Detodounpoco

septiembre 15, 2009

Paréntesis veraniego

Archivado en: entretenimiento,humor,nación,política,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:07 pm

Tras un largo paréntesis veraniego, decido retomar mi blog sin ningún tema concreto sobre el que escribir. Parece que hay que pensar sobre lo que se va a escribir, pero a mí, a veces, me ocurre lo contrario, que necesito escribir para pensar. No sólo eso, sino que me he acostumbrado a hacerlo a ritmo de teclado, y no pienso igual si escribo en una cuartilla. ¿Será que el curso del pensamiento también se acostumbra a un ritmo? No lo sé, pero en cualquier caso a mí me ocurre eso.

Aquel que esté dispuesto a leerme hoy debe saber que voy a hacer un repaso somero a algunas cuestiones que he ido leyendo este verano, aunque hubieran aparecido en la prensa con anterioridad.

La crisis financiera parece que se va a solventar sin grandes cambios de paradigma en el modelo económico, tal como habían augurado algunos profetas. Se inyectó dinero público para que el sistema siguiera funcionando como lo había hecho hasta ahora, y al principio – al menos eso han dicho – habrá un mayor control sobre las entidades por parte de los bancos centrales. Luego, ya veremos.

La gripe A plantea incertidumbres, y los mensajes de la OMS y del Ministerio de Sanidad no son siempre coincidentes, ni tampoco las medidas a adoptar por los diferentes países de nuestro entorno. Unos, como Australia, dicen que vacunarán al 100%, otros como Reino Unido al 75%, Francia al 70%, y España al 15-20%, aunque dice que mantiene en reserva vacunas para el 60% de la población. Es cierto que la mayoría pasa la gripe sin problemas, pero también es cierto que esta gripe parece más virulenta en adolescentes y adultos jóvenes, y no siempre con patologias previas. Según he leído, del total de muertes en estos tramos de edad, un 40% no presentaban patologías previas, y creo recordar que este dato lo aportaba la OMS. Puede, y espero, que este otoño-invierno no presente grandes novedades en cuanto a la gripe A, pero me temo que pueda haber un colapso de los centros sanitarios. Yo no tengo las cosas suficientemente claras, y eso que he ido leyendo toda la información pertinente que sobre el tema ha ido editando el ministerio.

Parece ser que se prepara una nueva ley del aborto, y que las jóvenes de 16 años podrán abortar sin el consentimiento de sus padres, para de esta forma no coartar una decisión íntima que debe ser tomada con la máxima libertad. Sin embargo, creo que tienen prohibida la entrada a un local público en el que esté permitido fumar. Por cierto, se prepara una nueva ley para prohibir fumar en todos los locales públicos cerrados. Recuerden que antes muchos resturantes habían efectuado obras para acondicionar sus locales a la ley anterior, a fin de tener separados a fumadores y no fumadores. ¿Quién se encarga ahora de amortizarles ese reciente desembolso?

El plan E, pergeñado para “reactivar” la actividad económica, tiene a todos los pueblos y ciudades patas arriba. Concretamente, donde yo vivo, se ha efectuado una completa remodelación del tráfico y les aseguro que circular por allí resulta mucho más peligroso y arduo que antes. Este plan, en el mejor de los casos, puede servir para construir un nuevo pabellón deportivo o una pista de skates; en otros para hacer una zanja y voverla a tapar y, en el peor, para fastidiar al ciudadano un poco más de lo que ya estaba. Ahora, reactivar, lo que se dice reactivar, no me lo creo.

Hace unos días, en Rodiezmo, cantaron la internacional, con el puño en alto, varios dirigentes socialistas; entre otros, Leire Pajín y Bibiana Aído. Rajoy lo ha comparado con el saludo fascista. Yo no estoy de acuerdo con Rajoy, y creo que los descamisados de la tierra se sienten muy representados por ambas mozas. Que ganan entre 10 y 20.000 euros mensuales, sí, ¿y qué….?. ¿O es que os creéis que los socialistas quieren repartir pobreza?. No señor. Quieren repartir riqueza, y quieren empezar por ellos mismos, para dar ejemplo.

Un tal Risto Mejide, antiguo miembro del jurado de Operación Triunfo, se ha convertido en todo un fenómeno mediático, y reparte leña a diestro y siniestro en un nuevo programa a su medida: G20. Es el prototipo del nuevo intelectual de la era Zapatero. Si uno se mete con la gente de forma desvergonzada es un intelectual, y si lo hace con todo el mundo y con el mayor descaro entonces ya es el no va más. En una ocasión, ante una imagen de Benedicto XVI, dijo que le parecía un personaje siniestro, y que a él le inspiraba miedo, y que comprendía que a los niños les aterrorizase. Bueno, pues creo que hasta lo aplaudieron.

En Areyns de Munt, un municipio de Barcelona, han realizado un simulacro de referéndum preguntando a su habitantes por si desean la independencia de Cataluña. Desconozco los términos exactos en que estaba formulada la pregunta, y no me voy a molestar en saberlo. ¡Qué hastío de gente! Con razón decía Unamuno:¡Qué país, qué paisaje y qué paisanaje!

Bueno, pues ya está, hoy no comento más.

mayo 6, 2009

Tiempos sorprendentes

Archivado en: divulgación,humor,política,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:37 am

Vivimos tiempos sorprendentes, o al menos a mí me lo parece.

La crisis económica y financiera global, en nuestro país agravada por problemas estructurales propios, y la amenaza del paro creciente, una de las mayores lacras sociales, se cierne sobre nosotros. Por si fuera poco, existe una alarma en aumento, aunque de momento parece que algo contenida, con la morbimortalidad que pueda causar la nueva gripe. Nuestra sistema judicial está colapsado, y las causas pendientes, las sentencias sin ejecutar, y la incoordinación de nuestra administración de justicia alcanza niveles alarmantes. Nuestro sistema educativo está a la cola de Europa en muchos aspectos, y a la cabeza en ninguno, según el informe PISA. Parecen problemas de la suficiente entidad como para que, por sí mismos, ocuparan la mayor parte de los desvelos de nuestros políticos y de nuestros funcionarios.

Sin embargo, no parece que sea así. El otro día, haciendo zapping en la TV, me sorprendió un debate sobre los derechos de los incapacitados a disfrutar de asistentas sexuales. Sí, lo han leído bien. Asistentas sexuales, no sociales. Vamos, alguien que se acerque por tu domicilio a alegrarte la vida sexual con cargo al erario público, alguien que tras hacerte la cama te desabrocha la bragueta. No quiero que me juzguen insensible, pero las “manolas” que se las pague quien pueda y quiera, y si no, a otra cosa, mariposa.

