados a vivir entre una gran mayoría de imbéciles, que les han hecho la vida insufrible, pero si la sabiduría se generalizara no sería difícil imaginar a Sócrates tomándose unos langostinos en Sanlúcar, al tiempo que departiría con algun otro sabio del lugar. Sí, sin embargo, resultaría más difícil imaginárselo tomando langostinos un día sí, y el otro también, o comprando un piso para endosárselo al prójimo unos días más tarde, y embolsarse unos cuantos milloncejos, la única sabiduría conocida y practicada en nuestro país hasta hace unos días, cuando explotó la llamada burbuja inmobiliaria. Ni que decir tiene que picaresca y sabiduría son incompatibles, aunque una gran mayoría prefiera seguir siendo pícaro.

Febrero 5, 2009

Educación para la sabiduría

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, pedagogía, pensamiento, política, sociedad, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:14 am

Hemos sabido hace unos días, por la prensa, que el Tribunal Supremo ha concluido que los reales decretos que regulan la asignatura de Educación para la Ciudadanía no lesionan los derechos de los padres a elegir la libre educación de sus hijos. Con esta sentencia del Alto Tribunal, se confirman las tres resoluciones del TSJ de Asturias, y se revoca la del TSJ de Andalucía, que falló en favor de unos padres a los que permitió objetar, quedando así sus hijos exentos de ser evaluados en la asignatura.

No obstante, precisa el Alto Tribunal, no se permite a las autoridades administrativas o escolares, ni a los profesores, imponer a los alumnos criterios morales o éticos que sean objeto de discusión en la sociedad. Su contenido debe centrarse en la educación de principios y valores constitucionales. Asmismo, se deja la puerta abierta a que se puedan recurrir los manuales de la asignatura. De cualquier forma, esto es lo que aparece en parte de la prensa, y el conocimiento de la resolución del Supremo se hará esperar unos días.

Por supuesto, el fallo es recurrible ante el Constitucional, y en última instancia ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.

Parece que los alumnos tendrán, de momento, que asistir a clases, y que la batalla continuará en el terreno de los contenidos de los manuales, y de las enseñanzas concretas que aborden los centros y los profesores. Es un hecho que, hasta la fecha, los manuales y sus contenidos han sido de lo más diversos y variopintos. Algunos verdaderamente asombrosos, pero tendrán que ser ustedes quienes lean diversos manuales de la asignatura y los juzguen.

Si el asunto se limitara a impartir principios y valores constitucionales, no habría mayor problema, y no habrían aparecido manuales tan diversos. Habría dos o tres manuales, de diversas editoriales, con un contenido similar, y punto. Ahora, cada manual polémico que aparezca será objeto de nuevos recursos, y vuelta a empezar.

Para mí, la cuestión no está en si quien debe educar en determinados valores debe ser el Estado o deben ser los padres. Es cierto que muchos padres podemos carecer de la preparación para transmitir adecuadamente valores o principios constitucionales, o “democráticos”, si no queremos restringirnos al marco meramente Constitucional, pero si es el Estado a quien decidimos encomendar que imparta esos “valores” a nuestros hijos debería haber un acuerdo entre los principales partidos, pues si no se corre el riesgo de que la alternancia propia de las verdaderas democracias vaya cambiando el contenido de la asignatura al albur del gobierno de turno. Si lo que se va a impartir es lo que exige el Supremo, no parece que tuviera que haber grandes dificultades para alcanzar un acuerdo entre los grandes partidos, pero si lo que se pretende impartir de forma soterrada es algo diferente entonces el acuerdo será imposible.

La cuestión para mí no es Estado o padres, pues ciertamente en ese caso me inclino por el Estado, puesto que todos los padres no tenemos la preperación adecuada para impartir determinados contenidos. La cuestión, para mí, es Estado o individuo. En otras palabras: ¿queremos individuos al servicio del Estado, o deseamos un Estado al servicio del individuo?. Aunque los grandes partidos se pusiesen de acuerdo en cuanto a los contenidos a impartir – algo sumamente improbable, pero que sería el mínimo exigible -, el Estado siempre tendría la tentación de actuar como un Gran Hermano sobre el individuo, para formar “ciudadanos” dóciles a sus propósitos, lo menos díscolos posibles con el poder.

