Detodounpoco

abril 7, 2011

El animal simbólico

Archivado en: cultura,divulgación,enseñanza,filosofía,lenguaje,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 6:47 pm

En un artículo anterior, sobre la naturaleza humana, concluíamos, de modo provisional, que la naturaleza del hombre era esencialmente cultural y, por tanto, artificial. El hombre era el ser menos hecho y más por hacer, y la posibilidad de pasar de la potencia al acto, de desarrollarse plenamente como hombre, dependía de la cultura. Mientras que los animales pueden sobrevivir sin nada digno de merecer el nombre de cultura, el hombre, por el contrario, es inconcebible sin la cultura, hasta el punto de que el proceso de hominización y el de culturización debieron haber andado parejos, empujándose el uno al otro: a medida que nos hacíamos más hombres desarrollábamos más cultura y, viceversa, a medida que desarrollábamos más cultura nos hacíamos más hombres. Esa profunda imbricación de ambos procesos hace imposible intentar deslindarlos.

Parece claro, por tanto, que “hombre” y “cultura” son conceptos indisolubles el uno del otro. Hemos de preguntarnos, en este momento, qué es lo que posibilita el enorme desarrollo cultural del hombre. Quizás sea el lenguaje. En efecto, otros animales también tienen un cierto lenguaje, con el que pueden comunicar la existencia de alimentos e incluso el lugar en que aquellos se encuentran, o advertir del acecho de algún peligro, etc., pero seguro que no imaginamos a ningún animal contándole a otro los logros de sus antepasados, o refiriéndole sus anhelos más íntimos, si es que tales anhelos existieran. Sin un lenguaje desarrollado, como el humano, resulta difícil siquiera concebir un desarrollo cerebral que permita extenderse más allá de la satisfacción de las necesidades más inmediatas. Nietzsche pensaba que la estructura gramatical subyacente a diversos lenguajes comportaba el desarrollo de un pensamiento diferente. De cualquier forma, lo que parece claro es que sin lenguaje no puede haber nada parecido a lo que entendemos por cultura. El lenguaje nos conforma el cerebro, y por otra parte nos permite transmitir nuestros logros a nuestros descendientes, así como que estos logros no queden relegados al olvido, de tal forma que nuestra cultura posee un carácter acumulativo, que la hace especialmente poderosa.

El lenguaje nos convierte en seres eminentemente simbólicos. Nuestro mundo, el mundo de los humanos, es un mundo de representaciones, de símbolos que sustituyen a otros símbolos, y de símbolos que sustituyen a nuestras imágenes de la realidad, hasta el punto de que a veces sentimos que nuestro mundo es demasiado artificial, y agradecemos el contacto directo con la realidad, sin intermediarios simbólicos. Los símbolos, por todo lo explicado, son inherentes al ser humano, pero pueden arrojarnos a un mundo excesivamente ficticio, extremadamente simbólico, en el que cualquier contacto directo con la realidad resulta sumamente infrecuente. Si bien nuestra naturaleza humana es eminentemente simbólica, nuestra naturaleza animal no lo es, y precisa de de contactar directamente con la realidad, sin símbolos interpuestos. Quizás por eso, a veces nos sienta tan bien un simple paseo por el campo, o por la playa, contactando directamente con la naturaleza, “sintiéndola”, sin pensarla.

En un primer momento, la palabra sustituye a una imagen, a una impresión sensible, y utilizamos la palabra “gato”, por ejemplo, para referirnos a un gato particular, de forma que dicho símbolo, “gato”, nos trae a la memoria la imagen de un gato particular, concreto, para el que dicho símbolo fue creado. Con el tiempo, la imagen se diluye en la memoria pero, entretanto, la capacidad de abstracción del ser humano ha conceptualizado la imagen original del gato. Es decir, la imagen del gato concreto y particular desaparece, y es sustituida por el concepto de gato, que no representa a ningún gato en particular, pero sí a todos los gatos. Por tanto, el símbolo “gato” persiste, pero pasa de reprsentar a una imagen a representar un concepto. Esta abstracción de nuestra mente, la clase de todos los gatos, que no representa a ningún gato particular, no tiene existencia por sí misma, fuera de nuestra mente, por más que Platón se empeñara en hacerla más real que el gato mismo. Este proceso de abstracción progresiva, que no hemos hecho más que ejemplificar aquí, hace que nuestros símbolos se alejen cada vez más de la realidad a la que aspiran representar, sumergiéndonos en un mundo virtual, símbólico, en el que realidad y representación a veces se confunden.

Sin embargo, cuando nos comunicamos con nuestros semejantes, hacemos como que nos entendemos, como que nos comprendemos, como que asumimos su realidad, aunque está muy claro que lo simbólico artificializa las relaciones humanas, las dificulta, disminuyendo la empatía necesaria para ponerse en el lugar del otro, que es la forma de comprenderlo de verdad. Lo simbólico no es sólamente el lenguaje, que es su exponente máximo. Todo nuestro mundo es simbólico, y las relaciones humanas no son una excepción.

Lo simbólico, tan inherente al ser humano, parece muy conveniente para el desarrollo cultural de una sociedad, y no parece que podamos sustraernos a ello. Sin embargo, lo excesivamente artificial de lo simbólico puede ser un obstáculos para las relaciones humanas más íntimas, más sinceras.

Por eso, de vez en cuando, sigue siendo aconsejable un buen paseo por una playa, o por un campo solitario, como usted prefiera.

marzo 11, 2010

Algunas razones para aprender inglés

Archivado en: divulgación,lenguaje,mente,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:35 pm

Se ha dicho que España es el país en el que uno siempre está aprendiendo inglés, y no deja de ser cierto: el aprendizaje del idioma es, por lo general, tan deficiente en nuestro país, que uno no para de apuntarse a cursos en los que nunca consigue aprender a comunicarse correctamente.

