Detodounpoco

julio 12, 2009

Sobre la amistad

Archivado en: amistad,ética,divulgación,educación,emoción,enseñanza,felicidad,pensamiento,personalidad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:55 am

Este artículo está dedicado a todos aquellos que, como mis hijos, están en esa difícil edad – la adolescencia – en la que su felicidad suele depender, casi exclusivamente, de la aprobación o desaprobación de sus amigos.

En teoría, si comprendieran la verdaera naturaleza de esta relación – de la amistad – podrían aprovechar todas sus ventajas, minimizando los inconvenientes. No obstante esto es pura ilusión, porque aunque lo lean no lo asimilarán, y sólo cuando no les haga falta lo aprehenderán, y además por sus propios medios. No obstante, espero que valga como un mero ejercicio intelectual.

Quizás, la mejor manera de comprender aquello en qué consiste la amistad sea intentando averiguar cómo se forja una amistad, y cómo desaparece una vez forjada. Aunque puedan existir amistades platónicas, supondremos, para nuestros propósitos, que la amistad sólo puede surgir entre personas que se conocen directamente, sin intermediarios. La amistad con otra persona surge en el momento en que nuestras afinidades con ella superan nuestras diferencias, de forma que su presencia suele resultarnos grata. La amistad surge, de esta forma, como una especie de balance que hacemos sobre la otra persona, y en uno de los platillos de la balanza colocamos nuestras afinidades, y en el otro lo que nos separa de él. Si nuestra valoración peculiar inclina el primer platillo hacia abajo entonces decimos que nos sentimos “amigo” del otro, y esta valoración continúa a lo largo del tiempo, pero el tiempo entonces también se considera un integrante del primer platillo. De hecho, resulta normalmente mucho más fácil romper una amistad de muchos años que una amistad reciente. Habitualmente, aunque no siempre – pues existen falsas amistades, simuladas por el engaño, o por el interés -, la amistad suele ser un sentimiento recíproco, de la misma forma que la antipatía.

La amistad no es más que eso, un puro balance subjetivo, por mucho que queramos disfrazarlo con nociones románticas. De hecho, la amistad, cuando nace y crece, hace falta cultivarla para que no se marchite. Si no se hace desaparece, y únicamente el recuerdo de los momentos compartidos nos puede crear la ilusión de que sigue existiendo algo que desapareció hace tiempo.

Hemos visto cómo surge la amistad, y ahora analizaremos la causa más frecuente de que desaparezca. Dejaremos a un lado la pérdida de una amistad por la ausencia o por la lejanía del amigo, y nos centraremos en la amistad que se pierde con la presencia del amigo.

Ese primer balance al que nos referíamos cuando surge una amistad se va refinando con el tiempo, pero sin dejar de ser un balance, y cuando pasa más o menos tiempo tenemos un elenco de personas a las que consideramos nuestros amigos. Posteriormente, solemos establecer expectativas sobre nuestros amigos. Estas expectativas no son lo que el amigo nos ofrece, sino lo que nosotros esperamos de él, y están hechas, por tanto, a nuestra medida, y no a la medida de nuestro amigo.

Por lo general, aunque no siempre, solemos exigir igual o más de lo que estamos dispuestos a entregar, y son precisamente esas expectativas a las que me refería en el párrafo anterior las que más frecuentemente destruyen una amistad. La decepción, ocasionada por unas expectativas frustradas, suele ser la causa más común de la disolución de una amistad. No debemos olvidar que nuestras expectativas no son sino un reflejo de nuestra propia personalidad, y que nada tienen que ver con la personalidad de nuestro amigo. Depositar expectativas en el amigo supone mirarlo en nuestro propio espejo, y éste es el camino más directo para que una amistad desaparezca.

Normalmente, y aunque resulte paradójico a primera vista, la gente con personalidad afianzada, la que está menos dispuesta a cambiar por los otros, suele ser la que hace amigos con más facilidad. Aquellos que solicitan amistad, o los que están dispuestos a cambiar para conseguirla – los tímidos, los inseguros – tienen mucha más dificultad para hacer amigos. Si lo analizamos a la luz de nuestro análisis anterior no tiene nada de extraño, puesto que las personas seguras de sí mismas, dotadas de fuerte personalidad, al estar dispuestas a entregar menos, también van a rebajar sus expectativas respecto de los otros, haciendo esto más difícil que la amistad desaparezca. Por el contrario, los inseguros, al estar dispuestos a entregarlo todo coon tal de tener amigos, tarde o temprano exigirán una contrapartida mayor, y esa expectativa defraudada acabará rompiendo la amistad. Decía Bertrand Russell que la naturaleza humana suele ser tan miserable que recibe menos amor aquel que más lo solicita.

