NUESTRA PERCEPCIÓN DEL UNIVERSO
El título de este artículo parece dar a entender que me erijo en representante de todas las demás percepciones humanas, y así es. Supondremos por el momento que para el asunto que nos interesa las percepciones humanas son parecidas, razonablemente parecidas, como para que pueda existir lo que llamamos Ciencias Físicas.
Si nuestras percepciones fuesen absolutamente dispares sería razonable pensar en tantas Ciencias Físicas como individuos perceptores inteligentes para desarrollarla. La percepción de la gente corriente está bastante alejada de la percepción de los astrónomos profesionales, acostumbrados a escudriñar distancias interestelares y conflagraciones de estrellas con la ayuda de potentes instrumentos, pero de esta percepción particular nos ocuparemos más adelante.
En el universo nuestros sentidos “ven” cosas, materia y esto lo vemos todos los que poseemos sensaciones; algunos dicen “sentir” espíritus y no vamos a discutir sobre su realidad, pero siendo algo poco común lo consideramos percepciones extrasensoriales.
Esta materia ocupa un lugar, y ninguna otra materia puede ocupar ese mismo lugar en el mismo momento. Nuestra percepción – es decir, algo empírico – nos enseña que materias diferentes no pueden ocupar el mismo lugar en el mismo momento. Las diversas cosas ocupan lugares diferentes y nuestro concepto de “lugar” surge de nuestra percepción de que “toda cosa ocupa un lugar”.
Sospechamos que si movemos una cosa de su lugar, ahí sigue el lugar inmutable pero esto es ya una creencia. Nuestra concepción de lugar está íntimamente ligada a nuestra concepción de materia y de cosa que ocupa un lugar, pero la creencia – verdadera o falsa – de que el lugar permanece inmutable al retirar la cosa nos permite una concepción de lugares – o de espacio – sin materia.
Es del máximo interés que se comprenda que esto es una concepción del espacio – una imaginación de nuestro espacio – pero no el espacio que vemos, ocupado por materia por doquier. Es decir, a partir de las cosas con sus lugares, concebimos los lugares sin sus cosas y la noción de lugar la adquirimos porque vemos que para que una cosa se sitúe donde está otra, ésta habrá de desplazarse o desaparecer.
El que me esté leyendo se preguntará por qué insisto en perogrulladas de este tipo, y con razón. Creo que la mayoría de las paradojas que surgen sobre el universo, sobre su finitud o infinitud, sobre si tuvo un principio o existe desde siempre, etc., etc., tienen su base en no distinguir adecuadamente nuestras percepciones de nuestras concepciones, y me explico a continuación.
Nosotros vemos cosas, materia, pero no vemos lugares; vemos cosas y relaciones entre cosas. Cuando vemos que algo se aleja de nosotros decimos que la cosa se mueve con respecto a nosotros, y este “moverse” nos lleva al concepto de espacio y al de movimiento. En realidad no vemos “espacio” ni vemos “movimiento”; tan sólo vemos cosas más o menos lejos de nosotros. Al ver que una cosa se aleja interpretamos que se mueve, pero bien pudiera ser que una cosa apareciera y desapareciera en distintos lugares y nosotros creyésemos que es la misma cosa que se mueve. Si admitimos como hipótesis más probable que no son cosas distintas – sino que son la misma cosa– que desaparecen y aparecen en distintos lugares, tendremos que admitir que existe un “espacio”, que las cosas se “mueven” en este espacio y que existe un “tiempo” para que acontezca el cambio de las cosas. Como vemos, “espacio”, “movimiento” y “tiempo” no son percepciones, sino interpretaciones adecuadas para explicar nuestras percepciones, aunque estas interpretaciones puedan ser “reales”, pero están fuera de nuestro campo perceptivo, de la misma forma que el átomo y la teoría atómica – que explican muchísimos fenómenos – tampoco los percibimos, pero no por eso dudamos de su realidad.
Sucede con el espacio, con el movimiento y con el tiempo, que por ser “lugares más comunes” que el átomo nos parecen más bien percepciones que interpretaciones. Si he conseguido que alguien al llegar a este punto del escrito ya no me considera Perogrullo me doy por satisfecho. Ahora, si queremos progresar en nuestras disquisiciones debemos analizar las diferencias entre “percepciones” y “concepciones”.
Para empezar nuestras percepciones no son discutibles, precisamente por ser nuestras y por ser su esencia eminentemente subjetiva. Si le decimos a un compañero que viene un vehículo lanzado hacia nosotros y él nos asegura que no lo ve, que no es como decimos, y cuando tiene el vehículo cerca pega un salto, dudaremos de su sinceridad al expresarnos su percepción pero nunca de su percepción, que es solamente suya. Si una persona toma LSD y nos dice que no hay un barranco y sigue andando y se mata, podremos poner en duda la adecuación o la utilidad de su percepción, mas nunca la percepción misma.
Las concepciones se refieren a algo externo a nosotros mismos – a diferencia de las percepciones – y, desde este punto de vista, sí son discutibles. He aquí otra razón de peso para establecer adecuadamente la distinción: ¿ para qué discutir sobre algo que pertenece a nuestro campo perceptivo, si no es discutible? Contra más alejada del sentido común es una concepción más fácil es averiguar su carácter de concepción, y cuanto más cercana, más difícil establecer lo que es percepción pura de interpretación.
