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Marzo 25, 2008

Brain training

Archivado en: cerebro, divulgación, educación, medicina, mente — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:42 am

Hoy está muy de moda esto de entrenar el cerebro, con vistas a paliar los efectos deletéreos que la edad tiene sobre el mismo. Algunos practican sudokus, otros realizan crucigramas, y algunos adquieren programas específicos que te prometen hasta adelantarte tu “edad cerebral”.

 Ciertamente, la demencia es un problema que cobra mayor actualidad en nuestros días que en tiempos pretéritos, por diversas razones, entre las cuales está la mayor longevidad de la población, pero también las dificultades cada vez mayores de los ancianos para ser atendidos. Antes era corriente que los padres viviesen con los hijos, y era muy normal contar con abuelos en la propia casa, que eran cuidados por sus hijos y hasta por sus nietos. Antes, también, la palabra demencia no estaba tan de moda, y cuando los abuelos tenían “lagunas” o disparataban decíamos que estaban empezando a chochear. El hecho es que por una conjunción de razones, cuyas raíces no es el momento de analizar, nuestros mayores lo tienen cada día más difícil en nuestra sociedad, y muchos, ante la evidencia de tan triste espectáculo, procuramos prevenirlo usando diferentes estrategias.

No hace falta ser médico para comprobar que personas con una importante actividad intelectual han desarrollado Alzheimer, o algún otro tipo de demencia. Hay una enfermedad, conocida como demencia de Huntington, que se caracteriza por la aparición de movimientos incoordinados involuntarios que se asocian a un cuadro de demencia progresiva. En esta enfermedad, absolutamente determinada de forma genética, es posible saber, según la secuencia de determinados polinucleótidos del DNA, incluso la edad de aparición de los primeros síntomas. Es obvio que en este tipo de demencia, de nada nos hubieran servido los sudokus. Otras muchas demencias también tienen un componente genético, aunque no tan marcado como en la enfermedad de Huntington.

La mayoría de las personas que entrenan su cerebro, a fin de prevenir o alargar lo más posible la aparición de síntomas de pérdida de funcionalidad cerebral, estarán pensando en paliar de alguna forma lo que podríamos dar en llamar “envejecimiento cerebral normal”, que acompaña al paso de los años. Puede parecer plausible entrenar de forma rutinaria el cerebro para este fin, al modo en que se entrenan las extremidades caminando. Sin embargo, un cerebro sano requiere de un adecuado riego cerebral, y de un aporte de oxígeno adecuado. De poco serviría hacer muchos sudokus fumando como un carretero, o comiendo grasas animales de forma continuada, o bebiendo de forma inmoderada, o no controlando adecuadamente la tensión arterial.

Suponiendo que todo lo anterior se haga, y se controle, podríamos plantearnos qué método es el más adecuado para mantener un cerebro en forma.

Probablemente fuera útil abordar diferentes áreas funcionales, y potenciar diversos aspectos de la memoria, del razonamiento, del cálculo mental, del razonamiento lógico, del lenguaje, etc.,etc. Con seguridad, los diversos programas de brain training que existen en el mercado están orientados a dicho fin.

No obstante, para que una actividad sea eficaz debe ser continuada, y para que la continuemos debemos procurar que nos entretenga, o que nos resulte útil. Desde este punto de vista, una actividad que me parece idónea como entrenamiento cerebral, y útil a un tiempo, es el aprendizaje de un idioma muy diferente al nuestro, como el inglés mismo.

El lenguaje y el pensamiento están tan imbricados que aprender inglés no es simplemente aprender a decir lo que ya sabemos de otra forma, sino que estamos aprendiendo nuevas formas de pensar. Es probable que el pragmatismo anglosajón tenga algo que ver con su lenguaje, o al revés, que su lenguaje refleje su pragmatismo, pero existe una conexión indudable.

Abril 24, 2007

Más sobre la felicidad

Archivado en: cerebro, divulgación, felicidad, mente, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:09 am

En un artículo anterior sobre este tema - ver La felicidad- defendía la naturaleza genética de la propensión hacia la dicha o hacia la infelicidad.

En el magazine de El Mundo de esta semana, de fecha 22 de abril de 2007, venía un reportaje periodístico titulado “Declarado el hombre más feliz del planeta”. El mismo versaba sobre un estudio efectuado por especialistas en neurociencia afectiva - sea eso lo que sea - a un tal Matthieu Ricard, que en dicho estudio había sido nombrado “el hombre más feliz de la tierra”.