¿Cuál puede ser la razón de que aquellos que están dispuestos a entregar menos a cambio de amistad la encuentren con más facilidad? Una posible razón es que al ser personas seguras de sí mismas, con fuerte personalidad, eso despierte admiración. Quizás, nuestros genes, por razones de selección natural, nos inclinen más a hacernos amigos de los “fuertes”, de los seguros, de aquellos dotados de fuerte personalidad, que de los inseguros o “débiles”. Quizás nos parezca más sincera, más auténtica, la actitud de quien no está dispuesto a ofrecerlo todo que de quien está dispuesto hasta a cambiarse a sí mismo por amistad. Quizás, por todo esto, los que en principio parece que menos dan, son los que más reciben.

febrero 10, 2009

La sabiduría

En el artículo anterior, que titulé Educación para la sabiduría, en contraposición a Educación para la ciudadanía, defendí mi postura de que era preferible una asignatura para enseñar a pensar que impartir contenidos concretos sobre temas discutibles, aunque advertí que el librepensador puede ser peligroso para los gobiernos de turno, sean del signo que sean. Siempre preferirán formar prosélitos que ciudadanos que puedan cuestionar su gestión.

No entré de lleno en lo que yo entiendo por sabiduría, aunque sí aludía en un artículo anterior a la definición del DRAE, que entiende por tal el más alto grado de conocimiento, o la conducta prudente en la vida o en los negocios. La primera acepción es como no decir nada, y en cuanto a la segunda, un individuo precavido, sensato, ya merecería la consideración de sabio.

Antes de entrar a considerar lo que podemos entender por sabiduría, me gustaría dejar claro que no es posible enseñar a pensar sobre determinadas materias hasta una determinada edad, y menos sobre la sabiduría, algo muy relacionado con la experiencia y bastante alejado del batiburrrillo hormonal propio de la juventud. No obstante, se puede conseguir mucho, pero han de colaborar todos los agentes sociales, y no únicamente la escuela.

Las principales cuestiones, a modo de resumen, que desde el principio de los tiempos han preocupado al ser humano, con todas las variantes que queramos añadirles, son éstas: ¿quién soy?, ¿qué sé, y qué debo saber?, y ¿qué debo hacer, o cómo debo actuar?. De la primera se ha ocupado, y se ocupa, la psicología y sus diferentes escuelas, y del sentido de la existencia, si es que tiene algún sentido, se han ocupado las diferentes religiones. De la segunda pregunta se ha ocupado, y es la que lo hace con mayor eficacia, la ciencia, que propone preguntas concretas y ofrece respuestas concretas. No obstante, hay muchas áreas del saber que no son científicas, propiamente dichas, como el hecho de atarse unos cordones, que atañen al saber práctico, y que son imprescindibles para nuestra cotidianeidad. Esto ya lo tratamos con algo más de amplitud en otro artículo titulado la importancia de la cultura, y no es el momento de abundar más en él.

La tercera de las preguntas: ¿qué debo hacer, cómo actuar, cómo comportarme?, es, desde mi punto de vista, la cuestión que más se acerca a la sabiduría, a ese tipo de saber práctico que no consiste en saber cómo freír un huevo, sino en la forma más adecuada de llevar una vida “correcta”, para nosotros mismos y para los demás. Por esto no me convence la definición del diccionario, porque los sabios saben lo que hacer, pero además lo hacen, aún a costa de tener que tomarse la cicuta, como fue el caso de Sócrates, o a sufrir y padecer el escarnio y la cruz, como Jesucristo, o a vivir como un indigente, como Diógenes, y podríamos proseguir los ejemplos sin fin, sin olvidar a Buda, a Lao Tsé, o a Confucio, por si tengo algún lector de la zona de levante. Por tanto, la sabiduría puede suponer asumir riesgos, por comportarse de forma contraria a la moda imperante, o a los cánones aceptados, y esa conducta nunca podría ser calificada como prudente.

Si admitimos que la sabiduría es lo que han sabido y han hecho los sabios, podemos intentar ver si existe un común denominador entre ellos, y si existe alguna inconsistencia insoslayable. Yo, en una primera aproximación, considero que el sabio es un híbrido de inteligencia, bondad, compromiso, serenidad, mesura y desapego por las comodidades materiales. ¿Quién da más?