Mi experiencia es que chapurrear en inglés es relativamente fácil, pero que aprender a comunicarse correctamente requiere mucho tiempo. Siempre hay que huir de aquellos que nos ofrecen aprender el idioma en seis meses, o con mil palabras, etc.,etc. Es imposible, al menos a una cierta edad, aprender inglés sin un considerable esfuerzo.

¿Merece la pena ese esfuerzo? A esta pregunta trata de dar respuesta este corto artículo.

Hay circunstancias, de tipo personal, laboral, que nos pueden exigir el conocimiento correcto del inglés, pero en estos casos no es que el esfuerzo merezca la pena, sino que las circunstancias nos imponen dicho aprendizaje. Yo me refiero aquí a una persona corriente, para la que el conocimiento del inglés puede ser recomendable, pero ni mucho menos necesario, para su desarrollo personal o para su desempeño laboral.

¿Qué le puede aportar a una persona normal el esfuerzo que supone aprender correctamente el inglés? Yo creo que mucho, pero no tanto por el hecho de conocer una nueva lengua como por los cambios que eso supone en el cerebro de quien la estudia. Desde este punto de vista, el artículo se podría haber titulado “Algunas razones para aprender chino”. No obstante, y dado que el inglés es el idioma más extendido, si no en cuanto a hablantes sí al menos geográficamente, preferí titularlo así.

De cualquier forma, el acceso por internet a muchas páginas webs inglesas que ofrecen información, servicios, productos, multiplican las razones prácticas del aprendizaje del inglés, aunque para estos usos nos bastaría con traducir correctamente.

Yo creo, aunque no es más que una opinión, que la plasticidad cerebral que requiere el aprendizaje de una lengua bien distinta a la materna, supone un entrenamiento cerebral excelente. Todo lo que sea un cambio de paradigma para el cerebro, y el inglés no cabe duda de que lo es, debe contribuir a mantener un cerebro joven, incluso más que materias muy arduas pero que implican un menor cambio adaptativo. Aprender inglés, para un español, es un cambio revolucionario en el modo de pensar, de estructurar, mientras que jugar al ajedrez, o resolver sudokus o crucigramas, no supone un cambio de paradigma, aunque constituya un buen ejercicio.

Por supuesto, creo que existe una diferencia importante en hacerse bilingüe desde el nacimiento o lograrlo a los cuarenta, pero no me cabe duda de que los cambios que acontecen en el cerebro son notables en ambos casos.

Desconozco si existen estudios que comparen la incidencia de Alzheimer entre personas con una sola lengua y personas que manejan indistintamente dos lenguas muy diferentes. Sabemos que el Alzheimer tiene un importante componente genético, pero una posible diferencia estadísticamente significativa en un estudio de este tipo podría sugerirnos la posibilidad de la influencia del medio. De hecho, se ha sugerido, y parece que hay algunos estudios que avalan el ejercicio mental como ayuda para la prevención, pero no todos los ejercicios mentales estimulan la plasticidad cerebral de la misma forma.

Aunque esta analogía no sea muy exacta, podríamos comparar un lenguaje con el sistema operativo de un ordenador. Un lenguaje sería el Windows y otro el Linux, por poner un ejemplo, y uno de ellos sería más apropiado que el otro para determinadas aplicaciones, y viceversa. Se ha escrito muchas veces que el inglés es más apropiado que el español para el pensamiento científico. No sé si será así, pero desde luego resulta más apropiado para la lógica formal, y lo explicaré con un sencillo ejemplo. Nosotros decimos, por ejemplo, “yo no tengo nada”, y desde un punto de vista estrictamente lógico eso significaría que tenemos algo, porque estamos empleando una doble negación. Los ingleses, sin embargo, dirían “I have not anything”. Podríamos multiplicar ejemplos de este tipo. Si la analogía es afortunada, ser bilingüe supondría algo así como tener un cerebro más versátil, menos rígido, más adaptable para diferentes requerimientos.

Hace años pensaba que aprender inglés, a no ser que fuese por un interés meramente práctico e inmediato, no merecía la pena. Creía que no aprendías nada nuevo, sino tan sólo una forma diferente de decir las cosas. Hoy sé que estaba completamente equivocado, y que se trataba de un prejuicio juvenil dictado por la ignorancia. Para empezar, hay cosas que sólo se pueden decir igual en el idioma original, y que cualquier traducción lo invalida y, además, aprender un idioma no es sólamente aprender otra forma de decir las cosas. Es mucho más que eso: es aprender otra forma de pensar. Creo que fue Ortega quien, refiriéndose a Madariaga – que leía y escribía en tres idiomas -, dijo de forma despectiva que se podía ser tonto en tres idiomas, pero hoy no me cabe duda de que esa fue una más de las muchas frivolidades orteguianas.

marzo 18, 2009

De nuevo las matemáticas

Archivado en: cultura,divulgación,educación,enseñanza,lenguaje,Matemática,matemáticas,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:03 am

Estamos atravesando una grave crisis económica, y las ventajas con las que se nos decía que contaba nuestro sistema financiero, como su solidez, no parecen estar tan claras. La aparente prosperidad económica española no parecía guardar concordancia alguna con el elevado nivel de analfabetismo funcional de nuestro país. De hecho, llegué a pensar, y aún lo pienso en parte, que la prosperidad económica no guarda relación con el nivel de educación del país. En todo caso, como escribí, con el nivel de sus universidades. La educación podía servir más al individuo, al hacerlo más libre y más crítico; en suma, más ciudadano.