Yo creo que hay que formar personas, individuos, con la mayor formación y la mayor sabiduría posibles, y éstos en el futuro serán los encargados de transformar una sociedad y un Estado que presenta desafíos permanentes y cambiantes. Sin embargo, la idea de formar individuos librepensadores, dotados de sabiduría para pensar por sí mismos y para sí mismos – es decir, para toda la sociedad -, no parece que entre dentro de los propósitos de ningún gobierno.

Imaginemos por un momento – sé que les pido un gran esfuerzo de imaginación – que hubiera una asignatura que se dedicara a impartir con ahínco parte de los consejos de los grandes sabios que la humanidad ha conocido, y que esto condujera, entre otras muchas cosas, a que estos nuevos jóvenes consumieran muchísimo menos que los actuales. Esto hundiría muchísimas empresas, cuya supervivencia depende de la venta de productos superfluos, o de “necesidades” artificialmente creadas, y a su vez esto exigiría la reestructuración de toda la economía en base a la producción de bienes y servicios necesarios. El empleo para la consecución de estos bienes y servicios habría que repartirlo entre todas las personas que antes desempeñaban otros empleos, y esto exigiría que las personas trabajasen mucho menos horas que actualmente, para que el nivel de empleo se mantuviera. La gente tendría sus necesidades cubiertas, mucho más tiempo libre y muchos menos cahivaches inútiles.

Sé que el ejemplo anterior puede parecer una idea absolutamente peregrina, imposible de aplicar, y quizás estén en lo cierto, pero de cualquier forma no invalida la idea general, de que es preferible formar individuos que piensen, a crear ciudadanos formateados a la imagen del Estado de turno. Los primeros podrán afrontar los desafíos con imaginación, mientras que los segundos se limitarán a inyectar dinero de los ciudadanos a los bancos, con el propósito de que estos tengan liquidez y puedan prestar dinero para seguir aumentando sus pingües beneficios. No sé quién dijo, con motivo de esta crisis, que los bancos privatizaban los beneficios y socializaban sus pérdidas. Y no parecía faltarle razón, a tenor de lo visto.

La educación para la sabiduría, que yo propugno, formaría individuos libres, verdaderos ciudadanos, formados y preparados, mientras que la educación para la ciudadanía, en el mejor de los casos pretende súbditos, y en el peor, futuros votantes.

Febrero 4, 2009

La inteligencia, la sabiduría, la ética,…

Archivado en: cerebro, cultura, divulgación, educación, enseñanza, felicidad, filosofía, pedagogía, pensamiento, sociedad, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:43 am

El DRAE, en sus tres primeras acepciones, define la inteligencia como la capacidad de entender o comprender, o como la capacidad de resolver problemas. La sabiduría la define como el grado más alto del conocimiento, o como la conducta prudente en la vida o en los negocios. La 3ª acepción que da, y que es el conocimiento profundo en ciencias, letras o artes, no es la que me interesa para este artículo, pues está más ligada a lo que habitualmente entendemos por cultura. La ética la define como la actitud recta, o conforme a la moral, o bien como la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre.

Siempre es útil consultar el DRAE, pero cuando tratamos de “exprimir” la sustancia de determinados conceptos complejos, abstractos, aparte de leer el DRAE se precisa la reflexión.