¿Es posible, o conveniente, una asignatura que intente inculcar en los jóvenes dichas cualidades?

Primero deberíamos plantearnos si es conveniente, lo cual equivale a plantearnos si es conveniente un nivel bastante generalizado de sabiduría para nuestra sociedad. Mi respuesta es un no tajante. Nuestra sociedad, con los valores imperantes actualmente, y con una economía que funciona en base a los mismos, es incompatible con una sociedad de sabios. Por tanto, y si estáis de acuerdo, tendréis que admitir que avanzar por la senda de la sabiduría nos llevaría a una sociedad completamente diferente a la actual en todo. Incluso a una sociedad diferente de cualquier otra habida anteriormente, en cualquier otro tiempo.

Si, a pesar de todo, admitiéramos la conveniencia de una sociedad más sabia, completamente diferente a las sociedades de las que hayamos tenido noticia, entonces, y sólo entonces, nos debemos plantear si eso es posible, el hecho de intentar generalizar la sabiduría, entendida ésta como la posibilidad de procurar en los individuos ese denominador común al que nos referíamos en un párrafo anterior.

Yo creo que esta segunda pregunta tiene mucha más fácil respuesta, porque todos sabemos la inmensa capacidad del hombre para la propaganda, para la manipulación, para el adoctrinamiento. Si el hombre ha sido capaz, repetidas veces, de convertir la mentira en verdad, a su conveniencia, entonces, ¿por qué hemos de dudar de su capacidad para infundir valores mucho más nobles, desprovistos de cualquier adoctrinamiento de cualquier otro tipo, si es esto lo que se propusiera? Sería cuestión de empeñarse en conseguirlo, y de emplear para ello todos los medios a su alcance: la escuela, la familia, la televisión, la radio, y todos aquellos que utilizan cuando desean hacer creíble una historia, por increíble que parezca.

La cuestión del millón, y que sería objeto de varios artículos dedicados sólo a este tema, sería preguntarnos por el tipo de sociedad, y por el tipo de economía, que producirían unos ciudadanos formados en esos valores. La respuesta fácil sería que eso conduciría a un retorno a la caverna, y que tanta sabiduría conllevaría un empobrecimiento material a todos los niveles. Yo no estoy de acuerdo con el retorno a la era de las cavernas, ni creo que el hombre sabio estuviera dispuesto a asumir tal coste. Sí creo que ganaría preponderancia la vida espiritual, en detrimento de la exclusivamente material, que la economía tendría forzosamente que cambiar, que el mundo sería mucho más seguro, y que el medio ambiente estaría más protegido. Por supuesto, se avanzaría sin pausa hacia un gobierno mundial, en el que todos seríamos ciudadanos del mundo, y muchos preferirían trasladarse a Sudán que quedarse en Nueva York.

Lógicamente, esto no sería de hoy para mañana. Habría que esperar a que todos los gobiernos se pusiesen de acuerdo en procurar ese “homo sabius” cultural del que hablábamos en un artículo anterior. La experiencia nos demuestra que el “homo sabius” genético queda aún muy lejos, a juzgar por la escasez de sabios que en el mundo hay. Es preciso emprender la tarea de formarlos.

Quiero señalar, por último, que el sabio no es un masoquista, que abomine de cualquier comodidad material. Los grandes sabios, por desgracia, se han visto obligados a vivir entre una gran mayoría de imbéciles, que les han hecho la vida insufrible, pero si la sabiduría se generalizara no sería difícil imaginar a Sócrates tomándose unos langostinos en Sanlúcar, al tiempo que departiría con algun otro sabio del lugar. Sí, sin embargo, resultaría más difícil imaginárselo tomando langostinos un día sí, y el otro también, o comprando un piso para endosárselo al prójimo unos días más tarde, y embolsarse unos cuantos milloncejos, la única sabiduría conocida y practicada en nuestro país hasta hace unos días, cuando explotó la llamada burbuja inmobiliaria. Ni que decir tiene que picaresca y sabiduría son incompatibles, aunque una gran mayoría prefiera seguir siendo pícaro.

febrero 4, 2009

La inteligencia, la sabiduría, la ética,…

Archivado en: ética,cerebro,cultura,divulgación,educación,enseñanza,felicidad,filosofía,pedagogía,pensamiento,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:43 am

El DRAE, en sus tres primeras acepciones, define la inteligencia como la capacidad de entender o comprender, o como la capacidad de resolver problemas. La sabiduría la define como el grado más alto del conocimiento, o como la conducta prudente en la vida o en los negocios. La 3ª acepción que da, y que es el conocimiento profundo en ciencias, letras o artes, no es la que me interesa para este artículo, pues está más ligada a lo que habitualmente entendemos por cultura. La ética la define como la actitud recta, o conforme a la moral, o bien como la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre.