Estamos viviendo una época, o al menos me lo parece, en que los protagonistas de la vida pública son los que menos saben, los que menos cosas interesantes tiene que contar, excepto una sarta de banalidades expresadas en un lenguaje torpe y lenguaraz a un tiempo.

Las matemáticas, bien enseñadas, sirven para muchas cosas, y no es menester glosar una vez más aquí todas sus virtudes. Sí me gustaría, sin embargo, analizar una de ellas, quizás la principal para combatir la charlatanería huera que nos acecha por doquier. Una característica esencial del lenguaje matemático es su economía: se utilizan los símbolos, o las palabras, necesarios y suficientes.

Por eso, quizás por eso, las personas versadas en esta materia no utilicen un lenguaje redundante, y todo su lenguaje sea más austero, más preciso, más dotado de contenido real.

En una época como la nuestra, en que continuamente se confunde la anécdota con la categoría, en la que se banaliza lo verdaderamente importante, y se pontifica sobre las estupideces, se hace más necesario que nunca la purificación del lenguaje, entendiendo por ésta la utilización correcta del mismo para expresar ideas, o sentimientos, y no al revés, utilizar el lenguaje y desvirtuarlo, vaciéndolo de contenido, para transformar la realidad. Cuando el lenguaje se utiliza, no para describir la realidad, sino para desvirtuarla, o para ocultarla, nos alejamos de los fines primigenios del lenguaje para caer en una de las mayores abyecciones: desvirtuar la realidad pervirtiendo el lenguaje.

Habrá quien piense que en toda época el lenguaje se ha utilizado para engañar, para intereses espúrios, etc. Sin duda, pero cuando esto se hace de forma sistemática, y con los medios de comunicación de nuestros tiempos, el éxito está garantizado.

Una buena vacuna contra los fines perversos del lenguaje, y que nos procura la máxima inmunidad, es la purificación del mismo, devolviendo a las palabras el auténtico sentido que nunca debieron perder. En este sentido, la pureza del lenguaje matemático, donde no se admite una palabra de más, ni una palabra de menos, me parece un magnífico antídoto para ponerse a salvo de uno de los sinos de nuestros tiempos: la charlatanería, la propaganda, la publicidad engañosa y la manipulación a todos los niveles, en definitiva.

La matemática, clásicamente, se ha venido enseñando para procurar en el estudiante una destreza operativa. Se intentaba, al menos en mis tiempos, conseguir que el estudiante resolviera logaritmos, efectuara límites, derivadas e integrales con soltura, sin pararse demasiado en los aspectos conceptuales. Ambas cosas me parecen importantes, si queremos que la matemática transforme los cerebros en el noble sentido en el que apuntábamos en párrafos anteriores.

La faceta técnica, la destreza operativa, preparará al alumno para cursar con éxito una ingeniería, mientras que la preocupación por las cuestiones conceptuales adentrarán al alumno en el verdadero meollo de las matemáticas, acostumbrándolo en la utilización de un lenguaje formal, puro y preciso, muy alejado del uso superficial, banal y retorcido, tan generalizado en nuestros días.

octubre 18, 2007

Las definiciones

Archivado en: axiomática,divulgación,enseñanza,lenguaje,Matemática,matemáticas,método,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:02 pm

El Diccionario de la Real Academia Española, en su primera acepción sobre “definir” nos dice: “Fijar con claridad, exactitud y precisión la significación de una palabra o la naturaleza de una persona o cosa”.

 Grosso modo existen dos formas, bien diferenciadas, de aprender nuevas palabras. La primera forma, y a la que acudimos con mayor frecuencia los que manejamos algunas palabras, es el diccionario. El significado de la nueva palabra quedaría, de esta forma, fijado con claridad, exactitud y precisión, en función de otras palabras cuyo significado nos debe ser conocido. Esta primera forma de definición constituiría lo que podríamos llamar definición verbal.

 Sin embargo, los niños, que no conocen palabras, no pueden aprender así. Ellos deben aprender por asociación de un sonido con una “imagen”, ya sea ésta visual, auditiva, olorosa, táctil, etc. Habrá que decirles “lluvia”, y hacer que la sienta. Este otro tipo de definición, tan importante también, se llama definición ostensible, puesto que a la vez que pronunciamos la palabra mostramos el objeto. Todos aquellos conceptos, u objetos, esencialmente sensuales, no habrá otra forma de definirlos. No se me ocurre otra forma de definir lo “agrio” que dando a probar algo con ese sabor tan especial.

Una materia en la que hay ser especialmente cuidadoso con las definiciones, en cuanto a la precisión se refiere, son las matemáticas. ¿Qué clase de definiciones usaremos en esta materia, la verbal o la ostensible?. La verbal parece más seria para una materia como las matemáticas pero, ¿qué hacemos con los primeros conceptos, con los “primitivos”?.

Podemos hacer dos cosas:

Si tenemos una “imagen” previa del concepto a definir podemos intentar dibujarla de forma aproximada, para que se aprenda por abstracción progresiva. Podemos dibujar simulacros de segmentos, cada vez más delgados, y cada vez más largos, hasta que se logre captar el concepto de “recta”. Ahora bien: esto puede servir, tan sólo, para aquellos conceptos de los que poseemos una “imagen”.