Por otra parte, hoy tenemos al menos a tres magistrados de nuestra avanzada Audiencia Nacional ocupados en atender los problemas de nuestro planeta. Uno investiga crímenes de Israel, otro quiere encausar a tres ministros chinos por crímenes contra el Tibet, y el último investiga la implicación de Franco en los crímenes del Holocausto. Perdonen, creo que hay uno más, que de forma regular pregunta a los estadounidenses por Guantánamo. Anteriormente, Garzón declaró oficialmente que Franco había muerto, y gastó muchos miles de euros en descubrir fosas y tumbas, con la coartada de la Ley de Memoria Histórica elaborada por el gobierno. La flamante ministra de Igualdad parece haber descubierto un filón con lo de “miembros y miembras”, y trae mareados a los miembros ¡perdón, y miembras! de la Real Academia que, a este paso, habrá que cambiarle el nombre por el de Real Academia del Género. Y en esas estamos.

Mientras tanto, según nos cuentan, los comedores sociales a los que acuden cada día mayor número de personas, tienen cada vez más problemas de abastecimiento de alimentos. O sea, que mientras que unos gastan en juzgar hoy a Franco y mañana Dios sabe a quién, y otros en imprimir folletos para cambiarnos el chip masculino en otro neutro -o femenino- los de siempre, y muchos más, no tienen qué para llevarse a la boca.

Sin embargo, y pesar de estas evidencias, nuestros prebostes repiten sin cesar que no van a permitir que la crisis la paguen los de siempre. Y hay que darles la razón, puesto que no sólo la están pagando los de siempre, sino muchos otros que antes no la sufrían. Para que luego digan que no están igualando.

Hace unos días, en una entrevista que leí, Aznar, tras referirse indirectamente a Zapatero como “ratoncillo político”, decía que tenía que hacer como Silvela, retirarse tras reconocer su incapacidad para gobernar. Yo no sé en qué piensa este Aznar, ni cómo es posible semejante dosis de ingenuidad. Él sí que debería de retirarse, que carece de sensibilidad para valorar la importancia de llamar miembras a las señoras, así como de capacidad para cuantificar la eficacia de esta medida para paliar los efectos de la llamada violencia de género.

Por todo esto que les he contado, y por algunas cosas más, me parecen éstos tiempos sorprendentes.

febrero 16, 2009

La democracia y el espíritu científico

Archivado en: ética,cultura,divulgación,educación,enseñanza,filosofía,pedagogía,pensamiento,política,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:49 pm

La palabra democracia no tiene un significado unívoco, pues no es lo mismo la llamada democracia bolivariana de Chávez, en Venezuela, que la democracia estadounidense. Una característica común a cualquier democracia es la elección periódica de sus mandatarios, pero tratándose de una consideración necesaria no es, ni mucho menos, suficiente. En efecto, la independencia y el contrapeso de poderes es, quizás, lo que verdaderamente distingue a las democracias verdaderas de las pseudodemocracias – aquéllas en las que tan sólo hay elecciones periódicas -.

La independencia de poderes, con el correspondiente contrapeso de unos hacia otros, es la mejor garantía para limitar los abusos inherentes al ejercicio del poder. La ausencia de esta independencia puede permitir, y de hecho permite, que el presunto “demócrata” convoque un referéndum para autoperpetuarse, lo pierda, y convoque otro al año siguiente, y así hasta que lo gane, cueste lo que cueste.

No deja de ser un hecho curioso que a los políticos que más se les llena la boca con esta palabra tan manida son precisamente aquellos a quienes más les convendría mantener la boca cerrada, pero la utilizan como un talismán, o como un arma arrojadiza dotada de poderes taumatúrgicos contra sus oponentes. Ante estos políticos hay que ponerse en guardia, pedirles que abandonen la farfolla y que concreten lo que van a hacer. En resumen, hay que exigirles que no perviertan el lenguaje, y que se limiten a concretar ideas.

La estructura democrática de un país, que al fin y al cabo es lo que lo define políticamente, y lo que le permitirá seguir existiendo como tal, debe estar absolutamente a salvo del iluminado de turno, o del partido que gobierne en esos momentos. Por supuesto, dicha estructura debería estar incluida en la Constitución, y los requisitos para cambiarla deberían ser muy exigentes, y muy claros, de forma que si un gobernante estuviera dispuesto a cometer fraude de ley, para satisfacer determinadas veleidades o propósitos, pudiese ser juzgado, y si llegara el caso condenado, por delito de “lesa patria”. Esto no es ser antidemócrata, sino todo lo contrario: es salvaguardar la estructura democrática de aquellos que, utilizando las propias debilidades del sistema, pretenden socavarla. De lo contrario, desde mi punto de vista, estaríamos confundiendo democracia con debilidad, y con todo vale. Las democracias verdaderas deben garantizar las libertades ciudadanas, pero precisamente ése puede ser su talón de Aquiles, y la única forma de preservarlo es un Estado de Derecho sólido, que nos obligue a todos, desde el primer ciudadano hasta el último.

Cuando los partidos, y sus estructuras, actúan al margen de la ley, con absoluta impunidad, la democracia se pervierte, y se convierte en partitocracia. En este sentido, nuestro Estado de Derecho no se fortalece con las escenas cinegéticas de los últimos días. Aparte de las sospechas que pueda levantar, resulta antiestético ver reunidos a un ministro de justicia, al juez de turno y al jefe de la policía judicial, cuando se está procesando a bombo y platillo a personajes relacionados con el partido de la oposición. Para mí está claro que para conspirar no hace falta irse a cazar, pero también lo está que hay que guardar las formas.

Las listas abiertas disminuirían, aunque no del todo, la posibilidad de vernos representados por auténticos botarates y, si así fuera, en el pecado llevaríamos la penitencia.

Hasta ahora he pergeñado, “grosso modo” y a muy grandes rasgos, sin entrar en detalles, los pilares que yo entiendo que deben articular una democracia digna de tal nombre, y ni que decir tiene que yo pienso que en nuestro país esos requisitos no están mínimamente garantizados.