Siempre es útil consultar el DRAE, pero cuando tratamos de “exprimir” la sustancia de determinados conceptos complejos, abstractos, aparte de leer el DRAE se precisa la reflexión.

La inteligencia se ha definido de muchas maneras, y se ha intentado “medir” de muchas otras. Muchas han coincidido con lo que aparece en el DRAE, pero a veces se ha definido también como la capacidad de adaptación al medio. Incluso, Goleman, mucho más recientemente, ha hablado de “inteligencia emocional”, que guarda relación con la empatía, con la sociabilidad, con la capacidad para entablar relaciones, y con la capacidad de autorregular nuestras emociones. Sea como fuere, lo que me parece indudable, desde una perspectiva evolutiva, es que la inteligencia es un producto de la evolución cerebral para la adaptación al medio, y que su aparición y desarrollo guardó relación con la supervivencia de la especie. Ciertamente, hoy día, numerosas amenazas para nuestra propia supervivencia parecen provenir del mal uso de esa inteligencia, lo que no deja de ser una curiosa paradoja: la evolución desarrolla un cerebro para que la especie sobreviva, y posteriormente aquél se convierte en la mayor amenaza para la supervivencia.

Por otra parte, desde que tenemos constancia escrita, al menos, no parece que la inteligencia humana haya evolucionado demasiado. Particularmente, no tengo ningún amigo más inteligente que Arquímedes, ni que Euclides, ni que Sócrates, ni que Platón,….., y mira que son antiguos. Ciertamente, hoy se sabe mucho más, se dispone de mucha más tecnología, pero eso no tiene nada que ver con el nivel de inteligencia, sino con la cultura acumulada por la especie, y de la que ya tratamos en otros artículos. Sea lo que sea la inteligencia, para los fines de este artículo, y al día de hoy, nos conviene entenderla como la capacidad para resolver problemas, sean éstos los que fueren. Si la entendiésemos como la capacidad para sobrevivir, la cuestión de quién es más inteligente la solventaríamos enviando a los concursantes al programa “Supervivientes”.

Hace algún tiempo leí que la inteligencia era la capacidad para resolver problemas, y la madurez era la capacidad para discernir qué problemas merecería la pena esforzarse en resolver. Lo cierto es que me gustó esta diferenciación, y es lo que me ha dado pie a escribir este artículo.Yo, personalmente, he empleado algún tiempo en resolver algunos problemas que hoy sólamente lo haría por gusto, y no me lo plantearía como una cuestión de honor. Quizás la madurez consista en esto: en esforzarnos sólamente en aquellas cuestiones que nosotros consideremos importantes, soslayando la enorme carga de pre-juicios adquiridos. Quizás consista en oírnos más a nosotros mismos, y menos a la “voz” de la educación que hemos recibido, impregnada muchas veces de todo tipo de convencionalismos que hemos aceptado por el peso de la costumbre, pero no por la fuerza de la razón. Bueno, no sé, dejémoslo ahí….

Muchas veces hemos escuchado decir que Einstein fue un gran sabio, cuando lo que fue es un gran físico. No digo que no fuera sabio, sino que por lo que ha pasado a la historia es por su concepción revolucionaria en la física. Me parece que la sabiduría es un tipo de saber, pero no de saber cualquier cosa, sino de aquéllas que nos conducen a una vida más plena, más centrada, más feliz en definitiva. En este sentido, la sabiduría y la ética, entendida ésta como la mejor forma de vivir, se confundirían.

Es posible que la evolución de nuestra especie continúe, y quizás estemos sobrados de inteligencia, aunque muchas veces resulte difícil creerlo, y que el siguiente paso en la evolución debería dirigirse hacia el advenimiento del “homo sabius”. Sin duda nos iría mejor, porque la inteligencia se muestra a todas luces insuficiente para que nuestro mundo sea mínimamente llevadero.