La inteligencia se ha definido de muchas maneras, y se ha intentado “medir” de muchas otras. Muchas han coincidido con lo que aparece en el DRAE, pero a veces se ha definido también como la capacidad de adaptación al medio. Incluso, Goleman, mucho más recientemente, ha hablado de “inteligencia emocional”, que guarda relación con la empatía, con la sociabilidad, con la capacidad para entablar relaciones, y con la capacidad de autorregular nuestras emociones. Sea como fuere, lo que me parece indudable, desde una perspectiva evolutiva, es que la inteligencia es un producto de la evolución cerebral para la adaptación al medio, y que su aparición y desarrollo guardó relación con la supervivencia de la especie. Ciertamente, hoy día, numerosas amenazas para nuestra propia supervivencia parecen provenir del mal uso de esa inteligencia, lo que no deja de ser una curiosa paradoja: la evolución desarrolla un cerebro para que la especie sobreviva, y posteriormente aquél se convierte en la mayor amenaza para la supervivencia.

Por otra parte, desde que tenemos constancia escrita, al menos, no parece que la inteligencia humana haya evolucionado demasiado. Particularmente, no tengo ningún amigo más inteligente que Arquímedes, ni que Euclides, ni que Sócrates, ni que Platón,….., y mira que son antiguos. Ciertamente, hoy se sabe mucho más, se dispone de mucha más tecnología, pero eso no tiene nada que ver con el nivel de inteligencia, sino con la cultura acumulada por la especie, y de la que ya tratamos en otros artículos. Sea lo que sea la inteligencia, para los fines de este artículo, y al día de hoy, nos conviene entenderla como la capacidad para resolver problemas, sean éstos los que fueren. Si la entendiésemos como la capacidad para sobrevivir, la cuestión de quién es más inteligente la solventaríamos enviando a los concursantes al programa “Supervivientes”.

Hace algún tiempo leí que la inteligencia era la capacidad para resolver problemas, y la madurez era la capacidad para discernir qué problemas merecería la pena esforzarse en resolver. Lo cierto es que me gustó esta diferenciación, y es lo que me ha dado pie a escribir este artículo.Yo, personalmente, he empleado algún tiempo en resolver algunos problemas que hoy sólamente lo haría por gusto, y no me lo plantearía como una cuestión de honor. Quizás la madurez consista en esto: en esforzarnos sólamente en aquellas cuestiones que nosotros consideremos importantes, soslayando la enorme carga de pre-juicios adquiridos. Quizás consista en oírnos más a nosotros mismos, y menos a la “voz” de la educación que hemos recibido, impregnada muchas veces de todo tipo de convencionalismos que hemos aceptado por el peso de la costumbre, pero no por la fuerza de la razón. Bueno, no sé, dejémoslo ahí….

Muchas veces hemos escuchado decir que Einstein fue un gran sabio, cuando lo que fue es un gran físico. No digo que no fuera sabio, sino que por lo que ha pasado a la historia es por su concepción revolucionaria en la física. Me parece que la sabiduría es un tipo de saber, pero no de saber cualquier cosa, sino de aquéllas que nos conducen a una vida más plena, más centrada, más feliz en definitiva. En este sentido, la sabiduría y la ética, entendida ésta como la mejor forma de vivir, se confundirían.

Es posible que la evolución de nuestra especie continúe, y quizás estemos sobrados de inteligencia, aunque muchas veces resulte difícil creerlo, y que el siguiente paso en la evolución debería dirigirse hacia el advenimiento del “homo sabius”. Sin duda nos iría mejor, porque la inteligencia se muestra a todas luces insuficiente para que nuestro mundo sea mínimamente llevadero.

La enorme crisis financiera desatada en el mundo parece que se pretende paliar inyectando dinero público a los bancos, o nacionalizando éstos, para que el sistema, mal que bien – mejor regulado a partir de ahora, nos dicen – siga funcionando. Todo igual, pero con mayor regulación por parte de los gobiernos y de los bancos centrales sobre las entidades financieras, de forma que la especulación y la codicia no nos vuelvan a hacer caer en lo mismo. Yo no sé nada de economía, pero me parece que todo eso puede resultar un fiasco, como ya parece que está sucediendo: los bancos sanean sus cuentas con dinero público, y luego siguen sin prestar dinero a los empresarios para que creen empleo, ni a los particulares para que consuman. A mí me parece que la economía mundial está organizada sobre un consumo excesivo, y que mucho empleo estaba al servicio de satisfacer “necesidades” inexistentes, creadas de forma artificial por la codicia de los que querían enriquecerse a toda costa. Mucha gente picó el anzuelo, se endeudó hasta el cuello, y luego no pudo pagar. Desde mi punto de vista, toda economía basada en la oferta de numerosos bienes y servicios innecesarios, creados de forma absolutamente artificial, es absolutamente perniciosa, y si encima se alimenta por un sistema financiero cuyo único fin es la codicia desmesurada, el fracaso está asegurado.