Es por esto que cuando hablamos de “espacio”, “universo”, “tiempo”, etc., debemos ser muy cautos. Kant decía que el tiempo y el espacio eran concepciones “a priori”, “categorías”, como él las llamaba, para significar que existían exclusivamente en nuestro aparato conceptual para explicar el mundo. Vemos que razonando nos hemos acercado a Kant, lo cual no es poco, aunque nosotros hemos sido un poco más modestos, pues si bien decimos que no se puede afirmar la “realidad” del “espacio” y del “tiempo”, pues no son percepciones, tampoco negamos su realidad.
Los físicos y los astrónomos estudian las propiedades de la materia y del Universo y aparecen libros en los que se nos comunica que el espacio real es riemanniano; que si el Universo es finito pero en expansión continua; que si tuvo un comienzo al que llaman Big-Bang o la “gran explosión”, que ocurrió aproximadamente hace unos miles de millones de años, y que a partir de ahí se formó nuestro Universo; que si la hipótesis de Dios es innecesaria y muchas otras cosas que pueden sumir en el estupor a muchos lectores. La reconocida autoridad de muchos de ellos, como Sagan, Hawking, Penrose y otros, nos hace tener en consideración sus afirmaciones aunque no sepamos lo que significan, y este afán por asimilar lo que dicen los “grandes” lleva a muchos a desarrollar fantasías como que la Relatividad establece que en el fondo todo es relativo y paridas de diverso género. He pensado, y pienso, que si no separamos lo que son percepciones puras de lo que son interpretaciones y concepciones jamás tendremos la flexibilidad mental para comprender estas afirmaciones. Hemos explicado, no sé si suficientemente y adecuadamente, cómo el espacio es un concepto adecuado para situar las percepciones de la materia – independientemente de que sea o no real – y cómo el tiempo es un concepto para explicar el cambio de la materia.
Cuando estudiamos Física, incluso a nivel universitario, se prescinde de estas consideraciones, y de entrada nos enseñan a medir distancias, áreas, volúmenes, posiciones de un punto en un sistema de referencia, complejas ecuaciones de posiciones en función del tiempo, etc., etc., y se nos da por hecho que el espacio real es tridimensional, que la materia se mueve en este espacio merced a fuerzas y que el tiempo es lo que “tarda” la materia en moverse de una posición a otra.
A estos conceptos, nada fáciles de aprehender – pero fáciles de medir y operar con ellos –, se les atribuyen propiedades “ a priori” como que longitudes y tiempos son iguales para cualquier observador; cuando la Teoría de la Relatividad establece que son conceptos relativos a la velocidad del observador viene el desconcierto, y en realidad nada sabíamos del tiempo ni del espacio – como explicamos al principio -, ni siquiera que tuviesen una existencia real; mucho menos pues que fuesen conceptos absolutos – con igual medida para cualquier observador -. Entonces comprendemos que el desconcierto se origina por una falta de reflexión previa, que cuando reflexionamos adquirimos una flexibilidad mental que nos prepara para comprender afirmaciones aparentemente absurdas sobre el espacio y sobre el tiempo. Hemos visto que nuestras percepciones sólo nos presentan la materia y sus formas y sensaciones; a partir de ahí nos resulta útil y adecuado situarla en un marco conceptual espacio-temporal – el cual parece ser real -, pero las propiedades de estos conceptos tendrán que ser verificadas empíricamente.
La abstracción posterior nos lleva a imaginar un espacio sin materia, y la matemática construye los espacios euclídeos, y desarrolla toda una serie de teoremas. Una abstracción aún de mayor nivel define espacios si cabe más irreales, como los de Riemann o Lobachevsky, y todos son espacios imaginarios que prescinden de que contengan materia. A nuestra escala de percepción, la geometría euclídea se aproxima bastante bien al marco conceptual de espacio en el que creemos que se mueve la materia, por lo que pensamos que el espacio real es euclídeo; pero recordemos: el espacio real no estamos seguros ni que exista, y si así fuere está íntimamente ligado a la materia, y la abstracción euclídea no tiene por qué reflejar fielmente las propiedades del espacio real.
Analicemos, como ejemplo de todo lo expresado, la afirmación relativista que afirma “El Universo es finito pero en expansión”. Nuestra percepción está habituada a lo finito: todo lo que forma parte de nuestra experiencia tiene una extensión – por grande que sea – y una duración. Si decimos que una isla es finita queremos decir que si llegamos a uno de sus extremos aparece el agua y no podemos seguir andando. Pero, ¿qué queremos decir con que el Universo es finito? Tendemos a imaginarlo con nuestra experiencia de lo finito, con nuestra experiencia de la isla, y pensamos que si llegamos a un extremo del Universo ya no podemos extender la mano porque, de otra manera, existiría Universo más allá, y si no podemos extender la mano pareciera que tuviera que haber una especie de muro que me lo impidiese. ¿Cómo salvar estas dificultades conceptuales?. Con todo lo dicho al principio y durante todo este escrito; si pensamos en la finitud del Universo como si de una isla se tratase tropezaremos una y otra vez con la contradicción anterior. Lo adecuado es no imaginar lo que no se puede imaginar – es decir, formarnos una imagen – y tener en cuenta que el espacio y el tiempo sólo existen en relación a la materia, y en los límites de nuestro Universo – de la materia – no existen pues ni tiempo ni materia, y a medida que la materia se expande – se aleja -, se crea espacio y tiempo. Fuera de la materia no existe ni espacio ni tiempo, pero no tratemos de imaginárnoslo con nuestra experiencias diarias, porque aquí existe materia, y probablemente espacio y tiempo. Una explicación parecida sirve para las preguntas en torno al “Big-Bang”: ¿Y qué existía antes de la “gran explosión?.