Detodounpoco

marzo 22, 2011

Sobre el sentimiento religioso

Archivado en: ética,divulgación,enseñanza,religión,Uncategorized,universo — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:17 am

El terremoto de Lisboa del año 1755 fue utilizado por Voltaire para lanzar una diatriba contra Dios y, en efecto, los desastres naturales de proporciones gigantescas siempre nos sitúan frente al problema del dolor, quizás uno de los mayores misterios que ha de afrontar el creyente. Ahora, este desastre de Japón nos vuelve a enfrentar al misterio de cómo la providencia divina permite tanto caos y tanta desolación. Otros creyentes, sin embargo, utilizan estas furias naturales para señalar la pequeñez del hombre ante la naturaleza, y para evidenciar su insignificancia ante la majestuosidad y el poderío divino, e incluso creen ver en tales acontecimientos una señal divina ante la enorme soberbia humana.

Personalmente, el primer enfoque, el de reconocimiento de un misterio insondable ante un ser omnipotente y de bondad infinita, que permite, o al menos no impide, tanto dolor para sus criaturas, me parece de mayor honestidad intelectual. El segundo enfoque nos retrotrae a la religión del miedo, de la venganza, algo difícil de concebir en un ser a un tiempo providencial y de una bondad inmensurable.

Indudablemente, la experiencia de estos desastres avalan más las tesis de una naturaleza para la cual nosotros somos tan insignificantes como una hormiga.

Albert Einstein, en un pequeño librito, titulado “El mundo, como yo lo veo”, distingue tres tipos de religiosidad, que él considera que son etapas evolutivas en el sentimiento religioso. En una fase primitiva de le evolución humana el miedo fue le factor primordial: el miedo a los animales, a la enfermedad, al hambre, a la muerte, etc. Era la época en que las causas naturales eran desconocidas, y los fenómenos se atribuían a entes, o a dioses, a los que se atribuía características similares a las humanas, aunque con más poderes. Con este motivo, el de contentar a los dioses, se realizaban sacrificios en su honor, a fin de que se mostraran más propicios a favorecernos. En una fase más avanzada, el sentimiento religioso se mantiene para paliar el desamparo vital del hombre. El padre, la madre y los dirigentes sociales, son mortales y falibles, y el anhelo de amor y apoyo del hombre impulsan la formación del concepto social o moral de Dios. Es el Dios de la providencia, que nos ampara, dispone, recompensa y castiga. Es el Dios que ama e impulsa la vida de la tribu y de la humanidad, y nos consuela en las desgracias, y guarda las almas de los muertos. Si bien esta motivación de la religión es más propia de un estadio más avanzado en la civilización, en todo momento hay una mezcla de ambas. De hecho, en nuestro tiempo y en nuestro país, la falgelación y otras manifestaciones religiosas de ese cariz puden considerarse inspiradas por el miedo, o por la consideración de que se está ante un Dios vengativo. De la misma forma, personajes religiosos de otras épocas muy atrás en el tiempo pueden ser ejemplos de la segunda motivación que hemos considerado.

Ambos tipos de religión comparten una idea de Dios de carácter antropomórfico, y tan sólo, siempre según Einstein, algunas mentes privilegiadas y ciertas comunidades de altos valores superan este segundo estadio de la experiencia religiosa. A este tercer nivel de experiencia religiosa, al que sólo acceden algunos, Einstein le llamó religiosidad cósmica. Sería la más difícil de apreciar, y sólo se le presenta con claridad a quien consigue abstraerse del concepto humano de Dios.

Este individuo siente la insignificancia de los deseos y fines humanos, y aprecia el orden sublime y maravilloso tanto de la naturaleza como del mundo de las ideas. Ese componente cósmico de la religión, según Schopenhauer, citado por Einstein a este respecto, se halla mucho más acentuado en el budismo. Para Einstein, los genios religiosos de todos los tiempos han estado marcados por esta religiosidad cósmica. Para Einstein, entre los herejes de todas las épocas podemos encontrar hombres impregnados de esta elevada religiosidad, y para cuyos coetáneos podían ser tanto ateos como santos. Para Einstein, personajes como Demócrito, san Francisco de Asís o Spinoza, estarían muy cercanos entre sí.

Según Einstein, en la armonía de las leyes de la naturaleza se manifiesta una razón tan superior que todo pensamiento y orden humanos se reducen a un insignificante destello. Este sentimiento, que inspira al verdadero genio científico, estaría muy emparentado con el que ha colmado a los genios creadores religiosos de todos los tiempos.

Como vemos, para Einstein la religiosidad más elevada, por decirlo de algún modo, no está al alcance de todos, ni todos la alcanzan, aunque no explica por qué unos sí acceden a ella y otros no. Según él, el verdadero genio científico estaría más cerca de alcanzarla que otros, aunque no sería el único medio de obtenerla. Vemos que para Einstein también existe el verdadero genio religioso, aunque no explica en qué consiste tal cosa. Yo, al menos, estaba acostumbrado a la genialidad en otras cuestiones, pero nunca oí hablar de una cosa tal como la anterior.

diciembre 16, 2010

A vueltas con la libertad

Archivado en: cerebro,divulgación,enseñanza,filosofía,libertad,pensamiento,religión,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:46 am

Hay temas que por mucho que se hayan tratado vuelven una y otra vez, porque aún no han encontrado una respuesta satisfactoria. Esto suele ocurrir con una gran parte de las cuestiones que trata la filosofía (la lógica sería una excepción), y la libertad es uno de ellos.