Probablemente, en este mundo haya para todos, pero lo que es seguro es que no hay de todo para todos, y aceptar esto y ser capaz de renunciar a muchas de nuestras presuntas “necesidades” requiere de un nuevo tipo de hombre, el “homo sabius”, al que antes me refería. Si la inteligencia nos conduce en un tiempo relativamente corto a este nuevo tipo de hombre, quizás tengamos alguna esperanza. Si esperamos que la evolución actúe, a través de los genes, probablemente la inteligencia y la codicia unidas nos reserven un futuro ominoso.

Enero 28, 2009

El cinismo y la estupidez

Archivado en: cultura, divulgación, enseñanza, filosofía, pensamiento, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:20 am

La palabra cínico, en sus orígenes, designaba a toda una escuela filosófica nacida en la antigua Grecia en la 2ª mitad del siglo IV a.C., y fundada por Antístenes, aunque quizás uno de sus filósofos más reconocidos fuera Diógenes Laercio. Criticaban la civilización, y defendían la vida simple como medio para alcanzar la felicidad, practicando el ascetismo. En este sentido se parecían a los estoicos, pero se diferenciaban de éstos en que los cínicos criticaban la sociedad en la que vivían, y participaban en frecuentes diatribas, mientras que los estoicos pasaban del tema, y tan sólo vivían de acuerdo a sus crencias.

El término cínico, en la actualidad, no tiene nada que ver con sus nobles orígenes, y tiene una connotación absolutamente peyorativa. Según el DRAE, el cinismo es la desvergüenza en el mentir, o en la defensa y práctica de acciones y doctrinas vituperables. En la práctica diaria, se utiliza la palabra cínico para designar a aquél que de forma absolutamente impasible propugna lo contrario de lo que piensa, o que muestra un absoluto desprecio por la sinceridad y por la expresión de la verdad.

No obstante, la connotación peyorativa que tiene la palabra, la sinceridad absoluta haría imposible la convivencia, por lo que el avance de las sociedades va inexorablemente unido a una cierta dosis de cinismo. El primer día en que el primer homo sapiens, en vez de estrellar el hacha de piedra contra la crisma de su congénere, le lanzó un grito, o profirió un insulto, se produjo un avance en la civilización. Habría sido una actitud más sincera, probablemente, romperle la crisma, pero qué duda cabe de que el insulto logró que la corteza cerebral preponderara sobre el cerebro reptiliano que todos llevamos dentro. Mucho más avanzada la civilización, quizás el insulto fuera sustituido por la respuesta irónica, como cuando a Churchill una diputada laborista le espetó algo así: “Si yo fuera su mujer le daría cicuta”. Y churchill, sin inmutarse le respondió: ” Y yo me la tomaría, sin duda, señora”. Quizás, en un nivel más avanzado aún, o cuando no se dispone de la agilidad mental de Churchill, la respuesta adaptativa más apropiada sea el disimulo y la mentira franca.

No obstante, visto así, el cinismo sería una respuesta adaptativa para convivir, para hacer tolerables las relaciones con los demás, y su connotación no debería ser peyorativa. De hecho, no sé quién dijo algo así como que si nuestros cerebros fueran trasparentes sería imposible tener amigos. Está claro además, y no hace falta insistir en ello, que la sinceridad llevada a sus extremos no nos crearía más que enemigos, y que un mínimo de inteligencia la desaconseja. Una frase conocida, que quizás busca un compromiso de encuentro entre la sinceridad y el cinismo, es aquélla que dice que no hay que decir todo lo que se piensa, pero nunca se debe decir lo contrario de lo que se piensa. Yo creo que, a veces, es útil, bondadoso y civilizado a un tiempo, decir lo contrario de lo que se piensa. Por ejemplo, para infundir ánimos a alguien en un momento de desesperación, o en alguna otra situación.