La enorme crisis financiera desatada en el mundo parece que se pretende paliar inyectando dinero público a los bancos, o nacionalizando éstos, para que el sistema, mal que bien – mejor regulado a partir de ahora, nos dicen – siga funcionando. Todo igual, pero con mayor regulación por parte de los gobiernos y de los bancos centrales sobre las entidades financieras, de forma que la especulación y la codicia no nos vuelvan a hacer caer en lo mismo. Yo no sé nada de economía, pero me parece que todo eso puede resultar un fiasco, como ya parece que está sucediendo: los bancos sanean sus cuentas con dinero público, y luego siguen sin prestar dinero a los empresarios para que creen empleo, ni a los particulares para que consuman. A mí me parece que la economía mundial está organizada sobre un consumo excesivo, y que mucho empleo estaba al servicio de satisfacer “necesidades” inexistentes, creadas de forma artificial por la codicia de los que querían enriquecerse a toda costa. Mucha gente picó el anzuelo, se endeudó hasta el cuello, y luego no pudo pagar. Desde mi punto de vista, toda economía basada en la oferta de numerosos bienes y servicios innecesarios, creados de forma absolutamente artificial, es absolutamente perniciosa, y si encima se alimenta por un sistema financiero cuyo único fin es la codicia desmesurada, el fracaso está asegurado.

Probablemente, en este mundo haya para todos, pero lo que es seguro es que no hay de todo para todos, y aceptar esto y ser capaz de renunciar a muchas de nuestras presuntas “necesidades” requiere de un nuevo tipo de hombre, el “homo sabius”, al que antes me refería. Si la inteligencia nos conduce en un tiempo relativamente corto a este nuevo tipo de hombre, quizás tengamos alguna esperanza. Si esperamos que la evolución actúe, a través de los genes, probablemente la inteligencia y la codicia unidas nos reserven un futuro ominoso.

enero 2, 2008

La familia en Navidad

Archivado en: divulgación,felicidad,moda,Navidad,pensamiento,religión,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:07 am

La mayoría de las familias españolas, fuesen o no católicas, solían reunirse con motivo de las fiestas navideñas, y el recuerdo infantil de muchos de nosotros está vinculado a la escena de una familia unida en torno a unos padres aún jóvenes.

El paso del tiempo hace imposible revivir dichas escenas, a veces por pérdidas irremediables, a veces por ausencias, y otras porque los padres atraviesan un difícil invierno en sus vidas. El hecho es que ya nada vuelve a ser igual.

 Observar el declive físico de los padres, y la consiguiente pérdida de autonomía para las funciones más cotidianas, constituye un panorama desolador. La posibilidad de poder suplir tan graves deficiencias con la ayuda de algún ser querido, o mediante mercenarios, constituye un privilegio en los días que corren, pero resulta un consuelo insuficiente. Las personas que han sido activas y autónomas no suelen aceptar con resignación la llegada de su invierno vital, y la falta de alegría y de ánimo suele ser una constante, y el disponer de tiempo les supone un enorme inconveniente pues no encuentran la forma de emplearlo.

La pérdida de memoria y de facultades mentales se encuentra entre las deficiencias que más despersonalizan. Al fin y al cabo, nuestro “yo” no es más que la conciencia de nuestra biografía revivida en la memoria. Sabemos que somos porque recordamos lo que hemos sido, y llega un momento en que desconocemos a los demás e incluso a nosotros mismos. Es cuando seguimos estando, pero ya no somos. O somos sólo a ratos un pobre remedo de lo que fuimos.

El sentido religioso de la Navidad se ha ido perdiendo y, perdido el sentido familiar, la fiesta queda reducida a muñecotes colgados en los balcones, a lucecillas multicolores, a muchedumbres que atestan los supermercados, y a carritos atestados de viandas hipercalóricas. Se ha convertido en la fiesta del consumismo por excelencia, y ha perdido su sentido original, conservando su sentido familizar tan sólo para los más pequeños. A los demás, con muchos más años, la Navidad nos devuelve el recuerdo de lo que nuestros padres fueron y ya nunca podrán ser. Quizás, ese consumismo grotesco sea la torpe forma que tenemos de soslayar la añoranza de lo perdido.

En otro tiempo, la mayor escasez y un profundo religioso sentido de la vida hacían que las pérdidas insolasyables se combatieran con resignación cristiana. La resignación, entendida como la forma cabal de aceptar lo inevitable, no es el signo de nuestros tiempos. Hoy, se nos dice que la cirugía estética hace milagros, que podemos mantenernos jóvenes y saludables con cremas y potingues diferentes durante mucho tiempo, y que los viejos estarán magníficamente atendidos con la nueva ley de Dependencia.