Hablando grosso modo, podríamos distinguir dos tipos de libertad: por un lado la libertad externa, que supondría la libertad para hacer cosas sin impedimentos, dentro de ciertos límites, claro está, y que incluiría a las libertades políticas; por otro, la libertad interna, que supondría la libertad de desear esto o aquello, y preferirlo a lo otro, aún en el caso de que no lo podamos obtener. Esta libertad de desear algo concreto se ha dado en llamar muchas veces libre albedrío, y es de ella de la que me quiero ocupar en el presente artículo.

Aunque una gran mayoría de personas piensan que tienen gravemente restringidas sus libertades externas (ya sea por coerciones políticas, por falta de medios económicos, etc.,etc.) no es menos cierto que una gran mayoría piensan, o al menos intuyen, que son libres para desear una cosa u otra, es decir, se sienten con libertad interna aunque padezcan esclavitud externa.

Hoy, sin embargo, y contrariamente a lo que intuye el individuo, muchas ideologías políticas tienden a minimizar la responsabilidad del mismo, y atribuyen al entorno familiar o social, gran parte de la responsabilidad de la conducta individual. Esta concepción restringida de la libertad individual tiene consecuencias inmediatas, la primera de las cuales encuentra reflejo en el código penal. En efecto, si las acciones de uno están muy mediatizadas por el entorno, la responsabilidad por nuestros actos necesariamente debe quedar diluida.

La cuestión de la libertad interna para mí es más primordial, porque si resultase que no fuéramos libres ni para desear, mucho menos aún lo seríamos para actuar porque, salvo en casos contados, la decisión de hacer algo precede al acto.

En mayor o menor grado, todos “sentimos”, como dije anteriormente, que somos libres de desear esto o aquello, aunque nuestros deseos puedan estar condicionados por nuestra educación, nuestra genética, etc., etc. Contrariamente a los animales – o al resto de animales, si así lo preferimos -, que parecen guiados por la satisfacción de sus instintos, el hombre puede desear que el pasado hubiera sido de otra forma, o sacrificarse en el presente para que el futuro sea más propicio. Nuestros deseos, a diferencia de otros animales, no son inmediatos, sino que están mediatizados por otros deseos superiores en jerarquía, y por todo un proceso de deliberación interna. Los deseos que nos surgen los analizamos, los ponderamos, los comparamos con otros, los hacemos compatibles o incompatibles entre sí, los jerarquizamos, y, tras un complicado número de operaciones mentales, que a veces se realizan con gran rapidez, parece que preferimos esta opción o aquella otra, desechando las demás. Parece que somos libres para desear unas cosas y no desear otras, aún en el caso de que al final no pudiéramos realizar nuestro deseo.

¿Y si todo lo anterior no fuese, en el fondo , más que una ilusión? ¿Y si toda esa supuesta libertad estuviese determinada por el estado actual de nuestro cerebro? En este caso seríamos como máquinas muy complejas, pero en el fondo máquinas. Si conociéramos perfectamente un determinado cerebro, podríamos entonces conocer sus deseos. En este sentido estaríamos predeterminados, y gran parte del sentido de algunas religiones se vendría abajo, pues nuestra salvación o nuestra condena no dependería de nosotros. Por supuesto, el concepto de culpa, en un sentido amplio, debería desaparecer. Sólo cabría hablar de conductas adecuadas, o inadecuadas socialmente, pero en ningún caso de conductas culposas.

El cristianismo está basado en la libertad, y considera que gran parte del mal ocasionado en el mundo se debe a la acción humana, por lo que el hombre es responsable y culpable de sus pecados.

La libertad exige conciencia. Un electrón, por mucho que no podamos determinar su posición y velocidad de forma simultánea, a nadie se le ocurriría decir que es libre para moverse. Los animales tienen conciencia de muchas cosas, pero nos inclinamos a pensar que sus conductas son instintivas, guiadas por necesidades básicas. Mientras que el hombre es un animal fundamentalmente cultural, naturalmente cultural, como veíamos en otro artículo, los animales son primordialmente instintivos.

Estoy dando vueltas en torno al concepto de libertad, pero no consigo aprehenderlo, hay algo inaprensible que se me escapa. Lo curioso, sin embargo, es que hasta la precisión conceptual resulta escabrosa.

Por un lado, desearía encontrar una teoría coherente que mostrara a las claras nuestra naturaleza claramente libre, en concordancia con nuestra cultura imperante, nuestra tradición religiosa y nuestro código penal, que nos hace responsables de una gran mayoría de nuestras acciones. Por otro, sin embargo, me parece que hay mucho de ilusión en la consideración de nuestra naturaleza libre, en nuestra creencia en nuestro libre albedrío.

La visión materialista me inclina al determinismo, a lo inexorable de nuestra conducta, que sería conocida de antemano por alguien que pudiera conocer con detalle nuestro cerebro. Las consideraciones de la mecánica cuántica nos permitirían contemplar la posibilidad de que quien observara nuestro cerebro no conociera exactamente lo que vamos a elegir, sino una gama de opciones, cada una con una probabilidad determinada. Sólo una visión espiritual del hombre – la consideración de que somos algo más que un cuerpo – sería compatible con la idea de libre albedrío. Sin embargo, aún en este último supuesto, la omnisciencia de Dios – el hecho de que también
conoce nuestro futuro – nos arrastra inevitablemente por dichas sendas, y resulta bastante incompatible con el hecho de ser libres.

