Detodounpoco

septiembre 21, 2010

Cultura versus natura 2

Archivado en: ética,cultura,divulgación,filosofía,libertad,naturaleza,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:53 am

En el artículo anterior concluíamos que la verdadera naturaleza del hombre es cultural, en el sentido que el hombre, a diferencia de otros animales, no es nada sin la cultura. El hombre es el animal que, cuando llega al mundo, está más por hacer, de ahí que el período de crianza, de dependencia de sus padres, sea mucho mayor que en cualquier otra especie. Si hay algo a lo que propiamente podamos llamar naturaleza humana será, por tanto, a su capacidad para ser artificial.

Algo tan característico de nuestra especie, como el lenguaje, ya nos da la pista sobre la artificialidad de nuestra naturaleza. Es cierto que otros animales poseen también un cierto lenguaje rudimentario, pero su finalidad está orientada a la supervivencia, a avisar de ciertas amenazas, a comunicar la dirección en la que se encuentran ciertos alimentos, como en el caso de las abejas, etc.,etc. No conocemos ninguna otra especie en la que sus miembros comuniquen recuerdos, sentimientos, y en las que pensamiento y lenguaje estén tan inextricablemente asociados, hasta el punto de que se nos considera animales simbólicos. Nuestra capacidad para aprender un lenguaje sofisticado, capaz de expresar lo pasado, lo presente y de imaginar el porvenir, de comunicar nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestros caprichos, nuestros anhelos y nuestras contradicciones, confirman que nuestra naturaleza es artificial, cultural en suma.

Por tanto, esforzarnos en separar lo uno de lo otro es un esfuerzo condenado al fracaso, porque no se trata, como se ha dicho en ocasiones de eliminar el barniz de lo cultural para hallar lo natural, sino que lo natural es ser cultural y lo cultural encierra aspectos puramente naturales.

Con mucha profusión, desde determinados ámbitos se utiliza el término natural como algo que merece ser protegido, sólo por el hecho de serlo, mientras que se desprecia lo artificial por el mismo hecho. Aparte de constituir un grave error intelectual, me parece que dicha apreciación encierra contradicciones. La Naturaleza, con mayúsculas, no prefiere al ser humano que al virus del sida, ni encuentra preferible la vida de miles de personas que privarse de originar un tsunami que acabe con sus vidas. La Naturaleza no establece preferencias, ni valoraciones, sino que actúa acorde a unas leyes. Lo estrictamente natural puede resultarnos infernal, mientras que lo estrictamente artificial nos puede salvar la vida.

¿Qué queremos decir, entonces, cuando decimos que un determinado entorno natural, un determinado ecosistema, o un determinado paisaje, por naturales, deben ser conservados? Queremos decir que para nosotros, para el hombre, una determinada zona del planeta constituye un pulmón natural , como la reserva amazónica, o que un detrminado entorno es muy apropiado como ecosistema para la supervivencia de determinadas especies, o sencillamente que un determinado paisaje nos deleita, y queremos que no se destruya. Por tanto, cada vez que manifestamos nuestro deseo de conservar lo natural, estamos haciendo valoraciones desde nuestro punto de vista humano, y nada hay más cultural que el otorgar un valor a las cosas. La Naturaleza, como vimos anteriormente, no establece puntuaciones, y si tiene que venir una plaga que diezme a la población nadie duda de que no tendrá piedad.

Por tanto, incluso nuestros deseos más loables de conservar el medio ambiente están fuertemente impregnados por lo cultural, lo cual no significa que sea malo, sino todo lo contrario: evidencia que nuestra naturaleza fundamentalmente cultural nos inclina a proteger lo natural, aunque sólo sea en determinados momentos. No cabe duda de que el sistema económico en el que estamos inmersos deteriora profundamente el medio ambiente, pero no es el objeto de este artículo.

Otra cuestión ligada profundamente a la naturaleza humana es la libertad. Desde siempre se nos ha dicho que los animales siguen sus instintos, que no son libres, que el único ser realmente libre es el ser humano. este tema requeriría de por sí varios artículos, pero hemos visto que el hombre es arificial por naturaleza, y que dicha artificiosidad le puede llevar a crear sistemas que favorezcan la libertad, menospreciando quizás la igualdad, o creando sistemas que favorezcan la igualdad coartando la libertad. Siempre puede argüirse que me estoy refiriendo a una libertad fáctica, a una libertad de acción, pero que dichos sistemas culturales no coartan la libertad de pensamiento. ¿Estamos seguros de ello? ¿Estamos seguros de que la libertad de pensamiento es un hecho, y no simplemente una ilusión? Cuando pensamos esto, y no aquello, o cuando decidimos esto, y no lo otro, ¿somos tan libres como intuimos? No cabe duda de que éste es un tema espinoso, y de un enorme interés práctico, por cuanto la responsabilidad, la culpa y la pena por nuestros actos presuponen que somos libres. Si no lo fuéramos el código penal carecería de sentido, de la misma forma que no se enjuicia a un toro por embestir al torero.

Por todo esto, el tema de la libertad, aún guardando una importante relación con nuestra naturaleza, merece un artículo aparte.

julio 7, 2010

Cultura versus natura 1

Archivado en: antropocentrismo,cultura,divulgación,filosofía,naturaleza,pedagogía,pensamiento — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:54 am

El término “natural”, así como el término “naturaleza”, se utiliza con diversos significados según el contexto, y esto induce a frecuente confusión.

