Este artículo está dedicado a todos aquellos que, como mis hijos, están en esa difícil edad – la adolescencia – en la que su felicidad suele depender, casi exclusivamente, de la aprobación o desaprobación de sus amigos.
En teoría, si comprendieran la verdaera naturaleza de esta relación – de la amistad – podrían aprovechar todas sus ventajas, minimizando los inconvenientes. No obstante esto es pura ilusión, porque aunque lo lean no lo asimilarán, y sólo cuando no les haga falta lo aprehenderán, y además por sus propios medios. No obstante, espero que valga como un mero ejercicio intelectual.
Quizás, la mejor manera de comprender aquello en qué consiste la amistad sea intentando averiguar cómo se forja una amistad, y cómo desaparece una vez forjada. Aunque puedan existir amistades platónicas, supondremos, para nuestros propósitos, que la amistad sólo puede surgir entre personas que se conocen directamente, sin intermediarios. La amistad con otra persona surge en el momento en que nuestras afinidades con ella superan nuestras diferencias, de forma que su presencia suele resultarnos grata. La amistad surge, de esta forma, como una especie de balance que hacemos sobre la otra persona, y en uno de los platillos de la balanza colocamos nuestras afinidades, y en el otro lo que nos separa de él. Si nuestra valoración peculiar inclina el primer platillo hacia abajo entonces decimos que nos sentimos “amigo” del otro, y esta valoración continúa a lo largo del tiempo, pero el tiempo entonces también se considera un integrante del primer platillo. De hecho, resulta normalmente mucho más fácil romper una amistad de muchos años que una amistad reciente. Habitualmente, aunque no siempre – pues existen falsas amistades, simuladas por el engaño, o por el interés -, la amistad suele ser un sentimiento recíproco, de la misma forma que la antipatía.
La amistad no es más que eso, un puro balance subjetivo, por mucho que queramos disfrazarlo con nociones románticas. De hecho, la amistad, cuando nace y crece, hace falta cultivarla para que no se marchite. Si no se hace desaparece, y únicamente el recuerdo de los momentos compartidos nos puede crear la ilusión de que sigue existiendo algo que desapareció hace tiempo.
Hemos visto cómo surge la amistad, y ahora analizaremos la causa más frecuente de que desaparezca. Dejaremos a un lado la pérdida de una amistad por la ausencia o por la lejanía del amigo, y nos centraremos en la amistad que se pierde con la presencia del amigo.
Ese primer balance al que nos referíamos cuando surge una amistad se va refinando con el tiempo, pero sin dejar de ser un balance, y cuando pasa más o menos tiempo tenemos un elenco de personas a las que consideramos nuestros amigos. Posteriormente, solemos establecer expectativas sobre nuestros amigos. Estas expectativas no son lo que el amigo nos ofrece, sino lo que nosotros esperamos de él, y están hechas, por tanto, a nuestra medida, y no a la medida de nuestro amigo.
Por lo general, aunque no siempre, solemos exigir igual o más de lo que estamos dispuestos a entregar, y son precisamente esas expectativas a las que me refería en el párrafo anterior las que más frecuentemente destruyen una amistad. La decepción, ocasionada por unas expectativas frustradas, suele ser la causa más común de la disolución de una amistad. No debemos olvidar que nuestras expectativas no son sino un reflejo de nuestra propia personalidad, y que nada tienen que ver con la personalidad de nuestro amigo. Depositar expectativas en el amigo supone mirarlo en nuestro propio espejo, y éste es el camino más directo para que una amistad desaparezca.
Normalmente, y aunque resulte paradójico a primera vista, la gente con personalidad afianzada, la que está menos dispuesta a cambiar por los otros, suele ser la que hace amigos con más facilidad. Aquellos que solicitan amistad, o los que están dispuestos a cambiar para conseguirla – los tímidos, los inseguros – tienen mucha más dificultad para hacer amigos. Si lo analizamos a la luz de nuestro análisis anterior no tiene nada de extraño, puesto que las personas seguras de sí mismas, dotadas de fuerte personalidad, al estar dispuestas a entregar menos, también van a rebajar sus expectativas respecto de los otros, haciendo esto más difícil que la amistad desaparezca. Por el contrario, los inseguros, al estar dispuestos a entregarlo todo coon tal de tener amigos, tarde o temprano exigirán una contrapartida mayor, y esa expectativa defraudada acabará rompiendo la amistad. Decía Bertrand Russell que la naturaleza humana suele ser tan miserable que recibe menos amor aquel que más lo solicita.
¿Cuál puede ser la razón de que aquellos que están dispuestos a entregar menos a cambio de amistad la encuentren con más facilidad? Una posible razón es que al ser personas seguras de sí mismas, con fuerte personalidad, eso despierte admiración. Quizás, nuestros genes, por razones de selección natural, nos inclinen más a hacernos amigos de los “fuertes”, de los seguros, de aquellos dotados de fuerte personalidad, que de los inseguros o “débiles”. Quizás nos parezca más sincera, más auténtica, la actitud de quien no está dispuesto a ofrecerlo todo que de quien está dispuesto hasta a cambiarse a sí mismo por amistad. Quizás, por todo esto, los que en principio parece que menos dan, son los que más reciben.