En definitiva, y para tomar partido, diré que la libertad interna, el libre albedrío, sólo se me hace posible si somos seres espirituales. Además, Dios no podría conocer nuestro futuro, porque en tal caso no podría habernos creado libres.

septiembre 27, 2010

Stephen Hawking y Dios

Archivado en: ciencia,cultura,divulgación,enseñanza,física,filosofía,pedagogía,pensamiento,Uncategorized,universo — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:51 pm

Stephen Hawking es un científico de primera línea, y un divulgador científico de enorme éxito. Yo leí “Historia del tiempo”, y me pareció un gran libro de divulgación. Otros libros suyos que conozco, como “A hombros de gigantes”, o “Dios creó los números”, exigen una preparación previa en física y matemáticas. Los libros de un antiguo colega suyo, Roger Penrose, como “La nueva mente del emperador”, o el último, “El camino a la realidad”, exigen preparación científica, y su comprensión global no está al alcance del profano en física o en matemáticas. Otros divulgadores científicos que me han gustado, cada uno en su género, fueron Isaac Asimov, Martin Gardner o Ian Stewart. Sin embargo, por encima de todos ellos, en mi opinión, el que ha cultivado este género guardando un equilibrio más exquisito entre lo que es divulgación, sin caer ni en la vulgaridad ni en el tecnicismo, empleando un estilo ameno, y adentrando al lector en el verdadero meollo de la ciencia fue el inolvidable Richard Feynman.

El libro objeto de este artículo, que acaba de salir al mercado en lengua inglesa, es “The grand design”, escrito por Hawking y Leonard Mlodinow, quien por cierto fue discípulo de Feynman en el Caltech, en California, y tiene un libro dedicado a él: “El arco iris de Feynman”. El libro de Hawking tiene asegurado un enorme éxito editorial, porque antes de que saliera al mercado la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación se hicieron eco de que Hawking afirmaba que el universo, al parecer, pudo surgir de la nada, a partir de ciertas leyes, como la gravedad, y ciertos avances aún no bien fundamentados de la teoría de cuerdas, en concreto la teoría M, el intento más promisorio, segun los autores, de conseguir una teoría unificada de las cuatro fuerzas fundamentales.

El objeto de este artículo no es entrar en los pormenores de un libro que no he leído, y del que conozco las reseñas de Penrose y algunas otras, sino la discusión de la posibilidad de afirmar, o negar, la existencia de Dios desde la ciencia.

Al parecer, la novedad que Hawking propone en su libro es la posibilidad de la aparición de algo – el universo entero -desde la nada. El sentido común podría tentarnos a decir que esto no es posible, pero una mínima reflexión nos obligaría a ser más cautos. Nosotros no conocemos el principio de nada, sino que sólo nos es dado observar transformaciones. Podemos ver cómo el árbol nace de la semilla, o el pollo del huevo, o el agua de la combinación de hidrógeno y oxígeno, o la ceniza de la combustión de la materia orgánica, y se podrían multiplicar indefinidamente los ejemplos de cambios físicos, químicos, biológicos o de otro tipo. Sin embargo, respecto a lo que ocurrió al principio, no podemos observar nada. Suponemos que hubo un principio, por la radiación de fondo, por el alejamiento de las galaxias, y por otras observaciones de esa índole. Por esto, hoy en día, la teoría del Big Bang se ha impuesto a la idea de un universo estacionario, sin principio. Si no conocemos el principio de nada, sino tan sólo transformaciones, tampoco estamos obligados a negar que el ser pudo surgir de la nada, sino sólo a decir que nosostros, por no asistir a ese principio, lo desconocemos absolutamente. En principio, no me veo más obligado a admitir que el ser surja de otro ser que de la nada. Hasta el momento, los teólogos, cuando afirmaban que Dios creó el mundo, cuando se les preguntaba que quién creó a Dios respondían que Dios era “causa sui”, con lo que afirmaban que Dios era causa de sí mismo y existía desde siempre, y era la causa de todo lo demás.

Suponiendo que la posibilidad que parece entrever Hawking, que algo surja de la nada, cobre mayor fundamento científico, ¿qué pasaría entonces con Dios? Parece que Hawking ha optado por aplicar el principio de la navaja de Ockham, el de no multiplicar las hipótesis de forma innecesaria, y si Dios no es necesario para que surja algo pues prescinde de Dios.

No obstante, Hawking sospecha que el ser pudo surgir de la nada de unas leyes previamente existentes, y siempre nos será dado preguntarnos de si esas leyes estaban ahí para que surgiera lo que surgió. Es decir, la ciencia se ocupa del cómo, pero no se pregunta el por qué ni mucho menos el para qué. Esta última pregunta, el para qué, si al final todo esto tiene un sentido, es el objeto último de toda teología, y a la ciencia no le corresponde, porque se sale totalmente del ámbito que le es propio, dar respuesta negativa o afirmativa a la pregunta. No por ello, sin embargo, dejará el hombre de intentar buscar respuesta a uno de sus mayores anhelos.

Aunque a la ciencia le fuera dado mostrar que tuvo que haber algo externo al universo, externo a sí mismo, que encendiera la mecha del Big Bang, eso no serviría de nada a los auténticos creyentes, porque de qué les serviría un posible Dios que creara el universo hace 13.700 millones de años, para a continuación desocuparse. El verdadero fundamento de la religión está en la Providencia de Dios, y en la promesa de una vida eterna, y no en la existencia de un creador de todo lo existente.