Lo que sí está claro, y tampoco hay que insistir en ello, es que siempre – o casi, por si hubiera alguna excepción – hay que pensar todo lo que se dice. También hay que pensar todo lo que se hace, salvo, obviamente, en aquellas situaciones en donde la inmediatez de la respuesta asegura nuestra supervivencia.

El problema del cinismo viene dado cuando la respuesta adaptativa que el cinismo supone, se sobrepasa, y deja de servir a su función original – hacer la convivencia tolerable – para convertirse en un modo de vida, o en un modo de ser. Éste sería el cínico por antonomasia, el que ha llevado el cinismo natural y adaptativo demasiado lejos.

Aún así, el cínico impenitente, si dispone de buena memoria, puede salir airoso de muchas situaciones porque mentir sin ser descubierto exige recordar la mentira. Aquel que miente a diestro y siniestro, sin ton ni son, pasa de ser un cínico a un embustero sin mayor mérito. Al menos, al cínico al que yo me refiero hay que reconocerle memoria y coherencia en el embuste. El cínico es más peligroso que el simple embustero, pues su inteligencia – que la requiere – lo puede hacer pasar desapercibido en su condición de cínico, e incluso puede gozar de cierta credibilidad, aunque nos desagrade lo que defiende, o lo que propugna, o sus opiniones.

El mentiroso, el embustero patológico, no es ni siquiera merecedor de un artículo. Es un pobre hombre que no merece crédito alguno, y a quien nadie cree, ni jamás le compraría un coche usado. Si, además, el embustero miente ante cuestiones fácilmente evidenciables, y constatables, aparte de embustero, hay que reservarle la categoría de estúpido. El embustero, al fin y al cabo, se puede refugiar en la falta de memoria ajena, o en que su embuste no quedó documentado, y que aunque su interlocutor sepa que mintió nunca podrá dejarlo en evidencia. El estúpido se expone además al escarnio, y a la exposición pública de sus embustes. La única razón de que este especimen siga siendo tan frecuente es que, al fin, la única verdad es que muchos creen sólo lo que quieren creer.

No obstante, yo he procurado dejar claro que existen categorías.

Ahora deben ustedes juzgar si yo, en este artículo, he sido cínico, embustero o estúpido. O simplemente sincero.

Enero 23, 2009

Buscando a Mario Conde

Archivado en: biografía, emoción, familia, personalidad, sentimiento, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 2:33 pm

Hace unos días -creo que el martes pasado- vi anunciada , en el programa de Jesús Quintero, “Ratones coloraos”, una entrevista con Mario Conde. No pude verla. Hace algún tiempo, creo que en Telecinco, vi otra entrevista que le hicieron, y me gustó.

Hoy he estado buscando en “you tube”, y en algún otro sitio, por ver si la localizaba y podía escucharla. No la he localizado pero, entretanto, he ido encontrando retazos de la vida de Mario Conde, y entre ellos he dado con su blog.

Recuerdo cuando Mario Conde andaba en la cresta de la ola, y todos los jóvenes deseaban ser como él. Era un hombre inteligente, número uno de su promoción en las oposiciones de abogacía del estado, presidente en ese momento de Banesto, uno de los grandes bancos del país, y para colmo guapetón, con buena facha y pinta de gentleman. Recuerdo que lo hicieron Doctor “honoris causa” por la Complutense, y que la flor y nata del país deseaba codearse con él. Era la viva imagen de un absoluto triunfador, hecho a sí mismo, en un mundo, el de los grandes banqueros, de tiburones sedientos de sangre ajena.

