En la facultad se nos repetía muchas veces que la medicina no era una ciencia, sino que tenía un poco de arte, de habilidad y de ciencia al mismo tiempo. El progreso de la medicina ha desplazado un poco al famoso “ojo clínico”, en favor de pruebas más categóricas. Las pruebas, entendiendo por éstas los múltiples análisis, las diferentes técnicas de diagnóstico por imagen, y el resto de técnicas a practicar sobre un enfermo, proporcionan al médico una ayuda imprescindible e inestimable, a la hora de evaluar a un paciente. De hecho, algunas pruebas, por sí mismas, pueden servir para elaborar un diagnóstico y un tratamiento adecuados; valgan como ejemplo una radiografía de tórax en un paciente joven con una neumonía adquirida fuera del hospital, o un TAC en un paciente que tras un traumatismo cráneoencefálico presenta un hematoma subdural. Este tipo de medicina “directa”, por caracterizarla de algún modo, se confunde muchas veces con una medicina científica, porque la gente – profana, y a veces no profana – cree que la ciencia consiste en pruebas y en aparatos, cuantos más mejor.
El problema de esta práctica médica, tan habitual hoy en día, surge cuando un paciente no se diagnostica con una prueba ni con dos, sino practicando lo que siempre se ha conocido como método científico. Desde Popper sabemos que dos características básicas de este método son la formulación de hipótesis y la falsabilidad de las mismas ( el poder someter las hipótesis a un proceso inequívoco de verificación, o de rechazo). En este sentido popperiano de la ciencia, de la cual la medicina no debería ser una excepción, el médico se vería obligado muchas veces a formular hipótesis sobre sus pacientes, y a diseñar las pruebas destinadas a su verificación, o a su falsación, en cuyo caso el proceso empezaría de nuevo. Esto, que a muchos médicos puede sonar a ciencia ficción, no lo es ni por asomo, y es práctica común de muchos médicos a los que sí podríamos honrar con el sobrenombre de científicos. Particularmente, he conocido a varios que practican este método – que podríamos llamar, al estilo de Popper, hipotético-deductivo -, aunque desafortunadamente creo que constituyen una escasa minoría. Obviamente, las variables que influyen en un paciente son numerosísimas, y en muchos casos desconocidas, y es preciso a veces limitar las hipótesis a determinados aspectos del paciente, aunque sin perder de vista su totalidad. Por otra parte, las deducciones realizadas a partir de las hipótesis no son tan seguras como por ejemplo en la física, en la que las variables que integran un fenómeno se conocen con precisión, por lo que la contrastación de las mismas – de nuestras deducciones – con pruebas se hace inexcusable.
La medicina intuitiva, la basada en lo que se conocía antiguamente como “ojo clínico”, era la practicada por médicos con mucha experiencia y habitualmente bien formados. No obstante, descargar toda la responsabilidad del cuidado de un paciente en ese “ojo clínico”, por mucho que sea capaz de “ver” ese ojo, es una profunda irresponsabilidad, y causa de muchos errores. El “ojo clínico” debe servir para orientar de la forma más adecuada la formulación de hipótesis sobre el paciente, pero nunca para sustituir a la debida contrastación de las mismas.
Lo ideal, desde el punto de vista del paciente, sería encontrarse con un medico que tuviese un buen “ojo clínico”, y que al mismo tiempo estuviese dotado de la mentalidad científica que debería caracterizar a una medicina a la altura de nuestro tiempos. Si, además, el médico estuviese dotado de la sensibilidad y la empatía adecuadas, el buen servicio estaría garantizado. Si esto no se da, podríamos caer en las garras de un médico como House, el de la famosa serie, un cojo amargado que desata la adrenalina de sus pacientes y familiares. Tampoco es eso lo que queremos, ¿verdad?.
¿Es esto mucho pedir?. En un país como el nuestro, tan aficionado a lo mágico, me temo que sí.
De cualquier forma, hoy día es posible practicar una medicina científica, y un buen indicador del nivel de vida de una comunidad sería conocer el tipo de medicina que practican sus médicos.