De cualquier forma, siempre será interesante leer el libro de Hawking, porque posee una mente poderosa, y porque siempre resulta un esfuerzo mental gratificante observar cómo extrapola las últimas novedades de su campo a la filosofía o a la teología, lo cual siempre multiplica su ya merecido éxito de ventas. En el prólogo de su best seller, “Historia del tiempo”, nos cuenta como su editor le dijo que el número de ventas sería inversamente proporcional al número de fórmulas que incluyera en su libro, por lo cual sólo incluyó E=m.c^2.

mayo 18, 2010

Filosofía: hoy más que nunca

Archivado en: cultura,divulgación,educación,enseñanza,filosofía,libertad,pedagogía,pensamiento,poder,política,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:24 am

La filosofía nunca ha estado tan desprestigiada como en nuestros días, y no han sido pocos quienes han abogado por su desaparición en los estudios de enseñanza media, proponiendo su sustitución por Educación para la Ciudadanía. Esta propuesta, disparatada desde mi punto de vista, no es casual. Tiene su origen en una mentalidad que únicamente valora los resultados prácticos inmediatos, desdeñando todo aquello que, aún sirviendo al individuo, no es útil para la sociedad. ¿A quién puede interesar una sociedad de ciudadanos-filósofos?. Al poder, desde luego que no, y al poder que procura invadir los ámbitos más recónditos del individuo menos aún.

Bertrand Russell, en su Introducción a la Filosofía, decía que entre la Ciencia y la Teología había una especie de tierra de nadie, que seguía planteando preguntas para las cuáles la Ciencia no ofrecía soluciones, y la Teología exigía el concurso de la fe. Estas preguntas, que seguían importando al hombre, eran el objeto de la filosofía.

La filosofía, al contrario que la Ciencia, no ofrece soluciones concretas a los problemas, o a las cuestiones, sino que tan sólo brinda respuestas, que de alguna forma nos permiten convivir con dichos problemas en una forma más o menos razonable, más o menos llevadera. Los problemas de la filosofía, por no estar resueltos de una forma definitiva, siempre están en el candelero, siempre incitan a una nueva reflexión, a un nueva vuelta de tuerca, y cualquiera que se acerque a su estudio debe repensar por sí mismo lo pensado por los filósofos anteriores. Esto no ocurre con la Ciencia. Seguimos estudiando la mecánica de Newton, pero porque a nuestra escala, y para nuestros propósitos, es más adecuada que la de Einstein. Nadie, sin embargo, salvo un historiador de la Ciencia, estudia la mecánica aristotélica, o lo que se pensaba del movimiento en la Edad Media.

Preguntas clásicas, como la relación entre percepción y realidad, o sobre la forma más adecuada de conducir nuestra vida, o sobre la universalidad de la razón, y su potencialidad para conocer la verdad, o sobre el sistema político más adecuado, y tantas otras preguntas sobre nosotros mismos, sobre lo que nos rodea, o sobre si existe un sentido, o incluso sobre si esta ultima pregunta de preguntarse por un sentido carece en sí misma de sentido, se vienen planteando una y otra vez, y no obtienen respuesta definitiva. Además, en el momento en que la respuesta sea definitiva, pasarán a ser objeto de alguna Ciencia concreta. Podríamos decir, de forma resumida, que el que cultiva la Ciencia dispone de un elenco de respuestas, mientras que el que cultiva la filosofía dispone de un montón de preguntas. ¿A qué político le puede interesar alguien que fomenta la duda?. ¿Y si la duda llegara a surgir sobre su partido, sobre su persona, o sobre su programa político?. Además, obviando los intereses meramente personales, ¿para qué nos sirve tanto dudar?. Lo importante son las soluciones, la tecnología, la sanidad, la industria, las cosas prácticas, y no las tediosas preguntas de estos infatigables aprendices de sabio. Además- diría el político-, el dinero público está para cosas más serias que para malgastarlo en cábalas que a nada conducen.

En cierto modo, hay que ponerse en la piel del político: las carreteras las hacen los ingenieros, así como las centrales eléctricas, la enseñanza la cubren los maestros, la sanidad los médicos, los contenciosos los abogados, y la mejor política la deciden ellos mismos.

A fin de cuentas, ¿qué distingue al filósofo del que no lo es? ¿Tan sólo un elenco de preguntas sin respuesta?

Es cierto que los filósofos, sobre todo desde hace un par de siglos para acá, son los que más tiempo han dedicado a justificar su quehacer, y ya se sabe aquello de “excusatio non petita acusatio manifiesta”.

Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, considero que la filosofía, o el estudio de las ideas, si se prefiere, es hoy más importante que nunca. Es cierto que hoy se ofrecen soluciones para todo, justo lo contrario de lo que practica la filosofía, pero no es menos cierto que vivimos en un mundo en el que el engaño, la falacia, la mentira, la media verdad, la manipulación, el sesgo, el mensaje subliminal, encuentran un terreno muy abonado para prosperar. Ante eso, la filosofía ofrece todo un bagaje como fomentadora de la duda metódica, de las posibles alternativas, evitando la respuesta simplista, y planteando nuevas preguntas ante las certezas que nos venden aquí y allá, procurando no dar nada por sentado. El filósofo, por estar versado en preguntas sin solución, todo lo repiensa, lo rumia una y otra vez, y siempre lo pone en duda, lo cual supone una bocanada de aire fresco ante las continuas recetas que nos pretenden vender como la última verdad absoluta. El científico también duda, pero el ámbito de su duda está más limitado a su campo específico, mostrándose más crédulo para lo demás.