Si no disponemos de una “imagen” de lo que queremos definir como, por ejemplo, para los conceptos de las geometrías no euclídeas habrá que transmitirlos de otra manera. Lo hacemos enumerando propiedades de esos conceptos – sean éstos lo que sean -, de tal manera que cualquier conjunto de conceptos, de los que dispongamos de una “imagen”, y que cumplan dichas propiedades, constituirá un modelo de aquellos conceptos. Esto es lo que se conoce como definición axiomática, que es la que de forma generalizada se ha impuesto en la matemática actual.

Nuestra “imagen” clásica de “punto” y de “recta” cumplen los axiomas de la moderna geomtría euclídea, pero también los cumplen un par ordenado de números reales (a,b) y la ecuación algebraica de la forma a.x+b.y+c = 0. Por tanto, ambos constituyen un modelo de la geometría euclídea.

Como hemos visto, cada conjunto de conceptos previamente conocidos que cumplen los axiomas de la definición constituyen un modelo para los conceptos que queremos definir. A los conceptos que pretendemos definir de esta manera – mediante una definición axiomática – es preferible no llamarlos conceptos, pues están situados en un nivel de abstracción mayor que los conceptos de los modelos. Podemos llamarlos conceptores, y de hecho así se hace.

Así, mientras en la moderna geometría euclídea, “punto”, “recta” y “plano” serían conceptores, nuestras antiguas imágenes euclidianas de “punto”, “recta” y “plano” constituirían un modelo, y serían, por tanto, conceptos. De igual forma, un par ordenado de número reales (a,b), la ecuación a.x+b.y+c = 0, y la ecuación a.x+b.y+c.z+d = 0 también constituyen un modelo para los conceptores, y son, por tanto, conceptos.

Así, la matemática moderna no define tanto conceptos como “conjuntos de conceptos” que cumplen determinadas propiedades; esto es: estructuras. Así, conjuntos de lo más diversos pueden tener la misma estructura, y los resultados obtenidos en abstracto para los conceptores se podrán aplicar, por igual, a los conceptos de esos conjuntos tan diversos.

Es éste un tema difícil y árido, pero que merece ser pensado, pues constituye el pilar conceptual fundamental de toda la matemática moderna.

octubre 13, 2007

Lo necesario, lo útil y lo superfluo

Archivado en: divulgación,educación,enseñanza,felicidad,lenguaje,libertad,pedagogía,pensamiento,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:14 am

La perversión interesada del lenguaje ha llegado a ser un fenómeno tan propio de nuestro tiempo que ha conseguido sus propósitos: transformar las mentes al servicio de los intereses publicitarios. Es un fenómeno tan perverso que excede a su finalidad original – que la gente adquiera el producto, o el servicio que se publicita -, y consiguen organizarnos la vida según sus intereses, haciendo además que si intentamos ser independientes nos sintamos desgraciados en mayor o menor grado. Nadie escapa a la voracidad de las grandes campañas publicitarias, pero los niños y la gente joven, e inmadura en general, son sus víctimas principales.

La nefasta influencia que tales campañas despiadadas de publicidad ejercen en nuestra sociedad, y entre nuestros jóvenes en particular, no es fácil de corregir ni es probable que exista interés en hacerlo. Por un lado están los intereses de las grandes empresas, y su influencia sobre el poder político que podría arbitrar leyes destinadas a atajar semejante desmesura, así como alertar a nuestros jóvenes del terrible efecto que dichas campañas pueden ejercer sobre su personalidad y sobre sus vidas. Atajar el problema desde todos los ángulos posibles equivaldría a cambiar la sociedad de mercado, profundamente injusta desde mi punto de vista, en que estamos inmersos.

Entretanto, nos tendremos conformar con mucho menos. Quizás, lo primero sea visualizar y definir el problema, y su envergadura. Si no nos hacemos plenamente conscientes de ello vanos resultarán todos nuestros intentos.

Nuestros políticos deberían sacar adelante una ley de ética publicitaria, que castigara con multas proporcionales al daño que ocasionan la perversión lingüística de determinadas campañas publicitarias. Cualquier insinuación en un anuncio, por ejemplo, a presentar el último modelo de móvil como una necesidad, sin el cual nos vamos a sentir desgraciados, debería estar absolutamente prohibida por ley, y habría un órgano formado por intelectuales independientes, y a ser posible anónimos, que se encargarían de dictaminar sobre la influencia perversa, abierta o subliminal, de las campañas de publicidad.

Paralelamente, el sistema educativo y los medios públicos impartirían a la sociedad, y a nuestros jóvenes, charlas, conferencias, cursos y cuanto se estime conveniente, destinadas a combatir la influencia negativa de la codicia de las grandes empresas.

Lo necesario, lo que precisamos para vivir, se ha hipertrofiado de una forma absolutamente interesada, y una gran mayoría hoy siente como necesario el ordenador, internet, el móvil y el último mp4. Sin embargo, paradójicamente, nadie considera necesario que nos libren de la perniciosa influencia de la publicidad, que nos aliena como personas fomentando a un tiempo lo peor que llevamos dentro.

Mientras que lo necesario debería ser algo muy restrictivo, y con un contenido objetivo, lo útil dependería exclusivamente de la persona que lo juzgue. Para unas personas será útil un ordenador, y para otras será más útil un balón de fútbol.

Puesto que nuestras necesidades son muy escasas, y nuestros intereses limitados, lo superfluo es el capítulo fundamental de las campañas de publicidad, y la mayor parte de las cosas que acumulamos se deberían incluir en este capítulo.