Hasta aquí nada especial a reseñar, pues todo indicaba que se trataba de un reportaje sensacionalista al que los periodistas nos tienen tan acostumbrados. Sin embargo, seguí leyendo y advertí que su padre fue Jean Francois Revel, el famoso escritor y filósofo liberal francés, fallecido el pasado año, y tan conocido por su pensamiento democrático liberal y por ser el autor de obras como “La tentación totalitaria”, o “El conocimiento inútil”. Este hecho despertó en mí más interés por el personaje, por Mattieu Ricard.

Ricard hizo el doctorado en genética celular en el Instituto Pasteur de París, y trabajó con el premio Nobel de medicina Francois Jacob. Sin embargo, tras el estudio de textos budistas decidió imprimir un cambio radical a su vida, dando un disgusto monumental al filósofo liberal que era su padre, y partió hacia el Himalaya para hacerse discípulo de Kangyur Rinpoche, un histórico maestro del Tibet de la tradición más ancestral del budismo. Corría el año 1972, y las próximas tres décadas de la vida de este hombre serían dignas del mejor guión de película.

Conoció al Dalai Lama y en 1989 se convirtió en su asesor personal y en su traductor al francés, convirtiéndose en la figura budista occidental más influyente del mundo, habiendo recibido la Orden Nacional Francesa. Ha escrito muchos libros, uno a medias con su padre, “El monje y el filósofo”, que sólo en Francia vendió 500.000 copias. Me hubiera gustado otro libro escrito a medias sobre gastronomía, porque Revel era un consumado gastrónomo y un gran gourmet, mientras que su hijo debe subsistir a base de vegetales.

Aparte, ha escrito otros libros, todos en torno a la consecución de la felicidad, de la que se muestra un firme defensor, aún reconociendo que requiere un importante esfuerzo. Es, como digo, un firme defensor de la plasticidad de la mente, y de su capacidad para ser moldeada.

Por supuesto el reportaje no destaca nada importante de la metodología del estudio realizado en Winsconsin a Ricard, sino que se limita a decir que le colocaron 256 sensores para detectar su nivel de estrés, irritabilidad, enfado, placer, satisfacción y así con decenas de sensaciones diferentes, así como pruebas de resonancia magnética nuclear frecuentes. Según parece, en el baremo efectuado, superó con creces a cientos de voluntarios, desbordando los límites de felicidad previstos en el estudio.

Ricard ha escrito una decena de libros, todos éxitos editoriales, y ha destinado todo el dinero de sus cuantiosas ventas a obras de caridad. Practica el celibato dede los 30 años, y hoy cuenta con 61, y carece de todas las cosas que la mayoría perseguimos con mayor o menor ahínco.

Sería interesante conocer la metodología del estudio, aunque yo dudo mucho que una serie de ondas recogidas por unos electrodos, y que unas imágenes obtenidas por resonancia magnética nos permitan obtener unas puntuaciones válidas sobre la felicidad de las personas.

Siempre he pensado, no obstante, que técnicas milenarias para meditar y aislar la mente, tan comunes en el budismo, sí deben aportar cuando menos serenidad al espíritu y, quizás, esta ausencia de estrés y de angustia de cualquier tipo sí vaya asociada a un determinado patrón de ondas elctroencefalográficas. La felicidad, sin embargo, intuyo que es algo más que la serenidad y que la ausencia de estrés, y que no hay patrón elctroencefalográfico que lo capte, por muchos electrodos que se coloquen en el cráneo.

No dudo que a Ricard el tipo de vida que eligió a sus treinta años le haya hecho sentirse realmente feliz; quizás estuviera predispuesto genéticamente para sentirse feliz así. Otros, muy probablemente no soportaran ese tipo de vida.

Sigo pensando que, salvo casos aislados, la mayoría de las personas han de desenvolverse en su ambiente habitual y que genéticamente unos están más predispuestos que otros a ver el vaso medio lleno, y a gozar con las pequeñas cosas y a minimizar los contratiempos. Sí creo en algunas técnicas para racionalizar y minimizarlas contrariedades, así como en otras para conseguir un adecuado estado de relajación.

De cualquier forma me parecía oportuno hacer mención al reportaje sobre la vida y el estudio realizado a Ricard en Wisconsin, así como a su última obra traducida al español titulada “Defensa de la felicidad”, por si alguien estima oportuno emprender un viaje al Tibet para reencontrarse con lo más profundo de su ser.