El filósofo puede jugar un papel de antídoto necesario ante la progresiva idiotización a la que nos quieren someter los medios de comunicación, y su duda metódica está mucho más cerca de la verdad que las consignas light con las que pretenden ablandarnos el cerebro, consiguiéndolo en una gran mayoría de casos, a juzgar por los resultados.

enero 23, 2009

Buscando a Mario Conde

Archivado en: ética,biografía,emoción,familia,personalidad,sentimiento,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 2:33 pm

Hace unos días -creo que el martes pasado- vi anunciada , en el programa de Jesús Quintero, “Ratones coloraos”, una entrevista con Mario Conde. No pude verla. Hace algún tiempo, creo que en Telecinco, vi otra entrevista que le hicieron, y me gustó.

Hoy he estado buscando en “you tube”, y en algún otro sitio, por ver si la localizaba y podía escucharla. No la he localizado pero, entretanto, he ido encontrando retazos de la vida de Mario Conde, y entre ellos he dado con su blog.

Recuerdo cuando Mario Conde andaba en la cresta de la ola, y todos los jóvenes deseaban ser como él. Era un hombre inteligente, número uno de su promoción en las oposiciones de abogacía del estado, presidente en ese momento de Banesto, uno de los grandes bancos del país, y para colmo guapetón, con buena facha y pinta de gentleman. Recuerdo que lo hicieron Doctor “honoris causa” por la Complutense, y que la flor y nata del país deseaba codearse con él. Era la viva imagen de un absoluto triunfador, hecho a sí mismo, en un mundo, el de los grandes banqueros, de tiburones sedientos de sangre ajena.

Yo, por aquellas fechas, aunque mucho más joven que ahora, no deseaba ser como Mario -aunque me hubiera gustado disfrutar parte de su dinero-, porque mis aficiones siempre fueron otras, y el mundo de las finanzas, y el empresarial, siempre fue ajeno a mis intereses. No obstante, conocía por encima la biografía del personaje porque nos la servían hasta en la sopa. Recuerdo que la imagen que trasmitían de él, o al menos la que yo recuerdo, era la de un triunfador, inteligente, listo, frívolo y con pocos escrúpulos.

De la noche a la mañana, saltó el escándalo, y empezaron a a atribuirle delitos de todo tipo, y en un visto y no visto, pasó de ser el personaje más admirado al tipo más reprobable. Recuerdo que ingresó en prisión unos días antes de Navidad, y todo aquello se me hacía insoportablemente cruel. No conozco si cometió delitos, si se pudieron demostrar, si perjudicó a los accionistas de Banesto a conciencia, ni si fue culpable de todo lo que le atribuyeron. Sé que sentí pena, por él y por su familia, y desde entonces pasó a interesarme mucho más el personaje. Representaba la imagen del ídolo caído, del ídolo con pies de barro, o era la imagen que pretendían trasmitirnos, y que yo nunca me creí del todo. Ni en sus momentos de gloria pensé que fuera tan héroe, ni cuando lo encarcelaron que fuera tan villano.

Desde entonces leía, en la prensa, todo lo que caía en mis manos sobre Mario, aunque nunca se me ocurrió comprar ningún libro de los que escriben tantos oportunistas. Recuerdo que me producía satisfacción saber, como contaban, que se había adaptado perfectamente a la vida carcelaria, y que impartía clases a los presos. No me crean, pero estoy por asegurar que en algún sitio leí que impartió una clase sobre la teoría de la relatividad, y pensé: ” O es un osado, o es un tipo verderamente inteligente, aunque sólo sea abogado”. Perdónenme la licencia; sé que hay abogados inteligentes, y que la abogacía del estado es una oposición muy dura, pero los abogados no están entre mis profesionales preferidos. El hecho es que, poco a poco, me interesé por su persona, y recuerdo que me hizo mucha gracia cuando leí – no sé si sería verdad – que en uno de sus permisos solicitó que le trajeron unos zapatos negros, porque tenía unos marrones que no combinaban con su traje. El detalle me gustó. Pensé: “no han podido con don Mario”.

En la última entrevista suya que vi, la de telecinco, lo encontré demacrado pero conservando su impoluta elegancia. Le preguntaron por la muerte de su mujer, que siempre estuvo junto a él, y estremecía ver el gesto de dolor de un hombre que había tenido que sufrir lo indecible.

El hecho es que no he encontrado la entrevista con Jesús Quintero, pero he encontrado algo mejor: su blog. Algo que desconocía que tuviera, y que no esperaba. Ciertamente lo celebro, porque es alguien que tiene muchas cosas que contar, y que sabe contarlas. Hoy he leído varias cosas, pero entre éllas la que más me ha gustado es el emotivo relato de la conversación telefónica que mantuvo desde la cárcel con su madre, y el esfuerzo sobrehumano para vencer el odio que asomaba a su corazón, cuando su madre le dijo: “Quizás en un año no viva para volver a verte el próximo agosto”.

Quiero que sepa usted, don Mario, que hubo personas, yo entre ellas, que sintieron la forma en que se cebaron con usted, haciendo leña del árbol caído y, de paso, definiéndose a sí mismas. No puede usted imaginarse la satisfacción que me produce verlo de nuevo con su libertad formal, que no material, como usted mismo bien recalca en sus escritos. Cuando le veo tan elegante, con ese pelo engominado, tan gentleman, me repito: “Con éste no han podido, y vaya que lo intentaron”. ¡Arriba ese ánimo, don Mario!

noviembre 13, 2008

Mi padre

Archivado en: emoción,familia,pérdida,sentimiento,soledad,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 9:42 pm

Es la primera vez que escribo en mi blog sobre algo personal, que a nadie tiene que importar más que a mí, y lo hago por un motivo personal también: buscando una forma de desahogo, una forma de grito que no soy capaz de articular.