En muchas informaciones leemos que “los ecologistas denuncian que se está destruyendo el medio natural”. Muchas veces escuchamos decir que “este comportamiento no resulta natural”. En ocasiones alguien nos refiere que “la vida actual está cada día más alejada de lo que debería ser natural”. Otras veces decimos que “la gravitación es una ley de la naturaleza”. En ocasiones, también, decimos que “resulta natural que lo defienda porque es su hijo”, o “lo natural es que la gacela corra más que el ser humano”. Podríamos seguir citando ejemplos en que los términos “natural” y “naturaleza” se utilizan con significado diverso.

Sistematizar los posibles usos de “natural” será el principal esfuerzo de este artículo, intentando escudriñar a un tiempo qué hay de cultural en lo natural y qué de natural en lo cultural.

El primero de los sentidos de “natural” sería la forma de ser de cada cosa, las propiedades de dicha cosa, las formas en que dicho objeto actúa sobre otras cosas, y los modos en que las demás cosas actúan sobre él. También la composición física, y la génesis de la cosa. Todo eso constituiría “la naturaleza de la cosa”. La Naturaleza, con mayúsculas, sería la naturaleza de todas las cosas, sus formas de interactuar y su evolución. Sería, en suma, un nombre para el modo, en parte conocido, y en su mayor parte desconocido, que damos a la forma en que las cosas acontecen o pueden acontecer. El término lo incluye todo, animado o inanimado, racional o no, así como todos los artefactos por el hombre producidos. Cualquiera de los productos humanos tiene su naturaleza, en el sentido en que lo estamos utilizando, y por tanto nada de lo que el hombre haga puede ir contra la naturaleza, por formar también parte de ella. La bomba atómica, de fabricación humana, responde a principios tan naturales como la floración o como el anochecer. El hombre puede destruir ciertos objetos naturales, o perjudicar a otros seres vivos, pero siempre siguiendo procedimientos que se basan en la naturaleza misma de las cosas. En este primer sentido de “Naturaleza”, sería natural todo cuanto acontece, con o sin nuestro concurso.

El segundo de los sentidos, que ya estableció Aristóteles, distingue entre los seres naturales y los artificiales. Estos últimos serían los que provienen de la técnica, o del arte humanos. Parece claro, pero existen aspectos ambiguos. La urea, una sustancia natural, proveniente del catabolismo de las proteínas, fue sintetizada en el laboratorio. ¿Qué diríamos de ella, es natural, es artificial, o artificial y natural?. ¿Qué diríamos de los injertos de plantas, o de los diversos cruces entre razas de perros? Casi todo lo que nos rodea, incluyendo los paisajes, es inseparable de la acción humana, y en cierto modo artificial. El propio ser humano no llegaría a ser tal sin la artificialidad – la cultura – que le trasmiten otros seres humanos. Esto no pasa con el mono, por ejemplo, que seguiría siendo esencialmente mono, siempre que se le suministrara lo necesario para su sustento físico. El hombre no; el hombre está siempre por hacer para ser hombre, y casi todo lo que hay en él de humano es artificial, es transmitido por otros. Podríamos decir que una gran parte de la naturaleza humana está en su potencial para lo artificial, para adquirir cultura. Es el animal menos hecho, y al que más le resta por hacer.

En el caso del hombre lo natural es lo innato, como el reflejo de succión, que no se elige ni se aprende, siendo lo cultural lo aprendido. Lo que hay de universal y espontáneo en el hombre debe ser natural, mientras que lo cultural es algo local, pues está sujeto a una norma, a un aprendizaje. De cualquier forma, en el hombre, algo tan natural como alimentarse, o guarecerse, siempre está contaminado culturalmente, porque incluso las cuevas de Altamira poseían sus grabados, que excedían la pura necesidad de protegerse de las inclemencias del tiempo, y la necesidad de alimento pronto derivó en arte culinario. La naturaleza del hombre es tan artificial que esforzarse en separar lo uno de lo otro resulta más arduo de lo que parece. La cultura no es, como hemos oído más de una vez, un capa que recubre a la verdadera naturaleza humana, sino que están profundamente entremezcladas, y al querer extirpar lo que de hay de cultural para quedarnos con lo cultural, corremos el riesgo de perder lo natural. También lo artificial, lo cultural, está impregnado de lo natural, y en las más altas reuniones diplomáticas a veces se afilan los colmillos. También hay quien dice que toda la pompa que rodea a los desfiles de moda está sustentada en nuestro instinto sexual. Por tanto, natural y cultural, o natural y artificial, en el hombre, no están superpuestos, sino profunda y complicadamente imbricados.

El próximo artículo lo dedicaremos a analizar algunos otros sentidos de “natural”, así como a escudriñar como nuestra valoración -algo eminentemente cultural, pues la Naturaleza no las establece nunca – influye profundamente en nuestra concepción de lo natural. Muchas veces deseamos conservar algo no por ser natural -aunque lo sea-, sino por la valoración que establecemos de ello.

Quiero dejar constancia de mi deuda con Fernando Savater, en concreto con su magnífico libro “Las preguntas de la vida”, para elaborar mi artículo.

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