En este artículo me voy a permitir contar con la inestimable ayuda de Feynman, puesto que todavía no he leído un ensayo mejor sobre lo que es el método científico.
La ciencia se ocupa de muchísimas cosas, tan variadas y multiformes que podría parecer que no guardan orden ni concierto. La luz, el viento, las flores, la arena, el mar, las olas, el dolor, la enfermedad, el hambre, las rocas, la arena, los animales, las plantas, el calor, el frío, son solo algunos de los millares de ejemplos de fenómenos de los que la ciencia se ocupa. En este corto artículo no nos vamos a ocupar de estas cosas, sino de la forma en que la ciencia se ocupa de ellas.
Podríamos preguntarnos si es la arena diferente a las rocas, o si aquella no es más que un gran número de rocas muy pequeñitas, minúsculas. Si así fuera habríamos dado un gran paso, porque podríamos entender la formación de la arena, y contemplar a ésta como un aspecto diferente de una misma cosa: como una roca muy triturada. Habríamos conseguido unificar algo que en principio aparecía diverso. De igual forma, podríamos preguntarnos si es la luna una gran roca, o qué tienen en común los diferentes sonidos, o los diversos movimientos. Procediendo de esta forma, la ciencia enlaza cosas a primera vista diferentes, con el propósito de reducirlas, y así entenderlas mejor.
¿Qué queremos decir por “entender” algo?. Feynman nos dice que podemos imaginar este complicado conjunto de cosas que constituyen “el mundo” como un enorme juego de ajedrez jugado por dioses, del que nosotros somos meros observadores. No conocemos las reglas del juego, y lo único que nos está permitido es observar el juego. De hecho, si observamos durante bastante tiempo, podemos descubrir algunas reglas del juego. Son estas reglas del juego lo que se entiende por física fundamental. No obstante, incluso conociendo todas las reglas, podemos ignorar por qué razón se efectúa un movimiento particular. Los que saben algo de ajedrez conocen que es muy fácil aprender todas las reglas, pero es difícil comprender la razón de determinadas jugadas. En el mundo es igual, pero mucho más complejo. Ni siquiera conocemos todas las reglas, pero aún conociéndolas nos resultaría a veces imposible explicar determinados fenómenos muy complejos, que involucran de forma simultánea a muchísimas delas reglas. Por tanto, nos vamos a conformar con decir que “entendemos” el mundo si conocemos las reglas.
Siguiendo con la analogía de Feynman: ¿cómo podemos decir que las reglas que vamos “adivinando” son correctas?. Existen, “grosso modo”, tres maneras:
La primera puede ser una situación en que la naturaleza se las haya arreglado, o nosotros arreglemos a la naturaleza -mediante el experimento-, de una forma suficientemente simple, y con pocas partes, para que podamos predecir exactamente lo que va a suceder, y comprobar de esta forma cómo funcionan las reglas. (Sería el caso de que quedaran muy pocas piezas en una esquina del tablero, y podríamos analizar lo que pasa de una forma más sencilla).
La segunda forma sería descubriendo reglas menos específicas, derivadas de otras reglas ya conocidas. Por ejemplo, si conocemos el tablero, y sabemos ya que los alfiles mueven siempre en diagonal, podremos deducir que cierto alfil, siempre ocupará, mientras esté en el tablero, un cuadro blanco, aún sin estar en condiciones de seguir uno por uno los movimientos de ese alfil. Esta regla es muy buena, y siempre que visualizamos al alfil lo vemos sobre su cuadro blanco pero, ¡vaya desgracia!, hemos vuelto a mirar y ahora está sobre un cuadro negro. Tuvo que pasar mucho tiempo para comprender la nueva situación. Fue necesario averiguar nuevas reglas. La nueva regla es que un peón, cuando avanza hasta la fila octava, debe transformarse en cualquiera de las piezas, y en esta ocasión se transformó en un alfil sobre un cuadro negro. El otro alfil blanco fue capturado, y desapareció. La regla anterior sobre el alfil era correcta, pero ahora, conociendo esta nueva regla, podemos explicar un fenómeno anteriormente inexplicable. Un sencillo corolario a todo esto es que las partes de la ciencia que no “funcionan”, que no pueden ser explicadas, son las más interesantes, porque serán las que nos permitirán descubrir nuevas reglas.
La tercera manera de “entender” es bastante tosca, pero es la más poderosa de todas. Aunque no podamos entender por qué Alekhine ha movido esa pieza particular a ese lugar, quizás podamos entender que está intentando proteger a su rey, juntando piezas a su alrededor.
Durante mucho tiempo esta síntesis de Feynman me pareció, como casi todo lo suyo, formidable. Una explicación honesta y sencilla de cómo funcionan las cosas. Aún me sigue pareciendo la mejor versión que he leído de lo que el método científico es, pero a mi parecer adolece de algo fundamental.
La analogía de Feynman con el ajedrez considera a la ciencia casi exclusivamente inductiva: se obtienen reglas por acumulación de observaciones, y cuando estas reglas fallan habrá que esperar a la aparición de otras reglas, o a conformarnos con una explicación más grosera.
Sin embargo, según Popper, la ciencia no es tanto inductiva, que lo es, como hipotético deductiva. En efecto, la observación simple y llana nunca pudo condudir a Galileo a enunciar su famoso principio de inercia: aquel de que un cuerpo permanecerá en reposo, o en movimiento rectilíneo uniforme, a no ser que una fuerza actúe sobre él. La observación nos conduce a pensar, como a Aristóteles, que para que un carro se siga moviendo es preciso que un caballo tire continuamente de él, porque si no, se parará.
Por tanto, algo fundamental para que la ciencia avance es la formulación de hipótesis, muchas de ellas – una gran mayoría quizás – no observables directamente, y explorar adónde nos conducen las mismas. La ciencia consistiría, aparte de observar por supuesto, en des-cubrir, o des-velar, aquello que está cubierto, o que está velado, y sólo la abstracción y la imaginación nos pueden brindar el resultado deseado.
Aparte del principio de inercia, claro ejemplo de lo que hemos expuesto, el principio de relatividad especial de Einstein, o el de la relatividad general, tampoco proceden de la observación, sino que son producto de la imaginación.
No obstante esto, que Feynman con seguridad sabía pero no expuso de forma explícita, coincide con Popper en el concepto de provisionalidad de la ciencia, de provisionalidad de las reglas o, lo que es lo mismo, utilizando el lenguaje de Popper, en lo de la falsabilidad. Las reglas nuncas son definitivas, sino que deben ser falsables, y resisten hasta que son falsadas, momento en que son sustituidas por otras nuevas. Esta sustitución no tiene por qué ser total y absoluta, ni tiene por qué restarle validez a lo anterior. Así, por ejemplo, si bien la teoría general de la relatividad completa y abarca a la mecánica de Newton, esta última resulta mucho más práctica y mucho más útil para ser utilizada a nuestra escala, y con nuestras velocidades.