Tras aguantar a mucho necio con bata blanca, hoy, por fin, me he encontrado con un médico, con una persona sensata y humana que me ha informado sobre el pronóstico de mi padre, no hablando de deterioro ni de vaguedades, palabras más propias de un curandero que de un médico, sino de diagnósticos concretos. Además, sin ensañamientos diagnósticos ni terapéuticos, sino con conocimiento, con interés y con sensatez.

He pensado más veces en los defectos de mi padre que en sus virtudes, lo cual no ha sido sino un signo de estupidez por mi parte. Hoy, que al verlo tan desvalido y con la mirada perdida quizás ya no me pueda entender, me gustaría ensalzar sus virtudes. Mi padre ha sido más un hombre de acción, y emprendedor, que un hombre contemplativo, pero gracias a esto se pudo permitir que sus seis hijos pudieran estudiar la carrera que quisieron, en magníficos colegios mayores y hasta en universidades privadas. Nunca le he conocido deprimido, salvo quizás en estos últimos meses. Acometía cualquier actividad sin el menor rubor, como si la hubiera realizado toda su vida, y ante cualquier tipo de público. Esto, que bien podría considerarse un defecto desde el punto de vista de los otros, lo dotaba de una ingenuidad infantil que lo hacía inmune a la depresión. Ha sido un hombre que se ha hecho a sí mismo. Hoy me gustaría decirle que pintaba muy bien, que tocaba muy bien el piano, que cantaba mejor que nadie, y no sé cuántas cosas más…. Se lo diré, poco a poco, y espero que tengo reservas neuronales para entenderme.

Hoy siento que mi padre es parte de mí, algo muy mío, y eso que muchas veces lo sentí muy ajeno. Es cierto que antes los padres no eran amigos de los hijos, como tanto se dice ahora, pero creo que a su manera siempre se ha preocupado de todos nosotros. Desde luego ningún amigo, ni por asomo, se puede comparar a mi padre. El cariño que siento por él es mucho mayor del que nunca hubiera sospechado. Lástima que tome conciencia plena de ello tan tarde. Los amigos, incluso los mejores, son siempre circunstanciales, pero la familia, con todos sus problemas, con todas sus historias, siempre debe estar ahí.

Desde hace algún tiempo mi hija pequeña se me acerca a veces, y me pide que no esté triste, que abuelito se va a poner bien. Ese gesto me enternece, pero me pone más triste aún. Algún día ella leerá lo que escribo hoy, y quizás su hija – o su hijo – le digan lo mismo a ella: no estés triste mamá, que abuelito se pondrá bien, y quizás recuerde el semblante triste que hoy, a mí, me es imposible disimular.

No sé por qué escribo esto, ni por qué lo publico en un blog, cuyo objetivo original era otro, tan alejado de lo personal, pero sé que me ha servido para expulsar fuera tanta emoción contenida, disimulada, acallada.

Si a alguien mis palabras de hoy le han servido para dar expresión verbal a un sentimiento parejo, la publicación de esta emoción callada hasta ahora no será baldía. A mí me ha servido para dos cosas: para lanzar un grito de dolor que no sé articular de otra forma, y para homenajear a mi padre de la mejor forma que sé.

mayo 13, 2008

La inducción científica

Archivado en: ciencia,divulgación,enseñanza,filosofía,lógica,pensamiento,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 10:56 am

Siempre se nos enseñó que las ciencias, y en particular la física, eran inductivas, mientras que las matemáticas eran una disciplina deductiva. Las primeras partían de lo particular para establecer verdades generales, mientras que la matemática procedía al revés.

Hoy sabemos que la ciencia no es sólo, ni principalmente, inductiva, sino que su método es más bien hipotético deductivo. Si hubiera sido tan sólo inductiva, basada en la observación repetida, no hubiera podido avanzar tanto. La formulación de hipótesis, que trasciende a la simple observación, es la que nos permite des-cubrir, des-velar, lo que está oculto tras los fenómenos. Nunca se habría descubierto la primera ley de Newton, la de la inercia, la de que todo cuerpo permanece en reposo o en movimiento uniforme a menos que una fuerza actúe sobre él, si no llega a ser por un portentoso esfuerzo de imaginación. En la práctica observamos que todos los cuerpos frenan su movimiento, sin que aparentemente actúen fuerzas sobre ellos. Karl Popper fue el primero en insistir en que el método científico es, principalmente, hipotético deductivo. El sol seguirá saliendo mañana, no por la sencilla razón de que lo haya hecho hasta ahora, sino por toda una red de hipótesis, leyes, observaciones y deducciones que explican no sólo la salida del sol, sino que constituyen toda una teoría explicativa de gran generalidad.

Hace algún tiempo leí en un libro de Martin Gardner, titulado “Ajá”, una  cuestión que me resultó sorprendente e interesante a un tiempo. Yo me permito añadirle algún pequeño ingrediente para precisar más la cuestión que se plantea.

