El enorme desarrollo de las tecnologías de la comunicación ha tenido muchas consecuencias, una de las cuales ha sido el enorme impacto que las empresas de publicidad ejercen sobre nosotros, con su contribución al despliegue y difusión del esnobismo.
Siempre hubo esnobs, pero nunca en la proporción de nuestros días. Según parece la palabra tuvo origen en las universidades inglesas, como contracción de la expresión latina “sine nobilitate”, “sin nobleza”, que luego pasó a convertirse en snob.
Hoy entendemos por esnob aquella persona obsesionada por estar a la última, sencillamente porque resulta “chic”. No me estoy refiriendo a los adolescentes manipulables que se encuentran en la edad del pavo, sino a adultos talluditos, que lo mismo se ven abducidos por el último móvil de Fernando Alonso, como por un fin de semana con talasoterapia incluida en un hotel pegado a su propio domicilio, que por reservar mesa en “El Bulli” para degustar una tortilla de patatas desestructurada, o esencia de espuma de guisantes gelé con caviar de Beluga.
No todos los esnobs pueden reservar mesa en “el Bulli”, pero todos comparten algo común: adquirir cosas que no precisan para impresionar a gente que quizás ni siquiera conozcan sencillamente porque están de moda. Cada esnob organiza su vida particular y “está a la moda” segun le vaya marcando el status social al que pertenezca. Lo que caracteriza al esnob no es el tipo de bienes o de servicios que utiliza, sino la motivación espúrea por la que los consume.
Los publicistas, que conocen bien el paño, dirigen todo su poder embaucador a este tipo de especímenes. Además, el esnobismo es enormemente contagioso y tiene un enorme poder, pues es capaz de convertir en arte, o en producto de primera necesidad, lo engañoso o lo superfluo.
No hay que confundir al hombre moderno, a la altura de su tiempo, con el hombre esnob. El hombre moderno aprovecha los avances para facilitar la satisfacción de sus necesidades, mientras que al esnob le crean continuamente nuevas necesidades para satisfacer su esnobismo. El esnob es el mejor ejemplo del tontorrón moderno al que manejan como a un tarambana haciéndole creer que está a la última. Es la diana perfecta del marketing publicitario.
Este corto artículo me lo ha sugerido un magnífico artículo de Antonio Burgos titulado “Ferrán Adriá hasta en la sopa”, en el que nos describe en tono de humor el esnobismo gastronómico de la “alta cocina”.