Detodounpoco

enero 23, 2009

Buscando a Mario Conde

Archivado en: ética,biografía,emoción,familia,personalidad,sentimiento,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 2:33 pm

Hace unos días -creo que el martes pasado- vi anunciada , en el programa de Jesús Quintero, “Ratones coloraos”, una entrevista con Mario Conde. No pude verla. Hace algún tiempo, creo que en Telecinco, vi otra entrevista que le hicieron, y me gustó.

Hoy he estado buscando en “you tube”, y en algún otro sitio, por ver si la localizaba y podía escucharla. No la he localizado pero, entretanto, he ido encontrando retazos de la vida de Mario Conde, y entre ellos he dado con su blog.

Recuerdo cuando Mario Conde andaba en la cresta de la ola, y todos los jóvenes deseaban ser como él. Era un hombre inteligente, número uno de su promoción en las oposiciones de abogacía del estado, presidente en ese momento de Banesto, uno de los grandes bancos del país, y para colmo guapetón, con buena facha y pinta de gentleman. Recuerdo que lo hicieron Doctor “honoris causa” por la Complutense, y que la flor y nata del país deseaba codearse con él. Era la viva imagen de un absoluto triunfador, hecho a sí mismo, en un mundo, el de los grandes banqueros, de tiburones sedientos de sangre ajena.

Yo, por aquellas fechas, aunque mucho más joven que ahora, no deseaba ser como Mario -aunque me hubiera gustado disfrutar parte de su dinero-, porque mis aficiones siempre fueron otras, y el mundo de las finanzas, y el empresarial, siempre fue ajeno a mis intereses. No obstante, conocía por encima la biografía del personaje porque nos la servían hasta en la sopa. Recuerdo que la imagen que trasmitían de él, o al menos la que yo recuerdo, era la de un triunfador, inteligente, listo, frívolo y con pocos escrúpulos.

De la noche a la mañana, saltó el escándalo, y empezaron a a atribuirle delitos de todo tipo, y en un visto y no visto, pasó de ser el personaje más admirado al tipo más reprobable. Recuerdo que ingresó en prisión unos días antes de Navidad, y todo aquello se me hacía insoportablemente cruel. No conozco si cometió delitos, si se pudieron demostrar, si perjudicó a los accionistas de Banesto a conciencia, ni si fue culpable de todo lo que le atribuyeron. Sé que sentí pena, por él y por su familia, y desde entonces pasó a interesarme mucho más el personaje. Representaba la imagen del ídolo caído, del ídolo con pies de barro, o era la imagen que pretendían trasmitirnos, y que yo nunca me creí del todo. Ni en sus momentos de gloria pensé que fuera tan héroe, ni cuando lo encarcelaron que fuera tan villano.

Desde entonces leía, en la prensa, todo lo que caía en mis manos sobre Mario, aunque nunca se me ocurrió comprar ningún libro de los que escriben tantos oportunistas. Recuerdo que me producía satisfacción saber, como contaban, que se había adaptado perfectamente a la vida carcelaria, y que impartía clases a los presos. No me crean, pero estoy por asegurar que en algún sitio leí que impartió una clase sobre la teoría de la relatividad, y pensé: ” O es un osado, o es un tipo verderamente inteligente, aunque sólo sea abogado”. Perdónenme la licencia; sé que hay abogados inteligentes, y que la abogacía del estado es una oposición muy dura, pero los abogados no están entre mis profesionales preferidos. El hecho es que, poco a poco, me interesé por su persona, y recuerdo que me hizo mucha gracia cuando leí – no sé si sería verdad – que en uno de sus permisos solicitó que le trajeron unos zapatos negros, porque tenía unos marrones que no combinaban con su traje. El detalle me gustó. Pensé: “no han podido con don Mario”.

En la última entrevista suya que vi, la de telecinco, lo encontré demacrado pero conservando su impoluta elegancia. Le preguntaron por la muerte de su mujer, que siempre estuvo junto a él, y estremecía ver el gesto de dolor de un hombre que había tenido que sufrir lo indecible.