Supongamos que la observación nos ha conducido a clasificar un determinado tipo de aves como cuervos, y la definición de dichas aves viene caracterizada por toda una serie de peculiaridades, excepto por su color. No obstante, hasta el momento, y tras realizar numerosas observaciones, todos los cuervos con los que nos hemos topado son de color negro. Si seguimos observando cuervos, y todos son negros, es natural que nos planteemos la conjetura de que “todos los cuervos son negros”. En esta situación, si nos topamos con un nuevo cuervo, y resulta ser negro, esta observación “reforzará” nuestra conjetura. Si suponemos que el universo está formado por un número finito de objetos, ¿ la observación de una vaca marrón reforzará en algún modo la conjetura de que “todos los cuervos son negros”?

Este ejemplo lo planteó el filósofo alemán Hempel, con la intención de mostrar que la inducción científica no tenía que resultar intuitiva, sino que más bien podía resultar lo contrario. Desde entonces se ha derramado mucha tinta sobre este asunto, y es probable que se siga haciendo. Filósofos y lógicos de la talla de Quine se han interesado por el asunto, y en el caso concreto de este lógico opinaba que dicha observación – la de ver una vaca marrón – no reforzaba para nada la conjetura sobre el color de los cuervos.

Habiendo advertido sobre el hecho de que se trata de una cuestión polémica paso, a continuación, a exponer mi punto de vista sobre la cuestión.

La conjetura de que “todos los cuervos son negros” es equivalente a la conjetura de que “ningún objeto no negro es un cuervo”. En efecto, es fácil ver que si existen objetos que llamamos cuervos, de los cuales suponemos que todos son negros, esto equivale a suponer que ningún objeto no negro puede ser un cuervo. De igual manera, la suposición de que ningún objeto no negro pueda ser un cuervo, exige suponer que todos los cuervos han de ser negros. Si la prmera conjetura implica la segunda, y viceversa, ambas son equivalentes, o, lo que es lo mismo, son intercambiables. Por tanto, de la misma forma que observar un nuevo cuervo negro “refuerza” la conjetura de que todos los cuervos son de este color, la observación casual de que un nuevo objeto no negro resulta no ser un cuervo debería  ”reforzar” la conjetura de que ningún objeto no negro es un cuervo, y por ende, la proposición equivalente a ésta, la de que todos lso cuervos son negros. En este sentido, la observación casual de una vaca marrón debería “reforzar” la conjetura de  que todos los cuervos son negros.  Sin embargo, resulta absolutamente contraintuitivo, tal como Hempel pretendía ilustrar.

enero 2, 2008

La familia en Navidad

Archivado en: divulgación,felicidad,moda,Navidad,pensamiento,religión,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:07 am

La mayoría de las familias españolas, fuesen o no católicas, solían reunirse con motivo de las fiestas navideñas, y el recuerdo infantil de muchos de nosotros está vinculado a la escena de una familia unida en torno a unos padres aún jóvenes.

El paso del tiempo hace imposible revivir dichas escenas, a veces por pérdidas irremediables, a veces por ausencias, y otras porque los padres atraviesan un difícil invierno en sus vidas. El hecho es que ya nada vuelve a ser igual.

 Observar el declive físico de los padres, y la consiguiente pérdida de autonomía para las funciones más cotidianas, constituye un panorama desolador. La posibilidad de poder suplir tan graves deficiencias con la ayuda de algún ser querido, o mediante mercenarios, constituye un privilegio en los días que corren, pero resulta un consuelo insuficiente. Las personas que han sido activas y autónomas no suelen aceptar con resignación la llegada de su invierno vital, y la falta de alegría y de ánimo suele ser una constante, y el disponer de tiempo les supone un enorme inconveniente pues no encuentran la forma de emplearlo.

La pérdida de memoria y de facultades mentales se encuentra entre las deficiencias que más despersonalizan. Al fin y al cabo, nuestro “yo” no es más que la conciencia de nuestra biografía revivida en la memoria. Sabemos que somos porque recordamos lo que hemos sido, y llega un momento en que desconocemos a los demás e incluso a nosotros mismos. Es cuando seguimos estando, pero ya no somos. O somos sólo a ratos un pobre remedo de lo que fuimos.

El sentido religioso de la Navidad se ha ido perdiendo y, perdido el sentido familiar, la fiesta queda reducida a muñecotes colgados en los balcones, a lucecillas multicolores, a muchedumbres que atestan los supermercados, y a carritos atestados de viandas hipercalóricas. Se ha convertido en la fiesta del consumismo por excelencia, y ha perdido su sentido original, conservando su sentido familizar tan sólo para los más pequeños. A los demás, con muchos más años, la Navidad nos devuelve el recuerdo de lo que nuestros padres fueron y ya nunca podrán ser. Quizás, ese consumismo grotesco sea la torpe forma que tenemos de soslayar la añoranza de lo perdido.

En otro tiempo, la mayor escasez y un profundo religioso sentido de la vida hacían que las pérdidas insolasyables se combatieran con resignación cristiana. La resignación, entendida como la forma cabal de aceptar lo inevitable, no es el signo de nuestros tiempos. Hoy, se nos dice que la cirugía estética hace milagros, que podemos mantenernos jóvenes y saludables con cremas y potingues diferentes durante mucho tiempo, y que los viejos estarán magníficamente atendidos con la nueva ley de Dependencia.

La resignación no tiene que tener un sentido religioso, pero la mayoría de las personas es más fácil que la tengan si poseen fe. La resignación sin fe exige una cierta sabiduría que la mayoría de las personas no poseemos, y que hace que busquemos en la Ciencia – en el mejor de los casos -, o en la superchería – en el peor – la solución a todos nuestros males y a todos nuestros desvelos.

