Hace unos días -creo que el martes pasado- vi anunciada , en el programa de Jesús Quintero, “Ratones coloraos”, una entrevista con Mario Conde. No pude verla. Hace algún tiempo, creo que en Telecinco, vi otra entrevista que le hicieron, y me gustó.
Hoy he estado buscando en “you tube”, y en algún otro sitio, por ver si la localizaba y podía escucharla. No la he localizado pero, entretanto, he ido encontrando retazos de la vida de Mario Conde, y entre ellos he dado con su blog.
Recuerdo cuando Mario Conde andaba en la cresta de la ola, y todos los jóvenes deseaban ser como él. Era un hombre inteligente, número uno de su promoción en las oposiciones de abogacía del estado, presidente en ese momento de Banesto, uno de los grandes bancos del país, y para colmo guapetón, con buena facha y pinta de gentleman. Recuerdo que lo hicieron Doctor “honoris causa” por la Complutense, y que la flor y nata del país deseaba codearse con él. Era la viva imagen de un absoluto triunfador, hecho a sí mismo, en un mundo, el de los grandes banqueros, de tiburones sedientos de sangre ajena.
Yo, por aquellas fechas, aunque mucho más joven que ahora, no deseaba ser como Mario -aunque me hubiera gustado disfrutar parte de su dinero-, porque mis aficiones siempre fueron otras, y el mundo de las finanzas, y el empresarial, siempre fue ajeno a mis intereses. No obstante, conocía por encima la biografía del personaje porque nos la servían hasta en la sopa. Recuerdo que la imagen que trasmitían de él, o al menos la que yo recuerdo, era la de un triunfador, inteligente, listo, frívolo y con pocos escrúpulos.
De la noche a la mañana, saltó el escándalo, y empezaron a a atribuirle delitos de todo tipo, y en un visto y no visto, pasó de ser el personaje más admirado al tipo más reprobable. Recuerdo que ingresó en prisión unos días antes de Navidad, y todo aquello se me hacía insoportablemente cruel. No conozco si cometió delitos, si se pudieron demostrar, si perjudicó a los accionistas de Banesto a conciencia, ni si fue culpable de todo lo que le atribuyeron. Sé que sentí pena, por él y por su familia, y desde entonces pasó a interesarme mucho más el personaje. Representaba la imagen del ídolo caído, del ídolo con pies de barro, o era la imagen que pretendían trasmitirnos, y que yo nunca me creí del todo. Ni en sus momentos de gloria pensé que fuera tan héroe, ni cuando lo encarcelaron que fuera tan villano.
Desde entonces leía, en la prensa, todo lo que caía en mis manos sobre Mario, aunque nunca se me ocurrió comprar ningún libro de los que escriben tantos oportunistas. Recuerdo que me producía satisfacción saber, como contaban, que se había adaptado perfectamente a la vida carcelaria, y que impartía clases a los presos. No me crean, pero estoy por asegurar que en algún sitio leí que impartió una clase sobre la teoría de la relatividad, y pensé: ” O es un osado, o es un tipo verderamente inteligente, aunque sólo sea abogado”. Perdónenme la licencia; sé que hay abogados inteligentes, y que la abogacía del estado es una oposición muy dura, pero los abogados no están entre mis profesionales preferidos. El hecho es que, poco a poco, me interesé por su persona, y recuerdo que me hizo mucha gracia cuando leí – no sé si sería verdad – que en uno de sus permisos solicitó que le trajeron unos zapatos negros, porque tenía unos marrones que no combinaban con su traje. El detalle me gustó. Pensé: “no han podido con don Mario”.
En la última entrevista suya que vi, la de telecinco, lo encontré demacrado pero conservando su impoluta elegancia. Le preguntaron por la muerte de su mujer, que siempre estuvo junto a él, y estremecía ver el gesto de dolor de un hombre que había tenido que sufrir lo indecible.
El hecho es que no he encontrado la entrevista con Jesús Quintero, pero he encontrado algo mejor: su blog. Algo que desconocía que tuviera, y que no esperaba. Ciertamente lo celebro, porque es alguien que tiene muchas cosas que contar, y que sabe contarlas. Hoy he leído varias cosas, pero entre éllas la que más me ha gustado es el emotivo relato de la conversación telefónica que mantuvo desde la cárcel con su madre, y el esfuerzo sobrehumano para vencer el odio que asomaba a su corazón, cuando su madre le dijo: “Quizás en un año no viva para volver a verte el próximo agosto”.
Quiero que sepa usted, don Mario, que hubo personas, yo entre ellas, que sintieron la forma en que se cebaron con usted, haciendo leña del árbol caído y, de paso, definiéndose a sí mismas. No puede usted imaginarse la satisfacción que me produce verlo de nuevo con su libertad formal, que no material, como usted mismo bien recalca en sus escritos. Cuando le veo tan elegante, con ese pelo engominado, tan gentleman, me repito: “Con éste no han podido, y vaya que lo intentaron”. ¡Arriba ese ánimo, don Mario!