Detodounpoco

Enero 2, 2008

La familia en Navidad

Archivado en: Navidad, divulgación, felicidad, moda, pensamiento, religión — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:07 am

La mayoría de las familias españolas, fuesen o no católicas, solían reunirse con motivo de las fiestas navideñas, y el recuerdo infantil de muchos de nosotros está vinculado a la escena de una familia unida en torno a unos padres aún jóvenes.

El paso del tiempo hace imposible revivir dichas escenas, a veces por pérdidas irremediables, a veces por ausencias, y otras porque los padres atraviesan un difícil invierno en sus vidas. El hecho es que ya nada vuelve a ser igual.

 Observar el declive físico de los padres, y la consiguiente pérdida de autonomía para las funciones más cotidianas, constituye un panorama desolador. La posibilidad de poder suplir tan graves deficiencias con la ayuda de algún ser querido, o mediante mercenarios, constituye un privilegio en los días que corren, pero resulta un consuelo insuficiente. Las personas que han sido activas y autónomas no suelen aceptar con resignación la llegada de su invierno vital, y la falta de alegría y de ánimo suele ser una constante, y el disponer de tiempo les supone un enorme inconveniente pues no encuentran la forma de emplearlo.

La pérdida de memoria y de facultades mentales se encuentra entre las deficiencias que más despersonalizan. Al fin y al cabo, nuestro “yo” no es más que la conciencia de nuestra biografía revivida en la memoria. Sabemos que somos porque recordamos lo que hemos sido, y llega un momento en que desconocemos a los demás e incluso a nosotros mismos. Es cuando seguimos estando, pero ya no somos. O somos sólo a ratos un pobre remedo de lo que fuimos.

El sentido religioso de la Navidad se ha ido perdiendo y, perdido el sentido familiar, la fiesta queda reducida a muñecotes colgados en los balcones, a lucecillas multicolores, a muchedumbres que atestan los supermercados, y a carritos atestados de viandas hipercalóricas. Se ha convertido en la fiesta del consumismo por excelencia, y ha perdido su sentido original, conservando su sentido familizar tan sólo para los más pequeños. A los demás, con muchos más años, la Navidad nos devuelve el recuerdo de lo que nuestros padres fueron y ya nunca podrán ser. Quizás, ese consumismo grotesco sea la torpe forma que tenemos de soslayar la añoranza de lo perdido.

En otro tiempo, la mayor escasez y un profundo religioso sentido de la vida hacían que las pérdidas insolasyables se combatieran con resignación cristiana. La resignación, entendida como la forma cabal de aceptar lo inevitable, no es el signo de nuestros tiempos. Hoy, se nos dice que la cirugía estética hace milagros, que podemos mantenernos jóvenes y saludables con cremas y potingues diferentes durante mucho tiempo, y que los viejos estarán magníficamente atendidos con la nueva ley de Dependencia.

La resignación no tiene que tener un sentido religioso, pero la mayoría de las personas es más fácil que la tengan si poseen fe. La resignación sin fe exige una cierta sabiduría que la mayoría de las personas no poseemos, y que hace que busquemos en la Ciencia - en el mejor de los casos -, o en la superchería - en el peor - la solución a todos nuestros males y a todos nuestros desvelos.

No quiero que se interprete que estoy justificando la existencia de la religiosidad en dichas razones, puesto que para mí la religiosidad sólo se puede entender desde la fe, y nunca desde el oportunismo o desde la conveniencia. Sí constituye, sin embargo, una explicación a parte de la insatisfacción vital que vive nuestra sociedad, y que en la Navidad su manifestación más expresiva se traduce en un consumismo obsceno.

Octubre 13, 2007

Lo necesario, lo útil y lo superfluo

Archivado en: divulgación, educación, enseñanza, felicidad, lenguaje, libertad, pedagogía, pensamiento, sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:14 am

La perversión interesada del lenguaje ha llegado a ser un fenómeno tan propio de nuestro tiempo que ha conseguido sus propósitos: transformar las mentes al servicio de los intereses publicitarios. Es un fenómeno tan perverso que excede a su finalidad original - que la gente adquiera el producto, o el servicio que se publicita -, y consiguen organizarnos la vida según sus intereses, haciendo además que si intentamos ser independientes nos sintamos desgraciados en mayor o menor grado. Nadie escapa a la voracidad de las grandes campañas publicitarias, pero los niños y la gente joven, e inmadura en general, son sus víctimas principales.