Yo, por aquellas fechas, aunque mucho más joven que ahora, no deseaba ser como Mario -aunque me hubiera gustado disfrutar parte de su dinero-, porque mis aficiones siempre fueron otras, y el mundo de las finanzas, y el empresarial, siempre fue ajeno a mis intereses. No obstante, conocía por encima la biografía del personaje porque nos la servían hasta en la sopa. Recuerdo que la imagen que trasmitían de él, o al menos la que yo recuerdo, era la de un triunfador, inteligente, listo, frívolo y con pocos escrúpulos.

De la noche a la mañana, saltó el escándalo, y empezaron a a atribuirle delitos de todo tipo, y en un visto y no visto, pasó de ser el personaje más admirado al tipo más reprobable. Recuerdo que ingresó en prisión unos días antes de Navidad, y todo aquello se me hacía insoportablemente cruel. No conozco si cometió delitos, si se pudieron demostrar, si perjudicó a los accionistas de Banesto a conciencia, ni si fue culpable de todo lo que le atribuyeron. Sé que sentí pena, por él y por su familia, y desde entonces pasó a interesarme mucho más el personaje. Representaba la imagen del ídolo caído, del ídolo con pies de barro, o era la imagen que pretendían trasmitirnos, y que yo nunca me creí del todo. Ni en sus momentos de gloria pensé que fuera tan héroe, ni cuando lo encarcelaron que fuera tan villano.

Desde entonces leía, en la prensa, todo lo que caía en mis manos sobre Mario, aunque nunca se me ocurrió comprar ningún libro de los que escriben tantos oportunistas. Recuerdo que me producía satisfacción saber, como contaban, que se había adaptado perfectamente a la vida carcelaria, y que impartía clases a los presos. No me crean, pero estoy por asegurar que en algún sitio leí que impartió una clase sobre la teoría de la relatividad, y pensé: ” O es un osado, o es un tipo verderamente inteligente, aunque sólo sea abogado”. Perdónenme la licencia; sé que hay abogados inteligentes, y que la abogacía del estado es una oposición muy dura, pero los abogados no están entre mis profesionales preferidos. El hecho es que, poco a poco, me interesé por su persona, y recuerdo que me hizo mucha gracia cuando leí – no sé si sería verdad – que en uno de sus permisos solicitó que le trajeron unos zapatos negros, porque tenía unos marrones que no combinaban con su traje. El detalle me gustó. Pensé: “no han podido con don Mario”.

En la última entrevista suya que vi, la de telecinco, lo encontré demacrado pero conservando su impoluta elegancia. Le preguntaron por la muerte de su mujer, que siempre estuvo junto a él, y estremecía ver el gesto de dolor de un hombre que había tenido que sufrir lo indecible.

El hecho es que no he encontrado la entrevista con Jesús Quintero, pero he encontrado algo mejor: su blog. Algo que desconocía que tuviera, y que no esperaba. Ciertamente lo celebro, porque es alguien que tiene muchas cosas que contar, y que sabe contarlas. Hoy he leído varias cosas, pero entre éllas la que más me ha gustado es el emotivo relato de la conversación telefónica que mantuvo desde la cárcel con su madre, y el esfuerzo sobrehumano para vencer el odio que asomaba a su corazón, cuando su madre le dijo: “Quizás en un año no viva para volver a verte el próximo agosto”.

Quiero que sepa usted, don Mario, que hubo personas, yo entre ellas, que sintieron la forma en que se cebaron con usted, haciendo leña del árbol caído y, de paso, definiéndose a sí mismas. No puede usted imaginarse la satisfacción que me produce verlo de nuevo con su libertad formal, que no material, como usted mismo bien recalca en sus escritos. Cuando le veo tan elegante, con ese pelo engominado, tan gentleman, me repito: “Con éste no han podido, y vaya que lo intentaron”. ¡Arriba ese ánimo, don Mario!