No quiero que se interprete que estoy justificando la existencia de la religiosidad en dichas razones, puesto que para mí la religiosidad sólo se puede entender desde la fe, y nunca desde el oportunismo o desde la conveniencia. Sí constituye, sin embargo, una explicación a parte de la insatisfacción vital que vive nuestra sociedad, y que en la Navidad su manifestación más expresiva se traduce en un consumismo obsceno.

marzo 28, 2007

Cerebro y Lógica

Archivado en: cerebro,lógica,lenguaje,mente,pensamiento,Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:26 am

La pregunta, a cuya respuesta nos queremos aproximar en este escrito es la siguiente:

¿Nuestra Lógica es un producto de nuestro cerebro?  Dicho de otro modo: ¿otros cerebros inteligentes podrían desarrollar otras Lógicas?

 Sabemos que nuestro cerebro ha desarrollado varias Lógicas: la Lógica binaria, la difusa, la probabilística, y otras. Sin embargo, aquí, para discernir y poder encontrar una respuesta a nuestra pregunta debemos preguntarnos por la naturaleza de la Lógica Formal.

No resulta concebible que otros seres inteligentes – supongamos, por el momento, que entendemos lo que queremos decir con “inteligentes” -, y que entendieran nuestro lenguaje, tuvieran otra Lógica que les permitiera concluir que “el caballo blanco de Santiago debe ser negro”, ni que ” esto es un hombre y no es un hombre” es verdadero.

 Estos ejemplos, que se podrían multiplicar, muestran que la Lógica es algo íntimamente vinculado al lenguaje que la desarrolla.

 Recuerdo que había otro principio de la Lógica aristotélica que establece que “el todo es mayor que la parte”. No creo, sin embargo, que esto sea un principio lógico – aunque lo pueda parecer -, sino empírico. De hecho, no se cumple para conjuntos infinitos, pues sabemos que el conjunto de los números pares, por ejemplo, se puede poner en correspondencia biunívoca con el de los números naturales.

 Si entendemos la Lógica como un producto no contingente, sino como un producto necesario de nuestro lenguaje, la pregunta queda reducida a  si los diferentes tipos de lenguaje pueden producir Lógicas contradictorias entre sí.

 Pero: ¿Qué es primero: la Lógica, o el lenguaje?. ¿Acaso es posible estructurar un lenguaje sin una Lógica previa?. O, ¿ se van haciendo el uno al otro, la Lógica al lenguaje y el lenguaje a la Lógica?

Sea como fuere, los diferentes lenguajes deben poseer una estructura linguística que subyace a los mismos, y que debe ser el objeto del estudio de la lingüística. Esto lo afirmo con algún riesgo, porque mis conocimientos de linguística son muy escasos. Creo también que cualquier lenguaje, suficientemente expresivo, debe ser capaz de desarrollar una Lógica, y que las Lógicas desarrolladas por lenguajes diversos no son sólo compatibles, sino superponibles en muchos aspectos.

 Creo, por tanto, y resumiendo, que la Lógica es un producto universal de cualquier cerebro capaz de desarrollar un lenguaje, y no algo contingente a un cerebro o a un lenguaje concreto.

 Por supuesto, algunos lenguajes me parecen más apropiados para desarrollar contenidos lógicos que otros. En este sentido el idioma inglés me parece mejor estructurado para la Lógica que el español, por ejemplo, aunque por ser ambos suficientemente expresivos habrían desarrollado la misma Lógica, aunque no hubiera habido contacto alguno entre ambas lenguas. Un marciano inteligente, ídem de ídem, aunque su física, su matemática y todo lo demás difiriera en todo de lo nuestro.

El cerebro, producto de la evolución y de la adaptación al medio, sería el hardware, la Lógica sería el sistema operativo obligado – más o menos como el Windows de Microsooft -, y todos los demás contenidos de la mente serían los programas.

marzo 23, 2007

A modo de justificación

Archivado en: Uncategorized — Ernesto Sánchez de Cos Escuin @ 11:07 am

Me gustaría poder decir que la motivación de mi blog es la vanidad de tener muchos lectores. No puedo decir eso porque mi esperanza estriba en que alguno de mis amigos  lean alguna que otra cosa suelta. No es, pues, la vanidad lo que me induce a escribir o a comenzar con un blog.

A mí me gusta escribir, me gusta expresar con claridad mis ideas sobre temas diversos, y casi todo lo que voy escribiendo lo acabo perdiendo. Pienso que el blog puede ser como un gran cajón virtual en el que ir echando todo aquello que se me vaya ocurriendo.

 Por otra parte, los intereses personales se reflejarán en el blog y puede que estos intereses coincidan con los de otras personas, por lo que el blog puede ser también un escaparate en el que uno muestra sus inquietudes, así como un medio para conocer a otros que las compartan.

 El título del blog “Detodounpoco” refleja la indefinición del mismo, en el que pretendo que tenga cabida cualquier cosa que se me vaya ocurriendo, aunque quizás más adelante se me ocurra cambiarlo.

La intención es que el blog, aunque diverso y variopinto en su contenido, refleje en general un sistema de pensamiento, que constituya una invitación a la reflexión sosegada y que se aleje de tecnicismos. Podríamos decir que mi intención, quizá algo pretenciosa, es invitar a los lectores a pensar conmigo. En general, y salvo algún artículo de refresco, la lectura del blog exigirá un cierto esfuerzo. 

Ah, y se me olvidaba, la razón principal de mi blog: lo escribo porque me da la gana.

Tema Rubric. Blog de WordPress.com.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.