El hecho es que no he encontrado la entrevista con Jesús Quintero, pero he encontrado algo mejor: su blog. Algo que desconocía que tuviera, y que no esperaba. Ciertamente lo celebro, porque es alguien que tiene muchas cosas que contar, y que sabe contarlas. Hoy he leído varias cosas, pero entre éllas la que más me ha gustado es el emotivo relato de la conversación telefónica que mantuvo desde la cárcel con su madre, y el esfuerzo sobrehumano para vencer el odio que asomaba a su corazón, cuando su madre le dijo: “Quizás en un año no viva para volver a verte el próximo agosto”.

Quiero que sepa usted, don Mario, que hubo personas, yo entre ellas, que sintieron la forma en que se cebaron con usted, haciendo leña del árbol caído y, de paso, definiéndose a sí mismas. No puede usted imaginarse la satisfacción que me produce verlo de nuevo con su libertad formal, que no material, como usted mismo bien recalca en sus escritos. Cuando le veo tan elegante, con ese pelo engominado, tan gentleman, me repito: “Con éste no han podido, y vaya que lo intentaron”. ¡Arriba ese ánimo, don Mario!

enero 17, 2009

Cuando la tristeza nos invade

Archivado en: emoción,familia,pérdida,sentimiento,soledad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 8:51 pm

Hay momentos en que la tristeza nos embarga, como cuando un ser querido nos abandona para siempre. Sin embargo, hay que sacar fuerzas de flaqueza para seguir en esta noria que no se para, absolutamente ajena a nuestro dolor. De algún modo habrá que colorear este desgarro indescriptible, para que el tiempo lo acabe transformando en nostalgia que, como acertadamente la definió Victor Hugo, no es más que una forma más placentera de la propia tristeza.

Algo de nosotros se va para siempre con él, pero todos debemos procurar que el sol vuelva a brillar en nuestros corazones, pues éste sería, creo yo, el mejor homenaje póstumo que se le puede rendir. De nada sirve recrearse en el dolor, y quién sabe si quizás algún día nos volvamos a encontrar.

De cualquier forma, únicamente el tiempo transformará ese inmenso dolor en un sentimiento compatible con el esbozo de una sonrisa nostálgica.

Ya no estamos todos, pero siempre vivirá en nuestro recuerdo, y en el de nuestros hijos, y en estas palabras que pretenden mantener vivo su recuerdo.

En estos momentos, existen en mí sentimientos encontrados: por un lado he sentido el sosiego de pensar que una persona querida deja de sufrir, y, por otro, un enorme sentimiento de vacío por no tener ya que preocuparme de mi padre. Supongo que eso sólo ocurre cuando se ha querido de verdad: que la ausencia de preocupación te deja un vacío, y no sabes si preferías la preocupación o el vacío.

Hoy prefiero preferir que ya no tenga sufrimiento alguno, ni el propio ni el causado por los médicos. Mañana, no sé. Supongo que esta ambivalencia sentimental marcará durante un tiempo su recuerdo. Si predomina la sensación de vacío está hablando nuestro egoísmo, pero qué difícil es no ser egoísta cuando se trata de la ausencia de tu padre.

No quería volver a escribir en mi blog sobre asuntos personales, pero hoy se cierra un capítulo y quería encontrar alguna forma de desahogo. Quizás, pienso, pueda leer mis cartas, y pueda saber que hubo muchas cosas que quise decirle y nunca acerté a hacerlo. Pensar esto me reconforta, y no me importa la verdad o falsedad del pensamiento, sino tan sólo el confort que me produce. Si fuera verdadero sería mavilloso, y si de una ilusión se tratara también sería una ilusión bendita.