La nefasta influencia que tales campañas despiadadas de publicidad ejercen en nuestra sociedad, y entre nuestros jóvenes en particular, no es fácil de corregir ni es probable que exista interés en hacerlo. Por un lado están los intereses de las grandes empresas, y su influencia sobre el poder político que podría arbitrar leyes destinadas a atajar semejante desmesura, así como alertar a nuestros jóvenes del terrible efecto que dichas campañas pueden ejercer sobre su personalidad y sobre sus vidas. Atajar el problema desde todos los ángulos posibles equivaldría a cambiar la sociedad de mercado, profundamente injusta desde mi punto de vista, en que estamos inmersos.

Entretanto, nos tendremos conformar con mucho menos. Quizás, lo primero sea visualizar y definir el problema, y su envergadura. Si no nos hacemos plenamente conscientes de ello vanos resultarán todos nuestros intentos.

Nuestros políticos deberían sacar adelante una ley de ética publicitaria, que castigara con multas proporcionales al daño que ocasionan la perversión lingüística de determinadas campañas publicitarias. Cualquier insinuación en un anuncio, por ejemplo, a presentar el último modelo de móvil como una necesidad, sin el cual nos vamos a sentir desgraciados, debería estar absolutamente prohibida por ley, y habría un órgano formado por intelectuales independientes, y a ser posible anónimos, que se encargarían de dictaminar sobre la influencia perversa, abierta o subliminal, de las campañas de publicidad.

Paralelamente, el sistema educativo y los medios públicos impartirían a la sociedad, y a nuestros jóvenes, charlas, conferencias, cursos y cuanto se estime conveniente, destinadas a combatir la influencia negativa de la codicia de las grandes empresas.

Lo necesario, lo que precisamos para vivir, se ha hipertrofiado de una forma absolutamente interesada, y una gran mayoría hoy siente como necesario el ordenador, internet, el móvil y el último mp4. Sin embargo, paradójicamente, nadie considera necesario que nos libren de la perniciosa influencia de la publicidad, que nos aliena como personas fomentando a un tiempo lo peor que llevamos dentro.

Mientras que lo necesario debería ser algo muy restrictivo, y con un contenido objetivo, lo útil dependería exclusivamente de la persona que lo juzgue. Para unas personas será útil un ordenador, y para otras será más útil un balón de fútbol.

Puesto que nuestras necesidades son muy escasas, y nuestros intereses limitados, lo superfluo es el capítulo fundamental de las campañas de publicidad, y la mayor parte de las cosas que acumulamos se deberían incluir en este capítulo.

Reflexionar adecuadamente, y de forma repetida - la única forma de ccambiar nuestros hábitos, los mentales incluidos - sobre esta materia y sobre estos conceptos podría repercutir de forma muy favorable sobre nuestra libertad de elegir y sobre nuestra felicidad. De entrada, sería más difícil sentirse desgraciado por causa ajena, y disminuiría la envidia puesto que todos sabríamos que los más ricos lo que acumulan son sólo cosas superfluas. No existiría entonces ese interés desmesurado por hacerse rico, disminuiría la explotación, y el hombre buscaría aquellas cosas a las que nunca debió renunciar, sin siquiera saberlo: ser uno mismo, y no lo que quiera determinado Banco, o determinada empresa.

 Sé que este último párrafo puede resultar utópico y esa ha sido mi intención al redactarlo, porque muchas utopías de hoy son el revulsivo necesario para cambiar el presente.