Ahora me gustaría señalar algunas de las condiciones materiales, siempre desde mi punto de vista, para articular una democracia como la anteriormente pergeñada. Está claro que en muchos países una democracia, como la anteriormente bosquejada, nunca podría funcionar. En estos países, probablemente, fuese más conveniente un período de transición dictatorial que, manteniendo un régimen autoritario pero no totalitario, permitiese emerger esa clase media condición “sine qua non” para cualquier democracia. Sé que decir esto puede resultar políticamente incorrecto, pero que alguien me explique cómo se evita el populismo generador de pobreza y más pobreza.

Una condición imprescindible, como ya he adelantado, sería una clase media preponderante, no dependiente del poder de turno, cuyo voto no estuviera sometido al clientelismo político. Esto exige libertad de mercado y respeto a la iniciativa privada, aunque no ausencia absoluta de regulación.

Otra condición, que también se me hace absolutamente necesaria, es para prevenir el germen demagógico que toda democracia encierra. En un artículo anterior hablé sobre la Educación para la sabiduría, pero entretanto no estaría de más fomentar el espíritu científico entre los alumnos, entendiendo por tal la capacidad para enjuiciar críticamente las actuaciones, y comparar las palabras con los hechos, a fin de no dejarse embaucar por ningún encantador de serpientes.

Yo respeto a todas las personas, por el mero hecho de serlas, pero no puedo respetar todas las ideas, porque muchas están equivocadas, o encierran profundan contradicciones, no pudiéndose mantener de forma simultánea. Por tanto, el espíritu científico que permite advertir contradicciones encubiertas, o poner a prueba la coherencia de ideas ” a priori” con sus resultados, o comparar las promesas con los hechos, y tantas otras cosas, también me resulta necesario.

Este artículo no ha pretendido demostrar que la democracia, así entendida, tenga que ser el mejor de los sistemas. Puede haber personas que prefieran regímenes populistas que distribuyan la pobreza por igual, a otros regímenes con mucha menos pobreza pero con mayores diferencias. Incluso, en un mundo de sabios, como ya analizamos en otro artículo, las “necesidades” materiales no serían tan imperiosas, aunque un sabio nunca votaría a un populista. Podría votar por otro tipo de dirigente, que defendiera otro tipo de sociedad, basada en otros valores, pero nunca se haría esclavo del Chávez de turno. Lo que sí me parece contradictorio, y por tanto rechazable, es nadar en la abundancia sin poder prescindir de ella, mientras se alaba a los regímenes populistas desde la comodidad, o ser defensora a ultranza de la mujer, y mantener la boca callada ante el pisoteo diario de los derechos de éstas en diferentes teocracias. Eso es contradictorio, y lo contradictorio no puede ser respetable.

febrero 10, 2009

La sabiduría

En el artículo anterior, que titulé Educación para la sabiduría, en contraposición a Educación para la ciudadanía, defendí mi postura de que era preferible una asignatura para enseñar a pensar que impartir contenidos concretos sobre temas discutibles, aunque advertí que el librepensador puede ser peligroso para los gobiernos de turno, sean del signo que sean. Siempre preferirán formar prosélitos que ciudadanos que puedan cuestionar su gestión.

No entré de lleno en lo que yo entiendo por sabiduría, aunque sí aludía en un artículo anterior a la definición del DRAE, que entiende por tal el más alto grado de conocimiento, o la conducta prudente en la vida o en los negocios. La primera acepción es como no decir nada, y en cuanto a la segunda, un individuo precavido, sensato, ya merecería la consideración de sabio.

Antes de entrar a considerar lo que podemos entender por sabiduría, me gustaría dejar claro que no es posible enseñar a pensar sobre determinadas materias hasta una determinada edad, y menos sobre la sabiduría, algo muy relacionado con la experiencia y bastante alejado del batiburrrillo hormonal propio de la juventud. No obstante, se puede conseguir mucho, pero han de colaborar todos los agentes sociales, y no únicamente la escuela.

Las principales cuestiones, a modo de resumen, que desde el principio de los tiempos han preocupado al ser humano, con todas las variantes que queramos añadirles, son éstas: ¿quién soy?, ¿qué sé, y qué debo saber?, y ¿qué debo hacer, o cómo debo actuar?. De la primera se ha ocupado, y se ocupa, la psicología y sus diferentes escuelas, y del sentido de la existencia, si es que tiene algún sentido, se han ocupado las diferentes religiones. De la segunda pregunta se ha ocupado, y es la que lo hace con mayor eficacia, la ciencia, que propone preguntas concretas y ofrece respuestas concretas. No obstante, hay muchas áreas del saber que no son científicas, propiamente dichas, como el hecho de atarse unos cordones, que atañen al saber práctico, y que son imprescindibles para nuestra cotidianeidad. Esto ya lo tratamos con algo más de amplitud en otro artículo titulado la importancia de la cultura, y no es el momento de abundar más en él.

La tercera de las preguntas: ¿qué debo hacer, cómo actuar, cómo comportarme?, es, desde mi punto de vista, la cuestión que más se acerca a la sabiduría, a ese tipo de saber práctico que no consiste en saber cómo freír un huevo, sino en la forma más adecuada de llevar una vida “correcta”, para nosotros mismos y para los demás. Por esto no me convence la definición del diccionario, porque los sabios saben lo que hacer, pero además lo hacen, aún a costa de tener que tomarse la cicuta, como fue el caso de Sócrates, o a sufrir y padecer el escarnio y la cruz, como Jesucristo, o a vivir como un indigente, como Diógenes, y podríamos proseguir los ejemplos sin fin, sin olvidar a Buda, a Lao Tsé, o a Confucio, por si tengo algún lector de la zona de levante. Por tanto, la sabiduría puede suponer asumir riesgos, por comportarse de forma contraria a la moda imperante, o a los cánones aceptados, y esa conducta nunca podría ser calificada como prudente.

Si admitimos que la sabiduría es lo que han sabido y han hecho los sabios, podemos intentar ver si existe un común denominador entre ellos, y si existe alguna inconsistencia insoslayable. Yo, en una primera aproximación, considero que el sabio es un híbrido de inteligencia, bondad, compromiso, serenidad, mesura y desapego por las comodidades materiales. ¿Quién da más?

¿Es posible, o conveniente, una asignatura que intente inculcar en los jóvenes dichas cualidades?

Primero deberíamos plantearnos si es conveniente, lo cual equivale a plantearnos si es conveniente un nivel bastante generalizado de sabiduría para nuestra sociedad. Mi respuesta es un no tajante. Nuestra sociedad, con los valores imperantes actualmente, y con una economía que funciona en base a los mismos, es incompatible con una sociedad de sabios. Por tanto, y si estáis de acuerdo, tendréis que admitir que avanzar por la senda de la sabiduría nos llevaría a una sociedad completamente diferente a la actual en todo. Incluso a una sociedad diferente de cualquier otra habida anteriormente, en cualquier otro tiempo.