Abril 3, 2007

REFLEXIONES SOBRE EL PENSAMIENTO

Archivado en: cerebro, enseñanza, filosofía, lenguaje, mente, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 8:19 am

En este corto artículo me gustaría caracterizar aquello que llamamos pensamiento racional; para empezar podríamos preguntarnos si existe algo que pueda ser llamado pensamiento y no sea racional, pues en el caso de que no fuese posible el calificativo racional resultaría un pleonasmo aplicado al pensamiento.

Los primates son capaces de engarzar dos cañas para alcanzar unos plátanos que no están a su alcance con una sola de ellas; ésta, y otras habilidades más complejas han sido estudiadas en detalle por primatólogos, así como su aprendizaje por el resto de la comunidad. Es decir, son capaces de desarrollar habilidades y de transmitir éstas a sus congéneres, y además las habilidades son aprendidas; no son congénitas ni instintivas, como ocurre con otras conductas.

¿Merece esto ser llamado pensamiento?. Al fin y al cabo, es un ejemplo más del aprendizaje por ensayo y error, que tanto nuestros ancestros como nosotros aplicamos tantas veces.

Desde mi punto de vista, el primate que para conseguir un objetivo ensaya distintas posibilidades encaminadas a su consecución está iniciando una forma de pensamiento, por muy primitiva que se quiera ver, aunque no reúna todas las características para calificarlo como pensamiento propiamente dicho. Los demás primates que aprenden esta habilidad, y la desarrollan automáticamente, ejecutan una acción útil pero no están pensando.

Nuestra especie desarrolla de forma continuada actividades sumamente complejas sin pensar en absoluto; pensemos lo sumamente complejo que es conducir un automóvil, y si no recordemos las dificultades al iniciarnos. El cirujano que realiza una compleja operación a la que está sumamente habituado y que requiere precisión está realizando una labor complicada y útil, mas no está pensando; diferente es cuando antes de entrar en quirófano sopesa los pros y contras para decidirse por utilizar una entre diversas técnicas a elegir.

Esto que digo, que podría enfadar a algunos cirujanos – precisamente a aquellos que menos piensan – es tan así que Whitehead decía que la civilización avanza a medida que se realizan de forma automática logros que había costado mucho conseguir. Si cada vez que fuésemos a encender el televisor pensásemos en los campos electromagnéticos que se generan, que se emiten y se transmiten a la velocidad de la luz para ser recogidos por una antena y ser luego decodificados en imagen, no acabaríamos de encenderlo y ver plácidamente la película que proyectan.

Los niños son quizá el más vívido ejemplo de asimilación de rutinas prácticas y habilidades diversas; observemos lo rápidamente que aprenden los vídeojuegos y su semiología propia, lo rápido que formaban el cubo de Rubik y cualquier otro tipo de habilidades que les interesen. Sin embargo pensar, lo que se dice pensar, piensan más bien poco, o al menos esa es mi impresión; si no, indaguemos un poco y preguntémosles por el por qué y el cómo de muchas de sus rutinas, y veremos qué poco saben de los fundamentos y qué poco le interesan.

Bertrand Russell decía que la gente siente pánico a pensar, a indagar por sí mismos, alejándose de los tópicos establecidos, hasta donde le lleve su propio pensamiento.

Habitualmente los grandes pensadores –no siempre – muestran una habitual torpeza a adquirir habilidades y rutinas prácticas que el común de los mortales desarrolla sin dificultad, y esto quizá se deba – es mi opinión – a su excesivo espíritu crítico, a cuestionarlo todo, a ponerlo todo en duda, hasta sus propias rutinas, las cuales tardan en desarrollar. Así los niños, sin embargo, y los hombres de acción – que se siguen pareciendo mucho a los niños – las desarrollan sin la menor dificultad.

En cierto modo encuentro una cierta oposición entre el pensar y el hacer. Se cuenta de Einstein que una vez salió de su domicilio habitual y no recordaba la dirección, por lo que se vio obligado a telefonear para que lo recogieran; Isaac Asimov se confesaba incapaz de cambiar un enchufe y Enmanuel Kant en toda su vida apenas se alejó de Königsberg, su ciudad natal. Todo el mundo maneja rutinas para vivir, aunque sean mínimas, como Juan Ramón Jiménez, y todo el mundo piensa algo aunque a veces nos parezca imposible.

Habrá quien haya sacado la impresión de que he comparado a cirujanos y a niños con primates muy habilidosos, y que sólo he elevado al nivel más humano a los pensadores, y esto requiere una aclaración ulterior.