Diciembre 9, 2008

Medicina intuitiva versus medicina científica

Archivado en: ciencia, divulgación, enseñanza, medicina, método, pensamiento, ética — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:50 am
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En la facultad se nos repetía muchas veces que la medicina no era una ciencia, sino que tenía un poco de arte, de habilidad y de ciencia al mismo tiempo. El progreso de la medicina ha desplazado un poco al famoso “ojo clínico”, en favor de  pruebas más categóricas.  Las pruebas, entendiendo por éstas los múltiples análisis, las diferentes técnicas de diagnóstico por imagen, y el resto de técnicas a practicar sobre un enfermo, proporcionan al médico una ayuda imprescindible e inestimable, a la hora de evaluar a un paciente. De hecho, algunas pruebas, por sí mismas, pueden servir para elaborar un diagnóstico y un tratamiento adecuados; valgan como ejemplo una radiografía de tórax en un paciente joven con una neumonía adquirida fuera del hospital, o un TAC en un paciente que tras un traumatismo cráneoencefálico presenta un hematoma subdural. Este tipo de medicina “directa”, por caracterizarla de algún modo, se confunde muchas veces con una medicina científica, porque la gente – profana, y a veces no profana – cree que la ciencia consiste en pruebas y en aparatos, cuantos más mejor.

El problema de esta práctica médica, tan habitual hoy en día, surge cuando un paciente no se diagnostica con una prueba ni con dos, sino practicando lo que siempre se ha conocido como método científico. Desde Popper sabemos que dos características básicas de este método son la formulación de hipótesis y la falsabilidad de las mismas ( el poder someter las hipótesis a un proceso inequívoco de verificación, o de rechazo). En este sentido popperiano de la ciencia, de la cual la medicina no debería ser una excepción, el médico se vería obligado muchas veces a formular hipótesis sobre sus pacientes, y a diseñar las pruebas destinadas a su verificación, o a su falsación, en cuyo caso el proceso empezaría de nuevo. Esto, que a muchos médicos puede sonar a ciencia ficción, no lo es ni por asomo, y es práctica común de muchos médicos a los que sí podríamos honrar con el sobrenombre de científicos. Particularmente, he conocido a varios que practican este método – que podríamos llamar, al estilo de Popper, hipotético-deductivo -, aunque desafortunadamente creo que constituyen una escasa minoría. Obviamente, las variables que influyen en un paciente son numerosísimas, y en muchos casos desconocidas, y es preciso a veces limitar las hipótesis a determinados aspectos del paciente, aunque sin perder de vista su totalidad. Por otra parte, las deducciones realizadas a partir de las hipótesis no son tan seguras como por ejemplo en la física, en la que las variables que integran un fenómeno se conocen con precisión, por lo que la contrastación de las mismas – de nuestras deducciones – con pruebas se hace inexcusable.

La medicina intuitiva, la basada en lo que se conocía antiguamente como “ojo clínico”, era la practicada por médicos con mucha experiencia y habitualmente bien formados. No obstante, descargar toda la responsabilidad del cuidado de un paciente en ese “ojo clínico”, por mucho que sea capaz de “ver” ese ojo, es una profunda irresponsabilidad, y causa de muchos errores. El “ojo clínico” debe servir para orientar de la forma más adecuada la formulación de hipótesis sobre el paciente, pero nunca para sustituir a la debida contrastación de las mismas.

Lo ideal, desde el punto de vista del paciente, sería encontrarse con un medico que tuviese un buen “ojo clínico”, y que al mismo tiempo estuviese dotado de la mentalidad científica que debería caracterizar a una medicina a la altura de nuestro tiempos. Si, además, el médico estuviese dotado de la sensibilidad y la empatía adecuadas, el buen servicio estaría garantizado. Si esto no se da, podríamos caer en las garras de un médico como House, el de la famosa serie, un cojo amargado que desata la adrenalina de sus pacientes y familiares. Tampoco es eso lo que queremos, ¿verdad?.

¿Es esto mucho pedir?. En un país como el nuestro, tan aficionado a lo mágico, me temo que sí.

De cualquier forma, hoy día es posible practicar una medicina científica, y un buen indicador del nivel de vida de una comunidad sería conocer el tipo de medicina que practican sus médicos.

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