Si, a pesar de todo, admitiéramos la conveniencia de una sociedad más sabia, completamente diferente a las sociedades de las que hayamos tenido noticia, entonces, y sólo entonces, nos debemos plantear si eso es posible, el hecho de intentar generalizar la sabiduría, entendida ésta como la posibilidad de procurar en los individuos ese denominador común al que nos referíamos en un párrafo anterior.

Yo creo que esta segunda pregunta tiene mucha más fácil respuesta, porque todos sabemos la inmensa capacidad del hombre para la propaganda, para la manipulación, para el adoctrinamiento. Si el hombre ha sido capaz, repetidas veces, de convertir la mentira en verdad, a su conveniencia, entonces, ¿por qué hemos de dudar de su capacidad para infundir valores mucho más nobles, desprovistos de cualquier adoctrinamiento de cualquier otro tipo, si es esto lo que se propusiera? Sería cuestión de empeñarse en conseguirlo, y de emplear para ello todos los medios a su alcance: la escuela, la familia, la televisión, la radio, y todos aquellos que utilizan cuando desean hacer creíble una historia, por increíble que parezca.

La cuestión del millón, y que sería objeto de varios artículos dedicados sólo a este tema, sería preguntarnos por el tipo de sociedad, y por el tipo de economía, que producirían unos ciudadanos formados en esos valores. La respuesta fácil sería que eso conduciría a un retorno a la caverna, y que tanta sabiduría conllevaría un empobrecimiento material a todos los niveles. Yo no estoy de acuerdo con el retorno a la era de las cavernas, ni creo que el hombre sabio estuviera dispuesto a asumir tal coste. Sí creo que ganaría preponderancia la vida espiritual, en detrimento de la exclusivamente material, que la economía tendría forzosamente que cambiar, que el mundo sería mucho más seguro, y que el medio ambiente estaría más protegido. Por supuesto, se avanzaría sin pausa hacia un gobierno mundial, en el que todos seríamos ciudadanos del mundo, y muchos preferirían trasladarse a Sudán que quedarse en Nueva York.

Lógicamente, esto no sería de hoy para mañana. Habría que esperar a que todos los gobiernos se pusiesen de acuerdo en procurar ese “homo sabius” cultural del que hablábamos en un artículo anterior. La experiencia nos demuestra que el “homo sabius” genético queda aún muy lejos, a juzgar por la escasez de sabios que en el mundo hay. Es preciso emprender la tarea de formarlos.

Quiero señalar, por último, que el sabio no es un masoquista, que abomine de cualquier comodidad material. Los grandes sabios, por desgracia, se han visto obligados a vivir entre una gran mayoría de imbéciles, que les han hecho la vida insufrible, pero si la sabiduría se generalizara no sería difícil imaginar a Sócrates tomándose unos langostinos en Sanlúcar, al tiempo que departiría con algun otro sabio del lugar. Sí, sin embargo, resultaría más difícil imaginárselo tomando langostinos un día sí, y el otro también, o comprando un piso para endosárselo al prójimo unos días más tarde, y embolsarse unos cuantos milloncejos, la única sabiduría conocida y practicada en nuestro país hasta hace unos días, cuando explotó la llamada burbuja inmobiliaria. Ni que decir tiene que picaresca y sabiduría son incompatibles, aunque una gran mayoría prefiera seguir siendo pícaro.

febrero 5, 2009

Educación para la sabiduría

Archivado en: ética,divulgación,educación,enseñanza,pedagogía,pensamiento,política,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:14 am

Hemos sabido hace unos días, por la prensa, que el Tribunal Supremo ha concluido que los reales decretos que regulan la asignatura de Educación para la Ciudadanía no lesionan los derechos de los padres a elegir la libre educación de sus hijos. Con esta sentencia del Alto Tribunal, se confirman las tres resoluciones del TSJ de Asturias, y se revoca la del TSJ de Andalucía, que falló en favor de unos padres a los que permitió objetar, quedando así sus hijos exentos de ser evaluados en la asignatura.

No obstante, precisa el Alto Tribunal, no se permite a las autoridades administrativas o escolares, ni a los profesores, imponer a los alumnos criterios morales o éticos que sean objeto de discusión en la sociedad. Su contenido debe centrarse en la educación de principios y valores constitucionales. Asmismo, se deja la puerta abierta a que se puedan recurrir los manuales de la asignatura. De cualquier forma, esto es lo que aparece en parte de la prensa, y el conocimiento de la resolución del Supremo se hará esperar unos días.

Por supuesto, el fallo es recurrible ante el Constitucional, y en última instancia ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.

Parece que los alumnos tendrán, de momento, que asistir a clases, y que la batalla continuará en el terreno de los contenidos de los manuales, y de las enseñanzas concretas que aborden los centros y los profesores. Es un hecho que, hasta la fecha, los manuales y sus contenidos han sido de lo más diversos y variopintos. Algunos verdaderamente asombrosos, pero tendrán que ser ustedes quienes lean diversos manuales de la asignatura y los juzguen.

Si el asunto se limitara a impartir principios y valores constitucionales, no habría mayor problema, y no habrían aparecido manuales tan diversos. Habría dos o tres manuales, de diversas editoriales, con un contenido similar, y punto. Ahora, cada manual polémico que aparezca será objeto de nuevos recursos, y vuelta a empezar.

Para mí, la cuestión no está en si quien debe educar en determinados valores debe ser el Estado o deben ser los padres. Es cierto que muchos padres podemos carecer de la preparación para transmitir adecuadamente valores o principios constitucionales, o “democráticos”, si no queremos restringirnos al marco meramente Constitucional, pero si es el Estado a quien decidimos encomendar que imparta esos “valores” a nuestros hijos debería haber un acuerdo entre los principales partidos, pues si no se corre el riesgo de que la alternancia propia de las verdaderas democracias vaya cambiando el contenido de la asignatura al albur del gobierno de turno. Si lo que se va a impartir es lo que exige el Supremo, no parece que tuviera que haber grandes dificultades para alcanzar un acuerdo entre los grandes partidos, pero si lo que se pretende impartir de forma soterrada es algo diferente entonces el acuerdo será imposible.