Reflexionar adecuadamente, y de forma repetida – la única forma de ccambiar nuestros hábitos, los mentales incluidos – sobre esta materia y sobre estos conceptos podría repercutir de forma muy favorable sobre nuestra libertad de elegir y sobre nuestra felicidad. De entrada, sería más difícil sentirse desgraciado por causa ajena, y disminuiría la envidia puesto que todos sabríamos que los más ricos lo que acumulan son sólo cosas superfluas. No existiría entonces ese interés desmesurado por hacerse rico, disminuiría la explotación, y el hombre buscaría aquellas cosas a las que nunca debió renunciar, sin siquiera saberlo: ser uno mismo, y no lo que quiera determinado Banco, o determinada empresa.

 Sé que este último párrafo puede resultar utópico y esa ha sido mi intención al redactarlo, porque muchas utopías de hoy son el revulsivo necesario para cambiar el presente.

mayo 17, 2007

No responda

Archivado en: divulgación,lenguaje,pensamiento,política — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 3:32 pm

Hay preguntas que están formuladas de tal forma que, responda uno lo que responda, siempre queda mal. Lo suyo sería responder matizando adecuadamente, precisando nuestra respuesta, pero en muchas ocasiones el propio contexto en que nos formulan la pregunta no nos lo permite. Lo saludable es no responder, porque si lo hacemos nuestra respuesta será uitilizada con fines demagógicos, en el mejor de los casos.

Preguntas como “¿está usted a favor de la paz?, o, “¿está a favor de la igualdad de género?”, o, “¿le parece bien la enseñanza obligatoria”? están planteadas de forma capciosa, buscando el “sí” como respuesta inevitable, pues si contestamos que no estaremos señalándonos como belicistas, como machistas o como elitistas.

Este tipo de preguntas, aparte de su ambigüedad, que precisa matización, esconde una clara intencionalidad, y no es simplemente una pregunta ambigua en el sentido que puede serlo la pregunta siguiente: “¿cree usted en el libre albedrío?”.

No responder a una pregunta no significa rehuir una responsabilidad, sino que bien puede significar todo lo contrario. Puede ser señal de que, como somos responsables, nos negamos a que otros utilicen nuestra respuesta como coartada para fines inmorales o demagógicos.

Hay otras formas más sutiles aún de conducir a un engaño. Supongamos que un gobierno se dispone a adoptar unas medidas que repugnan a gran parte de la población como, por ejemplo, conceder un beneficio penitenciario a un terrorista que ni siquiera se ha arrepentido.

Una forma de conseguir que muchos apoyen su postura es plantear la siguiente pregunta: “¿cree usted que las víctimas, o sus familiares, deben ser quienes dicten la política antiterrorista?”. Obviamente, la respuesta a esta pregunta es que no, que no deben ser ellos, sino el gobierno, quien trace las líneas de la política antiterrorista. Esta pregunta, sin embargo, busca el efecto perverso de hacer crer que como no deben ser las víctimas quienes lo hagan entonces lo que haga el gobierno estará bien hecho, por impopular que sea. El razonamiento es así de simple: dado que las vítimas están implicadas emocionalmente no buscan justicia, sino venganza, y como el gobierno se propone hacer lo contrario de lo que las víctimas desean el gobierno adopta la decisión justa, aunque a simple vista no lo parezca.

Yo siempre sospecho de quienes me plantean preguntas capciosas, o de quienes me plantean preguntas de respuesta evidente.

En otras ocasiones la pregunta encierra un matiz connotativo claramente peyorativo. Es el caso de una persona que en una lista solía preguntar a algunas otras personas: ¿oye, fulano, eres franquista?. Era una forma hábil de insultar sin hacerlo, puesto que sólo se formulaba una pregunta. Además, respondiera el otro lo que respondiese, ya lo había etiquetado. Lo mejor era no responder, o, en todo caso formularle a su vez otra pregunta como, por ejemplo, ésta: ¿ y tú, eres estalinista?.

Las técnicas de que se sirve la propaganda moderna son tan eficaces, y tan abyectas, que mucha gente puede llegar a considerar más noble y más leal a una pandilla de asesinos que a un partido democrático. Si no, no se explica que en un determinado pueblo de Madrid aparezcan carteles electorales, con una pintada sobre un candidato de determinado partido, animando a la ETA a matarlo.

La perversión del lenguaje es otra arma tremenda de la propaganda, pero el objeto de este artículo era tan sólo hablar de aquellas preguntas que no había que responder.

mayo 8, 2007

Pensamiento postmoderno

Archivado en: divulgación,filosofía,lenguaje,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:56 am

En el año 1996, Alan Sokal, físico de la Universidad de Nueva York envió un artículo, titulado “Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity”- “Transgrediendo las fronteras : hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica”-, a la revista Social Text, una revista de prestigio en el campo de las humanidades y las llamadas Ciencias Sociales.

En el artículo, Sokal utiliza términos de los campos de la Física más avanzada para pergeñar un discurso delirante y criticar, de este modo, el lenguaje oscuro y disparatado de estos prohombres del nuevo pensamiento.

 Posteriormente, junto a Jean Bricmont, profesor de física teórica en la Universidad de Lovaina, publicó el libro titulado “Imposturas intelectuales”, editado en España por Paidós en 1999.

La visión postmodernista más radical, que es la que ridiculizan en el libro, se caracteriza, “grosso modo”, por la defensa de un relativismo cognitivo, por un discurso oscuro y confuso, cuando no disparatado, plagado de terminología científica mal utilizada, por un rechazo de la tradición racionalista derivada de la Ilustración, por elaborar “teorías” desconectadas de cualquier contrastación empírica, y por considerar a la Ciencia una “narración”, o una “construcción social”.

