En el artículo anterior concluíamos que la verdadera naturaleza del hombre es cultural, en el sentido que el hombre, a diferencia de otros animales, no es nada sin la cultura. El hombre es el animal que, cuando llega al mundo, está más por hacer, de ahí que el período de crianza, de dependencia de sus padres, sea mucho mayor que en cualquier otra especie. Si hay algo a lo que propiamente podamos llamar naturaleza humana será, por tanto, a su capacidad para ser artificial.
Algo tan característico de nuestra especie, como el lenguaje, ya nos da la pista sobre la artificialidad de nuestra naturaleza. Es cierto que otros animales poseen también un cierto lenguaje rudimentario, pero su finalidad está orientada a la supervivencia, a avisar de ciertas amenazas, a comunicar la dirección en la que se encuentran ciertos alimentos, como en el caso de las abejas, etc.,etc. No conocemos ninguna otra especie en la que sus miembros comuniquen recuerdos, sentimientos, y en las que pensamiento y lenguaje estén tan inextricablemente asociados, hasta el punto de que se nos considera animales simbólicos. Nuestra capacidad para aprender un lenguaje sofisticado, capaz de expresar lo pasado, lo presente y de imaginar el porvenir, de comunicar nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestros caprichos, nuestros anhelos y nuestras contradicciones, confirman que nuestra naturaleza es artificial, cultural en suma.
Por tanto, esforzarnos en separar lo uno de lo otro es un esfuerzo condenado al fracaso, porque no se trata, como se ha dicho en ocasiones de eliminar el barniz de lo cultural para hallar lo natural, sino que lo natural es ser cultural y lo cultural encierra aspectos puramente naturales.
Con mucha profusión, desde determinados ámbitos se utiliza el término natural como algo que merece ser protegido, sólo por el hecho de serlo, mientras que se desprecia lo artificial por el mismo hecho. Aparte de constituir un grave error intelectual, me parece que dicha apreciación encierra contradicciones. La Naturaleza, con mayúsculas, no prefiere al ser humano que al virus del sida, ni encuentra preferible la vida de miles de personas que privarse de originar un tsunami que acabe con sus vidas. La Naturaleza no establece preferencias, ni valoraciones, sino que actúa acorde a unas leyes. Lo estrictamente natural puede resultarnos infernal, mientras que lo estrictamente artificial nos puede salvar la vida.
¿Qué queremos decir, entonces, cuando decimos que un determinado entorno natural, un determinado ecosistema, o un determinado paisaje, por naturales, deben ser conservados? Queremos decir que para nosotros, para el hombre, una determinada zona del planeta constituye un pulmón natural , como la reserva amazónica, o que un detrminado entorno es muy apropiado como ecosistema para la supervivencia de determinadas especies, o sencillamente que un determinado paisaje nos deleita, y queremos que no se destruya. Por tanto, cada vez que manifestamos nuestro deseo de conservar lo natural, estamos haciendo valoraciones desde nuestro punto de vista humano, y nada hay más cultural que el otorgar un valor a las cosas. La Naturaleza, como vimos anteriormente, no establece puntuaciones, y si tiene que venir una plaga que diezme a la población nadie duda de que no tendrá piedad.
Por tanto, incluso nuestros deseos más loables de conservar el medio ambiente están fuertemente impregnados por lo cultural, lo cual no significa que sea malo, sino todo lo contrario: evidencia que nuestra naturaleza fundamentalmente cultural nos inclina a proteger lo natural, aunque sólo sea en determinados momentos. No cabe duda de que el sistema económico en el que estamos inmersos deteriora profundamente el medio ambiente, pero no es el objeto de este artículo.
Otra cuestión ligada profundamente a la naturaleza humana es la libertad. Desde siempre se nos ha dicho que los animales siguen sus instintos, que no son libres, que el único ser realmente libre es el ser humano. este tema requeriría de por sí varios artículos, pero hemos visto que el hombre es arificial por naturaleza, y que dicha artificiosidad le puede llevar a crear sistemas que favorezcan la libertad, menospreciando quizás la igualdad, o creando sistemas que favorezcan la igualdad coartando la libertad. Siempre puede argüirse que me estoy refiriendo a una libertad fáctica, a una libertad de acción, pero que dichos sistemas culturales no coartan la libertad de pensamiento. ¿Estamos seguros de ello? ¿Estamos seguros de que la libertad de pensamiento es un hecho, y no simplemente una ilusión? Cuando pensamos esto, y no aquello, o cuando decidimos esto, y no lo otro, ¿somos tan libres como intuimos? No cabe duda de que éste es un tema espinoso, y de un enorme interés práctico, por cuanto la responsabilidad, la culpa y la pena por nuestros actos presuponen que somos libres. Si no lo fuéramos el código penal carecería de sentido, de la misma forma que no se enjuicia a un toro por embestir al torero.
Por todo esto, el tema de la libertad, aún guardando una importante relación con nuestra naturaleza, merece un artículo aparte.