Hay momentos en que la tristeza nos embarga, como cuando un ser querido nos abandona para siempre. Sin embargo, hay que sacar fuerzas de flaqueza para seguir en esta noria que no se para, absolutamente ajena a nuestro dolor. De algún modo habrá que colorear este desgarro indescriptible, para que el tiempo lo acabe transformando en nostalgia que, como acertadamente la definió Victor Hugo, no es más que una forma más placentera de la propia tristeza.
Algo de nosotros se va para siempre con él, pero todos debemos procurar que el sol vuelva a brillar en nuestros corazones, pues éste sería, creo yo, el mejor homenaje póstumo que se le puede rendir. De nada sirve recrearse en el dolor, y quién sabe si quizás algún día nos volvamos a encontrar.
De cualquier forma, únicamente el tiempo transformará ese inmenso dolor en un sentimiento compatible con el esbozo de una sonrisa nostálgica.
Ya no estamos todos, pero siempre vivirá en nuestro recuerdo, y en el de nuestros hijos, y en estas palabras que pretenden mantener vivo su recuerdo.
En estos momentos, existen en mí sentimientos encontrados: por un lado he sentido el sosiego de pensar que una persona querida deja de sufrir, y, por otro, un enorme sentimiento de vacío por no tener ya que preocuparme de mi padre. Supongo que eso sólo ocurre cuando se ha querido de verdad: que la ausencia de preocupación te deja un vacío, y no sabes si preferías la preocupación o el vacío.
Hoy prefiero preferir que ya no tenga sufrimiento alguno, ni el propio ni el causado por los médicos. Mañana, no sé. Supongo que esta ambivalencia sentimental marcará durante un tiempo su recuerdo. Si predomina la sensación de vacío está hablando nuestro egoísmo, pero qué difícil es no ser egoísta cuando se trata de la ausencia de tu padre.
No quería volver a escribir en mi blog sobre asuntos personales, pero hoy se cierra un capítulo y quería encontrar alguna forma de desahogo. Quizás, pienso, pueda leer mis cartas, y pueda saber que hubo muchas cosas que quise decirle y nunca acerté a hacerlo. Pensar esto me reconforta, y no me importa la verdad o falsedad del pensamiento, sino tan sólo el confort que me produce. Si fuera verdadero sería mavilloso, y si de una ilusión se tratara también sería una ilusión bendita.
Lo que consigo expresar es apenas un triste balbuceo de lo que siento, pero las palabras se tornan insuficientes para el sentimiento que me embarga. Creo que esto que escribo es una pesadilla, un mal sueño, y sé que tendré que desvelarme muchas veces hasta asumir que ha ocurrido de verdad.
Nadie podrá sustituir a mi padre, y nadie lo sustituirá, y confío en que si puede leer esta carta su alma se vea henchida de serena satisfacción.
Hasta la vista.