Las habilidades que podemos desarrollar los humanos son más sofisticadas que aquellas que pueden desarrollar nuestros ancestros. Si bien pudiéramos concebir a un chimpancé conduciendo un automóvil, difícilmente nos lo imaginamos cumpliendo las normas de circulación, y esta diferencia viene marcada por algo que es característicamente humano como es nuestro lenguaje.

Si bien otras especies pueden disponer de símbolos para transmitir señales de peligro, de dolor, etc., son tan elementales que no pueden compararse a lo que el lenguaje humano constituye. Sin nuestro lenguaje, todos los avances de la civilización no podrían transmitirse a la siguiente generación. Es por este lenguaje, propiamente característico de nuestra especie, por lo que nuestras habilidades y nuestras rutinas mentales pueden ser enormemente sofisticadas, hasta el punto de ser capaces de llevar a cabo operaciones sumamente complejas sin apenas pensar.

Resulta del máximo interés subrayar la idea de que la complejidad de una operación no es paralela al pensamiento necesario para desarrollarla. El pensamiento surge cada vez que uno se interroga y trata de encontrar respuestas, convirtiéndose en agente activo de la comprensión intelectual, indagando y poniendo en duda con espíritu crítico aquello que se nos ha transmitido. Es por esto que creo que no se puede hablar de pensamiento verdadero hasta una determinada edad – salvo en casos precoces – y el hecho de que los niños pregunten por qué continuamente implica una curiosidad más que una capacidad para pensar. La cuestión no está en preguntar siempre por qué, sino en saber cuándo tiene sentido preguntar por qué, pues a veces no lo tiene.

Los niños, desde que nacen están aprendiendo y esto les supone, a veces, un considerable esfuerzo como es aprender a leer, escribir, aprender las reglas de la aritmética, etc. Curiosamente hablar es algo que aprenden con mayor sencillez, y no porque sea tarea fácil, sino porque es tal su afán por comunicarse que a veces se atorrullan por su deseo de expresar cosas que no aciertan a saber como hacerlo.

Los niños aprenden continuamente y, sin embargo, según las ideas expresadas anteriormente no tienen desarrollada una capacidad de pensamiento; luego, no todo aprendizaje implica capacidad para pensar. Desde este punto de vista opino que el aprendizaje pasivo y mimético no requiere pensar, aunque sí pueda requerir un gran esfuerzo mental. El aprendizaje que requiere pensar en el pleno sentido que concedo a esta palabra es el aprendizaje activo, indagatorio, inquisitivo, creativo en una palabra.

No en vano, decía Einstein, que era más importante preguntarse que encontrar respuestas. Así pues, el pensar es un proceso mental activo por parte del sujeto; es indagatorio, en el sentido de que trata de responder a interrogantes; debe ser libre, y no estar mediatizado o manipulado; es creativo, en el sentido de que puede aportar elementos nuevos y es fecundo, porque da lugar a su vez a nuevos pensamientos; a su vez es crítico, en el sentido de que no venera lo adquirido por constituir mera tradición, sino por sus valores intrínsecos.

Pensar es situarse sólo ante las cosas y ante uno mismo, con la única ayuda de la razón y de la experiencia, para acercarse a la verdad que se supone que podemos aproximarnos, mas no siempre implica realizar innovaciones trascendentes; a veces sólo se consiguen puntos de vista más atinados y formas nuevas de aprehender una realidad ya entrevista, pero siempre exige desprenderse de prejuicios. Si se consigue unir razón y experiencia con una imaginación fecunda los éxitos son más probables.

En definitiva, la civilización se mantiene por rutinas y automatismos aprendidos y transmitidos, y avanza gracias a los esfuerzos innovadores de los pensadores, sean estos investigadores, inventores o creadores de nuevas formas de pensamiento.

Sí es cierto que la actividad de pensar – y cuanto más abstracta sea ésta, más – hay que considerarla entre las más humanas, y dado que ciertos animales desarrollan aprendizajes que pueden simular un cierto pensamiento, como anteriormente vimos, es difícil imaginar
- recononozcámoslo- a un primate pensando sobre su propio lenguaje – metalenguaje – o discutiendo sobre su propia manera de pensar. Parece que cuando más nos adentramos en este lenguaje nuestro más nos diferenciamos de los animales. En este sentido, la lingüística y la filosofía pura serían actividades muy humanas.

La lógica formal representaría el conjunto de reglas formales exigibles en todo razonamiento deductivo, y a Frege debemos el primer cálculo completo de este género, que culminaría con la obra capital de Whitehead y Russell “Principia Matemathica”, y éste, el razonamiento deductivo – aún siendo importantísimo – , es sólo una pequeña parte del pensamiento racional.