La cuestión para mí no es Estado o padres, pues ciertamente en ese caso me inclino por el Estado, puesto que todos los padres no tenemos la preperación adecuada para impartir determinados contenidos. La cuestión, para mí, es Estado o individuo. En otras palabras: ¿queremos individuos al servicio del Estado, o deseamos un Estado al servicio del individuo?. Aunque los grandes partidos se pusiesen de acuerdo en cuanto a los contenidos a impartir – algo sumamente improbable, pero que sería el mínimo exigible -, el Estado siempre tendría la tentación de actuar como un Gran Hermano sobre el individuo, para formar “ciudadanos” dóciles a sus propósitos, lo menos díscolos posibles con el poder.

Yo creo que hay que formar personas, individuos, con la mayor formación y la mayor sabiduría posibles, y éstos en el futuro serán los encargados de transformar una sociedad y un Estado que presenta desafíos permanentes y cambiantes. Sin embargo, la idea de formar individuos librepensadores, dotados de sabiduría para pensar por sí mismos y para sí mismos – es decir, para toda la sociedad -, no parece que entre dentro de los propósitos de ningún gobierno.

Imaginemos por un momento – sé que les pido un gran esfuerzo de imaginación – que hubiera una asignatura que se dedicara a impartir con ahínco parte de los consejos de los grandes sabios que la humanidad ha conocido, y que esto condujera, entre otras muchas cosas, a que estos nuevos jóvenes consumieran muchísimo menos que los actuales. Esto hundiría muchísimas empresas, cuya supervivencia depende de la venta de productos superfluos, o de “necesidades” artificialmente creadas, y a su vez esto exigiría la reestructuración de toda la economía en base a la producción de bienes y servicios necesarios. El empleo para la consecución de estos bienes y servicios habría que repartirlo entre todas las personas que antes desempeñaban otros empleos, y esto exigiría que las personas trabajasen mucho menos horas que actualmente, para que el nivel de empleo se mantuviera. La gente tendría sus necesidades cubiertas, mucho más tiempo libre y muchos menos cahivaches inútiles.

Sé que el ejemplo anterior puede parecer una idea absolutamente peregrina, imposible de aplicar, y quizás estén en lo cierto, pero de cualquier forma no invalida la idea general, de que es preferible formar individuos que piensen, a crear ciudadanos formateados a la imagen del Estado de turno. Los primeros podrán afrontar los desafíos con imaginación, mientras que los segundos se limitarán a inyectar dinero de los ciudadanos a los bancos, con el propósito de que estos tengan liquidez y puedan prestar dinero para seguir aumentando sus pingües beneficios. No sé quién dijo, con motivo de esta crisis, que los bancos privatizaban los beneficios y socializaban sus pérdidas. Y no parecía faltarle razón, a tenor de lo visto.

La educación para la sabiduría, que yo propugno, formaría individuos libres, verdaderos ciudadanos, formados y preparados, mientras que la educación para la ciudadanía, en el mejor de los casos pretende súbditos, y en el peor, futuros votantes.

febrero 4, 2009

La inteligencia, la sabiduría, la ética,…

Archivado en: ética,cerebro,cultura,divulgación,educación,enseñanza,felicidad,filosofía,pedagogía,pensamiento,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:43 am

El DRAE, en sus tres primeras acepciones, define la inteligencia como la capacidad de entender o comprender, o como la capacidad de resolver problemas. La sabiduría la define como el grado más alto del conocimiento, o como la conducta prudente en la vida o en los negocios. La 3ª acepción que da, y que es el conocimiento profundo en ciencias, letras o artes, no es la que me interesa para este artículo, pues está más ligada a lo que habitualmente entendemos por cultura. La ética la define como la actitud recta, o conforme a la moral, o bien como la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre.

Siempre es útil consultar el DRAE, pero cuando tratamos de “exprimir” la sustancia de determinados conceptos complejos, abstractos, aparte de leer el DRAE se precisa la reflexión.

La inteligencia se ha definido de muchas maneras, y se ha intentado “medir” de muchas otras. Muchas han coincidido con lo que aparece en el DRAE, pero a veces se ha definido también como la capacidad de adaptación al medio. Incluso, Goleman, mucho más recientemente, ha hablado de “inteligencia emocional”, que guarda relación con la empatía, con la sociabilidad, con la capacidad para entablar relaciones, y con la capacidad de autorregular nuestras emociones. Sea como fuere, lo que me parece indudable, desde una perspectiva evolutiva, es que la inteligencia es un producto de la evolución cerebral para la adaptación al medio, y que su aparición y desarrollo guardó relación con la supervivencia de la especie. Ciertamente, hoy día, numerosas amenazas para nuestra propia supervivencia parecen provenir del mal uso de esa inteligencia, lo que no deja de ser una curiosa paradoja: la evolución desarrolla un cerebro para que la especie sobreviva, y posteriormente aquél se convierte en la mayor amenaza para la supervivencia.

Por otra parte, desde que tenemos constancia escrita, al menos, no parece que la inteligencia humana haya evolucionado demasiado. Particularmente, no tengo ningún amigo más inteligente que Arquímedes, ni que Euclides, ni que Sócrates, ni que Platón,….., y mira que son antiguos. Ciertamente, hoy se sabe mucho más, se dispone de mucha más tecnología, pero eso no tiene nada que ver con el nivel de inteligencia, sino con la cultura acumulada por la especie, y de la que ya tratamos en otros artículos. Sea lo que sea la inteligencia, para los fines de este artículo, y al día de hoy, nos conviene entenderla como la capacidad para resolver problemas, sean éstos los que fueren. Si la entendiésemos como la capacidad para sobrevivir, la cuestión de quién es más inteligente la solventaríamos enviando a los concursantes al programa “Supervivientes”.

Hace algún tiempo leí que la inteligencia era la capacidad para resolver problemas, y la madurez era la capacidad para discernir qué problemas merecería la pena esforzarse en resolver. Lo cierto es que me gustó esta diferenciación, y es lo que me ha dado pie a escribir este artículo.Yo, personalmente, he empleado algún tiempo en resolver algunos problemas que hoy sólamente lo haría por gusto, y no me lo plantearía como una cuestión de honor. Quizás la madurez consista en esto: en esforzarnos sólamente en aquellas cuestiones que nosotros consideremos importantes, soslayando la enorme carga de pre-juicios adquiridos. Quizás consista en oírnos más a nosotros mismos, y menos a la “voz” de la educación que hemos recibido, impregnada muchas veces de todo tipo de convencionalismos que hemos aceptado por el peso de la costumbre, pero no por la fuerza de la razón. Bueno, no sé, dejémoslo ahí….