La resignación no tiene que tener un sentido religioso, pero la mayoría de las personas es más fácil que la tengan si poseen fe. La resignación sin fe exige una cierta sabiduría que la mayoría de las personas no poseemos, y que hace que busquemos en la Ciencia – en el mejor de los casos -, o en la superchería – en el peor – la solución a todos nuestros males y a todos nuestros desvelos.

No quiero que se interprete que estoy justificando la existencia de la religiosidad en dichas razones, puesto que para mí la religiosidad sólo se puede entender desde la fe, y nunca desde el oportunismo o desde la conveniencia. Sí constituye, sin embargo, una explicación a parte de la insatisfacción vital que vive nuestra sociedad, y que en la Navidad su manifestación más expresiva se traduce en un consumismo obsceno.

octubre 13, 2007

Lo necesario, lo útil y lo superfluo

Archivado en: divulgación,educación,enseñanza,felicidad,lenguaje,libertad,pedagogía,pensamiento,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:14 am

La perversión interesada del lenguaje ha llegado a ser un fenómeno tan propio de nuestro tiempo que ha conseguido sus propósitos: transformar las mentes al servicio de los intereses publicitarios. Es un fenómeno tan perverso que excede a su finalidad original – que la gente adquiera el producto, o el servicio que se publicita -, y consiguen organizarnos la vida según sus intereses, haciendo además que si intentamos ser independientes nos sintamos desgraciados en mayor o menor grado. Nadie escapa a la voracidad de las grandes campañas publicitarias, pero los niños y la gente joven, e inmadura en general, son sus víctimas principales.

La nefasta influencia que tales campañas despiadadas de publicidad ejercen en nuestra sociedad, y entre nuestros jóvenes en particular, no es fácil de corregir ni es probable que exista interés en hacerlo. Por un lado están los intereses de las grandes empresas, y su influencia sobre el poder político que podría arbitrar leyes destinadas a atajar semejante desmesura, así como alertar a nuestros jóvenes del terrible efecto que dichas campañas pueden ejercer sobre su personalidad y sobre sus vidas. Atajar el problema desde todos los ángulos posibles equivaldría a cambiar la sociedad de mercado, profundamente injusta desde mi punto de vista, en que estamos inmersos.

Entretanto, nos tendremos conformar con mucho menos. Quizás, lo primero sea visualizar y definir el problema, y su envergadura. Si no nos hacemos plenamente conscientes de ello vanos resultarán todos nuestros intentos.

Nuestros políticos deberían sacar adelante una ley de ética publicitaria, que castigara con multas proporcionales al daño que ocasionan la perversión lingüística de determinadas campañas publicitarias. Cualquier insinuación en un anuncio, por ejemplo, a presentar el último modelo de móvil como una necesidad, sin el cual nos vamos a sentir desgraciados, debería estar absolutamente prohibida por ley, y habría un órgano formado por intelectuales independientes, y a ser posible anónimos, que se encargarían de dictaminar sobre la influencia perversa, abierta o subliminal, de las campañas de publicidad.

Paralelamente, el sistema educativo y los medios públicos impartirían a la sociedad, y a nuestros jóvenes, charlas, conferencias, cursos y cuanto se estime conveniente, destinadas a combatir la influencia negativa de la codicia de las grandes empresas.

Lo necesario, lo que precisamos para vivir, se ha hipertrofiado de una forma absolutamente interesada, y una gran mayoría hoy siente como necesario el ordenador, internet, el móvil y el último mp4. Sin embargo, paradójicamente, nadie considera necesario que nos libren de la perniciosa influencia de la publicidad, que nos aliena como personas fomentando a un tiempo lo peor que llevamos dentro.

Mientras que lo necesario debería ser algo muy restrictivo, y con un contenido objetivo, lo útil dependería exclusivamente de la persona que lo juzgue. Para unas personas será útil un ordenador, y para otras será más útil un balón de fútbol.

Puesto que nuestras necesidades son muy escasas, y nuestros intereses limitados, lo superfluo es el capítulo fundamental de las campañas de publicidad, y la mayor parte de las cosas que acumulamos se deberían incluir en este capítulo.

Reflexionar adecuadamente, y de forma repetida – la única forma de ccambiar nuestros hábitos, los mentales incluidos – sobre esta materia y sobre estos conceptos podría repercutir de forma muy favorable sobre nuestra libertad de elegir y sobre nuestra felicidad. De entrada, sería más difícil sentirse desgraciado por causa ajena, y disminuiría la envidia puesto que todos sabríamos que los más ricos lo que acumulan son sólo cosas superfluas. No existiría entonces ese interés desmesurado por hacerse rico, disminuiría la explotación, y el hombre buscaría aquellas cosas a las que nunca debió renunciar, sin siquiera saberlo: ser uno mismo, y no lo que quiera determinado Banco, o determinada empresa.