Septiembre 17, 2007

Un verano menos

Archivado en: aficiones, entretenimiento, felicidad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:23 am

Cuando yo era mucho más joven el final del verano lo marcaba la final del trofeo Carranza. Por aquel entonces este trofeo se celebraba a finales de agosto, y cuando finalizaba, ya comenzado septiembre, el paseo marítimo de Cádiz presentaba un aspecto desolado. Era como si, por arte de magia, todo el mundo hubiese desaparecido.  En aquellos tiempos ese paisaje anunciaba, de forma inexorable, el comienzo del nuevo curso, ya fuese en los últimos años del colegio o en la facultad. Hoy, sin embargo, recuerdo con cierta carga de nostalgia aquel paisaje desolado, quizás porque el actual lo sea aún más.

 Hoy, el final del verano lo señala el comienzo de curso de mis hijos, lo cual supone un cambio drástico en nuestros biorritmos.

 Hasta donde se remonta mi memoria puedo afirmar que el verano siempre me ha sentado bien. Me gusta la playa, las terrazas, el sol, los tardíos oscureceres, y si me apuran hasta el calor del que tanto nos quejamos. También me gusta más la ropa de verano que la de invierno, y por supuesto la cerveza muy fría, bien tirada, en vaso fino, parecido al de servir sidra, pero más pequeño, y con el punto adecuado de espuma. Si hace muchísimo calor me gusta una cerveza ligera, como la Cruzcampo de barril, y si hace algo más de fresco prefiero otra con más cuerpo, como la Mahou, también de barril.

 En el verano todo transcurre más lento, al menos en Cádiz, y los políticos parecen olvidarse de nosotros, y nosotros de ellos, y todo resulta más desenfadado, menos serio que en invierno. Las aglomeraciones, a veces, es cierto, se hacen insufribles, y es difícil encontrar mesa en los restaurantes, y te atienden peor, pero qué quieren que les diga………, me gusta el verano.

 Hoy, como considero que el verano se ha interrumpido, reanudo la actividad en mi blog, aunque con un tema ligero como éste, como quien quiere ir acostumbrando el cuerpo poco a poco a la nueva estación.

He conocido a personas a las que les encanta el otoño, y no seré yo quien niegue ese encanto. Lo cierto es que aquí el otoño sólo lo notamos por el mal tiempo que suele acompañarlo, y no disfrutamos de grandes bosques con sus árboles y sus hojas marchitas. Parece indudable que la climatología influye en los caracteres, y que determinadas enfermedades mentales asociadas con el ánimo, como la depresión, afloran con mayor frecuencia en determinadas estaciones, en otoño y en primavera.

El hecho es que hoy empiezan mis hijos el colegio, y comienzan de nuevo las historias de siempre: los profesores nuevos, los cambios de clase con los consiguientes nuevos compañeros - un experimento educativo que no se practicaba en mis tiempos, y que pretende que todos  conozcan a todos -, el material didáctico inacabable, y compuesto por “útiles” que sólo encuentras visitando numerosas papelerías. En fin, qué les voy a contar que ustedes no sepan.

Bueno, pues hay gente para todo. Mi mujer me cuenta que conoce a varias personas que renacen tras el verano, cuando se reanudan los corrillos escolares de madres que se forman depués de dejar a los niños en el colegio. Al parecer el verano las deprime, y los corrillos las reaniman. Estoy pensando en apuntarme, a los corrillos.

Abril 24, 2007

Más sobre la felicidad

Archivado en: cerebro, divulgación, felicidad, mente, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:09 am

En un artículo anterior sobre este tema - ver La felicidad- defendía la naturaleza genética de la propensión hacia la dicha o hacia la infelicidad.

En el magazine de El Mundo de esta semana, de fecha 22 de abril de 2007, venía un reportaje periodístico titulado “Declarado el hombre más feliz del planeta”. El mismo versaba sobre un estudio efectuado por especialistas en neurociencia afectiva - sea eso lo que sea - a un tal Matthieu Ricard, que en dicho estudio había sido nombrado “el hombre más feliz de la tierra”.

Hasta aquí nada especial a reseñar, pues todo indicaba que se trataba de un reportaje sensacionalista al que los periodistas nos tienen tan acostumbrados. Sin embargo, seguí leyendo y advertí que su padre fue Jean Francois Revel, el famoso escritor y filósofo liberal francés, fallecido el pasado año, y tan conocido por su pensamiento democrático liberal y por ser el autor de obras como “La tentación totalitaria”, o “El conocimiento inútil”. Este hecho despertó en mí más interés por el personaje, por Mattieu Ricard.