Muchas veces hemos escuchado decir que Einstein fue un gran sabio, cuando lo que fue es un gran físico. No digo que no fuera sabio, sino que por lo que ha pasado a la historia es por su concepción revolucionaria en la física. Me parece que la sabiduría es un tipo de saber, pero no de saber cualquier cosa, sino de aquéllas que nos conducen a una vida más plena, más centrada, más feliz en definitiva. En este sentido, la sabiduría y la ética, entendida ésta como la mejor forma de vivir, se confundirían.

Es posible que la evolución de nuestra especie continúe, y quizás estemos sobrados de inteligencia, aunque muchas veces resulte difícil creerlo, y que el siguiente paso en la evolución debería dirigirse hacia el advenimiento del “homo sabius”. Sin duda nos iría mejor, porque la inteligencia se muestra a todas luces insuficiente para que nuestro mundo sea mínimamente llevadero.

La enorme crisis financiera desatada en el mundo parece que se pretende paliar inyectando dinero público a los bancos, o nacionalizando éstos, para que el sistema, mal que bien – mejor regulado a partir de ahora, nos dicen – siga funcionando. Todo igual, pero con mayor regulación por parte de los gobiernos y de los bancos centrales sobre las entidades financieras, de forma que la especulación y la codicia no nos vuelvan a hacer caer en lo mismo. Yo no sé nada de economía, pero me parece que todo eso puede resultar un fiasco, como ya parece que está sucediendo: los bancos sanean sus cuentas con dinero público, y luego siguen sin prestar dinero a los empresarios para que creen empleo, ni a los particulares para que consuman. A mí me parece que la economía mundial está organizada sobre un consumo excesivo, y que mucho empleo estaba al servicio de satisfacer “necesidades” inexistentes, creadas de forma artificial por la codicia de los que querían enriquecerse a toda costa. Mucha gente picó el anzuelo, se endeudó hasta el cuello, y luego no pudo pagar. Desde mi punto de vista, toda economía basada en la oferta de numerosos bienes y servicios innecesarios, creados de forma absolutamente artificial, es absolutamente perniciosa, y si encima se alimenta por un sistema financiero cuyo único fin es la codicia desmesurada, el fracaso está asegurado.

Probablemente, en este mundo haya para todos, pero lo que es seguro es que no hay de todo para todos, y aceptar esto y ser capaz de renunciar a muchas de nuestras presuntas “necesidades” requiere de un nuevo tipo de hombre, el “homo sabius”, al que antes me refería. Si la inteligencia nos conduce en un tiempo relativamente corto a este nuevo tipo de hombre, quizás tengamos alguna esperanza. Si esperamos que la evolución actúe, a través de los genes, probablemente la inteligencia y la codicia unidas nos reserven un futuro ominoso.

noviembre 5, 2007

La ética, la ley y la ciencia

Archivado en: ética,ciencia,divulgación,filosofía,pensamiento,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 12:28 pm

La mayoría de los libros de Ética que he leído se ocupan de cómo se debe vivir una vida “correcta”, una vida plena, y de los principios sobre los que se debe asentar esta forma de vivir. En estos libros se trata de discurrir sobre unos principios universales, los cuáles deberían regir las vidas de la mayoría de las personas y, en cierto modo, eso presupone conceder la misma universalidad a éstos que, por ejemplo, a la ley de la gravitación. Esta vocación de universalidad de la Ética constituye, a mi juicio, su mayor riesgo.

Por otra parte, la Ética necesariamente parte de unos presupuestos, como son el hecho de que el hombre es libre de elegir su destino, y de imprimir a su vida el rumbo adecuado dentro de las limitaciones del entorno. Presupone que todos tenemos voluntad para aplicar o no aplicar esos principios universales y que, por tanto, por ser libres y disponer de voluntad, somos responsables del resultado final.

La ley, por su parte, está para cumplirla, y su finalidad es eminentemente práctica. Son las reglas de juego que, convencionalmente, hemos consentido – en mayor o menor manera – en darnos para convivir. Parece de sentido común que la ley nunca debería contravenir los principios universales que la Ética establece, porque si así fuera se estarían promulgando leyes “contra natura” pues la Ética versa sobre lo que conviene a los humanos. En cierto modo, la Ética presupone algún conocimiento de lo que la naturaleza humana es.

La Ciencia, si no ahora sí en el futuro, será la que tenga la última palabra acerca de lo que la naturaleza humana es, mediante estudios centrados en el genoma y en su expresión – mediada por proteínas- en el fenotipo, que incluye todos los caracteres físicos y psicológicos que hacen que seamos de una forma, y no de otra. Será la encargada de decirnos si somos libres y hasta qué punto, o si la libertad no es más que una pura ilusión. Tendrá que establecer en qué consiste la voluntad, si es que consiste en algo, y fijar sus límites. Estamos acostumbrados a oír que la fe mueve montañas, y que la voluntad lo es todo en la vida, pero hasta el momento ninguna montaña ha sido movida por ese procedimiento. La Ciencia tendrá que establecer lo que somos, en definitiva, y nuestras posibilidades.

A partir de esa fundamentación científica podrá venir la Ética, y discurrir a su manera sobre cuáles, entre las posibilidades que fija la Ciencia, son las más decuadas para llevar una vida “correcta”. Aún así esos principios no serían universales, puesto que implicarían un consenso. Lo único universal serían las posibilidades del ser humano que la Ciencia establece. La Ciencia establecería lo que el ser humano puede ser – algo universal -, mientras que la Ética convendría – algo local – lo que el ser humano debe ser.

Los libros de Ética actuales, y pasados, al ignorar lo que el ser humano puede ser lo que han hecho es llenar ríos de tinta, divagando de forma más o menos afortunada, más o menos amena, sobre lo que deberíamos ser. Los estudios en neurociencias cada día destacan más el papel de la genética, e incluso el altruísmo ha pasado a ser considerado como un producto de nuestro genoma. Si así fuera, la generosidad no sería algo tan meritorio, ni tampoco el egoísmo tan deleznable. Se considerarián, tan sólo, el resultado de ciertos procesos enzimáticos y de ciertos neurotransmisores cerebrales interactúando en una determinada forma.