 Sé que este último párrafo puede resultar utópico y esa ha sido mi intención al redactarlo, porque muchas utopías de hoy son el revulsivo necesario para cambiar el presente.

septiembre 17, 2007

Un verano menos

Archivado en: aficiones,entretenimiento,felicidad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:23 am

Cuando yo era mucho más joven el final del verano lo marcaba la final del trofeo Carranza. Por aquel entonces este trofeo se celebraba a finales de agosto, y cuando finalizaba, ya comenzado septiembre, el paseo marítimo de Cádiz presentaba un aspecto desolado. Era como si, por arte de magia, todo el mundo hubiese desaparecido.  En aquellos tiempos ese paisaje anunciaba, de forma inexorable, el comienzo del nuevo curso, ya fuese en los últimos años del colegio o en la facultad. Hoy, sin embargo, recuerdo con cierta carga de nostalgia aquel paisaje desolado, quizás porque el actual lo sea aún más.

 Hoy, el final del verano lo señala el comienzo de curso de mis hijos, lo cual supone un cambio drástico en nuestros biorritmos.

 Hasta donde se remonta mi memoria puedo afirmar que el verano siempre me ha sentado bien. Me gusta la playa, las terrazas, el sol, los tardíos oscureceres, y si me apuran hasta el calor del que tanto nos quejamos. También me gusta más la ropa de verano que la de invierno, y por supuesto la cerveza muy fría, bien tirada, en vaso fino, parecido al de servir sidra, pero más pequeño, y con el punto adecuado de espuma. Si hace muchísimo calor me gusta una cerveza ligera, como la Cruzcampo de barril, y si hace algo más de fresco prefiero otra con más cuerpo, como la Mahou, también de barril.

 En el verano todo transcurre más lento, al menos en Cádiz, y los políticos parecen olvidarse de nosotros, y nosotros de ellos, y todo resulta más desenfadado, menos serio que en invierno. Las aglomeraciones, a veces, es cierto, se hacen insufribles, y es difícil encontrar mesa en los restaurantes, y te atienden peor, pero qué quieren que les diga………, me gusta el verano.

 Hoy, como considero que el verano se ha interrumpido, reanudo la actividad en mi blog, aunque con un tema ligero como éste, como quien quiere ir acostumbrando el cuerpo poco a poco a la nueva estación.

He conocido a personas a las que les encanta el otoño, y no seré yo quien niegue ese encanto. Lo cierto es que aquí el otoño sólo lo notamos por el mal tiempo que suele acompañarlo, y no disfrutamos de grandes bosques con sus árboles y sus hojas marchitas. Parece indudable que la climatología influye en los caracteres, y que determinadas enfermedades mentales asociadas con el ánimo, como la depresión, afloran con mayor frecuencia en determinadas estaciones, en otoño y en primavera.

El hecho es que hoy empiezan mis hijos el colegio, y comienzan de nuevo las historias de siempre: los profesores nuevos, los cambios de clase con los consiguientes nuevos compañeros – un experimento educativo que no se practicaba en mis tiempos, y que pretende que todos  conozcan a todos -, el material didáctico inacabable, y compuesto por “útiles” que sólo encuentras visitando numerosas papelerías. En fin, qué les voy a contar que ustedes no sepan.

Bueno, pues hay gente para todo. Mi mujer me cuenta que conoce a varias personas que renacen tras el verano, cuando se reanudan los corrillos escolares de madres que se forman depués de dejar a los niños en el colegio. Al parecer el verano las deprime, y los corrillos las reaniman. Estoy pensando en apuntarme, a los corrillos.

abril 24, 2007

Más sobre la felicidad

Archivado en: cerebro,divulgación,felicidad,mente,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:09 am

En un artículo anterior sobre este tema – ver La felicidad- defendía la naturaleza genética de la propensión hacia la dicha o hacia la infelicidad.

En el magazine de El Mundo de esta semana, de fecha 22 de abril de 2007, venía un reportaje periodístico titulado “Declarado el hombre más feliz del planeta”. El mismo versaba sobre un estudio efectuado por especialistas en neurociencia afectiva – sea eso lo que sea – a un tal Matthieu Ricard, que en dicho estudio había sido nombrado “el hombre más feliz de la tierra”.