Ricard hizo el doctorado en genética celular en el Instituto Pasteur de París, y trabajó con el premio Nobel de medicina Francois Jacob. Sin embargo, tras el estudio de textos budistas decidió imprimir un cambio radical a su vida, dando un disgusto monumental al filósofo liberal que era su padre, y partió hacia el Himalaya para hacerse discípulo de Kangyur Rinpoche, un histórico maestro del Tibet de la tradición más ancestral del budismo. Corría el año 1972, y las próximas tres décadas de la vida de este hombre serían dignas del mejor guión de película.

Conoció al Dalai Lama y en 1989 se convirtió en su asesor personal y en su traductor al francés, convirtiéndose en la figura budista occidental más influyente del mundo, habiendo recibido la Orden Nacional Francesa. Ha escrito muchos libros, uno a medias con su padre, “El monje y el filósofo”, que sólo en Francia vendió 500.000 copias. Me hubiera gustado otro libro escrito a medias sobre gastronomía, porque Revel era un consumado gastrónomo y un gran gourmet, mientras que su hijo debe subsistir a base de vegetales.

Aparte, ha escrito otros libros, todos en torno a la consecución de la felicidad, de la que se muestra un firme defensor, aún reconociendo que requiere un importante esfuerzo. Es, como digo, un firme defensor de la plasticidad de la mente, y de su capacidad para ser moldeada.

Por supuesto el reportaje no destaca nada importante de la metodología del estudio realizado en Winsconsin a Ricard, sino que se limita a decir que le colocaron 256 sensores para detectar su nivel de estrés, irritabilidad, enfado, placer, satisfacción y así con decenas de sensaciones diferentes, así como pruebas de resonancia magnética nuclear frecuentes. Según parece, en el baremo efectuado, superó con creces a cientos de voluntarios, desbordando los límites de felicidad previstos en el estudio.

Ricard ha escrito una decena de libros, todos éxitos editoriales, y ha destinado todo el dinero de sus cuantiosas ventas a obras de caridad. Practica el celibato dede los 30 años, y hoy cuenta con 61, y carece de todas las cosas que la mayoría perseguimos con mayor o menor ahínco.

Sería interesante conocer la metodología del estudio, aunque yo dudo mucho que una serie de ondas recogidas por unos electrodos, y que unas imágenes obtenidas por resonancia magnética nos permitan obtener unas puntuaciones válidas sobre la felicidad de las personas.

Siempre he pensado, no obstante, que técnicas milenarias para meditar y aislar la mente, tan comunes en el budismo, sí deben aportar cuando menos serenidad al espíritu y, quizás, esta ausencia de estrés y de angustia de cualquier tipo sí vaya asociada a un determinado patrón de ondas elctroencefalográficas. La felicidad, sin embargo, intuyo que es algo más que la serenidad y que la ausencia de estrés, y que no hay patrón elctroencefalográfico que lo capte, por muchos electrodos que se coloquen en el cráneo.

No dudo que a Ricard el tipo de vida que eligió a sus treinta años le haya hecho sentirse realmente feliz; quizás estuviera predispuesto genéticamente para sentirse feliz así. Otros, muy probablemente no soportaran ese tipo de vida.

Sigo pensando que, salvo casos aislados, la mayoría de las personas han de desenvolverse en su ambiente habitual y que genéticamente unos están más predispuestos que otros a ver el vaso medio lleno, y a gozar con las pequeñas cosas y a minimizar los contratiempos. Sí creo en algunas técnicas para racionalizar y minimizarlas contrariedades, así como en otras para conseguir un adecuado estado de relajación.

De cualquier forma me parecía oportuno hacer mención al reportaje sobre la vida y el estudio realizado a Ricard en Wisconsin, así como a su última obra traducida al español titulada “Defensa de la felicidad”, por si alguien estima oportuno emprender un viaje al Tibet para reencontrarse con lo más profundo de su ser.

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