Obviamente el desarrollo de estos estudios podría resultar descorazonador, y que todos nuestros “valores”, y nuestras creencias, sobre el mérito, la reponsabilidad, la libertad, la culpabilidad, el pecado, y tantas otras cosas, no resultaran sino meros espejismos. Toda nuestra sociedad está montada sobre estos valores y creencias, y si al final todo, o parte, se demostrara falso, ¿cómo arreglaríamos el desaguisado?.

Yo propongo – aunque sé que no me harán ningún caso, y quizás hagan bien – que, entretanto la Ciencia no va estableciendo lo que realmente somos, los que se dedican a escribir sobre Ética extremen su prudencia, no vaya a ser que se vean obligados a desdecirse de un día para otro.

En resumen, primero la Ciencia, que es universal; luego la Ética que, aunque consensuada y local, siempre debería estar supervisando a las leyes; y, por fin, estas últimas, sometidas a la vigilancia de la Ética y al imperio de la Ciencia.

Hoy ocurre que tanto la Ética como la Ciencia están sometidas al imperio de la ley, y éstas, como todos sabemos, al contubernio de los políticos.

octubre 13, 2007

Lo necesario, lo útil y lo superfluo

Archivado en: divulgación,educación,enseñanza,felicidad,lenguaje,libertad,pedagogía,pensamiento,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:14 am

La perversión interesada del lenguaje ha llegado a ser un fenómeno tan propio de nuestro tiempo que ha conseguido sus propósitos: transformar las mentes al servicio de los intereses publicitarios. Es un fenómeno tan perverso que excede a su finalidad original – que la gente adquiera el producto, o el servicio que se publicita -, y consiguen organizarnos la vida según sus intereses, haciendo además que si intentamos ser independientes nos sintamos desgraciados en mayor o menor grado. Nadie escapa a la voracidad de las grandes campañas publicitarias, pero los niños y la gente joven, e inmadura en general, son sus víctimas principales.

La nefasta influencia que tales campañas despiadadas de publicidad ejercen en nuestra sociedad, y entre nuestros jóvenes en particular, no es fácil de corregir ni es probable que exista interés en hacerlo. Por un lado están los intereses de las grandes empresas, y su influencia sobre el poder político que podría arbitrar leyes destinadas a atajar semejante desmesura, así como alertar a nuestros jóvenes del terrible efecto que dichas campañas pueden ejercer sobre su personalidad y sobre sus vidas. Atajar el problema desde todos los ángulos posibles equivaldría a cambiar la sociedad de mercado, profundamente injusta desde mi punto de vista, en que estamos inmersos.

Entretanto, nos tendremos conformar con mucho menos. Quizás, lo primero sea visualizar y definir el problema, y su envergadura. Si no nos hacemos plenamente conscientes de ello vanos resultarán todos nuestros intentos.

Nuestros políticos deberían sacar adelante una ley de ética publicitaria, que castigara con multas proporcionales al daño que ocasionan la perversión lingüística de determinadas campañas publicitarias. Cualquier insinuación en un anuncio, por ejemplo, a presentar el último modelo de móvil como una necesidad, sin el cual nos vamos a sentir desgraciados, debería estar absolutamente prohibida por ley, y habría un órgano formado por intelectuales independientes, y a ser posible anónimos, que se encargarían de dictaminar sobre la influencia perversa, abierta o subliminal, de las campañas de publicidad.

Paralelamente, el sistema educativo y los medios públicos impartirían a la sociedad, y a nuestros jóvenes, charlas, conferencias, cursos y cuanto se estime conveniente, destinadas a combatir la influencia negativa de la codicia de las grandes empresas.

Lo necesario, lo que precisamos para vivir, se ha hipertrofiado de una forma absolutamente interesada, y una gran mayoría hoy siente como necesario el ordenador, internet, el móvil y el último mp4. Sin embargo, paradójicamente, nadie considera necesario que nos libren de la perniciosa influencia de la publicidad, que nos aliena como personas fomentando a un tiempo lo peor que llevamos dentro.

Mientras que lo necesario debería ser algo muy restrictivo, y con un contenido objetivo, lo útil dependería exclusivamente de la persona que lo juzgue. Para unas personas será útil un ordenador, y para otras será más útil un balón de fútbol.

Puesto que nuestras necesidades son muy escasas, y nuestros intereses limitados, lo superfluo es el capítulo fundamental de las campañas de publicidad, y la mayor parte de las cosas que acumulamos se deberían incluir en este capítulo.

Reflexionar adecuadamente, y de forma repetida – la única forma de ccambiar nuestros hábitos, los mentales incluidos – sobre esta materia y sobre estos conceptos podría repercutir de forma muy favorable sobre nuestra libertad de elegir y sobre nuestra felicidad. De entrada, sería más difícil sentirse desgraciado por causa ajena, y disminuiría la envidia puesto que todos sabríamos que los más ricos lo que acumulan son sólo cosas superfluas. No existiría entonces ese interés desmesurado por hacerse rico, disminuiría la explotación, y el hombre buscaría aquellas cosas a las que nunca debió renunciar, sin siquiera saberlo: ser uno mismo, y no lo que quiera determinado Banco, o determinada empresa.

 Sé que este último párrafo puede resultar utópico y esa ha sido mi intención al redactarlo, porque muchas utopías de hoy son el revulsivo necesario para cambiar el presente.

octubre 12, 2007

La falta de urbanidad

Archivado en: divulgación,educación,enseñanza,libertad,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 2:25 pm

La convivencia diaria con los otros, desde mi punto de vista, se ve enormemente dificultada por la falta de urbanidad. Pequeñas cosas, tales como escupir en la calle, aparcar en doble fila bloqueando la salida de vehículos, circular en ciclomotor con un ruido ensordecedor, permitir a los niños que se comporten como salvajes molestando a propios y extraños, son tan sólo algunos ejemplos ilustrativos de aquello a lo que me refiero. Son cuestiones numerosísimas y muy frecuentes, que no constituyen falta ni delito punible y que, sin embargo, nos pueden acabar agotando, y ante las que el ciudadano normal se encuentra inerme pues no se trata de reclamar un derecho, sino de solicitar un poco de urbanidad.

 Alguien podría pensar que quien se molesta por tales cuestiones es un pejiguera, pero no es tal, puesto que estas cosas molestan a una gran mayoría de personas y la diferencia está en que mientras algunos las efectúan todos las padecemos. Hoy, que está tan en boca de todos la palabra solidaridad, yo pediría que todos empezáramos aplicándola al prójimo más cercano comportándonos con la debida urbanidad y facilitándole la vida diaria. Y a partir de ahí, ampliemos nuestra solidaridad tanto como queramos.