Hasta aquí nada especial a reseñar, pues todo indicaba que se trataba de un reportaje sensacionalista al que los periodistas nos tienen tan acostumbrados. Sin embargo, seguí leyendo y advertí que su padre fue Jean Francois Revel, el famoso escritor y filósofo liberal francés, fallecido el pasado año, y tan conocido por su pensamiento democrático liberal y por ser el autor de obras como “La tentación totalitaria”, o “El conocimiento inútil”. Este hecho despertó en mí más interés por el personaje, por Mattieu Ricard.

Ricard hizo el doctorado en genética celular en el Instituto Pasteur de París, y trabajó con el premio Nobel de medicina Francois Jacob. Sin embargo, tras el estudio de textos budistas decidió imprimir un cambio radical a su vida, dando un disgusto monumental al filósofo liberal que era su padre, y partió hacia el Himalaya para hacerse discípulo de Kangyur Rinpoche, un histórico maestro del Tibet de la tradición más ancestral del budismo. Corría el año 1972, y las próximas tres décadas de la vida de este hombre serían dignas del mejor guión de película.

Conoció al Dalai Lama y en 1989 se convirtió en su asesor personal y en su traductor al francés, convirtiéndose en la figura budista occidental más influyente del mundo, habiendo recibido la Orden Nacional Francesa. Ha escrito muchos libros, uno a medias con su padre, “El monje y el filósofo”, que sólo en Francia vendió 500.000 copias. Me hubiera gustado otro libro escrito a medias sobre gastronomía, porque Revel era un consumado gastrónomo y un gran gourmet, mientras que su hijo debe subsistir a base de vegetales.

Aparte, ha escrito otros libros, todos en torno a la consecución de la felicidad, de la que se muestra un firme defensor, aún reconociendo que requiere un importante esfuerzo. Es, como digo, un firme defensor de la plasticidad de la mente, y de su capacidad para ser moldeada.

Por supuesto el reportaje no destaca nada importante de la metodología del estudio realizado en Winsconsin a Ricard, sino que se limita a decir que le colocaron 256 sensores para detectar su nivel de estrés, irritabilidad, enfado, placer, satisfacción y así con decenas de sensaciones diferentes, así como pruebas de resonancia magnética nuclear frecuentes. Según parece, en el baremo efectuado, superó con creces a cientos de voluntarios, desbordando los límites de felicidad previstos en el estudio.

Ricard ha escrito una decena de libros, todos éxitos editoriales, y ha destinado todo el dinero de sus cuantiosas ventas a obras de caridad. Practica el celibato dede los 30 años, y hoy cuenta con 61, y carece de todas las cosas que la mayoría perseguimos con mayor o menor ahínco.

Sería interesante conocer la metodología del estudio, aunque yo dudo mucho que una serie de ondas recogidas por unos electrodos, y que unas imágenes obtenidas por resonancia magnética nos permitan obtener unas puntuaciones válidas sobre la felicidad de las personas.

Siempre he pensado, no obstante, que técnicas milenarias para meditar y aislar la mente, tan comunes en el budismo, sí deben aportar cuando menos serenidad al espíritu y, quizás, esta ausencia de estrés y de angustia de cualquier tipo sí vaya asociada a un determinado patrón de ondas elctroencefalográficas. La felicidad, sin embargo, intuyo que es algo más que la serenidad y que la ausencia de estrés, y que no hay patrón elctroencefalográfico que lo capte, por muchos electrodos que se coloquen en el cráneo.

No dudo que a Ricard el tipo de vida que eligió a sus treinta años le haya hecho sentirse realmente feliz; quizás estuviera predispuesto genéticamente para sentirse feliz así. Otros, muy probablemente no soportaran ese tipo de vida.

Sigo pensando que, salvo casos aislados, la mayoría de las personas han de desenvolverse en su ambiente habitual y que genéticamente unos están más predispuestos que otros a ver el vaso medio lleno, y a gozar con las pequeñas cosas y a minimizar los contratiempos. Sí creo en algunas técnicas para racionalizar y minimizarlas contrariedades, así como en otras para conseguir un adecuado estado de relajación.

De cualquier forma me parecía oportuno hacer mención al reportaje sobre la vida y el estudio realizado a Ricard en Wisconsin, así como a su última obra traducida al español titulada “Defensa de la felicidad”, por si alguien estima oportuno emprender un viaje al Tibet para reencontrarse con lo más profundo de su ser.

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