Quizás, esta particular idea de la Ciencia les otorgue el derecho a utilizar la terminología relativista, o los términos de la Lógica de Gödel, para sus interpretaciones surrealistas. Afirmaciones como ” La vida humana se podría definir como un cálculo en el que el cero es irracional”, o que “la fórmula de Einstein que relaciona materia y energía es sexuada, porque prima a la velocidad”, son ampliamente utilizadas por estos pensadores postmodernos.

No deja de ser curiosa esa tendencia a utilizar términos propios de las “ciencias duras” para sus fines particulares, al tiempo que consideran a éstas una narración más desprovista de la objetividad que pretenden. Parece como si quisieran aprovechar el prestigio de estas ciencias para apuntalar sus delirios y acomplejar al lector.

Se ha acusado a Sokal de muchas cosas: de ser antifrancés, de desprestigiar el pensamiento de la izquierda, y de algunas cosas más. Como él mismo advierte, en su primer artículo enviado a “Social Text” los peor parados eran pensadores norteamericanos y británicos. El hecho de que en su libro fueran algunos autores franceses los más criticados se debía a esa tendencia de Francia a exportar a sus intelectuales, mientras que Estados Unidos es un país primordialmente antiintelectual.

En cuanto a la segunda crítica opina que el peor fundamento para el pensamiento de izquierdas es el relativismo cognitivo que impregna todo el discurso postmoderno. Por otra parte, un físico como Sokal que ha impartido clases en Nicaragua durante el régimen sandinista y que ha defendido el Chile de Allende, difícilmente puede ser acusado de defender  ideas de derecha. Como bien dice el propio Sokal las ideas no tienen patria.

Se ha identificado, y no sin razón como estamos viendo, a este pensamiento postmoderno con un pensamiento débil, que utiliza la negación de lo anterior, el pensamiento racionalista, para penetrar en un discurso subjetivo que no conoce ni el límite de someterse a la fuerza de los hechos.

También resulta sintomático que fuese la izquierda quien más se sintiese atacada por el demoledor embate de Sokal a esta corriente, que se inició a principios de los ochenta. El derrumbe del pensamiento marxista coincidió con el auge del subjetivismo que inspira a esta engañifa. Hoy día, con el marxismo en declive, el patrimonio principal de la izquierda quizás sea el relativismo cultural e intelectual.

Aquel que se sale de este pensamiento, que trata de fundamentar una serie de principios, de encontrar verdades, o de aproximarse a éllas, es inmediatamente tildado de derechas, o de facha. No deja de ser rentable este modo de actuar, y no es de extrañar que posea tantos adeptos, pues se ahorra uno la costosa tarea de pensar. Basta con repetir el mismo latiguillo y la misma mentira las veces que haga falta. Al fin y al cabo, si todo es tan relativo, ¿qué importancia tiene la verdad, si es que acaso existe?.

Antes un marxista ilustrado tenía que haber estudiado, tenía que razonar y conocer historia y filosofía. Hoy un “progre” basta con que se apunte a la jerga postmoderna, repita todos los latiguillos y niegue a su interlocutor.

abril 3, 2007

REFLEXIONES SOBRE EL PENSAMIENTO

Archivado en: cerebro,enseñanza,filosofía,lenguaje,mente,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 8:19 am

En este corto artículo me gustaría caracterizar aquello que llamamos pensamiento racional; para empezar podríamos preguntarnos si existe algo que pueda ser llamado pensamiento y no sea racional, pues en el caso de que no fuese posible el calificativo racional resultaría un pleonasmo aplicado al pensamiento.

Los primates son capaces de engarzar dos cañas para alcanzar unos plátanos que no están a su alcance con una sola de ellas; ésta, y otras habilidades más complejas han sido estudiadas en detalle por primatólogos, así como su aprendizaje por el resto de la comunidad. Es decir, son capaces de desarrollar habilidades y de transmitir éstas a sus congéneres, y además las habilidades son aprendidas; no son congénitas ni instintivas, como ocurre con otras conductas.

¿Merece esto ser llamado pensamiento?. Al fin y al cabo, es un ejemplo más del aprendizaje por ensayo y error, que tanto nuestros ancestros como nosotros aplicamos tantas veces.

Desde mi punto de vista, el primate que para conseguir un objetivo ensaya distintas posibilidades encaminadas a su consecución está iniciando una forma de pensamiento, por muy primitiva que se quiera ver, aunque no reúna todas las características para calificarlo como pensamiento propiamente dicho. Los demás primates que aprenden esta habilidad, y la desarrollan automáticamente, ejecutan una acción útil pero no están pensando.

Nuestra especie desarrolla de forma continuada actividades sumamente complejas sin pensar en absoluto; pensemos lo sumamente complejo que es conducir un automóvil, y si no recordemos las dificultades al iniciarnos. El cirujano que realiza una compleja operación a la que está sumamente habituado y que requiere precisión está realizando una labor complicada y útil, mas no está pensando; diferente es cuando antes de entrar en quirófano sopesa los pros y contras para decidirse por utilizar una entre diversas técnicas a elegir.

Esto que digo, que podría enfadar a algunos cirujanos – precisamente a aquellos que menos piensan – es tan así que Whitehead decía que la civilización avanza a medida que se realizan de forma automática logros que había costado mucho conseguir. Si cada vez que fuésemos a encender el televisor pensásemos en los campos electromagnéticos que se generan, que se emiten y se transmiten a la velocidad de la luz para ser recogidos por una antena y ser luego decodificados en imagen, no acabaríamos de encenderlo y ver plácidamente la película que proyectan.

