En un artículo anterior, sobre la naturaleza humana, concluíamos, de modo provisional, que la naturaleza del hombre era esencialmente cultural y, por tanto, artificial. El hombre era el ser menos hecho y más por hacer, y la posibilidad de pasar de la potencia al acto, de desarrollarse plenamente como hombre, dependía de la cultura. Mientras que los animales pueden sobrevivir sin nada digno de merecer el nombre de cultura, el hombre, por el contrario, es inconcebible sin la cultura, hasta el punto de que el proceso de hominización y el de culturización debieron haber andado parejos, empujándose el uno al otro: a medida que nos hacíamos más hombres desarrollábamos más cultura y, viceversa, a medida que desarrollábamos más cultura nos hacíamos más hombres. Esa profunda imbricación de ambos procesos hace imposible intentar deslindarlos.
Parece claro, por tanto, que “hombre” y “cultura” son conceptos indisolubles el uno del otro. Hemos de preguntarnos, en este momento, qué es lo que posibilita el enorme desarrollo cultural del hombre. Quizás sea el lenguaje. En efecto, otros animales también tienen un cierto lenguaje, con el que pueden comunicar la existencia de alimentos e incluso el lugar en que aquellos se encuentran, o advertir del acecho de algún peligro, etc., pero seguro que no imaginamos a ningún animal contándole a otro los logros de sus antepasados, o refiriéndole sus anhelos más íntimos, si es que tales anhelos existieran. Sin un lenguaje desarrollado, como el humano, resulta difícil siquiera concebir un desarrollo cerebral que permita extenderse más allá de la satisfacción de las necesidades más inmediatas. Nietzsche pensaba que la estructura gramatical subyacente a diversos lenguajes comportaba el desarrollo de un pensamiento diferente. De cualquier forma, lo que parece claro es que sin lenguaje no puede haber nada parecido a lo que entendemos por cultura. El lenguaje nos conforma el cerebro, y por otra parte nos permite transmitir nuestros logros a nuestros descendientes, así como que estos logros no queden relegados al olvido, de tal forma que nuestra cultura posee un carácter acumulativo, que la hace especialmente poderosa.
El lenguaje nos convierte en seres eminentemente simbólicos. Nuestro mundo, el mundo de los humanos, es un mundo de representaciones, de símbolos que sustituyen a otros símbolos, y de símbolos que sustituyen a nuestras imágenes de la realidad, hasta el punto de que a veces sentimos que nuestro mundo es demasiado artificial, y agradecemos el contacto directo con la realidad, sin intermediarios simbólicos. Los símbolos, por todo lo explicado, son inherentes al ser humano, pero pueden arrojarnos a un mundo excesivamente ficticio, extremadamente simbólico, en el que cualquier contacto directo con la realidad resulta sumamente infrecuente. Si bien nuestra naturaleza humana es eminentemente simbólica, nuestra naturaleza animal no lo es, y precisa de de contactar directamente con la realidad, sin símbolos interpuestos. Quizás por eso, a veces nos sienta tan bien un simple paseo por el campo, o por la playa, contactando directamente con la naturaleza, “sintiéndola”, sin pensarla.
En un primer momento, la palabra sustituye a una imagen, a una impresión sensible, y utilizamos la palabra “gato”, por ejemplo, para referirnos a un gato particular, de forma que dicho símbolo, “gato”, nos trae a la memoria la imagen de un gato particular, concreto, para el que dicho símbolo fue creado. Con el tiempo, la imagen se diluye en la memoria pero, entretanto, la capacidad de abstracción del ser humano ha conceptualizado la imagen original del gato. Es decir, la imagen del gato concreto y particular desaparece, y es sustituida por el concepto de gato, que no representa a ningún gato en particular, pero sí a todos los gatos. Por tanto, el símbolo “gato” persiste, pero pasa de reprsentar a una imagen a representar un concepto. Esta abstracción de nuestra mente, la clase de todos los gatos, que no representa a ningún gato particular, no tiene existencia por sí misma, fuera de nuestra mente, por más que Platón se empeñara en hacerla más real que el gato mismo. Este proceso de abstracción progresiva, que no hemos hecho más que ejemplificar aquí, hace que nuestros símbolos se alejen cada vez más de la realidad a la que aspiran representar, sumergiéndonos en un mundo virtual, símbólico, en el que realidad y representación a veces se confunden.
Sin embargo, cuando nos comunicamos con nuestros semejantes, hacemos como que nos entendemos, como que nos comprendemos, como que asumimos su realidad, aunque está muy claro que lo simbólico artificializa las relaciones humanas, las dificulta, disminuyendo la empatía necesaria para ponerse en el lugar del otro, que es la forma de comprenderlo de verdad. Lo simbólico no es sólamente el lenguaje, que es su exponente máximo. Todo nuestro mundo es simbólico, y las relaciones humanas no son una excepción.
Lo simbólico, tan inherente al ser humano, parece muy conveniente para el desarrollo cultural de una sociedad, y no parece que podamos sustraernos a ello. Sin embargo, lo excesivamente artificial de lo simbólico puede ser un obstáculos para las relaciones humanas más íntimas, más sinceras.
Por eso, de vez en cuando, sigue siendo aconsejable un buen paseo por una playa, o por un campo solitario, como usted prefiera.