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Noviembre 20, 2007

La crítica y el elogio

Archivado en: divulgación, educación, pedagogía, pensamiento, psicología — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:56 am

Desde el momento que decidí escribir un blog supe que entrañaba ciertas dificultades, porque desde el primer momento me propuse abordar cuestiones impersonales, y siempre guiado por una metodología común, tratase el tema que tratase. He procurado, por tanto, alejarme de elogios y críticas hacia personas cercanas, incluso lejanas, y he procurado centrarme en los argumentos. Si, hasta el momento, lo he conseguido o no, sólo el lector asiduo, si es que tengo alguno, lo podrá decidir.

 Ayer, mi semblanza de Rick constituyó un paréntesis en lo que había sido mi blog hasta el momento.

Sé que estamos mucho más acostumbrados a la crítica que al elogio, y que cuando esto último ocurre suele suscitar desconfianza. Nada más lejos de mi personalidad que el halago fácil para cultivar la vanidad ajena, quizás por las sospechas inmediatas que nuestra sociedad demuestra hacia el elogio sincero, que con frecuencia se confunde con la lisonja.

Sin embargo, no existen razones objetivas para cultivar más la crítica que el elogio. No me refiero a la crítica constructiva, destinada a mejorar algo, sino a la descalificación sin más. Sí pueden existir razones subjetivas, que van desde la antipatía personal, la envidia, o el sentimiento de inferioridad que muchos pueden experimentar por alabar lo ajeno. Para el elogio sincero - lo contrario sería falsa lisonja - las razones han de ser mucho más objetivas pues, por desgracia, tenemos más facilidad para envidiar que para admirar algo. En otro artículo expliqué las razones por las que la admiración no debía sobrepasar los límites de lo admirado, y porqué la admiración personal puede revelar un fondo de inmadurez.

Dado que la crítica personal - no aquella dirigida a mejorar y a construir - suele ser menos virtuosa que el elogio sincero, deberíamos extremar las precauciones en nuestras críticas, permitiéndonos una mayor laxitud en el elogio. Sin embargo, nos concedemos todo tipo de laxitudes para la crítica personal, y extremamos todas las precauciones cuando elogiamos.

 Cuando hablo de elogio no me refiero tampoco al que podemos prodigar a un hijo para animarlo a mejorar en sus tareas, por muy benéfico que pueda resultar éste. Hablo de un elogio absolutamente desinteresado, destinado a aplaudir algo concreto que nos ha parecido valioso. Un ejemplo de esto a lo que me refiero puede ser el famoso aplauso que recibió Pavarotti, que duró más de una hora, y que salió del alma de los espectadores, o de su gran mayoría.

La única motivación que encuentro para este tipo de elogio al que me refiero es una emoción intensa, muy humana, pero muy poco prodigada, que nos impele a actuar de esa forma. Por supuesto, expresar esta emoción en grupo, o ante alguien famoso, por muy sincera que pueda ser la emoción, es mucho menos corriente que hacerlo de forma aislada, o que hacerlo ante alguien desconocido.

Prodigarse en elogios suele despertar recelos fundamentados, pues esa emoción intensa que nos impele a elogiar suele ser escasa, y no hay nada que resulte más empalagoso que fingir falsas emociones positivas. Por esa misma razón el elogio sincero siempre debe ser sobrio, sin exageraciones que desvirtúen su noble naturaleza.

Quizás alguien, no sé si de forma maliciosa, jocosa, o simplemente equivocada, malinterpretara mis palabras de elogio hacia Rick. De hecho, decir que alguien, por su curiosidad universal, me recuerda el espíritu más genuinamente renacentista no implica que estemos hablando de Leonardo Da Vinci.

De cualquier forma, siempre habré de agradecerle, fuera su intención la que fuese, haberme sugerido este corto artículo, que por supuesto no estaba dirigido a él, sobre cuya nobleza no albergo dudas.

Si consigo que alguien se prodigue algo más en el elogio sobrio y sincero, y consiga extremar las precacuciones en la crítica personal, este artículo habrá servido a su propósito.

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