Los niños son quizá el más vívido ejemplo de asimilación de rutinas prácticas y habilidades diversas; observemos lo rápidamente que aprenden los vídeojuegos y su semiología propia, lo rápido que formaban el cubo de Rubik y cualquier otro tipo de habilidades que les interesen. Sin embargo pensar, lo que se dice pensar, piensan más bien poco, o al menos esa es mi impresión; si no, indaguemos un poco y preguntémosles por el por qué y el cómo de muchas de sus rutinas, y veremos qué poco saben de los fundamentos y qué poco le interesan.

Bertrand Russell decía que la gente siente pánico a pensar, a indagar por sí mismos, alejándose de los tópicos establecidos, hasta donde le lleve su propio pensamiento.

Habitualmente los grandes pensadores –no siempre – muestran una habitual torpeza a adquirir habilidades y rutinas prácticas que el común de los mortales desarrolla sin dificultad, y esto quizá se deba – es mi opinión – a su excesivo espíritu crítico, a cuestionarlo todo, a ponerlo todo en duda, hasta sus propias rutinas, las cuales tardan en desarrollar. Así los niños, sin embargo, y los hombres de acción – que se siguen pareciendo mucho a los niños – las desarrollan sin la menor dificultad.

En cierto modo encuentro una cierta oposición entre el pensar y el hacer. Se cuenta de Einstein que una vez salió de su domicilio habitual y no recordaba la dirección, por lo que se vio obligado a telefonear para que lo recogieran; Isaac Asimov se confesaba incapaz de cambiar un enchufe y Enmanuel Kant en toda su vida apenas se alejó de Königsberg, su ciudad natal. Todo el mundo maneja rutinas para vivir, aunque sean mínimas, como Juan Ramón Jiménez, y todo el mundo piensa algo aunque a veces nos parezca imposible.

Habrá quien haya sacado la impresión de que he comparado a cirujanos y a niños con primates muy habilidosos, y que sólo he elevado al nivel más humano a los pensadores, y esto requiere una aclaración ulterior.

Las habilidades que podemos desarrollar los humanos son más sofisticadas que aquellas que pueden desarrollar nuestros ancestros. Si bien pudiéramos concebir a un chimpancé conduciendo un automóvil, difícilmente nos lo imaginamos cumpliendo las normas de circulación, y esta diferencia viene marcada por algo que es característicamente humano como es nuestro lenguaje.

Si bien otras especies pueden disponer de símbolos para transmitir señales de peligro, de dolor, etc., son tan elementales que no pueden compararse a lo que el lenguaje humano constituye. Sin nuestro lenguaje, todos los avances de la civilización no podrían transmitirse a la siguiente generación. Es por este lenguaje, propiamente característico de nuestra especie, por lo que nuestras habilidades y nuestras rutinas mentales pueden ser enormemente sofisticadas, hasta el punto de ser capaces de llevar a cabo operaciones sumamente complejas sin apenas pensar.

Resulta del máximo interés subrayar la idea de que la complejidad de una operación no es paralela al pensamiento necesario para desarrollarla. El pensamiento surge cada vez que uno se interroga y trata de encontrar respuestas, convirtiéndose en agente activo de la comprensión intelectual, indagando y poniendo en duda con espíritu crítico aquello que se nos ha transmitido. Es por esto que creo que no se puede hablar de pensamiento verdadero hasta una determinada edad – salvo en casos precoces – y el hecho de que los niños pregunten por qué continuamente implica una curiosidad más que una capacidad para pensar. La cuestión no está en preguntar siempre por qué, sino en saber cuándo tiene sentido preguntar por qué, pues a veces no lo tiene.

Los niños, desde que nacen están aprendiendo y esto les supone, a veces, un considerable esfuerzo como es aprender a leer, escribir, aprender las reglas de la aritmética, etc. Curiosamente hablar es algo que aprenden con mayor sencillez, y no porque sea tarea fácil, sino porque es tal su afán por comunicarse que a veces se atorrullan por su deseo de expresar cosas que no aciertan a saber como hacerlo.

Los niños aprenden continuamente y, sin embargo, según las ideas expresadas anteriormente no tienen desarrollada una capacidad de pensamiento; luego, no todo aprendizaje implica capacidad para pensar. Desde este punto de vista opino que el aprendizaje pasivo y mimético no requiere pensar, aunque sí pueda requerir un gran esfuerzo mental. El aprendizaje que requiere pensar en el pleno sentido que concedo a esta palabra es el aprendizaje activo, indagatorio, inquisitivo, creativo en una palabra.

No en vano, decía Einstein, que era más importante preguntarse que encontrar respuestas. Así pues, el pensar es un proceso mental activo por parte del sujeto; es indagatorio, en el sentido de que trata de responder a interrogantes; debe ser libre, y no estar mediatizado o manipulado; es creativo, en el sentido de que puede aportar elementos nuevos y es fecundo, porque da lugar a su vez a nuevos pensamientos; a su vez es crítico, en el sentido de que no venera lo adquirido por constituir mera tradición, sino por sus valores intrínsecos.

Pensar es situarse sólo ante las cosas y ante uno mismo, con la única ayuda de la razón y de la experiencia, para acercarse a la verdad que se supone que podemos aproximarnos, mas no siempre implica realizar innovaciones trascendentes; a veces sólo se consiguen puntos de vista más atinados y formas nuevas de aprehender una realidad ya entrevista, pero siempre exige desprenderse de prejuicios. Si se consigue unir razón y experiencia con una imaginación fecunda los éxitos son más probables.

En definitiva, la civilización se mantiene por rutinas y automatismos aprendidos y transmitidos, y avanza gracias a los esfuerzos innovadores de los pensadores, sean estos investigadores, inventores o creadores de nuevas formas de pensamiento.

