Estamos atravesando una grave crisis económica, y las ventajas con las que se nos decía que contaba nuestro sistema financiero, como su solidez, no parecen estar tan claras. La aparente prosperidad económica española no parecía guardar concordancia alguna con el elevado nivel de analfabetismo funcional de nuestro país. De hecho, llegué a pensar, y aún lo pienso en parte, que la prosperidad económica no guarda relación con el nivel de educación del país. En todo caso, como escribí, con el nivel de sus universidades. La educación podía servir más al individuo, al hacerlo más libre y más crítico; en suma, más ciudadano.
Estamos viviendo una época, o al menos me lo parece, en que los protagonistas de la vida pública son los que menos saben, los que menos cosas interesantes tiene que contar, excepto una sarta de banalidades expresadas en un lenguaje torpe y lenguaraz a un tiempo.
Las matemáticas, bien enseñadas, sirven para muchas cosas, y no es menester glosar una vez más aquí todas sus virtudes. Sí me gustaría, sin embargo, analizar una de ellas, quizás la principal para combatir la charlatanería huera que nos acecha por doquier. Una característica esencial del lenguaje matemático es su economía: se utilizan los símbolos, o las palabras, necesarios y suficientes.
Por eso, quizás por eso, las personas versadas en esta materia no utilicen un lenguaje redundante, y todo su lenguaje sea más austero, más preciso, más dotado de contenido real.
En una época como la nuestra, en que continuamente se confunde la anécdota con la categoría, en la que se banaliza lo verdaderamente importante, y se pontifica sobre las estupideces, se hace más necesario que nunca la purificación del lenguaje, entendiendo por ésta la utilización correcta del mismo para expresar ideas, o sentimientos, y no al revés, utilizar el lenguaje y desvirtuarlo, vaciéndolo de contenido, para transformar la realidad. Cuando el lenguaje se utiliza, no para describir la realidad, sino para desvirtuarla, o para ocultarla, nos alejamos de los fines primigenios del lenguaje para caer en una de las mayores abyecciones: desvirtuar la realidad pervirtiendo el lenguaje.
Habrá quien piense que en toda época el lenguaje se ha utilizado para engañar, para intereses espúrios, etc. Sin duda, pero cuando esto se hace de forma sistemática, y con los medios de comunicación de nuestros tiempos, el éxito está garantizado.
Una buena vacuna contra los fines perversos del lenguaje, y que nos procura la máxima inmunidad, es la purificación del mismo, devolviendo a las palabras el auténtico sentido que nunca debieron perder. En este sentido, la pureza del lenguaje matemático, donde no se admite una palabra de más, ni una palabra de menos, me parece un magnífico antídoto para ponerse a salvo de uno de los sinos de nuestros tiempos: la charlatanería, la propaganda, la publicidad engañosa y la manipulación a todos los niveles, en definitiva.
La matemática, clásicamente, se ha venido enseñando para procurar en el estudiante una destreza operativa. Se intentaba, al menos en mis tiempos, conseguir que el estudiante resolviera logaritmos, efectuara límites, derivadas e integrales con soltura, sin pararse demasiado en los aspectos conceptuales. Ambas cosas me parecen importantes, si queremos que la matemática transforme los cerebros en el noble sentido en el que apuntábamos en párrafos anteriores.
La faceta técnica, la destreza operativa, preparará al alumno para cursar con éxito una ingeniería, mientras que la preocupación por las cuestiones conceptuales adentrarán al alumno en el verdadero meollo de las matemáticas, acostumbrándolo en la utilización de un lenguaje formal, puro y preciso, muy alejado del uso superficial, banal y retorcido, tan generalizado en nuestros días.