En el fondo, la lógica deductiva, puesto que los teoremas está implícitos en los axiomas, constituiría una tautología, una verdad necesaria, y la realidad hasta donde la conocemos es contingente, pues no conocemos un principio general que no la hiciera poder ser de otra manera.

La imaginación, la observación, la experimentación, la experiencia de las cosas, son realidades que amplifican nuestro conocimiento. La imaginación es algo fundamental que hasta donde conozco no ha sido rigurosamente tratada, y su importancia es tal en el avance del conocimiento que bien merecería un estudio aparte.

Este pequeño artículo no constituye más que una opinión, la mía, que puede ser discutible, mas no respetable, y digo esto porque existe una tendencia generalizada a decir : “tienes que respetar lo que digo porque es mi opinión” ó “cada uno tiene su opinión, y tan respetable es la una como la otra”.

Respetables son las personas, en el sentido de que son merecedoras de respeto, de que se las escuche, y de ponerse en su lugar, pero las opiniones son susceptibles de debate, de sopesar los argumentos de unas y de otras para rechazar las más débiles y aceptar las que mejor soporten el peso crítico de la razón.

Marzo 28, 2007

Cerebro y Lógica

Archivado en: cerebro, lenguaje, lógica, mente, pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:26 am

La pregunta, a cuya respuesta nos queremos aproximar en este escrito es la siguiente:

¿Nuestra Lógica es un producto de nuestro cerebro?  Dicho de otro modo: ¿otros cerebros inteligentes podrían desarrollar otras Lógicas?

 Sabemos que nuestro cerebro ha desarrollado varias Lógicas: la Lógica binaria, la difusa, la probabilística, y otras. Sin embargo, aquí, para discernir y poder encontrar una respuesta a nuestra pregunta debemos preguntarnos por la naturaleza de la Lógica Formal.

No resulta concebible que otros seres inteligentes - supongamos, por el momento, que entendemos lo que queremos decir con “inteligentes” -, y que entendieran nuestro lenguaje, tuvieran otra Lógica que les permitiera concluir que “el caballo blanco de Santiago debe ser negro”, ni que ” esto es un hombre y no es un hombre” es verdadero.

 Estos ejemplos, que se podrían multiplicar, muestran que la Lógica es algo íntimamente vinculado al lenguaje que la desarrolla.

 Recuerdo que había otro principio de la Lógica aristotélica que establece que “el todo es mayor que la parte”. No creo, sin embargo, que esto sea un principio lógico - aunque lo pueda parecer -, sino empírico. De hecho, no se cumple para conjuntos infinitos, pues sabemos que el conjunto de los números pares, por ejemplo, se puede poner en correspondencia biunívoca con el de los números naturales.

 Si entendemos la Lógica como un producto no contingente, sino como un producto necesario de nuestro lenguaje, la pregunta queda reducida a  si los diferentes tipos de lenguaje pueden producir Lógicas contradictorias entre sí.

 Pero: ¿Qué es primero: la Lógica, o el lenguaje?. ¿Acaso es posible estructurar un lenguaje sin una Lógica previa?. O, ¿ se van haciendo el uno al otro, la Lógica al lenguaje y el lenguaje a la Lógica?

Sea como fuere, los diferentes lenguajes deben poseer una estructura linguística que subyace a los mismos, y que debe ser el objeto del estudio de la lingüística. Esto lo afirmo con algún riesgo, porque mis conocimientos de linguística son muy escasos. Creo también que cualquier lenguaje, suficientemente expresivo, debe ser capaz de desarrollar una Lógica, y que las Lógicas desarrolladas por lenguajes diversos no son sólo compatibles, sino superponibles en muchos aspectos.

 Creo, por tanto, y resumiendo, que la Lógica es un producto universal de cualquier cerebro capaz de desarrollar un lenguaje, y no algo contingente a un cerebro o a un lenguaje concreto.

 Por supuesto, algunos lenguajes me parecen más apropiados para desarrollar contenidos lógicos que otros. En este sentido el idioma inglés me parece mejor estructurado para la Lógica que el español, por ejemplo, aunque por ser ambos suficientemente expresivos habrían desarrollado la misma Lógica, aunque no hubiera habido contacto alguno entre ambas lenguas. Un marciano inteligente, ídem de ídem, aunque su física, su matemática y todo lo demás difiriera en todo de lo nuestro.

El cerebro, producto de la evolución y de la adaptación al medio, sería el hardware, la Lógica sería el sistema operativo obligado - más o menos como el Windows de Microsooft -, y todos los demás contenidos de la mente serían los programas.

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