Sí es cierto que la actividad de pensar – y cuanto más abstracta sea ésta, más – hay que considerarla entre las más humanas, y dado que ciertos animales desarrollan aprendizajes que pueden simular un cierto pensamiento, como anteriormente vimos, es difícil imaginar
- recononozcámoslo- a un primate pensando sobre su propio lenguaje – metalenguaje – o discutiendo sobre su propia manera de pensar. Parece que cuando más nos adentramos en este lenguaje nuestro más nos diferenciamos de los animales. En este sentido, la lingüística y la filosofía pura serían actividades muy humanas.

La lógica formal representaría el conjunto de reglas formales exigibles en todo razonamiento deductivo, y a Frege debemos el primer cálculo completo de este género, que culminaría con la obra capital de Whitehead y Russell “Principia Matemathica”, y éste, el razonamiento deductivo – aún siendo importantísimo – , es sólo una pequeña parte del pensamiento racional.

En el fondo, la lógica deductiva, puesto que los teoremas está implícitos en los axiomas, constituiría una tautología, una verdad necesaria, y la realidad hasta donde la conocemos es contingente, pues no conocemos un principio general que no la hiciera poder ser de otra manera.

La imaginación, la observación, la experimentación, la experiencia de las cosas, son realidades que amplifican nuestro conocimiento. La imaginación es algo fundamental que hasta donde conozco no ha sido rigurosamente tratada, y su importancia es tal en el avance del conocimiento que bien merecería un estudio aparte.

Este pequeño artículo no constituye más que una opinión, la mía, que puede ser discutible, mas no respetable, y digo esto porque existe una tendencia generalizada a decir : “tienes que respetar lo que digo porque es mi opinión” ó “cada uno tiene su opinión, y tan respetable es la una como la otra”.

Respetables son las personas, en el sentido de que son merecedoras de respeto, de que se las escuche, y de ponerse en su lugar, pero las opiniones son susceptibles de debate, de sopesar los argumentos de unas y de otras para rechazar las más débiles y aceptar las que mejor soporten el peso crítico de la razón.

marzo 28, 2007

Cerebro y Lógica

Archivado en: cerebro,lógica,lenguaje,mente,pensamiento,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:26 am

La pregunta, a cuya respuesta nos queremos aproximar en este escrito es la siguiente:

¿Nuestra Lógica es un producto de nuestro cerebro?  Dicho de otro modo: ¿otros cerebros inteligentes podrían desarrollar otras Lógicas?

 Sabemos que nuestro cerebro ha desarrollado varias Lógicas: la Lógica binaria, la difusa, la probabilística, y otras. Sin embargo, aquí, para discernir y poder encontrar una respuesta a nuestra pregunta debemos preguntarnos por la naturaleza de la Lógica Formal.

No resulta concebible que otros seres inteligentes – supongamos, por el momento, que entendemos lo que queremos decir con “inteligentes” -, y que entendieran nuestro lenguaje, tuvieran otra Lógica que les permitiera concluir que “el caballo blanco de Santiago debe ser negro”, ni que ” esto es un hombre y no es un hombre” es verdadero.

 Estos ejemplos, que se podrían multiplicar, muestran que la Lógica es algo íntimamente vinculado al lenguaje que la desarrolla.

 Recuerdo que había otro principio de la Lógica aristotélica que establece que “el todo es mayor que la parte”. No creo, sin embargo, que esto sea un principio lógico – aunque lo pueda parecer -, sino empírico. De hecho, no se cumple para conjuntos infinitos, pues sabemos que el conjunto de los números pares, por ejemplo, se puede poner en correspondencia biunívoca con el de los números naturales.

 Si entendemos la Lógica como un producto no contingente, sino como un producto necesario de nuestro lenguaje, la pregunta queda reducida a  si los diferentes tipos de lenguaje pueden producir Lógicas contradictorias entre sí.

 Pero: ¿Qué es primero: la Lógica, o el lenguaje?. ¿Acaso es posible estructurar un lenguaje sin una Lógica previa?. O, ¿ se van haciendo el uno al otro, la Lógica al lenguaje y el lenguaje a la Lógica?

Sea como fuere, los diferentes lenguajes deben poseer una estructura linguística que subyace a los mismos, y que debe ser el objeto del estudio de la lingüística. Esto lo afirmo con algún riesgo, porque mis conocimientos de linguística son muy escasos. Creo también que cualquier lenguaje, suficientemente expresivo, debe ser capaz de desarrollar una Lógica, y que las Lógicas desarrolladas por lenguajes diversos no son sólo compatibles, sino superponibles en muchos aspectos.

 Creo, por tanto, y resumiendo, que la Lógica es un producto universal de cualquier cerebro capaz de desarrollar un lenguaje, y no algo contingente a un cerebro o a un lenguaje concreto.

 Por supuesto, algunos lenguajes me parecen más apropiados para desarrollar contenidos lógicos que otros. En este sentido el idioma inglés me parece mejor estructurado para la Lógica que el español, por ejemplo, aunque por ser ambos suficientemente expresivos habrían desarrollado la misma Lógica, aunque no hubiera habido contacto alguno entre ambas lenguas. Un marciano inteligente, ídem de ídem, aunque su física, su matemática y todo lo demás difiriera en todo de lo nuestro.

El cerebro, producto de la evolución y de la adaptación al medio, sería el hardware, la Lógica sería el sistema operativo obligado – más o menos como el Windows de Microsooft -, y todos los demás contenidos de la mente serían los programas.

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