Lo que consigo expresar es apenas un triste balbuceo de lo que siento, pero las palabras se tornan insuficientes para el sentimiento que me embarga. Creo que esto que escribo es una pesadilla, un mal sueño, y sé que tendré que desvelarme muchas veces hasta asumir que ha ocurrido de verdad.

Nadie podrá sustituir a mi padre, y nadie lo sustituirá, y confío en que si puede leer esta carta su alma se vea henchida de serena satisfacción.

Hasta  la vista.

noviembre 13, 2008

Mi padre

Archivado en: emoción,familia,pérdida,sentimiento,soledad,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:42 pm

Es la primera vez que escribo en mi blog sobre algo personal, que a nadie tiene que importar más que a mí, y lo hago por un motivo personal también: buscando una forma de desahogo, una forma de grito que no soy capaz de articular.

Tras aguantar a mucho necio con bata blanca, hoy, por fin, me he encontrado con un médico, con una persona sensata y humana que me ha informado sobre el pronóstico de mi padre, no hablando de deterioro ni de vaguedades, palabras más propias de un curandero que de un médico, sino de diagnósticos concretos. Además, sin ensañamientos diagnósticos ni terapéuticos, sino con conocimiento, con interés y con sensatez.

He pensado más veces en los defectos de mi padre que en sus virtudes, lo cual no ha sido sino un signo de estupidez por mi parte. Hoy, que al verlo tan desvalido y con la mirada perdida quizás ya no me pueda entender, me gustaría ensalzar sus virtudes. Mi padre ha sido más un hombre de acción, y emprendedor, que un hombre contemplativo, pero gracias a esto se pudo permitir que sus seis hijos pudieran estudiar la carrera que quisieron, en magníficos colegios mayores y hasta en universidades privadas. Nunca le he conocido deprimido, salvo quizás en estos últimos meses. Acometía cualquier actividad sin el menor rubor, como si la hubiera realizado toda su vida, y ante cualquier tipo de público. Esto, que bien podría considerarse un defecto desde el punto de vista de los otros, lo dotaba de una ingenuidad infantil que lo hacía inmune a la depresión. Ha sido un hombre que se ha hecho a sí mismo. Hoy me gustaría decirle que pintaba muy bien, que tocaba muy bien el piano, que cantaba mejor que nadie, y no sé cuántas cosas más…. Se lo diré, poco a poco, y espero que tengo reservas neuronales para entenderme.

Hoy siento que mi padre es parte de mí, algo muy mío, y eso que muchas veces lo sentí muy ajeno. Es cierto que antes los padres no eran amigos de los hijos, como tanto se dice ahora, pero creo que a su manera siempre se ha preocupado de todos nosotros. Desde luego ningún amigo, ni por asomo, se puede comparar a mi padre. El cariño que siento por él es mucho mayor del que nunca hubiera sospechado. Lástima que tome conciencia plena de ello tan tarde. Los amigos, incluso los mejores, son siempre circunstanciales, pero la familia, con todos sus problemas, con todas sus historias, siempre debe estar ahí.

Desde hace algún tiempo mi hija pequeña se me acerca a veces, y me pide que no esté triste, que abuelito se va a poner bien. Ese gesto me enternece, pero me pone más triste aún. Algún día ella leerá lo que escribo hoy, y quizás su hija – o su hijo – le digan lo mismo a ella: no estés triste mamá, que abuelito se pondrá bien, y quizás recuerde el semblante triste que hoy, a mí, me es imposible disimular.

No sé por qué escribo esto, ni por qué lo publico en un blog, cuyo objetivo original era otro, tan alejado de lo personal, pero sé que me ha servido para expulsar fuera tanta emoción contenida, disimulada, acallada.

Si a alguien mis palabras de hoy le han servido para dar expresión verbal a un sentimiento parejo, la publicación de esta emoción callada hasta ahora no será baldía. A mí me ha servido para dos cosas: para lanzar un grito de dolor que no sé articular de otra forma, y para homenajear a mi padre de la mejor forma que sé.

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