En el fondo, y dado que casi todo el mundo es capaz de comprender las molestias que ocasiona con su conducta y, sin embargo, no opta por corregirlas, lo que subyace en la falta de urbanidad es una falta de respeto hacia los demás, antes que un error de conocimiento. Por tanto, no es algo que se vaya a corregir con clases que expliquen normas de comportamiento. Es más un defecto moral, o ético si preferimos, que un defecto intelectual.

La sociedad franquista, con su autoritarismo, imponía la urbanidad mediante normas coercitivas, de tal forma que si un guardia te veía escupiendo en la calle te podía reprender severamente. De igual forma, el autoritarismo en la familia, reflejo del autoritarismo en la sociedad, evitaba el comportamiento caprichoso e insolente de los niños hacia los padres, y con ello se evitaban de paso las molestias consiguientes al prójimo.

El problema surge en las sociedades democráticas, en las que la falta de autoridad es fácil que se manifieste en una abrumadora falta de urbanidad. Por supuesto que existen sociedades con una enorme tradición democrática y, sin embargo, con un alto grado de urbanidad. ¿Qué hace que un sueco posea, por ejemplo, mucha más urbanidad que un español, o que un italiano?.

Si admitimos que la falta de urbanidad deriva, fundamentalmente, de una falta de respeto hacia el prójimo la pregunta sería la siguiente: ¿Hay alguna forma de aumentar el respeto mutuo sin aplicar el principio de autoridad?. Yo creo que no, a corto o a medio plazo, al menos. Ignoro cómo los antiguos vikingos evolucionaron a los civilizados nórdicos, pero seguro que no fue en un corto período.

Yo propongo, por tanto, devolver la autoridad que se les arrebató a cierto agentes sociales, como a los maestros y profesores, y también a los guardias urbanos, a los que nunca se les debió de despojar de su papel corrector de conductas infantiles antiurbanas. Ahora, los ocupan más en servir de guardia pretoriana de alcaldes y ediles que de cumplir con su antiguo papel de vigilar la ciudad. Si alguien, en un exceso de prurito democrático, ve esta medida como un exceso de autoritarismo le recordaría que no hay mayor caciquismo que emplear a funcionarios locales como si de su guardia personal se tratara, y que tampoco hay nada tan antidemocrático, ni tan salvaje, como el autoritarismo de los alumnos hacia el maestro.

Quizás entonces, sólo entonces, cuando la mayoría haya asimilado las enormes ventajas de una sociedad debidamente urbanizada se pueda probar a relajar, en alguna medida, el principio de autoridad, totalmente compatible, por cierto, con una sociedad democrática. Lo que no es compatible, en manera alguna, por lo que he explicado y por lo que venimos observando, es evolucionar hacia la urbanidad prescindiendo del principio de autoridad.

Por supuesto, arbitrar medidas tendentes a devolver a ciertos agentes la autoridad perdida no son populares, y además no importan demasiado a quienes no lo sufren a diario, a los del coche oficial. Por tanto, no se debe esperar demasiado de los políticos en este sentido. Tendrá que ser la sociedad quien se lo exija, utilizando todos aquellos cauces disponibles.

abril 27, 2007

El chándal

Archivado en: libertad,moda,ropa,sociedad — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 7:05 am

Este atuendo deportivo, utilizado para que los deportistas no se enfriaran en los momentos anteriores y posteriores a la prueba, ha pasado a convertirse en la prenda más universal.

Se usa para todo. Vamos de visita a un domicilio y es corriente que nuestros anfitriones nos reciban en chándal. Acudimos a un bar, o a una cafetería, y vemos chándales por doquier. En los supermercados y grandes superficies, en hospitales, paseando por las calles, en restaurantes. No sé si ha llegado a las embajadas, pero no me extrañaría.

Lo usan por igual niños que niñas, jóvénes que jóvenas, adultos que adultas, y hasta los abuelos y las abuelas. Sí, sí, hasta éstos. Normalmente combinados con los tenis, que son como las antiguas zapatillas de deporte pero más mazacotas y de colores variados.

Los hay de diversos tejidos y de todos los colores y combinaciones de colores, abundando los fosforitos, lo cual contribuye a crear un ambiente multicolor muy alegre vayamos donde vayamos.

Se trata de una prenda cómoda y suelta, ideal para sentirse como en casa. Además, como se usa igual en casa que en la calle, permite a sus usuarios tomar el camino del supermercado sin pasar por el dichoso trance de arreglarse para salir.

Ha igualado los sexos, porque lo usan casi por igual hombres y mujeres, por lo que podemos considerarla la prenda menos machista que existe.

En las mujeres amas de casa ha sido el sustituto ideal de la bata de guatiné, con lo cual ha eliminado las conotaciones negativas – de marujeo – que aquella pudiera tener.

Es, hasta ahora, después del atuendo chino, la prenda más igualadora y democrática que existe pues lo usan todas las clases económicas.

Se ha impuesto tanto, y en tantos ámbitos, que si vistes una americana te miran como a un bicho raro, y si vistes traje de chaqueta piensan que trabajas en El Corte Inglés o eres director de una sucursal bancaria. Es decir, el chándal no sólo se ha generalizado, sino que se ha impuesto a todo lo demás.

Dentro de poco, si las cosas avanzan al mismo ritmo, en nuestro país habrá dos prendas: el chándal para el invierno, con toda su gama multicolor, y la bermuda para el verano, también multicolor.

Debo de decir que detesto esta moda, y que opino que esta uniformidad en el vestir que nos marca el chándal es lo más chabacano que existe. La elegancia en el vestir formaba parte de una cierta estética que contribuía a alegrarnos la vida.

Ese afán desmedido por la comodidad, en detrimento de la elegancia, es reflejo de un desprecio absoluto por la estética y de la imposición de una tiranía de la cultura light, que ha afectado de forma transversal y simultánea a todas las generaciones.

Ese concepto de la comodidad a cualquier trance, sin matices añadidos, nos conduce directamente a la bermuda como prenda universal del verano y al chándal para el tiempo frío.

Yo entiendo el vestir como una forma de respeto hacia uno mismo, y como el comienzo de una forma de respeto a los demás, y esta prenda, fuera de su uso como atuendo deportivo, se me hace poco respetable.

Yo agradezco a mis padres que me hayan privado de ese espectáculo multicolor del chándal.

Tema Rubric. Blog de WordPress.com.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.